
Un método no farmacológico, tan eficaz como los tratamientos convencionales y exento de efectos adversos asociados a los medicamentos, mantiene un lugar secundario en la lucha contra la ansiedad y la depresión. El ejercicio físico ofrece beneficios equiparables a la psicoterapia y los antidepresivos, pero persiste como opción marginal en las recomendaciones clínicas, en un contexto donde los trastornos mentales presentan tasas de crecimiento sostenido en la última década, según un artículo de Raúl Fabero Garrido e Ibai López de Uralde Villanueva, investigadores de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en el sitio de divulgación académica The Conversation.
La depresión y la ansiedad suman más de 330 millones de personas afectadas a nivel mundial, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud. La respuesta institucional, sin embargo, se mantiene enfocada en los antidepresivos y la terapia cognitivo-conductual, mientras el ejercicio físico queda reducido a una intervención secundaria y difícil de implementar en la práctica.
Un estudio reciente publicado en la revista médica británica British Journal of Sports Medicine (BJSM) consolida la base empírica: la revisión abarcó 63 trabajos científicos que agruparon 81 metaanálisis, más de 1.000 investigaciones individuales e involucró a cerca de 80.000 participantes de todas las franjas etarias. Los resultados determinaron que la actividad física genera una reducción de los síntomas depresivos, con un efecto moderado-alto, y atenúa la ansiedad en un grado moderado. Una valoración publicada en la revista científica World Psychiatry, sitúa los efectos del ejercicio incluso por encima de los tratamientos farmacológicos en determinadas métricas, aunque reconoce la ausencia de estudios comparativos directos entre ambos enfoques.
Los mecanismos biológicos del beneficio están identificados. El ejercicio incrementa serotonina y norepinefrina en el cerebro, neurotransmisores vinculados directamente al estado de ánimo y que constituyen el objetivo de los antidepresivos clásicos. Además, regula la respuesta del cortisol ante el estrés, al reforzar la resiliencia emocional frente a los desencadenantes habituales de la depresión y la ansiedad.

Qué ejercicio, para quién y cómo
El estudio del BJSM profundizó en una variable clave: no todo ejercicio ofrece el mismo beneficio ni resulta igualmente adecuado para todos los perfiles. En el abordaje de la depresión, las rutinas aeróbicas supervisadas y grupales —caminar a paso firme, nadar, montar bicicleta o correr— resultaron ser significativamente más efectivas que la actividad en solitario o sin seguimiento profesional. La dimensión social constituye aquí un factor terapéutico adicional, con impacto autónomo sobre el estado de ánimo.
Para quien padece ansiedad, el enfoque óptimo invierte la lógica tradicional: los programas de baja intensidad y corta duración —hasta ocho semanas— superan en eficacia a entrenamientos intensos. La ansiedad puede agudizarse frente a la activación fisiológica propia del ejercicio vigoroso, por lo que la práctica regular, sencilla y moderada —como el yoga o caminatas diarias— se sostiene como la intervención mejor respaldada por la investigación, según detalla el mismo estudio.
La revisión internacional identificó dos grupos poblacionales donde el impacto es especialmente visible y la brecha asistencial más acentuada. Por un lado, jóvenes de entre 18 y 30 años, quienes concentran la mayor incidencia de nuevos diagnósticos de depresión y ansiedad, y enfrentan obstáculos sostenidos en el acceso a la atención psicológica, como listas de espera prolongadas. Por otro, las mujeres en periodo posparto, con tasas de depresión postnatal estimadas entre el 12 % y 15 %. En estos casos, el ejercicio representa una alternativa de bajo riesgo, cuando el uso de fármacos genera dudas adicionales de seguridad.
Los autores sostuvieron que el ejercicio físico, implementado bajo pautas estructuradas y adaptadas, es un tratamiento efectivo para la depresión y la ansiedad. El beneficio se traduce tanto en la disminución de los síntomas como en la mejora de la resiliencia, sin efectos adversos de gravedad reportados. Su incorporación sistemática a las recomendaciones clínicas permitiría diversificar y fortalecer la respuesta sanitaria a los cuadros de salud mental.

Por qué el ejercicio no se receta
El rezago del ejercicio en las guías clínicas obedece, según Fabero Garrido y López de Uralde Villanueva, a tres factores. Primero, insuficiente formación de los profesionales de la salud en materia de actividad física terapéutica. Segundo, ausencia del ejercicio en protocolos oficiales y, tercero, la preferencia estructural por las intervenciones farmacológicas en el sistema sanitario. A ello se suma una barrera cultural: la escasa valoración social de una intervención disponible y asequible para toda la población.
El consenso emergente entre especialistas sostiene que el ejercicio no reemplaza en todos los casos a la medicación ni la psicoterapia, pero sus resultados acreditados justifican exigir su integración como tratamiento de primera línea. Los autores determinaron que el reto pendiente no es ya demostrar la efectividad del ejercicio físico, sino definir e implementar su prescripción formal dentro de los sistemas de atención a la salud mental.














