
Desde una tabla gourmet hasta una pizza recién horneada, el queso se ha convertido en un alimento imprescindible en cocinas de todo el mundo. Su variedad infinita, su capacidad para transformar platos y una textura inconfundible lo han posicionado como uno de los ingredientes favoritos de millones de personas.
Detrás de esta popularidad, la ciencia ha comenzado a indagar qué hay en su composición y en nuestra mente que lo vuelve tan deseado, y si en algunos casos puede llegar a dificultar el control sobre su consumo. El interés en las propiedades del queso va mucho más allá del sabor: involucra aspectos nutricionales, psicológicos y hasta culturales, abriendo el debate sobre su lugar en la salud y en la mesa cotidiana.
Variedades y valor nutricional
Expertos de Sportlife destacan la existencia de numerosos tipos, como cheddar, gouda, brie, roquefort, parmesano y feta. Cada variedad ofrece cualidades singulares en sabor, textura y origen, lo que justifica su presencia en una amplia gama de platos tradicionales.

Según especialistas de Sportlife, el valor nutricional del queso se explica por su composición: agua, grasas, proteínas —con la caseína como elemento principal—, lactosa, sales minerales y vitaminas liposolubles A, D y E. La intervención de microorganismos y la cantidad de sal influyen tanto en las cualidades sensoriales como en la diversidad de estilos. Por ello, el queso es conocido como fuente de calcio y energía, aunque sus componentes de grasa y sal varían entre tipos.
La ciencia identifica factores bioquímicos y sensoriales para explicar por qué el consumo de queso puede resultar difícil de moderar. Los expertos de Sportlife explican que, durante la digestión, la caseína genera péptidos opiáceos, compuestos capaces de actuar sobre el sistema nervioso y aportar placer.
Además, al ingerir quesos ricos en grasas y sabores intensos, se favorece la liberación de dopamina, el neurotransmisor asociado con el placer y la recompensa. Esta combinación de procesos fisiológicos y estímulos sensoriales puede motivar en algunas personas una percepción de dependencia.

Desde la perspectiva psicológica y cultural, los especialistas de Sportlife señalan que el queso suele estar presente en celebraciones y reuniones, lo que refuerza su vínculo con el bienestar y la pertenencia social. Estas experiencias, sumadas a la satisfacción sensorial, contribuyen a fortalecer el deseo de seguir consumiendo este alimento.
Recomendaciones para un consumo equilibrado
Estudios y literatura científica han explorado la relación entre la comida, incluidos los quesos, y los sistemas de recompensa cerebral. Hasta el momento, no existe un trabajo específico que haya demostrado de forma directa cómo el consumo de queso activa estos circuitos en el cerebro.
Sin embargo, un estudio publicado en la revista Neurology analizó a 27.670 adultos suecos durante aproximadamente 25 años y arrojó resultados significativos: quienes consumían al menos 50 gramos diarios de quesos ricos en grasa, como el cheddar o el brie, presentaron un 13% menos de riesgo de desarrollar demencia frente a quienes ingerían menos de 15 gramos.

Ante el creciente interés por comprender la relación entre el queso y los mecanismos de recompensa cerebral, especialistas insisten en la importancia de considerar factores individuales, como la genética, los hábitos culturales y el entorno social, al analizar los efectos que este alimento puede tener en cada persona.
Además, destacan que el consumo equilibrado y variado, en el marco de una dieta saludable, permite disfrutar de los beneficios del queso sin caer en excesos ni desarrollar conductas problemáticas asociadas a su ingesta.
De este modo, la investigación científica sigue evolucionando para esclarecer los matices de esta relación y orientar recomendaciones fundamentadas para la población. Mientras tanto, el queso continúa ocupando un lugar especial en la mesa y en la cultura gastronómica de numerosos países.