
Los trastornos de ansiedad son la condición de salud mental más extendida en el mundo: la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 4,4% de la población global —unos 359 millones de personas— los padece.
Lejos de tratarse de una reacción pasajera al estrés cotidiano, estos episodios pueden paralizar por completo a quien los padece: el corazón se dispara, la respiración se entrecorta y la sensación de muerte inminente toma el control. Los trastornos de ansiedad son, además, la quinta causa de años vividos con discapacidad a nivel mundial, según la OMS.
Pese a su alta prevalencia, la brecha de atención es pronunciada: apenas 1 de cada 4 personas que necesita tratamiento lo recibe. La ansiedad y la depresión juntas le cuestan a la economía mundial USD 1 billón por año en productividad perdida y gastos sanitarios, de acuerdo con datos de la OMS publicados en 2025. Los ataques de pánico —una forma aguda de la crisis de ansiedad que suele confundirse con un infarto— representan la manifestación más intensa y súbita de estos trastornos.
Qué es una crisis de ansiedad y cómo se manifiesta
La ansiedad tiene una función biológica: prepara al organismo para enfrentar amenazas reales. El problema surge cuando ese mecanismo de alerta se activa sin un peligro concreto que lo justifique. A diferencia de la preocupación habitual, la ansiedad patológica no remite con el tiempo, se activa ante situaciones diversas y tiende a intensificarse.

Durante un ataque de pánico, los síntomas físicos alcanzan su pico en menos de diez minutos. El cuadro incluye dolor en el pecho, taquicardia, dificultad para respirar e hiperventilación, según documenta la Cleveland Clinic. A esto se suman temblores, escalofríos, náuseas, sudoración y hormigueo en los dedos. En el plano psicológico, la persona experimenta terror intenso, sensación de asfixia, miedo a perder el control y, en muchos casos, la certeza de estar muriendo.
Dos fenómenos psicológicos acompañan con frecuencia estas crisis: la despersonalización —sensación de estar desconectado del propio cuerpo— y la desrealización —percepción de que el entorno no es real—. Ambos amplifican la percepción de amenaza y explican que los pacientes los describan como clínicamente desbordantes.
Los episodios suelen durar entre cinco y veinte minutos, aunque algunos pacientes han reportado ataques que se extienden hasta una hora. Lo característico del trastorno de pánico —una forma específica de trastorno de ansiedad— es que los ataques ocurren de manera inesperada, sin un desencadenante identificable.
Causas y factores de riesgo
No existe una causa única para los trastornos de ansiedad. Un estudio publicado en The Lancet establece que el riesgo está determinado por la interacción entre factores genéticos, ambientales y epigenéticos —cambios en la expresión de los genes producidos por el entorno, sin alteración del ADN—. La herencia explica entre el 35% y el 50% de la predisposición, según el subtipo del trastorno. Tener un familiar de primer grado con trastorno de pánico, por ejemplo, eleva el riesgo propio en un 40%.

Entre los factores ambientales, el mismo estudio —firmado por investigadores de la Universidad Médica de Ámsterdam y del NIMH— identifica el trauma infantil, la separación de figuras de apego y las prácticas parentales sobreprotectoras —aquellas que limitan la exposición del niño a situaciones de dificultad— como determinantes que operan desde los primeros años de vida. En la adultez, eventos estresantes sostenidos como el desempleo, la pobreza, la discriminación y la soledad también predicen el inicio de un cuadro ansioso.
Ciertas condiciones físicas pueden desencadenar o agravar la ansiedad: enfermedades cardíacas, diabetes, problemas de tiroides, trastornos respiratorios como la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), el uso o la abstinencia de drogas y alcohol, y el dolor crónico. En algunos casos, la ansiedad es el primer síntoma visible de una enfermedad orgánica subyacente.
El GABA —el principal mensajero químico inhibidor del sistema nervioso central, responsable de reducir la actividad neuronal y promover la calma— es uno de los neurotransmisores cuyo desequilibrio se asocia con mayor frecuencia a los trastornos de ansiedad. El cortisol y la serotonina también tienen incidencia.
Estudios de neuroimagen funcional muestran alteraciones en las regiones temporales y prefrontales del cerebro de personas con estos trastornos —áreas involucradas en el procesamiento del miedo y la toma de decisiones—, a través de técnicas como la resonancia magnética funcional y la tomografía. La OMS documenta que el trastorno de ansiedad generalizada es el subtipo más común dentro del espectro, presente en todos los grupos etarios y en todos los niveles socioeconómicos a escala global.
Las mujeres presentan una prevalencia de 1,3 a 2,4 veces mayor que los hombres, diferencia que se acentúa a partir de la adolescencia. El grupo etario con mayor incidencia anual es el de 18 a 25 años.














