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¿Por qué nos cuesta tanto dejar que los niños y las niñas se aburran?

El aburrimiento en la infancia puede ser el intervalo entre una experiencia y otra, donde la imaginación y la creatividad encuentran espacio (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hace un tiempo observé a un niño en una sala de espera. Jugaba con los cordones de sus zapatillas. Los ataba, los desataba, cruzaba los pies, los enredaba y volvía a empezar. Cuando perdió interés por esa actividad comenzó a explorar un botón de su camisa, lo chupaba, lo soltaba, lo masticaba de costado y volvía a expulsar. Después se acercó a los carteles de la pared e intentó leer algunas palabras, despacio, sílaba a sílaba y en voz alta. Cuando terminó de recorrerlos volvió junto a su mamá y dijo: “Me aburro”. Ella sacó el teléfono celular y respondió: “Tomá, un ratito nomás”, le dijo, mientras conversaba con otra señora.

La escena tiene muchas aristas. Una de ellas es que antes de declarar su aburrimiento, y de pedir que alguien hiciera algo con él, había hecho muchas cosas. Había observado, explorado, probado. Había puesto a trabajar su curiosidad y su imaginación para encontrar algo que capturara su interés.

El aburrimiento no apareció por ausencia de estímulos, sino después de haber agotado, por un momento, las posibilidades que encontraba y que lo satisfacían.

Estoy segura de que, si la pantalla no hubiese aparecido, se las habría arreglado. Pensar e imaginar mundos distintos a la sala de espera puede convertirse en una aventura inolvidable.

La capacidad de estar a solas se construye en la infancia cuando un cuidador disponible permite al niño explorar su propia experiencia (Imagen Ilustrativa Infobae)

Nuestra época parece haber declarado una guerra contra cualquier forma de espera. Esperar incomoda, inquieta porque se cree que los tiempos muertos, es decir sin producción medible y cuantificable, deben ser ocupados. Y eso es una trampa.

El filósofo y psicólogo Wilhelm Josef Revers sostenía que el aburrimiento acompaña al ser humano desde la infancia como una suerte de sombra de su impulso por devenir. No sería simplemente la falta de algo para hacer, sino la expresión de una inquietud existencial: la búsqueda de algo nuevo, de una experiencia distinta, de un sentido que todavía no encuentra forma. No es para él una carencia, sino una tensión que empuja al ser humano a salir de la repetición.

El aburrimiento aparece cuando lo conocido deja de satisfacer y obliga a buscar nuevas experiencias, nuevos sentidos o nuevas formas de acción. Se puede observar que frente al menor instante de vacío aparece una actividad, una distracción de ese tiempo que parece no poder tenerse. Hoy en general es ocupado por las pantallas.

En la misma sala de espera había muchos adultos, todos estaban mirando el celular, después de horas necesariamente era un scroll autómata que corrían los dedos. ¿Qué contenido interesante podés ver después de 2 horas? Cuando entré al consultorio se lo señalé a la médica y dijo: “Sí, una pena, antes me recomendaban libros, las mujeres me mostraban sus tejidos“.

Se hacía otra cosa, pensé, pero también se mataba el tiempo.

Ante el menor instante de vacío, adultos y niños suelen recurrir a las pantallas, desplazando el tiempo para explorar y fantasear (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los adultos también consultamos el teléfono mientras esperamos un ascensor, hacemos una fila, viajamos. Quizás por eso el aburrimiento infantil nos resulta tan perturbador, porque nos confronta con algo que nosotros mismos no toleramos.

Una pareja de 20 y tantos años de casados consultó porque se aburrían. No sabían qué hacer con el tiempo que se les escurría por la vida. El aburrimiento escondía hartazgo, falta de deseo y proyectos. El matrimonio estaba irremediablemente muerto, pero ellos querían resucitarlo, así que pusieron un negocio que los mantuvo muy ocupados por un tiempo, hasta que se volvieron a aburrir y se divorciaron muchos años después.

