
La evidencia científica respalda que tres políticas públicas coordinadas pueden reducir la obesidad infantil. Así lo demuestra un amplio estudio publicado en The Lancet, que analizó el impacto de la Ley de Etiquetado y Publicidad de Alimentos de Chile en más de 300.000 escolares de 4 a 6 años, detallado por Infobae.
El trabajo identificó como factores clave el etiquetado frontal en productos poco saludables, el control de la oferta alimentaria en las escuelas y las restricciones a la publicidad dirigida a menores.
Especialistas consultadas por este medio remarcaron, además, el valor del ejercicio físico en la prevención.

La introducción de advertencias claras en los envases fue uno de los ejes de la ley chilena. Los productos con exceso de nutrientes críticos, como azúcares o grasas, llevan un octógono negro visible que advierte sobre su consumo. Según el estudio, este sistema “provocó una disminución medible en la prevalencia del sobrepeso entre los niños en edad escolar”, con una probabilidad un 2,85% menor de sobrepeso en niñas y un 2,4% en varones tras 18 meses de exposición.
“La novedad de este trabajo es que no se trata de una medida aislada, sino de un paquete de políticas que, en conjunto, bajan el riesgo de sobrepeso y obesidad en la primera infancia a escala nacional”, comenzó a analizar consultada por Infobae la médica pediatra, especialista en nutrición infantil y adolescente y miembro de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN) Marisa Armeno (MN 108.583).
En su mirada, destacó que “el etiquetado frontal influye directamente en la decisión de compra del adulto en la góndola”, un aspecto clave para modificar el entorno del hogar.
La ley también generó respuestas en la industria alimentaria, que reformuló productos para evitar los sellos de advertencia. El porcentaje de alimentos con alto contenido calórico disminuyó del 55% al 44% en los primeros seis meses de la normativa.
Control de los alimentos en entornos escolares

La prohibición de venta de ultraprocesados dentro de las escuelas fue otro pilar de la política chilena. El estudio consignó que la disponibilidad de productos críticos cayó un 80% en colegios, mientras que la exposición a la publicidad en estos espacios se redujo un 60%.
En este punto, la médica pediatra especialista en Nutrición Infantil y miembro del Comité de Nutrición de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) y la comisión directiva de la SAP filial Bahía Blanca Romina Lambert (MP 2.241) consideró que “la escuela es un lugar clave para impulsar hábitos saludables porque allí los niños pasan muchas horas y consumen gran parte de sus alimentos”. Sin embargo, reconoció que “si en casa se compran y consumen productos ultra procesados, el impacto de las medidas escolares puede diluirse”.
“La escuela es clave porque es el único espacio donde es posible nivelar para arriba a todos los chicos por igual, independientemente de las posibilidades puertas adentro de cada casa”, explicó Armeno. Y aclaró que el ámbito escolar impulsa el cambio, pero “la coherencia entre escuela y hogar es la que sostiene el cambio a largo plazo”.
Restricciones a la publicidad dirigida a niños

La tercera medida adoptada en Chile fue la limitación estricta de la publicidad de productos poco saludables dirigida a niños. Los resultados muestran una caída del 60% en la exposición publicitaria a este tipo de alimentos.
Las especialistas consultadas remarcaron el papel de las pantallas en la generación actual. “Las pantallas operan por tres vías al mismo tiempo, y todas empujan hacia la obesidad».
Y amplió: “Primero, predisponen al sedentarismo, ya que cada hora frente a una pantalla es una hora que el chico no se mueve. Segundo, son el principal vehículo de marketing alimentario hoy; el chico nativo digital está expuesto a una cantidad de estímulos de productos ultraprocesados que ninguna generación anterior vivió. Y tercero, comer frente a la pantalla desconecta al chico de sus señales de saciedad: come más y peor, en piloto automático».
En ese sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda evitar el uso de pantallas en menores de dos años y limitarlo a una hora diaria entre los dos y los cinco años como parte de la prevención de la obesidad.
Para Lambert, “las pantallas son un factor de riesgo enorme de obesidad en la infancia”. Y a lo expuesto por su colega, sumó: “Generan ansiedad y estrés, que favorecen el ‘picoteo’ emocional. En niños pequeños, cada hora extra de pantalla se asocia con mayor IMC”.
El ejercicio físico como pilar fundamental

