
Las grasas trans siguen presentes en alimentos de consumo habitual y su detección no siempre es simple, incluso en un contexto de mayor información nutricional. El interés no pasa solo por saber que existen, sino por entender por qué todavía aparecen en productos procesados y qué señales permiten identificarlas antes de consumirlas.
La discusión gana actualidad por una razón práctica: estas grasas pueden estar en productos horneados, fritos, envasados o de comida rápida que forman parte de rutinas extendidas. La clave de esta nota está en cómo reconocer un componente que no ofrece beneficios biológicos conocidos y que se asocia con riesgos cardiovasculares y metabólicos.
Según publicó Aurora Casanova, especialista con formación en salud y bienestar y diplomada en nutrición deportiva, en SportLife, este tipo de grasa puede aparecer “escondido” en muchos alimentos procesados y exige una lectura atenta de los ingredientes.

La explicación y el criterio de restricción que toma como referencia la Asociación Americana del Corazón permiten ordenar esa inquietud desde un enfoque concreto: qué son las grasas trans, qué efectos se les atribuyen y dónde pueden aparecer.
Por qué siguen siendo un problema en alimentos cotidianos
Las grasas trans se generan cuando los fabricantes transforman aceites líquidos en grasas sólidas mediante hidrogenación. Ese proceso modifica la textura y la estabilidad del producto y explica su presencia en distintos alimentos horneados, fritos, envasados o procesados. La especialista explicó que muchas veces aparecen de forma poco visible dentro de productos de consumo habitual.
La preocupación principal se concentra en su efecto sobre el perfil lipídico, que es el conjunto de valores vinculados con las grasas que circulan en la sangre. Según detalló, las grasas trans elevan los niveles de LDL y reducen los de HDL.

El LDL se asocia con la formación de depósitos grasos en las arterias. El HDL participa en el retiro de colesterol de la circulación. Cuando ese equilibrio se altera, aumenta la acumulación de ateromas, que son placas de grasa en las arterias, y con eso crece el riesgo de angina de pecho, infarto y accidente cerebrovascular.
La autora también señaló que el consumo continuado de grasas trans puede vincularse con aumento de peso y con mayor riesgo de diabetes tipo 2.
Qué dice la recomendación de referencia
Casanova sostuvo que el cuerpo no necesita funciones biológicas o metabólicas y planteó que lo deseable sería no consumir ninguna.

Esa definición aparece en línea con el criterio de fuerte restricción que atribuye a la Asociación Americana del Corazón, utilizada en la nota como referencia para marcar que se trata de un componente cuya presencia en la dieta debería reducirse al mínimo.
No se trata de un nutriente que deba administrarse con equilibrio, sino de un componente que conviene detectar para evitarlo en la medida de lo posible. La utilidad periodística, en ese marco, está en traducir esa advertencia en una pregunta concreta sobre el consumo cotidiano: cómo reconocer grasas trans en productos de uso frecuente.
La dificultad central está en que la ingesta no siempre es evidente. Muchas personas pueden incorporarlas sin saberlo, sobre todo cuando aparecen en alimentos que no se perciben de inmediato como problemáticos.

Qué mirar en etiquetas y menús
Dentro de la Unión Europea, los alimentos elaborados y comercializados deben incluir una etiqueta con información nutricional sobre el contenido de grasas.
También indicó que los fabricantes están obligados a detallar las grasas trans utilizadas en la preparación, con mención de su porcentaje y naturaleza.
La autora advirtió sobre ciertos resquicios en el etiquetado. Uno de los signos más relevantes es la aparición del término “parcialmente hidrogenado” en la lista de ingredientes. Según explicó, esa expresión indica que los aceites fueron convertidos en sólidos y que, como consecuencia, se trata de grasas trans.

La nota también menciona algunos comercios de comida rápida, donde pueden utilizarse aceites sólidos para freír. Casanova señaló que, aunque por ley deberían ofrecer información nutricional en sus menús, esa información no siempre resulta fácil de encontrar.
Entre los alimentos más habituales con presencia de grasas trans aparecen productos procesados que, además, suelen incluir calorías adicionales por exceso de azúcar y un perfil nutricional bajo.
También aclaró que no todos los alimentos listos para consumir ni todos los productos de comida rápida contienen estas grasas. La diferencia, según su planteo, depende de la calidad de los ingredientes y de una verificación concreta del etiquetado. Bajo ese criterio, la revisión de la lista de componentes aparece como el recurso más preciso para reducir su consumo.














