
“La terapia hormonal es uno de los temas más discutidos y menos comprendidos ahora en la salud de las mujeres”. Con esta frase, Mark Hyman, conductor y referente en medicina funcional, comenzó un nuevo episodio del podcast Office Hours, junto a la doctora Cynthia Geyer, del UltraWellness Center, clínica de medicina funcional en Estados Unidos. Durante la transmisión, analizaron mitos y verdades sobre esta intervención, abordando dudas sobre seguridad, riesgos, beneficios y alternativas.
Un nuevo enfoque integral en la menopausia
Durante años, la terapia hormonal estuvo acompañada de advertencias, en parte por los resultados de estudios como el Women’s Health Initiative, que llevaron a limitar su uso. Las pruebas de nuevos estudios, sumadas a la revisión de guías internacionales, modificaron ese enfoque restrictivo.
“En noviembre de 2025, la FDA eliminó la caja negra de advertencia para las hormonas”, destacó Geyer, quien definió la medida como “un cambio”. Actualmente, sociedades como el Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos y la Sociedad de Menopausia afirman que los beneficios superan los riesgos si el tratamiento comienza dentro de los cinco a diez años posteriores al último período menstrual.

Ambos especialistas insistieron en que la salud femenina durante la menopausia requiere una visión integral. “No se puede analizar solo el estrógeno y la progesterona. Hay cambios en la insulina, en el colesterol, en el colágeno y en la distribución del peso corporal”, explicó Geyer. Limitarse a las hormonas implica desatender factores clave para el bienestar en esta etapa.
Cuándo iniciar la terapia y cómo evaluar riesgos
El momento de inicio resulta crucial. “Iniciar la terapia dentro de 5 a 10 años después de la menopausia es clave porque la mayoría de las mujeres todavía no ha acumulado placas en las arterias”, indicó Geyer. Los riesgos cardiovasculares aumentan cuando se administra por vía oral a mujeres con placas previas.
“Las evidencias más recientes sugieren que, si se emplea la terapia por vía transdérmica, el impacto negativo parece menor e incluso puede ser beneficioso”, añadió. Los tejidos muestran mejor respuesta al estrógeno cuanto más reciente es la menopausia.

El temor al cáncer de mama persiste. “El riesgo depende mucho del tipo de compuesto y de la duración del uso”, aclaró Geyer. En mujeres con histerectomía y tratadas solo con estrógeno, “se observó incluso una reducción del riesgo de cáncer de mama”.
El aumento del riesgo se vincula con progestinas sintéticas; con progesterona bioidéntica micronizada, “no parece aumentar ese riesgo” si se utiliza hasta 5 años. En mujeres con útero, “la combinación con progesterona protege el tejido endometrial y aminora el riesgo de cáncer de útero”.
Beneficios y alternativas a la terapia hormonal
“La terapia hormonal con estrógeno y progesterona es la más efectiva frente a los sofocos y los sudores nocturnos”, afirmó Geyer. También mejora la calidad del sueño, previene alteraciones respiratorias y favorece la densidad ósea, ayudando a prevenir la osteoporosis.

Otro beneficio es la influencia positiva en la distribución del peso, ayudando a evitar el aumento de grasa abdominal y reduciendo el riesgo de complicaciones metabólicas y cardiovasculares. En cuanto a la sexualidad, Geyer resaltó: “Muchas mujeres notan una mejora en la libido y en la sequedad vaginal”.
Para quienes no pueden o no desean recibir hormonas, Geyer propuso opciones no farmacológicas: “Una alimentación que regule la glucosa ayuda a controlar los sofocos”. Recomienda una dieta rica en fibra, evitar azúcares refinados y reducir cafeína, alcohol y comidas picantes si agravan los síntomas.
Los alimentos de soja natural —tofu, tempeh, edamame— pueden aliviar los síntomas vasomotores sin aumentar el riesgo de cáncer de mama. Ejercicio regular, técnicas de reducción del estrés y suplementos como cohosh negro o extracto de corteza de pino completan las alternativas.

Personalización, controles y contraindicaciones
El enfoque actual prioriza la personalización y un monitoreo ajustado. “Usamos los niveles en sangre para ajustar dosis, analizamos metabolitos en orina para ver riesgos y metabolismo del estrógeno, y el cortisol en saliva para valorar el estrés”, detalló Geyer. Es fundamental evaluar también insulina, tiroides y vitamina D. Pruebas como la densitometría ósea y análisis de marcadores metabólicos y cardiovasculares permiten adaptar el plan a cada paciente.
El tratamiento debe revisarse todos los años. “Las indicaciones deben personalizarse cada año, según la evolución de la salud y los nuevos objetivos de cada paciente”, subrayó Geyer. Algunas mujeres se benefician de la terapia más de 10 años, otras pueden suspenderla según su experiencia y preferencias.
Existen contraindicaciones: mujeres con cáncer de mama con receptores hormonales positivos, antecedentes de coágulos sanguíneos o enfermedad hepática requieren evaluación minuciosa y alternativas. Frente a sangrado vaginal inexplicado, debe descartarse cualquier otra causa antes de iniciar el tratamiento. “Si una mujer mantiene dudas o temor, debe respetarse esa decisión. Muchas logran buena calidad de vida con otros recursos”, concluyó la especialista.














