
¿Quién no experimentó alguna vez la sensación de tener una palabra “en la punta de la lengua” sin poder decirla? Pasan los minutos, parece que ya la vamos a poder enunciar, “empieza con d”… pero no, se resiste a ser pronunciada.
Este fenómeno universal (conocido en inglés como TOT, siglas de tip-of-the-tongue: punta de la lengua) no es exclusivamente un fallo de memoria, porque el recuerdo está activo, según estudios.
Camila Sánchez Salinas, licenciada en Psicología y especialista en Neuropsicología Clínica, explicó a Infobae que ocurre cuando sabemos qué queremos decir, pero en ese momento no logramos recuperar la palabra exacta. “Incluso podemos recordar algunos datos sobre ella, por ejemplo, con qué letra comienza o cómo suena, sin poder decirla por completo”.
¿Por qué se produce? “Esto sucede porque acceder a una palabra implica distintos pasos y la participación coordinada de varias regiones cerebrales. Primero se activa su significado, proceso en el que tienen un papel importante distintas áreas temporales, especialmente del hemisferio izquierdo. Luego, debemos recuperar la forma sonora de la palabra para poder pronunciarla. Las regiones frontales también participan, ayudándonos a orientar y sostener la búsqueda cuando la palabra no aparece de manera automática”, describió la experta.

“En los estados de punta de la lengua, el significado está disponible, pero el acceso a la forma sonora se demora o se interrumpe momentáneamente. De ahí surge esa sensación tan característica de ‘sé lo que quiero decir, pero no me sale’”, detalló la especialista.
Este fenómeno puede ocurrir en distintas etapas de la vida, pero es más frecuente con el paso de los años.
“Puede suceder a cualquier edad, especialmente cuando estamos cansados, distraídos o bajo presión. Sin embargo, tiende a hacerse más frecuente con el envejecimiento, porque la comunicación entre los distintos componentes de esta red puede volverse menos rápida y eficiente. Esto no significa necesariamente que la palabra se haya perdido. Muchas veces aparece espontáneamente unos minutos más tarde o cuando dejamos de esforzarnos por encontrarla”, describió Sánchez Salinas.
Qué es la fluidez verbal

El lenguaje no funciona de forma aislada, dicen los expertos: para sostener una conversación o explicar una idea intervienen la atención, la memoria y las funciones ejecutivas, vinculadas con la organización y el control de la conducta. Una alteración en cualquiera de estos procesos puede hacer más difícil la comunicación cotidiana.
“Si nos enfocamos en el dominio cognitivo del lenguaje, es decir, en su funcionamiento mental, una de las características principales que posee es la fluencia verbal. Esta hace referencia a la capacidad de una persona para producir palabras de manera rápida y fluida”, comentó a Infobae la licenciada Florencia Basso, neuropsicóloga e integrante del departamento de Neuropsicología de INECO.
Esta capacidad es la facilidad con la que una persona puede recuperar y expresar palabras de manera espontánea y sin esfuerzo en el habla o la escritura. A su vez, la profesional agregó: “La fluidez verbal es una habilidad importante en la comunicación y el procesamiento del lenguaje que está relacionada con varios aspectos cognitivos, como la memoria, la atención, la velocidad de procesamiento, entre otros”.
La especialista detalló que en el contexto del habla, la fluencia verbal se detecta cuando una persona es capaz de hablar con facilidad, sin titubeos ni pausas excesivas, y puede expresar sus ideas de manera coherente y fluida. En el contexto de la escritura, la fluencia verbal se refleja en la capacidad de una persona para escribir de manera rápida y sin dificultad, generando textos que fluyen de manera natural y coherente.
Qué cambios esperar en el lenguaje con el envejecimiento

La licenciada Sánchez Salinas explicó en su libro Entrená tu cerebro. Estrategias y herramientas para cuidar tu mente y salud cognitiva: “Las dificultades para encontrar las palabras que queremos decir y el fenómeno de la punta de la lengua son algunos de los cambios más frecuentes en el envejecimiento”.
Diversos estudios han mostrado, además, una disminución en la fluidez y en la velocidad del habla. “Es común que aparezca una mayor cantidad de disfluencias, es decir, repeticiones de palabras o sonidos (por ejemplo: “eh…”, “este…”), así como pausas o silencios más prolongados. En conjunto, esto suele dar lugar a un ritmo de habla más lento”, señaló en el libro.
Otro de los cambios más frecuentes es que lleve más tiempo encontrar una palabra, especialmente nombres propios o de objetos.

Sin embargo, el envejecimiento no afecta del mismo modo a todos los aspectos del lenguaje, indicó la psicóloga. “Mientras que la velocidad para recuperar algunas palabras puede disminuir, la comprensión del lenguaje cotidiano suele mantenerse relativamente conservada. El vocabulario, los conocimientos generales y la experiencia acumulada también suelen ser capacidades robustas, e incluso pueden continuar enriqueciéndose a lo largo de la vida”, expresó.
Por eso indicó la experta que es importante diferenciar entre necesitar más tiempo para encontrar una palabra y perder el conocimiento de esa palabra o tener dificultades persistentes para comprender o comunicarse. “Lo primero puede formar parte de los cambios esperables; lo segundo, especialmente si representa un cambio respecto del funcionamiento anterior e interfiere en la vida cotidiana, merece una consulta”, advirtió.
Cuándo consultar a un profesional

