
Cuando el cuerpo entra en déficit calórico, la grasa almacenada no se evapora ni se convierte en músculo: se transforma en dióxido de carbono y agua, y sale del organismo principalmente a través de la exhalación.
Así lo explican Jonny Quinlan, profesor asistente de Fisiología del Ejercicio y Salud Muscular, y Archie Belfield, investigador doctoral, ambos de la Universidad de Birmingham, en un artículo publicado por la revista The Conversation.
La confusión sobre este proceso es generalizada, incluso entre médicos y nutricionistas. La mayoría de las personas sabe que para perder peso se debe comer menos y moverse más, pero pocas veces se pregunta adónde va exactamente esa grasa que desaparece de la balanza. La respuesta, según los especialistas, está en cada exhalación.
Qué es la grasa y cómo la almacena el cuerpo

Toda grasa que se ingiere pasa por el sistema digestivo, que la descompone en sus unidades mínimas: los ácidos grasos. Estas moléculas circulan por el organismo para cumplir funciones esenciales, como sostener la estructura celular, regular hormonas y proteger los órganos internos. Los ácidos grasos que el cuerpo no utiliza de inmediato se almacenan como triglicéridos dentro de las células grasas, denominadas adipocitos.
El organismo cuenta con dos tipos principales de grasa almacenada. La grasa subcutánea se ubica bajo la piel —en el abdomen y las piernas, entre otras zonas— y la grasa visceral se acumula en las capas más profundas, rodeando a los órganos. La mayor parte de la grasa que se pierde durante un proceso de adelgazamiento proviene de los depósitos subcutáneos, dado que allí se concentra la principal reserva energética del cuerpo.
El proceso que convierte la grasa en aire

Cuando el cuerpo enfrenta estrés metabólico —como el que genera un déficit calórico—, comienza a recurrir a sus reservas de energía. Las células adiposas reciben señales de neurotransmisores y hormonas que activan un proceso denominado lipólisis, mediante el cual los triglicéridos almacenados se descomponen en ácidos grasos libres.
Esos ácidos grasos ingresan a las mitocondrias celulares —el centro de producción energética de cada célula— donde se procesan a través de la beta-oxidación. Este mecanismo los transforma en una molécula clave: la acetil-CoA. A partir de ella, el cuerpo produce adenosín trifosfato (ATP), la molécula que provee energía para prácticamente todas las funciones del organismo. Como consecuencia directa de este proceso, también se genera dióxido de carbono, que el cuerpo expulsa al exhalar.
De acuerdo con los investigadores de la Universidad de Birmingham, cuyo trabajo fue difundido por The Conversation, cerca del 84% de la grasa que se pierde sale del cuerpo en forma de dióxido de carbono a través de la respiración.
El 16% restante se elimina como agua, principalmente mediante el sudor. Los autores advierten que estas proporciones son estimaciones: medir con exactitud todos los desechos metabólicos de una persona durante el tiempo necesario para registrar pérdida de grasa representa un desafío logístico considerable.
Qué hacer para activar la quema de grasa

El estrés metabólico que activa la beta-oxidación puede generarse a través de la dieta, el ejercicio físico o una combinación de ambos. Reducir la ingesta calórica y priorizar alimentos nutritivos sigue siendo la base de cualquier proceso de pérdida de peso, según señalan los investigadores en su artículo recogido.
El ejercicio, por su parte, no solo acelera la quema de grasa al incrementar el gasto energético, sino que también favorece la preservación y el aumento de la masa muscular. Este punto resulta relevante porque el tejido muscular consume más energía en reposo que el tejido adiposo, lo que contribuye a un metabolismo más activo a largo plazo.
Los profesionales también subrayan un dato que suele pasarse por alto: respirar más rápido o con mayor intensidad por sí solo no genera pérdida de grasa. El dióxido de carbono que se exhala es una consecuencia del proceso metabólico, no su causa. Para que la grasa se convierta en aire, el cuerpo debe primero activar los mecanismos de lipólisis y beta-oxidación, algo que solo ocurre cuando el gasto energético supera la ingesta calórica.













