
El estrés afecta a todas las personas, pero la manera en que impacta en el cuerpo —y el momento en que se convierte en un problema serio— depende de factores tanto biológicos como ambientales, y entre sus consecuencias silenciosas figuran el deterioro inmunitario, el avance de enfermedades crónicas y la erosión de la resiliencia ante riesgos tangibles.
Los mecanismos que preparaban a nuestros antepasados para huir de un depredador o enfrentar un conflicto siguen activos hoy, pero cuando se mantienen encendidos por mucho tiempo, lo que fue un mecanismo de supervivencia se convierte en una amenaza real para la salud. Expertos en medicina del comportamiento consultados por el diario británico The Guardian indicaron que reconocer los primeros signos y ajustar los hábitos cotidianos puede ser la diferencia entre una respuesta adaptativa y la afectación sostenida de la salud.
En la década de 1990, un estudio citado por el diario expuso a casi 400 personas sanas al virus del resfriado común y determinó que quienes atravesaban situaciones estresantes presentaban una mayor propensión a enfermarse. Los adultos mayores, cuyo sistema inmunitario ya está en proceso de declive, pueden ver agravados esos efectos bajo estrés crónico, lo que contribuye a explicar su mayor vulnerabilidad ante infecciones y la menor eficacia de las vacunas.
El estrés desencadena en cuestión de segundos una respuesta fisiológica conocida como “lucha o huida”. Según la profesora Kavita Vedhara, experta en medicina del comportamiento en la Universidad de Cardiff, el efecto más inmediato es un aumento de la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la respiración, impulsado por la liberación de adrenalina. A los 30 minutos, el cuerpo eleva también el nivel de cortisol, que ayuda a regular la presión arterial, suprime la inflamación y eleva las reservas de glucosa para aportar energía.

Este sistema de reacción rápida fue determinante hace siglos, cuando los peligros eran mayoritariamente físicos. Actualmente, desencadenantes emocionales como disputas en redes sociales o discusiones familiares pueden encender la misma cascada hormonal, aunque la amenaza sea abstracta o prolongada en el tiempo.
Cuando estos mecanismos permanecen activos durante largos periodos, el cuerpo desvía recursos de procesos como la digestión, la reparación tisular y la inmunidad, conocidos como sistemas de reposo y digestión. Si bien estas alteraciones resultan inofensivas en episodios aislados, la persistencia del estrés impide la recuperación y predispone a infecciones, mala cicatrización o fallos en la respuesta a vacunas, destacó la experta.
Las consecuencias del estrés sostenido no se limitan al sistema inmune. La evidencia científica, referida por la misma especialista, vincula la exposición crónica al estrés con mayor riesgo de obesidad, trastornos depresivos y aceleración del avance de enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer.
Cuando el estrés se retroalimenta
El umbral a partir del cual el estrés se transforma en daño no es uniforme. Para la doctora Jo Daniels, profesora de psicología en la Universidad de Bath, gran parte de la diferencia depende de las experiencias vitales y del aprendizaje de estrategias de resiliencia. Personas expuestas a traumas previos suelen tener menor tolerancia al estrés, mientras que otras prosperan en ambientes altamente demandantes. Incluso quienes desarrollan resiliencia presentan un límite ante situaciones de presión continuada, como se evidenció durante la pandemia de Covid-19.

Una de las dificultades del estrés es que puede generar un bucle de retroalimentación negativa. La profesora explicó que el cuerpo experimenta cambios fisiológicos que algunas personas interpretan como alarmantes, lo que aumenta la atención sobre esas sensaciones y refuerza el ciclo ansioso. Esta hiperconciencia, sumada a la influencia de hormonas del estrés en la toma de decisiones, predispone a respuestas poco adaptativas e incluso a evitar situaciones que no representaban un verdadero peligro.
Consultada sobre cuándo el estrés comienza a implicar un riesgo tangible, Vedhara señaló que el sistema biológico está diseñado para activarse y recuperarse, pero solo la exposición a factores estresantes de larga duración convierte la respuesta adaptativa en una amenaza real para la salud y el bienestar.
Cómo reducir el impacto del estrés
Ante la imposibilidad de eliminar por completo el estrés, las recomendaciones pasan por modificar la respuesta fisiológica y psicológica. Una de las intervenciones más eficaces —respaldada por evidencia— consiste en reducir y regular la respiración.
Daniels detalló que la respiración acelerada y superficial mantiene activo el sistema de alerta, mientras que la respiración lenta y profunda envía señales al cerebro de que no existe peligro inminente. “Algo tan sencillo como controlar la respiración puede marcar una diferencia real y evitar que se perpetúe el ciclo del estrés”. El ejercicio físico ayuda a metabolizar el exceso de adrenalina.

Para los casos en que el estrés es constante y supera la capacidad de afrontamiento individual, existen terapias psicológicas basadas en la evidencia, como la terapia cognitivo-conductual (TCC). Esta técnica ayuda a distinguir entre pensamientos automáticos (“No puedo con esto”) y hechos objetivos, e incentiva a analizar situaciones pasadas y la manera en que fueron superadas. Se recomienda también identificar y reducir conductas contraproducentes, por ejemplo, aumentar la carga laboral bajo la suposición de que resolverá el problema, cuando la evidencia indica lo contrario.
Otros recursos, como las técnicas de reducción de estrés basadas en la mindfulness (atención plena), enseñan a adoptar una postura de observador ante los pensamientos y a distanciarse de ellos, en lugar de desafiar directamente las creencias negativas. Según la naturaleza del desencadenante, es posible combinar diferentes abordajes: la TCC se dirige a patrones de pensamiento desadaptativos y estrategias ineficaces, mientras que la mindfulness contribuye a tolerar lo inevitable sin aumentar la reactividad interna.
De acuerdo con el diario británico, en el Reino Unido, el 6 % de las personas asegura no sentirse nunca estresada, una minoría que probablemente posee mejores habilidades de afrontamiento. Identificar qué factores provocan el estrés y actuar sobre ellos, desde cambiar hábitos matutinos como el uso de redes sociales hasta evaluar el entorno laboral o las relaciones familiares, constituye el enfoque de mayor impacto.
Daniels aconsejó buscar ayuda profesional cuando el estrés se vuelve persistente o motivo de inquietud personal: “Detecte la respuesta de estrés temprano y tendrá más posibilidades de revertirla con estrategias sencillas; pero para el estrés crónico, la modificación de hábitos, el apoyo social y el desarrollo de nuevas habilidades de afrontamiento son fundamentales”.














