
La obesidad dejó de ser vista como una simple cuestión de voluntad para consolidarse como una enfermedad crónica, compleja y multifactorial, según destacaron los especialistas en el último Congreso Europeo de Obesidad (ECO 2026), celebrado en Estambul.
El evento reunió a más de 3.000 mil profesionales de distintas disciplinas y expuso los avances científicos en la comprensión de las causas biológicas, el impacto psicosocial y las estrategias terapéuticas más efectivas para enfrentar lo que se considera una de las principales amenazas para la salud pública global.
La doctora Juliana Mosciulsky, coordinadora del Comité de Obesidad y Diabetes de la Sociedad Argentina de Diabetes (SAD), presente en el encuentro europeo, brindó una conferencia de prensa donde estuvo presente Infobae. “La obesidad es una enfermedad crónica muy compleja, multicausal y recidivante, y requiere la misma atención que cualquier otra enfermedad crónica, como el tratamiento de la diabetes, la hipertensión arterial, la enfermedad cardiovascular”, subrayó.

Este cambio de mirada, que fue tendencia en el encuentro europeo, se apoya en descubrimientos recientes sobre el rol del tejido adiposo y la forma en que su disfunción afecta la salud metabólica y funcional.
Durante años, la obesidad fue interpretada bajo el prisma de la fuerza de voluntad y la conducta alimentaria, con el consiguiente estigma y culpabilización de quienes la padecen. Hoy, la medicina reconoce que se trata de “una enfermedad de la grasa”, en palabras de Mosciulsky.
El tejido adiposo, cuando aumenta en volumen o pierde su funcionalidad, libera sustancias inflamatorias y se distribuye en lugares anatómicos que generan riesgos graves. Esta alteración neurohormonal modifica la relación con el alimento y explica la dificultad de afrontarla solo con dieta y ejercicio.
La magnitud del fenómeno quedó reflejada en la diversidad de profesionales presentes en ECO 2026: endocrinólogos, cardiólogos, psiquiatras, ginecólogos, especialistas en salud mental, nefrólogos y hepatólogos. “La obesidad afecta transversalmente a todas las especialidades médicas”, afirmó Mosciulsky. Esto obliga a un abordaje multidisciplinario, capaz de diagnosticar y tratar a tiempo las más de 200 complicaciones asociadas, desde la diabetes tipo 2 hasta la artrosis, pasando por enfermedades cardiovasculares y trastornos del sueño.

El nuevo consenso propone abandonar el término obesidad como etiqueta única y avanzar hacia una nomenclatura más precisa: adiposopatía o enfermedad crónica del tejido adiposo. “De acuerdo a cómo esta adiposopatía se exprese, va a generar distintas manifestaciones que hoy conocemos como fenotipos”, explicó la especialista. Así, el foco se desplaza hacia la identificación de patrones individuales, según la localización y el tipo de grasa acumulada. Por ejemplo, la grasa visceral —que se deposita en el abdomen y los órganos internos— se relaciona con mayor riesgo metabólico y cardiovascular, mientras que otros fenotipos tienen impacto funcional, como la artrosis o las várices.
Uno de los avances más relevantes presentados en el congreso fue la consolidación de los tratamientos farmacológicos basados en el conocimiento de las vías neurohormonales que regulan el apetito. El medicamento semaglutida, comercializado como Wegovy, imita la acción de la hormona GLP-1, que el cuerpo libera de forma natural al comer. Este fármaco, que incrementa la duración y la potencia del efecto saciante, ayuda a regular el ingreso de glucosa y reduce la compulsión alimentaria. “Ayuda a que las personas puedan percibir la saciedad en el acto de comer, hacer un stop, poder pensar, poder decidir, achicar porciones, elegir mejor…”, destacó Mosciulsky.
El impacto de la semaglutida fue objeto de análisis en el estudio Step Up, que demostró que dosis más altas (7,2 mg) permitieron lograr una reducción de peso de hasta el 20% en pacientes con menor sensibilidad a las dosis habituales. Además, se observó que quienes respondieron rápidamente al tratamiento alcanzaron reducciones de peso cercanas al 28%, un efecto comparable al de la cirugía bariátrica. Este hallazgo resulta crucial para el abordaje de complicaciones severas de la obesidad, como la apnea del sueño.

