
Cada 15 de junio se conmemora el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, instaurado por la Organización Mundial de la Salud para visibilizar un fenómeno que, según un metaanálisis global, afecta a más de una cuarta parte de los adultos mayores que viven en comunidad.
La OMS aporta otros datos, uno de cada seis. De todas maneras, ambas cifras son preocupantes y más si se considera como en otras estadísticas globales, en regiones con poco registro estadístico, como es América Latina, esa cifra se presume que es mayor.
El maltrato emocional y psicológico es el más prevalente, pero el económico es el que mayor impunidad goza: un 40% de los casos de abuso patrimonial nunca llega a la justicia. Estos y otros informes ponen cifras a lo que muchas prefieren no ver.
Si bien cuando pensamos en maltrato y violencia, la imagen habitual es ligada a lo físico o negligencia en geriátricos, las formas más comunes y perniciosas, son otras, más silenciosas y difíciles de nombrar: el abuso económico cometido por familiares directos, el abandono afectivo y el aislamiento que la sociedad disfraza de “independencia” y la exclusión digital que convierte cada trámite cotidiano en un muro infranqueable.

Como en diversas áreas, el lenguaje precede al acto y en el caso del maltrato a los mayores, también el lenguaje legitima el abandono. Ya mucho antes del primer retiro indebido de una jubilación o del primer golpe, hay una capa de violencia más profunda que rara vez se nombra como tal.
Es el lenguaje que parece no aceptar lo que implica realmente y se da en los más diversos ámbitos: “Ya está grande para eso”, “no entiende”, “es mucho gasto”, “mejor que no maneje sus cosas“.
El problema de estas frases no es solo moral: es estructural. Bajo un sesgo utilitarista que asocia el valor de una vida a su capacidad de producción y consumo, la vejez deja de ser concebida como la etapa de la sabiduría acumulada para pasar a ser leída como una carga pasiva o un residuo del sistema. Esta violencia discursiva despoja a la vejez de su dimensión biográfica.
El problema es que quien es objeto de esa narrativa, termina aceptándola como razón evidente. La víctima participa en su victimización convencida de que es lógica. Así termina siendo introyectada: la persona comienza a sentir que, por el solo hecho de acumular años, su existencia ha dejado de ser prioritaria para la comunidad. Cuando ese discurso se instala en las instituciones, habilita todo lo que viene después.
La exclusión digital como estresor clínico

Según datos del INDEC y la Encuesta Nacional de Consumos Culturales 2022, seis de cada diez personas mayores de 65 años en Argentina no utilizan internet de forma regular. En zonas rurales, esa cifra asciende al 72%.
En un mundo donde los turnos médicos, las recetas electrónicas, los trámites previsionales y las comunicaciones familiares pasan por una pantalla, quien queda afuera del mundo digital queda afuera de la ciudadanía.
Pero la exclusión digital no es solo una incomodidad. Desde el punto de vista clínico, cuando un adulto mayor se ve forzado a interactuar con interfaces tecnológicas hostiles, turnos automáticos, validaciones biométricas que no reconocen sus rasgos, claves que vencen sin aviso, estamos ante un estresor crónico agudo que desborda sus mecanismos de adaptación y lo sumerge en un estado de indefensión aprendida.
Esta vulnerabilidad cognitiva lo expone de forma directa a la manipulación y a diversas formas de las estafas.

Un estudio longitudinal de ocho años publicado en Aging (2025), con más de ocho mil participantes mayores de 65 años, encontró que el aislamiento digital se asocia con un riesgo significativamente mayor de depresión.
La persona mayor que no puede gestionar un turno online no solo pierde un servicio: se convence de la exclusión inevitable. Esto no se trata de un problema de adaptación individual.
La forma más frecuente de maltrato a adultos mayores en Argentina no ocurre en geriátricos ni en la vía pública, sino como otra forma de abuso: intramuros. Hijos que administran sin autorización real la jubilación de sus padres. Cuidadores que vacían cuentas bancarias aprovechando la confianza y, en muchos casos, el deterioro cognitivo leve del mayor. Los que “se ocupan” y terminan siendo beneficiarios de testamentos son un clásico judicial muy frecuente.

