
Cuando los cigarrillos electrónicos surgieron alrededor de 2010, muchos organismos de salud pública los respaldaron con cautela, considerándolos una posible herramienta para que los fumadores adultos dejaran de fumar. La percepción inicial se apoyó en la idea de que el vapeo ofrecía suministro de nicotina sin el alquitrán tóxico ni los subproductos de la combustión que contienen los cigarrillos tradicionales. Incluso se citaba con frecuencia la afirmación de que vapear era “un 95% menos dañino que fumar”, lo que contribuyó a su aceptación preliminar como una alternativa “más segura”.
Con el paso de los años y la adopción masiva de estos dispositivos, el panorama se ha tornado menos claro. Actualmente, millones de personas vapean regularmente y la evidencia científica sobre su seguridad y eficacia para dejar de fumar es ahora objeto de debate. La reputación inicial del vapeo está siendo cuestionada y muchos expertos y nuevas investigaciones consideran que ha llegado el momento de revisar exhaustivamente sus posibles riesgos.
De este modo, las dudas actuales surgen a partir de estudios más recientes. Investigaciones publicadas en revistas especializadas y la revisión de posturas oficiales de organismos de salud, como también un informe del American Journal of Physiology, revelan cuál es el efecto de consumir los artefactos.
Qué sucede al vapear

El consumo de cigarrillos electrónicos está vinculado a efectos adversos tanto en la salud cardiovascular como en la función pulmonar, según diversos estudios recientes y consensos de expertos. Un artículo publicado en el American Journal of Physiology y Heart and Circulatory Physiology indica que las personas que vapean o fuman presentan casi un 50% más de probabilidades de tener presión arterial elevada en comparación con quienes no consumen estos productos. Si bien este hallazgo no prueba una relación causal directa, se agrega a la creciente evidencia de que este hábito exige una revisión crítica de sus riesgos, al cuestionar la reputación inicial de seguridad.
La explicación científica que respalda la preocupación sobre el vapeo es directa: la nicotina presente en el vapor provoca aumentos inmediatos tanto en la frecuencia cardíaca como en la presión arterial, lo que genera estrés en el sistema cardiovascular. Además, los saborizantes y otros químicos incluidos pueden dañar el revestimiento de los vasos sanguíneos, el tejido que previene la coagulación y mantiene el flujo sanguíneo adecuado. Investigadores de otra revisión han identificado una mayor incidencia de infartos entre quienes usan cigarrillos electrónicos, especialmente en aquellos que también mantienen el consumo de las alternativas tradicionales.
Desde el punto de vista pulmonar, un estudio de 2022 reveló que los vapeadores presentan una función pulmonar notablemente reducida, incluso después de considerar antecedentes de tabaquismo, y mayores tasas de sibilancias, tos y síntomas similares a la bronquitis. Investigaciones adicionales refuerzan que la costumbre aumenta la resistencia de las vías respiratorias y puede desencadenar crisis asmáticas, con algunos efectos persistiendo más allá de una sola sesión de vapeo.

Por otro lado, un informe de consenso de la Sociedad Cardiológica Europea subraya que la nicotina es una toxina cardiovascular potente, dañina para el corazón y los vasos sanguíneos sin importar la vía de administración. Según el expediente, ningún producto que contenga el compuesto orgánico es seguro para el sistema cardiovascular, ya sea en versiones electrónicas, tabaco calentado, shisha, puros o las recientes bolsitas orales. El documento destaca que la exposición pasiva, es decir, al humo, al vapor o a las emisiones, también causa daño vascular.
Asimismo, señala que las nuevas opciones no son herramientas efectivas para dejar de fumar, sino que pueden actuar como puerta de entrada al tabaquismo y fomentar el consumo dual de productos. En palabras del profesor Thomas Münzel: “No es un estimulante inofensivo; es una toxina cardiovascular directa. Observamos sistemáticamente un aumento de la presión arterial, daños en los vasos sanguíneos y un mayor riesgo de enfermedades cardíacas”.
Un hábito que impacta desde la adolescencia

La expansión de estos hábitos han generado especial preocupación en la comunidad científica por el consumo entre los más jóvenes. La Organización Mundial de la Salud califica los electrónicos como “perjudiciales e inseguros”. Un dato de la OMS destaca que existe una nueva ola de adicción en adolescentes y que, además, presentan tres veces más prababilidades de comenzar a fumar los tradicionales tras iniciar en el vapeo.
En tanto, el informe de consenso de la Sociedad Cardiológica Europea corrobora este fenómeno, destacando un aumento drástico en el uso de alternativas entre adolescentes y adultos jóvenes. Según el documento, tres cuartas partes de los jóvenes adultos que consumen cigarrillos electrónicos nunca habían fumado antes, lo que evidencia que estos productos actúan como puerta de entrada, no como herramienta para dejar el tabaco.