Todas las miradas se dirigen a Bürgenstock, el histórico complejo hotelero sobre el lago de Lucerna, donde Audrey Hepburn se casó y donde Sean Connery protagonizó su heroica lucha contra el malvado Goldfinger. En este resort exclusivo propiedad de Katara Hospitality, el fondo soberano de Qatar, se celebró en junio de 2024 la Cumbre por la Paz en Ucrania, un esforzado intento de 90 países (sin China, ni Rusia), que se quedó en un mero documento de apoyo. Será aquí, en este hotel de lujo suspendido en un acantilado de 500 metros, donde se celebrará este viernes la ceremonia oficial de firma física del MOU, el memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, que dará por concluída la guerra iniciada hace 110 días con la Operación Furia Épica. Aunque el texto oficial del MOU se presentará en ese momento, las filtraciones conocidas hasta ahora permiten hacer un análisis provisional que dispara muchas alarmas.
La primera alarma arrastra al resto: ¿el acuerdo que firmará Donald Trump con Irán será peor que el pésimo acuerdo nuclear (JCPOA) que firmó Barack Obama en 2015 en el Palais Coburg de Viena? Recordemos sus consecuencias. De entrada, el acuerdo no impidió la carrera nuclear iraní, sólo la congeló supuestamente, pero con unas restricciones tan severas a las inspecciones de la OIEA que sirvieron para que el régimen llegara a acumular 9.000 kilos de uranio enriquecido en diferentes niveles de pureza, 400 de ellos enriquecido al 60%, suficientes para fabricar 10 bombas nucleares. Además, Irán inyectó más de 100.000 millones en activos liberados que sirvieron para rearmar a sus proxys, desde Hezbollah, hasta Hamas y los hutíes, y desestabilizar a Medio Oriente. Para rematar, el acuerdo permitió el desarrollo de miles de misiles balísticos de alto y corto alcance. Es decir, con Obama, el régimen se mantenía fuerte, no cejaba en su carrera nuclear, creaba un vasto arsenal de misiles y armaba a sus proxies terroristas.
¿El acuerdo de Trump cambia esa situación? No solo no lo parece, sino que hay motivos para pensar que deja la situación peor. De entrada, el régimen de Irán estaba, antes de la guerra, en su situación más crítica, acababa de asesinar a miles de manifestantes, su economía entraba en pre colapso, había perdido a su aliado sirio, Hezbollah había sufrido la decapitación de su cúpula y Hamas estaba siendo severamente diezmada por Israel. En este sentido, el objetivo anunciado de la guerra de hacer caer al régimen (“la ayuda está en camino”, escribió Trump en su red Truth Social un mes antes), parecía plausible, pero partió de un gran error de cálculo: no considerar que el régimen llegaría hasta el límite para garantizar su supervivencia, y que poseía el arma más poderosa de la guerra, la capacidad de crear una crisis energética mundial con el dominio del estrecho de Ormuz. Si el régimen estaba débil antes de febrero, después de resistir a la guerra se ha reforzado, con el agravante que ahora lo dirigen los sectores más duros y más radicalizados de la Guardia Revolucionaria. Con ello han conseguido una doble posición de fuerza: han resistido al ejército más poderoso del mundo, y han demostrado que pueden dañar seriamente a la economía de todo Medio Oriente. Lo cual conlleva otra consecuencia desastrosa: Estados Unidos sale debilitado ante los ojos de los países de la región, porque ya no es el paragüas que impedía que fueran atacados. Por ello, es de prever que muchos de estos países inicien ahora una aproximación pragmática con el régimen de los ayatolás, como escudo defensivo para próximas ofensivas.
Además, si Obama liberó 100.000 millones, Trump habría comprometido 300.000 millones para reconstruir el país y la descongelación de los activos iraníes, de manera que el régimen recibirá una inyección ingente de dinero que lo reforzará illo tempore.
Con todo sumado, aún quedan los aspectos más delicados, donde tampoco parece que Trump haya conseguido ningún éxito: el tema nuclear queda relegado a 60 días de negociaciones, lo cual, en lenguaje iraní, significa que sigue abierto. El tema de los misiles ha quedado completamente relegado en la fase uno, y también se pospone a negociaciones posteriores, que partirán de cero. El tema del Líbano se pierde en un texto vitriólico donde parecen claras dos cosas: Irán continúa manteniendo su dominio sobre el Líbano a través de Hezbollah, e Israel deberá decidir entre enfrentarse a Trump o retirarse de su ofensiva contra Hezbollah. Ello, con el añadido que Israel ha sido apartado de las negociaciones del memorándum. Por último, la heroica oposición de la ciudadanía persa, que esperaba la ayuda prometida, desaparece de todas las ecuaciones, completamente abandonada por quien aseguró que iría a su rescate.
Ninguno de los objetivos que prometió Trump han sido conseguidos. No hay “victoria total y completa”, no existe ninguna “rendición incondicional”, no se ha desenterrado el uranio enriquecido, el Líbano continúa secuestrado por Hezbollah, el régimen iraní no ha caído y se reforzará económicamente, no se ha conseguido que Irán deje de apoyar a sus proxys terroristas, los países de la región se han sentido vulnerables, y Qatar refuerza su posición estratégica. ¿Qué ha conseguido, pues? ¿Abrir el estrecho de Ormuz? Ergo, ha vuelto al punto de partida sin alcanzar ninguno de los objetivos que había prometido. Estratégica, política y militarmente, Trump ha sido humillado por una tiranía perversa a la que prometió derrotar. Para el régimen criminal iraní, es una victoria sin paliativos. Para Estados Unidos, una muestra de vulnerabilidad inimaginable. Y para Israel, una situación alarmante que lo deja solo ante los retos terroristas que lo amenazan. Trump abrazó a Israel durante mucho tiempo. Ahora cabe preguntarse si en realidad su abrazo fue el abrazo del oso.
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