
*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.
Las vacaciones no son un tiempo sin reglas ni un paréntesis de la vida cotidiana. Desde el punto de vista del desarrollo, constituyen un cambio de ritmo necesario para el cerebro.
Bien acompañadas, favorecen la regulación emocional, el bienestar y la integración de lo aprendido durante el año. Mal organizadas, pueden transformarse en una fuente adicional de cansancio, irritabilidad y conflicto familiar.
“Durante el año escolar, tanto niños como adolescentes funcionan gran parte del tiempo en lo que podría llamarse “modo rendimiento”: prestar atención de forma sostenida, controlar impulsos, responder a consignas, organizar tareas y adaptarse a demandas externas constantes», comenta la doctora Andrea Abadi, directora del Departamento Infanto juvenil de INECO.
“Estas funciones dependen de circuitos cerebrales que son indispensables, pero también limitados y fatigables. Las vacaciones ofrecen la posibilidad de bajar ese nivel de exigencia y permitir que el cerebro funcione de otra manera, más ligado al juego, la creatividad, la integración emocional y la consolidación de aprendizajes y experiencias previas”, agregó la especialista.

Para que este cambio ocurra, es necesario desacelerar. Llenar las vacaciones de actividades, traslados, horarios rígidos o estímulos permanentes impide que el cerebro descanse de verdad.
En esos casos, lejos de mostrarse más tranquilos, muchos chicos aparecen más irritables, cansados “sin causa” o con conductas que parecían ya superadas. No se trata de capricho ni de mala voluntad, sino de un sistema nervioso que no logra bajar la sobrecarga.
Descansar no implica eliminar toda estructura. El cerebro necesita cierta previsibilidad para regularse: horarios de sueño razonables, comidas más o menos estables y una mínima organización cotidiana.
“Las rutinas pueden y deben flexibilizarse, pero no desaparecer por completo. Cuando los ritmos se desordenan de forma extrema, suelen aumentar la desregulación emocional y el malestar, tanto en niños pequeños como en adolescentes”.

Las pantallas, tan presentes en la vida cotidiana, también requieren regulación durante las vacaciones. Pueden tener un lugar, pero no ocupar todo el escenario. El uso excesivo estimula de manera continua los circuitos de recompensa del cerebro y dificulta luego la tolerancia a la frustración y el interés por actividades simples.
“Por eso, conviene acotar tiempos, evitar que reemplacen el juego o el vínculo y priorizar experiencias que involucren el cuerpo, el aire libre y el contacto real con otros”, precisó Abadi.
En línea con lo mencionado, INECO junto a Infobae brinda una serie de recomendaciones para que los niños y adolescentes puedan tener vacaciones en las que disfruten, pero también tengan espacios para descansar y regular sus emociones:

El movimiento corporal es uno de los principales reguladores emocionales en la infancia y la adolescencia. Caminar, jugar, nadar, andar en bicicleta o simplemente moverse sin objetivos de rendimiento reduce el estrés, mejora el estado de ánimo y favorece el descanso nocturno. No es necesario planificar actividades deportivas formales: el cuerpo en movimiento cumple por sí mismo una función organizadora para el cerebro.

Los niños toleran mal los tiempos excesivamente largos, los ambientes ruidosos o las exigencias conductuales propias de las comidas de adultos. En vacaciones, suele funcionar mejor una propuesta sencilla, con porciones acordes y menor expectativa de prolijidad. La regulación emocional y el bienestar valen más que la ropa impecable.

No todos los chicos disfrutan del contacto físico con personas que ven poco, y forzarlos a besar o abrazar puede generar incomodidad y estrés. Respetar esos límites enseña algo fundamental: que el cuerpo propio merece cuidado y consideración.

Vacaciones no significa felicidad permanente. Habrá discusiones, berrinches, silencios adolescentes, momentos de aburrimiento y cansancio. Todo eso forma parte del descanso y del convivir. Pretender un clima de armonía constante suele generar más tensión que alivio.

Tanto niños como adolescentes necesitan alternar momentos de conexión con otros de autonomía. Espacios individuales, para grandes y chicos, reducen la fricción y mejoran la convivencia. Nadie descansa bien en una convivencia forzada las veinticuatro horas.
En definitiva, las buenas vacaciones no se miden por la cantidad de actividades, sino por cuánto permiten bajar el ritmo. Menos estímulo, menos exigencia y más tiempo para el cuerpo y el vínculo. El cerebro en desarrollo no necesita vacaciones perfectas, sino vacaciones suficientemente buenas, casi siempre más simples que espectaculares.