La vergüenza se inscribe en la infancia como parte del proceso de subjetivación dejando marcas que pueden perdurar en el tiempo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La primera vez que tomé verdadera dimensión de la importancia clínica de la vergüenza en la consulta con niñas, niños y adolescentes fue hace más de diez años, leyendo “Morirse de vergüenza” de Boris Cyrulnik.

Esa lectura me permitió pensar con mayor claridad algo que ya estaba presente en la experiencia clínica cotidiana y, al mismo tiempo, me devolvió algo propio, el recuerdo del poder de la vergüenza en mí cuando era niña y la posibilidad de reconocerla en cada uno de mis pacientitos. En la clínica con niñas, niños y adolescentes hay muchos relatos teñidos de vergüenza y, a veces, cuando no aparece, su ausencia misma tiene valor diagnóstico.

Este afecto comienza en la infancia y se inscribe temprano, en el momento en que logramos pensarnos desde la mirada del otro. Ese movimiento, constitutivo de la subjetividad, implica un descentramiento sin retorno, ya no soy solo lo que siento, soy también lo que creo que el otro ve en mí.

Esa sensación, que invita a esconderse aun cuando no hay dónde hacerlo, puede aparecer a partir de un gesto, una palabra o un pensamiento. Basta una corrección pública, una risa, una comparación, un gesto de fastidio o incluso una fantasía. Escenas mínimas que, para los adultos, resultan anodinas, pero que para un niño tienen el peso de una sentencia.

La vergüenza comienza cuando logramos pensarnos desde la mirada del otro y dejamos de ser solo lo que sentimos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La vergüenza no actúa como el miedo que alerta, ni como la bronca, en estallido interno o externo. Es un afecto íntimo que hace bajar la mirada, encoge el cuerpo y la voz y expone con el rostro sanguinolento con confesión, “Si, fui yo”.

En el “Manuscrito K”, Sigmund Freud la define con precisión, “Me hago un reproche por causa de un suceso, temo que otros estén al tanto, por eso me avergüenzo ante otros”.

El suceso puede ser real o imaginario. Se puede imaginar que alguien está pensando algo de nosotros cuando ni siquiera nos registra, o creer que la charla secreta entre dos amigos es acerca de nosotros o que solo al vernos alguien puede pensar algo crítico. Recuerdo un joven paciente que medía cerca de 2 metros de altura y le costaba ir a las fiestas porque pensaba que al entrar las personas iban a pensar, “¡qué le pasa a este pibe tan alto!“.

Sentir vergüenza es parte del desarrollo pero se vuelve dañino cuando los adultos la usan como herramienta de disciplina o exposición (Imagen ilustrativa Infobae)

No hay prueba alguna pero esta sensación se hace presente. La vergüenza señala un momento muy preciso en la vida psíquica, aquel en el que algo íntimo queda expuesto sin resguardo.

No es solo lo que ocurrió lo que hiere, sino la sensación de quedar completamente a la vista del otro, sin mediaciones. En ese instante, el otro es una mirada que observa y juzga. Y el sujeto avergonzado deja de sentirse alguien para convertirse en algo, alguien mirado, evaluado, reducido.

Es ahí donde la vergüenza aplasta, no por el hecho en sí, que puede ser real o imaginario, sino por la vivencia de indignidad que se instala cuando uno queda fijado a esa mirada.

La vergüenza no se produce solo por lo que ocurre, sino por el modo en que algo del cuerpo y del deseo queda expuesto a la mirada del otro. En ese instante, el otro deja de ser interlocutor y se vuelve pura mirada, y el sujeto deja de sentirse alguien para sentirse reducido a eso que es visto.

Un gesto una palabra o una corrección pública pueden desencadenar vergüenza en la infancia con impacto duradero (Imagen Ilustrativa Infobae)

Allí se juega una forma particular de satisfacción inconsciente, un goce que no produce placer, sino fijación, que atrapa al sujeto infantil o no, en una escena de exposición e ignominia.

Por eso la vergüenza no cede con explicaciones ni con consuelo, porque no se trata de entender lo sucedido, sino de cómo se quedó adherido a esa mirada que no ofrece salida.

Desde el punto de vista fisiológico, la vergüenza activa los mismos circuitos de estrés social que la amenaza, el sistema nervioso autónomo se desequilibra, se produce vasodilatación facial, el rubor.

La sensación concomitante a ponerse colorado es que el cuerpo entra en una reacción de repliegue para intentar desaparecer de la escena.

La vergüenza no actúa como el miedo ni como la bronca su efecto es íntimo y transforma la percepción de sí mismo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Yo recuerdo que una vez en la escuela, cuando estaba en quinto grado, vi que la maestra coqueteaba con dos hombres que arreglaban una ventana mientras estábamos en clase.

Le escribí en un papelito a una compañera: “La señorita Marta se hace la buena y la alegra porque…” y ahí ella me arrancó el papel y lo guardó en su delantal blanco. Cuando los hombres se fueron me dio lo que llamábamos un largo sermón, dijo que había sobrevivido a un cáncer y que el padre había muerto hacía poco, entre muchas tragedias familiares. Mi vergüenza fue in crescendo. Sentía que resbalaba hasta quedar en el piso, por debajo del pupitre. No lo hacía físicamente pero en mi mente me hundía más y más en el lugar más recóndito que podía encontrar.

