
La enfermedad de Parkinson, una de las afecciones neurodegenerativas más comunes y debilitantes, afecta a casi 10 millones de personas en todo el mundo, según datos de la Fundación de Parkinson de Estados Unidos. Sin embargo, esta cifra está en aumento. De acuerdo con un reciente estudio, para el año 2050 se estima que serán 25,2 millones de pacientes a nivel global.
Aunque no hay cura, las opciones de tratamiento varían e incluyen medicamentos, ajustes en el estilo de vida y cirugía. Dentro de ellas, la actividad física ocupa un lugar muy importante, ya que favorece significativamente la calidad de vida del paciente.
La Fundación de Parkinson y el Colegio Estadounidense de Medicina del Deporte (ACSM, por sus siglas en inglés) realizaron en conjunto nuevas recomendaciones de ejercicio para personas con enfermedad de Parkinson donde ponen especial énfasis en la adaptación de la actividad física a las necesidades individuales del paciente, priorizando la sostenibilidad, la seguridad y la evidencia científica.

Este enfoque responde a la creciente importancia de incorporar rutinas de ejercicio bien estructuradas desde las primeras etapas, lo que ha demostrado contribuir a una mejor calidad de vida, menor sintomatología y mejor estado físico entre quienes viven con esta enfermedad.
Los expertos destacan la necesidad de considerar el tiempo, la dosis y la intensidad del ejercicio, así como su progresiva adaptación conforme avanza el Parkinson. Además, se distingue una innovación clave: el ejercicio ahora se aborda desde cuatro dominios complementarios —actividad aeróbica, entrenamiento de fuerza, estiramiento y equilibrio/agilidad/multitareas—, con el objetivo de hacer el movimiento cotidiano más accesible y sostenible para cada paciente.
Katie Feltman, directora general de ACSM, señaló la importancia de mantener la actividad física como un pilar en el bienestar al afirmar que “el ejercicio es esencial para vivir bien con Parkinson. Nos enorgullece colaborar en guías basadas en evidencia que favorecen una actividad física segura, efectiva y perdurable”.
Los ejercicios recomendados para el Parkinson

El ejercicio puede mejorar muchos síntomas motores y no motores del Parkinson. Estas son las recomendaciones de la nueva guía creada por la Fundación de Parkinson y la ACSM.
- Actividad aeróbica: 3 días por semana durante al menos 30 minutos por sesión de actividad moderada a vigorosa.
Tipo: Actividades continuas y rítmicas como caminar rápido, correr, andar en bicicleta, nadar, bailar o entrenamiento por intervalos.
Consejos: Preocupaciones de seguridad por riesgo de congelamiento de la marcha, presión arterial baja o frecuencia cardíaca disminuida. Puede requerirse supervisión.

- Entrenamiento de fuerza: 2-3 días no consecutivos por semana durante al menos 30 minutos por sesión.
Tipo: Grupos musculares principales de la parte superior/inferior del cuerpo y core usando pesas, bandas de resistencia, pesas de mano o el peso corporal con 2-3 series de 8-10 repeticiones.
Consejos: Enfocarse en buena forma. La rigidez muscular puede dificultar el uso de pesas y bandas, usar con precaución.

- Estiramiento: 2-3 días por semana, lo más efectivo es hacerlo a diario.
Tipo: Rango de movimiento activo o estiramiento sostenido con respiración profunda después de ejercitarse.
Consejos: Puede requerir adaptaciones para rigidez, flexión o riesgo de osteoporosis. Consultar.

- Equilibrio, agilidad y multitareas (BAM): 2-3 días por semana, integrando diariamente si es posible.
Tipo: Entrenamiento multidimensional con cambios de peso, giros, caminar hacia atrás, yoga, tai chi, danza, boxeo, etc.
Consejos: Puede requerirse ayuda o dispositivos para la seguridad. Trabajar en el equilibrio y añadir desafíos progresivamente según se necesite.
Nuevos enfoques en el manejo de la enfermedad

Las organizaciones autoras de las recomendaciones recalcan que la adherencia continua a programas de ejercicio específicos mejora no solo los síntomas motores, sino también la depresión, el estreñimiento y el deterioro cognitivo, aspectos frecuentemente asociados al Parkinson.
La Fundación de Parkinson subraya que, tras tres años de analizar las necesidades de quienes viven con la enfermedad, se decidió actualizar sus lineamientos para que reflejen no solo la investigación más reciente, sino también las voces de los propios pacientes y profesionales de la salud que los atienden.
John L. Lehr, presidente y director ejecutivo de la fundación, remarcó que están comprometidos en garantizar la guía de ejercicio más actual y eficaz para las personas con enfermedad de Parkinson: “Por eso revisamos nuestras recomendaciones para integrar valiosas perspectivas de la comunidad y especialistas”, señaló.
Una enfermedad con impacto global

Según explica la Fundación de Parkinson, esta enfermedad es un trastorno neurodegenerativo que afecta a las neuronas productoras de dopamina, un neurotransmisor o “mensajero químico” responsable de los movimientos normales del cuerpo en un área específica del cerebro llamada sustancia negra. Aunque las causas aún son en gran parte desconocida, los científicos creen que se debe a una combinación de factores genéticos y ambientales.
Los cuatro síntomas cardinales (motores) básicos del Parkinson son:
- La presencia de temblor en reposo, generalmente comenzando unilateralmente en un miembro superior.
- Rigidez muscular.
- Lentitud en la iniciación o mantenimiento de los movimientos, conocida como bradicinesia.
- Inestabilidad en los reflejos de postura, que suele manifestarse en etapas avanzadas de la enfermedad.

Además de los síntomas relacionados con el movimiento (“motores”), los síntomas de Parkinson pueden no estar relacionados con el movimiento (“no motores”). Las personas con la enfermedad a menudo se ven más afectadas por sus síntomas no motores que por los síntomas motores.
Ejemplos de síntomas no motores incluyen: depresión, ansiedad, apatía, alucinaciones, estreñimiento, hipotensión ortostática, trastornos del sueño, pérdida del sentido del olfato y una variedad de deficiencias cognitivas.
Ante la ausencia de una cura definitiva, la promoción de una vida activa es un eje fundamental en el control sintomático y en la preservación de la autonomía. Estudios recientes muestran que quienes incorporan el ejercicio dentro de su tratamiento logran incrementos en resistencia, fuerza, equilibrio y movilidad, mejorando así la experiencia diaria de la enfermedad.