Los resultados no fueron homogéneos en todos los pacientes, lo que refuerza la idea de personalizar el tratamiento, según la sensibilidad individual a la medicación y las necesidades clínicas. El estudio también arrojó luz sobre la importancia de preservar la masa muscular durante el descenso de peso, un punto clave para mantener la funcionalidad y evitar secuelas a largo plazo. Se observó que el 84,4% del peso perdido correspondió a masa grasa, mientras que solo el 15,6% fue masa muscular, una proporción más favorable que la lograda con otros métodos.
La evaluación de la composición corporal y la función muscular —a través de pruebas como el hand grip y la prueba de pararse y sentarse— mostró que quienes perdieron peso de manera equilibrada ganaron funcionalidad. “Una persona que viene con obesidad no va a ir a un gimnasio por el estigma, por las limitaciones funcionales, porque no tiene la cultura de la actividad física incorporada en su vida. La posibilidad de perder volumen de grasa le abre una puerta para empezar a hacer actividad física también”, explicó la doctora.

La distribución de la grasa corporal adquirió un papel central en la discusión de ECO 2026. La grasa ectópica, que se aloja en compartimientos profundos como el abdomen y alrededor de los órganos vitales, actúa como un factor inflamatorio persistente que eleva el colesterol, la presión arterial y la glucosa, además de aumentar el riesgo cardiorenometabólico.
“Cuando vemos que hay disminución del tejido adiposo visceral, sabemos que estamos ganando salud”, remarcó Mosciulsky. Esta grasa, que comparte origen con la que rodea al corazón, incrementa la incidencia de enfermedad cardiovascular, arritmias y alteraciones metabólicas, fenómenos responsables del aumento de la mortalidad en personas con obesidad, a pesar de la tendencia global a la baja en muertes cardiovasculares.
El mensaje de los expertos fue claro: el descenso de peso debe acompañarse de una estrategia nutricional adecuada, con aporte suficiente de proteínas y un plan individualizado de actividad física, principalmente de fuerza y resistencia. “Con una nutrición adecuada y un plan de actividad física individualizado y progresivo, se puede preservar absolutamente la masa muscular”, afirmó Mosciulsky. Esta recomendación cobra especial relevancia en mujeres en etapa de transición menopáusica y en adultos mayores, quienes enfrentan una pérdida natural de masa muscular y una redistribución de la grasa corporal que aumenta los riesgos metabólicos y cardiovasculares.

La obesidad en la mujer ocupó un espacio destacado en el congreso. Los especialistas señalaron que, tras la menopausia, el riesgo cardiovascular de la mujer se iguala al del hombre, debido a la caída de los estrógenos y el consiguiente aumento de la grasa visceral. Este cambio dificulta el descenso de peso y agrava las complicaciones. Sin embargo, la evidencia presentada demostró que los tratamientos farmacológicos actuales logran resultados igualmente significativos en mujeres premenopáusicas, perimenopáusicas y posmenopáusicas, lo que abre una nueva perspectiva de prevención y manejo.
Otro de los aportes más valiosos de ECO 2026 fue el enfoque en la calidad de vida del paciente. El estigma y la frustración histórica asociada al diagnóstico de obesidad alejan a muchas personas de la consulta médica y dificultan la adherencia a los tratamientos. La participación de pacientes en las mesas de discusión permitió visibilizar la importancia de comprender que “esta es una enfermedad biológica que no tiene que ver con que ellos están haciendo las cosas mal”, como enfatizó Mosciulsky. El peso es solo un signo de la enfermedad, no la enfermedad en sí misma, y su abordaje integral requiere empatía, acompañamiento y acceso a terapias efectivas.
Las nuevas estrategias incluyen el uso combinado de medicación, nutrición y ejercicio, siempre adaptados a las posibilidades y necesidades de cada paciente. Resultados de estudios recientes, como el AUX-STEP1, mostraron que el tratamiento con semaglutida no solo reduce el peso, sino que mejora la relación con la comida, disminuye el pensamiento obsesivo y facilita cambios sostenibles en los hábitos de vida. Las personas tratadas reportaron mayor facilidad para tomar decisiones, reducir porciones y adherir a un estilo de vida más saludable, lo que repercute positivamente en su bienestar psicológico y social.

