
Cada año, con la llegada del frío, las intoxicaciones por monóxido de carbono vuelven a encender las alarmas en Argentina. Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, alrededor de 200 personas mueren anualmente y unas 40.000 resultan afectadas por la inhalación de este gas. El problema no es nuevo, pero se repite con una regularidad que las campañas de prevención aún no lograron revertir.
Este gas tóxico no tiene olor, color ni sabor. No produce irritación ni ninguna señal perceptible para quien lo inhala, razón por la que los especialistas lo llaman el “asesino silencioso”. Se genera cuando un artefacto que funciona a gas, leña, carbón, kerosene u otro combustible con carbono quema de forma incompleta. Eso significa que el riesgo no está acotado a los hogares con gas natural: cualquier vivienda con una instalación deficiente o un artefacto mal mantenido puede ser un escenario de intoxicación.
El peligro existe durante todo el año, pero se intensifica en los meses fríos. Las casas se cierran, la ventilación se reduce y los artefactos de calefacción vuelven a encenderse después de meses de inactividad. Esa combinación —ambientes más herméticos y equipos que no recibieron mantenimiento— es el terreno donde los accidentes se producen con mayor frecuencia. Solo en la zona de distribución de Metrogas (la ciudad de Buenos Aires y 11 partidos del conurbano bonaerense), en 2023 el monóxido de carbono causó 15 muertes y dejó 82 personas hospitalizadas. En lo que va de 2026, la empresa registró 16 intervenciones técnicas por presencia del gas: al menos 28 personas resultaron afectadas y seis fallecieron.

Cómo evitar intoxicaciones con dióxido de carbono
La prevención parte de una premisa básica: cualquier artefacto que funcione con combustión puede generar monóxido de carbono si quema mal o si sus gases no se evacúan correctamente al exterior. Así lo señala Sergio Felice, jefe de Seguridad de Camuzzi Gas, quien advierte que los casos suelen estar vinculados a estufas, calefones, termotanques, hornallas y hornos.
El mantenimiento anual es la primera medida. Los especialistas recomiendan revisar todos los artefactos al menos una vez por año con un gasista matriculado, preferentemente antes del inicio del invierno. Esa revisión debe incluir el estado de los quemadores, la ventilación, los tirajes y las salidas al exterior. Felice menciona que en algunas inspecciones encontraron nidos de aves dentro de los conductos, lo que obstruía la salida de los gases.
Otro punto crítico son las rejillas de ventilación. En muchos hogares, durante el invierno, se las bloquea con muebles, cuadros o cintas para evitar la entrada de aire frío. Tapar esas aberturas impide la renovación del aire y favorece la acumulación de gases tóxicos. Si la rejilla tiene algún desperfecto, mantener una ventana entreabierta es la alternativa recomendada.
Ambas distribuidoras señalan que una de las prácticas más riesgosas también es usar la cocina o el horno para calentar ambientes. Las hornallas y el horno están diseñados para cocinar, no para calefaccionar. Encenderlos con ese fin en espacios cerrados puede elevar la concentración de monóxido de carbono al punto de provocar pérdida de conciencia o la muerte. En los dormitorios, la normativa solo permite estufas de tiro balanceado, siempre que estén bien instaladas y con mantenimiento al día.
Ante cualquier sospecha de intoxicación, la recomendación es inmediata: ventilar el ambiente, abrir puertas y ventanas, apagar los artefactos, salir del lugar y llamar al servicio de emergencias.

De qué color tiene que ser la llama de la estufa para que no represente un riesgo
Dado que el monóxido de carbono no puede detectarse por los sentidos, existen señales indirectas que permiten advertir una combustión deficiente. La principal, según Felice, es el color de la llama.
En estufas, cocinas, calefones y termotanques, la llama debe ser azul, estable y pareja. Si vira al amarillo, naranja o rojizo, es un indicio de que la combustión no es completa y de que el artefacto puede estar generando monóxido de carbono. Esa variación en el color no debe ignorarse ni postergarse.
La otra señal a observar son las manchas negras. La presencia de hollín sobre las paredes, techos o en la superficie de los artefactos —especialmente alrededor de calefones y termotanques— no es normal, de acuerdo con el experto. Ante cualquiera de estas señales, la indicación es apagar el equipo de inmediato y contactar a un gasista matriculado.

Síntomas de la intoxicación con dióxido de carbono
La dificultad para detectar una intoxicación por monóxido de carbono radica en que sus primeros efectos pueden confundirse con otros malestares comunes. Los síntomas iniciales incluyen dolor de cabeza, náuseas y vómitos. A medida que la concentración del gas en el ambiente aumenta, el cuadro puede agravarse hasta provocar pérdida de conciencia.
El desenlace fatal es posible si la persona permanece en el ambiente contaminado sin recibir atención. La ausencia de señales sensoriales —el gas no huele, no se ve ni irrita— hace que muchas víctimas no adviertan el peligro hasta que ya están incapacitadas para reaccionar. Ese es el rasgo que convierte al monóxido de carbono en un riesgo especialmente grave en espacios cerrados y durante el sueño.
Alejandro Di Lázzaro, director de Asuntos Corporativos y Comunicación de Metrogas, subrayó que “la intoxicación por monóxido de carbono puede evitarse” y que la empresa no dejará de trabajar en la prevención hasta que los accidentes fatales desciendan a valores mínimos. Camuzzi, por su parte, trabaja desde hace tres años junto con la Asociación Civil Argentina Reanima en capacitaciones comunitarias que combinan prevención de intoxicaciones con prácticas de reanimación cardiopulmonar (RCP) y uso de desfibrilador.