La licenciada Sánchez Salinas señaló en su libro que es recomendable consultar a un profesional si se observan situaciones como las siguientes:
- Dificultades frecuentes para encontrar las palabras, que van más allá de momentos aislados y hacen que las conversaciones se vuelvan más trabajosas.
- Problemas para comprender conversaciones.
- Uso de palabras incorrectas o confusiones al nombrar objetos habituales.
- Dificultad para seguir el hilo de una conversación o para organizar lo que se quiere decir.
- Cambios notorios en la forma de hablar, percibidos por la persona o por su entorno.
En estos casos, una evaluación clínica y neuropsicológica puede ayudar a comprender mejor estos síntomas y llegar a un diagnóstico y tratamiento.
Cómo mejorar nuestra fluidez y agilidad verbal

Sánchez Salinas explicó que la fluidez verbal se puede estimular mediante actividades que nos inviten a buscar palabras, relacionar conceptos, organizar ideas y utilizarlas en situaciones significativas. Podemos hacerlo de forma escrita, pero también oralmente, por ejemplo, al conversar o intentar contar algo con nuestras propias palabras.
“Si en esas situaciones una palabra no aparece, en lugar de abandonar inmediatamente la búsqueda podemos intentar aproximarnos a ella: utilizar un sinónimo, pensar con qué letra comienza o describir para qué sirve, dónde se utiliza o qué características tiene. Estas pistas y estrategias ayudan a activar distintas vías de acceso a la palabra”.
Otra práctica útil, agregó la psicóloga, consiste en iniciar conversaciones sobre temas que nos interesen. “Esto también pone en juego la memoria, porque necesitamos recuperar la información que conocemos sobre el tema, y la atención, porque debemos seguir el intercambio y mantener el hilo de la conversación. Reducir las distracciones puede ayudarnos a concentrarnos mejor y a expresarnos con mayor fluidez”.

Para la psicóloga, lo mejor para mantener activo el lenguaje es utilizarlo de manera frecuente, variada y con sentido. “Leer es valioso, pero no es la única posibilidad. También necesitamos producir lenguaje (de forma oral o escrita) recuperar palabras, organizar relatos, intercambiar ideas y escuchar a otros. Las conversaciones y los vínculos sociales son especialmente enriquecedores porque nos exigen comprender, responder, adaptarnos a lo que dice la otra persona y sostener un tema en tiempo real”, detalló.
Según la especialista, la mejor actividad no es necesariamente la más difícil, sino aquella que nos plantea un desafío posible, nos interesa y podemos sostener en el tiempo.
7 ejercicios de neurociencia para mejorar la fluidez y la agilidad verbal

No existe una frecuencia única ni una cantidad exacta de minutos de ejercitación que garantice mejores resultados, advirtió la psicóloga. “En general, resulta más útil practicar de manera regular que realizar una sesión extensa de forma aislada. Podemos reservar unos minutos varios días por semana, pero también aprovechar situaciones cotidianas: comentar una lectura, contar una experiencia de manera ordenada, aprender palabras nuevas, conversar con otras personas o explicar algo que acabamos de escuchar”.
La licenciada Sánchez Salinas brindó los siguientes ejercicios para entrenar el cerebro:
1. Recuperar palabras. “Cuando en una conversación no encuentres una palabra que quieras decir, o simplemente como ejercicio cotidiano, intentá no abandonar esa palabra. Poné a prueba las siguientes estrategias”, escribió la experta: decir palabras parecidas, pensar con qué letra empieza, describirla ayudándote con preguntas como “¿Para qué sirve?”, “¿Dónde se usa?”, “¿Cómo es?”.
2. Uso cotidiano del lenguaje. Durante una conversación cotidiana, intentar: mantener el tema, evitar interrupciones y, si las hay, volver al tema original o pedir ayuda si te perdés.
“De esta manera, no solo se entrena la producción y la comprensión del lenguaje, sino que además se refuerza el sostenimiento atencional durante la conversación”, señaló Sánchez Salinas.

3. Comprensión y producción. A partir de las siguientes palabras, decir otras que estén relacionadas, armando una cadena. Por ejemplo: perro → mascota → casa → cocina…
- Avenida →
- Remera →
- Partido →
- Barrer →
- Luminoso →
- Querer →
4. Comprensión y resumen. Escuchar una noticia, una conversación o un audio, y después intentar resumir lo más importante. Tratar de utilizar palabras que se hayan mencionado en lo que escuchaste. Luego, volver a enunciar la idea, pero utilizando sinónimos o palabras similares a las que usaste la primera vez.
Por su parte, la licenciada Basso brindó los siguientes juegos para entrenar la fluidez verbal:
5. Tutti frutti. Elegir por lo menos 4-5 categorías, para luego pensar palabras que pertenezcan a cada una de ellas, pero que empiecen con una letra determinada. Un ejemplo de estas podrían ser: nombres de países, profesiones, adjetivos, frutas- verduras y objetos de cocina.

6. Palabras encadenadas: La dinámica del juego es encadenar palabras de forma que la última letra de una palabra coincida con la primera letra de la siguiente. También se puede aumentar el nivel de dificultad al hacerlo con las últimas dos o tres letras de la palabra.
7. Armar palabras a partir de las letras de otra palabra. A partir, por ejemplo, de “Lector”, pensar qué otras palabras se pueden armar con esas mismas letras. En ese caso podría ser: corte, reto, recto, etcétera.
Aprender un nuevo idioma es un desafío excelente para estimular la función cognitiva del lenguaje, además de ejercitar otras funciones cognitivas como la memoria. Otras formas de estimular la fluidez mental son el uso de trabalenguas y cantar.