El aburrimiento es también señal, en algunos casos, de algo para detenerse y observar. Cuenta algo.

Un niño que se aburre todos los días en la escuela, la nena que se queja en la casa de que no se le ocurre a qué jugar, expresan de alguna forma que la imaginación y la autoexploración se encuentran en tensión.

La espera puede resultar incómoda, pero también extraordinariamente fértil para inventar, imaginar o pensarse a uno mismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Donald Winnicott dedicó un trabajo entero a pensar la capacidad de estar a solas.

Esta capacidad, que nos acompaña a lo largo de la vida, surge de una experiencia temprana de compañía. La formulación de Winnicott es hermosa y profunda y parte de la idea de nuestro instinto gregario e inermidad. El niño aprende a estar solo cuando ha podido estar solo en presencia de alguien. Un niño puede jugar, explorar, fantasear y permanecer consigo mismo porque existió primero una presencia confiable que lo sostuvo.

La verdadera capacidad de estar a solas se construye primero en presencia de otro. Es decir, cuando ha tenido la experiencia de una madre, un padre o un cuidador que estuvo disponible. Llegado el momento puede encontrarse solo teniendo su propia experiencia de soledad.

El aburrimiento no siempre expresa una carencia. A veces señala el espacio que existe entre una experiencia y otra. Un tiempo suspendido en el que todavía no apareció algo nuevo. Un intervalo que puede resultar incómodo pero que también puede ser extraordinariamente fértil para pensarse a uno mismo, para inventar algo.

A veces el aburrimiento revela algo que merece ser escuchado, otras es solo el intervalo entre un juego y el siguiente interés (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los niños suelen aburrirse después de haber jugado, como el niño de la sala de espera, porque aquello que organizaba su interés ha perdido momentáneamente su capacidad de convocarlos. Entonces aparece ese conocido “no sé qué hacer”. Los adultos solemos interpretar esa frase como una demanda. No siempre lo es.

Lo que hacemos con esa interpelación no es una cuestión menor.

Si intervenimos inmediatamente para llenarlo, es posible que resolvamos la incomodidad del momento, pero también podríamos estar interrumpiendo un proceso subjetivo que necesita tiempo para desarrollarse. Muchas de las experiencias más valiosas de la infancia nacen precisamente donde no hay una propuesta externa organizando la actividad.

El juego espontáneo, la imaginación, la creatividad, la curiosidad y hasta la capacidad de pensar suelen surgir en esos espacios desestructurados, de los tiempos suspendidos donde aparece el deseo propio.

Crecer implica aprender que no todo deseo encuentra satisfacción inmediata, que existen pausas, demoras e incertidumbres y que la espera es parte de la vida y no es pérdida.

Crecer implica aceptar que no todo deseo se satisface inmediatamente, que existen pausas, demoras e incertidumbres (Imagen Ilustrativa Infobae)

Quizás una de las paradojas de nuestra época sea que nunca hubo tantas posibilidades de entretenimiento y, al mismo tiempo, tan pocas oportunidades para encontrarse a solas con uno mismo, y esto comienza desde la primerísima infancia.

Yo no creo, como se escucha con frecuencia en estos tiempos, que sea importante que los niños y las niñas se aburran como una nueva consigna de crianza o un tip para el desarrollo. Tampoco creo que el aburrimiento sea un enemigo al que haya que combatir cada vez que aparece.

Lo que sí sé es que forma parte de la experiencia humana. No necesita ser fabricado ni tampoco obturado de inmediato. A veces aparece para revelar algo que merece ser escuchado. Otras veces es apenas el intervalo entre un interés y otro, entre un juego y el siguiente, entre una pregunta y la que vendrá después.

Quizás el niño de la sala de espera no necesitaba una pantalla ni una lección sobre las virtudes del aburrimiento. Tal vez sólo necesitaba un poco más de tiempo. El tiempo suficiente para descubrir por sí mismo qué hacer con ese vacío momentáneo.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.