El investigador Karl Pillemer ha documentado extensamente en un informe cómo el estrés del cuidador y las disfunciones intrafamiliares precipitan el abuso económico y patrimonial. La víctima suele guardar silencio por dependencia afectiva hacia sus propios agresores, o porque un deterioro cognitivo sutil disminuye su capacidad de resistencia jurídica.
El Ministerio Público Fiscal de la Ciudad de Buenos Aires alertó en octubre de 2025 por un incremento de estafas cometidas por cuidadores.
La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema registra que la violencia psicológica aparece en el 96% de los casos denunciados. La económica, en cambio, suele presentarse sin denuncia, muchos casos de abuso patrimonial nunca llegan a la justicia.
La soledad no elegida: un fenómeno biológico, no solo emocional

Durante años la soledad fue interpretada como un problema existencial o afectivo. Hoy sabemos que impacta también en nuestra biología. El aislamiento social crónico actúa sobre el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, desencadenando cascadas inflamatorias y un aumento del cortisol.
Diversas investigaciones demuestran una correlación directa entre la soledad prolongada y la alteración de las redes corticales, con aceleración del depósito de proteínas asociadas al deterioro cognitivo y al Alzheimer. Un metaanálisis reciente confirma que la soledad crónica eleva en un 26% el riesgo de desarrollar demencia.
La soledad no elegida no es simplemente “estar solo”. Es una forma de estrés biológico sostenido que lesiona el tejido cerebral con la misma contundencia que una patología cardiovascular mayor.
En la práctica clínica esto se observa a diario: adultos mayores que comienzan a deteriorarse aceleradamente luego de enviudar, perder vínculos o quedar aislados tecnológicamente. La desconexión afectiva termina convirtiéndose en un factor directo de neurodegeneración.

En Argentina, el Observatorio Municipal de la Soledad No Deseada de Córdoba tiene en su agenda central el estudio de la soledad y en ella un lugar central es la problemática en personas mayores.
Este observatorio organizó hace unos días en Córdoba el I Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada, donde se presentó el primer estudio local sobre autopercepción de soledad en adultos mayores.
El interés del congreso es planteado por los organizadores diciendo que “la evidencia científica internacional ha demostrado que la soledad persistente se asocia a mayores niveles de depresión, deterioro cognitivo y enfermedades crónicas».
La salud: cuando el sistema excluye a quienes más lo necesitan

Existe una paradoja inquietante: cuanto más necesita cuidado una persona, más difícil se le vuelve acceder al sistema.
En la etapa de la vida donde requieren un acompañamiento más personalizado e integral, el adulto mayor se topa con una medicina crecientemente burocratizada, fragmentada y digitalizada.
La consulta presencial, la escucha atenta y el ojo clínico humanista han sido desplazados por aplicaciones complejas, turnos automáticos y consultas exprés que ignoran la complejidad del paciente.
Autorizar una medicación, obtener una receta digital o conseguir turno con un especialista puede ser un laberinto burocrático tecnológico que transforma el derecho a la salud en un factor adicional de estrés crónico que retroalimenta la vulnerabilidad orgánica.
En muchos casos existe la idea implícita de que ciertas intervenciones “ya no valen la pena” debido a la edad del paciente. La edad comienza entonces a funcionar como criterio informal de postergación terapéutica y de optimización de recursos.
Señales de alerta: qué observar en un familiar o vecino

El maltrato a los mayores rara vez se presenta de forma espectacular. Se ve a través de cambios pequeños y progresivos: aislamiento creciente, abandono de la higiene o alimentación, miedo a hablar de dinero, aparición de “ayudantes”, personas que “la quieren mucho”, ya que “sus hijos o familiares no aparecen”.
Esas personas, expresando preocupación e interés terminan sometiendo a alguien que hasta hace poco no conocían y luego creerán que son lógicos beneficiarios de sus bienes.
Lamentablemente, también pasa con hijos en detrimento de otros. El anciano queda a merced de otros.
Todo esto, más allá de la actividad de aprovechamiento de la debilidad, somete al mayor a un maltrato acumulado.

Frente a esto hay, líneas de acción concretas: crear fiscalías especializadas en abuso económico a mayores; implementar programas municipales de “vecinos solidarios” donde un voluntario visite semanalmente a un adulto mayor solo; capacitar de forma obligatoria al personal bancario para detectar operaciones sospechosas en cuentas de jubilados y capacitar a los equipos de salud para modificar la forma de manejarse con los ancianos y acercarse en sus términos.
También generar datos locales actualizados: la ausencia de estadísticas nacionales sobre prevalencia de maltrato en Argentina es, en sí misma, una forma de negligencia institucional.
Al mismo tiempo, acercar la administración de justicia a la características de los justiciables. No podemos esperar que los ancianos denuncien y además movilicen su causa. La responsabilidad es de toda la comunidad.
Una sociedad que tolera la marginación tecnológica de sus mayores, que valida discursos que los sitúan en la categoría de lo descartable y que burocratiza el acceso a la salud hasta deshumanizarlo está incurriendo en una negligencia colectiva.
Deconstruir la retórica de la obsolescencia y humanizar el trato hacia la vejez no es un acto de caridad: es el único camino posible para preservar nuestra propia dignidad humana.