El diagnóstico de obesidad también fue objeto de revisión. Si bien el índice de masa corporal (IMC) sigue siendo un parámetro útil, la tendencia actual es complementarlo con la medición de la circunferencia abdominal y el análisis de la distribución de la grasa corporal, para una evaluación más precisa y personalizada. El objetivo: identificar a tiempo a quienes presentan obesidad de tipo central y tienen mayor riesgo de complicaciones, para intervenir antes de que se desarrollen enfermedades asociadas.
El estudio SELECT y los nuevos horizontes en el tratamiento de la obesidad
Uno de los momentos más destacados del Congreso Europeo de Obesidad fue la presentación de los resultados del estudio SELECT, que aportó evidencia sólida sobre el impacto de la reducción de peso en los desenlaces cardiovasculares. Hasta hace pocas décadas, la mayoría de los ensayos clínicos analizaban únicamente la mortalidad y el riesgo cardiovascular en hombres, dejando a las mujeres subrepresentadas. Hoy, estos estudios incluyen una mayor proporción de mujeres y permiten evaluar el efecto de los tratamientos en ambos sexos.
El estudio SELECT evaluó el efecto de la semaglutida 2.4 mg sobre la incidencia de infarto no fatal, accidente cerebrovascular no fatal y mortalidad por todas las causas en personas con obesidad y antecedentes cardiovasculares. Los resultados reflejaron una reducción del 20% en la ocurrencia de estos eventos, sin diferencias significativas entre hombres y mujeres. Este hallazgo consolida a la semaglutida como uno de los medicamentos de referencia en pacientes con obesidad y riesgo cardiovascular elevado.
La importancia de este resultado trasciende el objetivo de perder peso. Como explicó Mosciulsky, “esto fue en personas que ya habían tenido un evento previo: accidente cerebrovascular, infarto, revascularización. Previene un nuevo evento que tiene una altísima mortalidad. Por lo tanto, es acá donde estos fármacos empiezan a tomar un rol fundamental en la consulta cardiológica. Hoy hablamos que estos son medicamentos para el corazón mandatorios en personas que tuvieron un antecedente previo”. La posibilidad de reducir eventos fatales y mejorar la calidad de vida de quienes viven con obesidad y enfermedades asociadas representa un avance sustancial en el manejo clínico.
El estudio SELECT también permitió profundizar en el impacto cualitativo de la reducción de peso. Más allá de los porcentajes en la balanza, la atención se centró en cómo el descenso de peso, acompañado de mejoras en la composición corporal y la funcionalidad muscular, se traduce en menos medicamentos, menos visitas al médico y una vida cotidiana menos condicionada por la enfermedad. “El constructo de esa calidad de vida tiene muchas aristas y lo que vive la persona que tiene obesidad y complicaciones en su salud impacta tremendamente en su día a día”, subrayó Mosciulsky.

Un aspecto innovador de los estudios presentados fue la evaluación de la perspectiva del paciente. El estudio AUX-STEP1, por ejemplo, indagó en el nivel de satisfacción y las expectativas antes y después del tratamiento. Inicialmente, la mayoría esperaba solo perder peso, pero con el avance del tratamiento, resignificaron sus prioridades: el control del apetito, la reducción del pensamiento intrusivo de comida y la capacidad de mantener los cambios de hábitos adquirieron un valor central. “La persona que vive con obesidad tiene el deseo de comida prendido todo el tiempo. Ese pensamiento de comida no los deja tomar buenas decisiones, es intrusivo y les saca energía para otras cosas”, describió la especialista.
Además, el tratamiento farmacológico facilitó la incorporación de hábitos saludables, como la actividad física progresiva, algo impensado para muchos antes de iniciar la terapia. El abordaje integral y la personalización se consolidan como ejes del éxito terapéutico, junto con la empatía y el acompañamiento profesional.
El diagnóstico de obesidad, en la actualidad, requiere una mirada más sofisticada. Si bien el índice de masa corporal sigue siendo un parámetro epidemiológico útil, los especialistas recomiendan sumarle la circunferencia abdominal y el análisis del tipo y la localización de la grasa. Para iniciar tratamiento farmacológico, se considera un IMC mayor a treinta, o mayor a veintisiete con comorbilidades metabólicas, aunque la tendencia apunta a individualizar la decisión según el perfil y las necesidades de cada paciente.
La evidencia reunida en el Congreso Europeo de Obesidad 2026 demuestra que el abordaje de la obesidad exige ciencia, empatía y estrategias personalizadas. La integración de tratamientos eficaces, el acompañamiento multidisciplinario y el reconocimiento del impacto social y psicológico abren una nueva era en la lucha contra una enfermedad que afecta a millones de personas en el mundo.