Aunque la investigación publicada en The Lancet se centró en políticas alimentarias, las expertas consultadas resaltaron la importancia del ejercicio como herramienta preventiva. “La obesidad es un desbalance energético crónico, y la alimentación y el movimiento son las dos caras de esa ecuación”, puntualizó Armeno.
Y tras señalar que “las políticas alimentarias actúan sobre la entrada de energía, y la actividad física sobre el gasto y, sobre todo, sobre la salud metabólica”, destacó que el valor del movimiento va más allá del peso, ya que “el juego activo mejora el desarrollo motor y neurológico, la calidad del sueño, la salud cardiometabólica y la regulación emocional”.
Para Lambert, “la actividad física y la vida activa son fundamentales” y deben acompañar cualquier estrategia de prevención. Propuso promover el juego libre, caminar a la escuela y aprovechar programas comunitarios gratuitos, especialmente en contextos de bajos recursos.
Las barreras de acceso, como desafío a las familias más vulnerables

El estudio chileno detectó un mayor impacto de estas medidas en las familias con más recursos. Las barreras en hogares vulnerables incluyen menor acceso a alimentos frescos, menos tiempo y dinero, y falta de espacios seguros para la actividad física. “El ultraprocesado es barato, sabroso y ubicuo, mientras que la comida fresca es más cara y, a veces, ni siquiera está disponible cerca”, enfatizó Armeno.
“La familia con recursos ve el octágono y puede cambiar a una opción mejor; la familia vulnerable muchas veces ve el octágono pero igual compra el producto, porque es lo que está disponible, lo que rinde y lo que entra en el presupuesto”, consideró la especialista de la SAN.
En la misma línea, Lambert señaló que “las familias con más recursos y mejor educación, tienen la posibilidad de tener elecciones mas inteligentes a la hora de alimentarse. Además de mayor acceso a alimentos frescos y espacios seguros para hacer deporte».
Consultadas sobre qué estrategias de bajo costo o adaptadas a las posibilidades de toda economía recomiendan para mejorar la alimentación y la actividad física en todos los sectores, las especialistas coincidieron en elegir el agua como bebida principal en lugar de gaseosas y jugos, las legumbres, la leche y los huevos como proteínas accesibles; además de aprovechar las frutas y verduras de estación, que son más accesibles y cocinar en cantidad y congelar. “No se trata de pedirle a estas familias que compren superalimentos, sino de volver a lo básico, que ya saben hacer”, destacó Armeno.
La importancia de la prevención temprana: los hábitos no negociables para las especialistas

La intervención en los primeros años de vida genera cambios duraderos, coincidieron ambas especialistas.
Para Lambert, “es clave promover una alimentación equilibrada desde el embarazo; esto va a influir en las preferencias alimentarias del niño y en la composición de su microbiota intestinal”. “Hoy sabemos que la composición y la diversidad microbiana tiene un rol importante en las enfermedades crónicas”, enfatizó.
Para Armeno “es innegociable demorar y minimizar lo más posible la entrada de ultraprocesados, comer en familia y sin pantallas y fomentar una alimentación consciente, es decir, respetar el hambre y la saciedad del chico sin obligarlo a terminar el plato”. Y en relación al movimiento, aconsejó “juego activo todos los días y al aire libre siempre que se pueda”.
Las evidencias reunidas por el estudio chileno y las perspectivas de las especialistas apuntan a que la combinación de políticas públicas y hábitos familiares puede modificar el entorno obesogénico y proteger la salud de las próximas generaciones.
Por último, como es sabido, los niños aprenden del ejemplo, más de lo que se les dice. “Si una familia logra blindar esos hábitos en los primeros años, baja muchísimo el riesgo de obesidad a largo plazo, incluso en un entorno difícil”, concluyó Armeno.