Cuando llegué a mi casa, desahuciada, le pedí a mi mamá que me cambiara de turno, no sabía cómo volver a la escuela después de tamaño papelón. Mucho tiempo después me di cuenta que el papelón lo había pasado ella, era su vergüenza la imposible de soportar, pero se descargó y la proyectó sobre una nena de 10 años.

La vergüenza no envejece, permanece intacta y se reactualiza en otros escenarios, como la escuela, el cuerpo y la exposición social. Pueden cambiar los contextos, pero la lógica es la misma.

Cada vez que el sujeto se siente leído, inadecuado, la escena vuelve, no como recuerdo, sino como posición, Estar, sentirse avergonzado.

Para el niño o la niña la vergüenza no es solo lo que ocurre sino la sensación de quedar a la vista de todos (Imagen Ilustrativa Infobae)

La escritora francesa Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura, en su libro “La vergüenza”, relata un episodio vivido a los doce años —una escena familiar violenta que quiebra para siempre la ilusión de pertenecer a una “familia decente”— y muestra cómo esa vergüenza sigue actuando toda la vida. No queda ligada solo al hecho, sino que se expande al origen social, al lenguaje, al cuerpo, a las normas morales y religiosas, a la mirada del entorno.

En la clínica, esa repetición es visible. Aparece en niños que no hablan porque se han quedado atrapados en escenas vergonzantes, en adolescentes que se esconden detrás del humor o la agresividad, en cuerpos tapados con almohadones del diván o con filtros de las pantallas. Andar sin filtro parece ser hoy también una vergüenza.

Hay muchas formas de vergüenza, algunas nacen de hechos traumáticos, como las de ser víctima de la violencia sexual, otras del error, y otras, también, de la desigualdad de poder, como en el caso de la maestra.

Estas vergüenzas se aprenden y se padecen en la pobreza, en la discriminación y en la humillación cotidiana. Hay infancias que crecen sintiendo que deben pedir disculpas por existir o que tienen que esconderse. En esos casos, la vergüenza no es individual, es socialmente producida, pero se vive como una pesadilla diaria. La vergüenza de pedir fiado, de pedir una monedita, de no tener útiles escolares, ni cumpleaños, ni ropa linda.

La vergüenza expone momentos en los que algo íntimo queda sin resguardo y la mirada del otro se vuelve central (Imagen Ilustrativa Infobae)

En un reel que circuló recientemente en redes se ve a un niño muy pequeño, de no más de cuatro o cinco años, caminando solo por la calle, cargando tres bolsas que resultan claramente pesadas para su edad. Una mujer que lo graba le pregunta el precio y el niño responde en voz baja, “a cincuenta la bolsita”.

Luego le pregunta dónde vive y cómo lo trata el año 2026. Ante esa última pregunta, el niño contesta con dificultad, se le quiebra la voz, se le llenan los ojos de lágrimas y se tapa la cara con la mano para esconder su vergüenza.

La escena no solo expone la precariedad del niño, su vergüenza, sino también otra forma de violencia contemporánea, la de volver visible el sufrimiento ajeno, y en particular el de los niños y niñas, para consumo emocional en redes, una práctica que, aun cuando se disfrace de empatía o denuncia, resulta profundamente humillante y esto sí es una verdadera vergüenza.

Exponer ridiculizar o humillar públicamente a un niño deja marcas que pueden organizar posiciones subjetivas a largo plazo (Imagen ilustrativa Infobae)

Sin embargo, la vergüenza es un afecto inevitable. Forma parte del proceso por el cual niñas y niños dejan de ser solo centro de sí mismos y comienzan a existir en relación con otros. No puede erradicarse ni es posible imaginar una infancia sin conflictos, frustraciones o escenas en las que algo de sí quede expuesto a la mirada ajena.

Lo que sí es evitable —y profundamente dañino— es avergonzar. Convertir la vergüenza en una herramienta educativa, disciplinaria, correctiva o incluso en una forma de entretenimiento. Exponer, ridiculizar, humillar, comparar o marcar públicamente a un niño o una niña no educa, produce daño, con efectos que no se limitan al presente, sino que pueden organizar posiciones subjetivas a largo plazo.

Avergonzar no enseña a pensar ni a asumir responsabilidad. Enseña a esconderse. En la infancia, ese daño suele expresarse de inmediato, bajo la forma de inhibición, angustia o evitación, aunque muchas veces también queda silenciosamente archivado.

Acompañar la vergüenza es otra cosa. Implica, primero, un trabajo adulto con la propia vergüenza, especialmente en un contexto cultural que celebra solo las emociones positivas y rechaza cualquier forma de exposición, como si no pasar vergüenza fuera un ideal posible, cuando en realidad es constitutiva de la experiencia humana.

Sostener la vergüenza de un niño implica ayudar a ponerla en palabras sin que se vuelva identidad ni marca silenciosa (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sostener los momentos de vergüenza de un niño o una niña es ayudar a que puedan ponerse en palabras, tramitarse y, sobre todo, no quedar adheridos al nombre propio ni a la idea de quién se es. Que no se vuelvan identidad.

Así, la vergüenza puede volverse una experiencia transitable, que no clausure la palabra ni el deseo, y no cristalice como una marca silenciosa que organice modos de ser y de estar en el mundo.

Entre una cosa y la otra no hay técnicas milagrosas ni recetas educativas, pero sí una responsabilidad adulta ineludible, no convertir un momento de fragilidad en una condena.

Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.