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“¡Miren, hay una chica en la carrera!“: la historia detrás del número 261 que transformó el atletismo femenino

El ingreso de Kathrine Switzer con el número 261 en la Maratón de Boston de abril de 1967 desafió la exclusión de mujeres en competiciones deportivas

La multitud se agolpaba en las veredas de la ciudad estadounidense de Boston, sin sospechar que entre los corredores de la tradicional maratón, una figura camuflada iba a desencadenar un episodio que cambiaría para siempre esa competencia.

Kathrine Switzer, con el número 261 en su pecho, se abría paso mientras a su alrededor la tensión crecía. Nadie imaginaba que, ese día de abril de 1967, una joven había burlado la prohibición que regía sobre las mujeres: la Maratón de Boston era territorio exclusivamente masculino.

El hecho no fue un accidente ni una travesura. Switzer había planificado cada detalle de su ingreso a la competencia. Utilizó sus iniciales, K.V. Switzer, al registrarse, eludiendo cualquier mención a su género. El reglamento, por entonces, no hacía referencia a la participación femenina, pero la costumbre y la mirada de los organizadores bastaban para desalentar cualquier intento de las mujeres por sumarse a la carrera.

Kathrine Switzer a los 38 años mientras entrenaba para la Maratón de Boston de 1975 (AP)

La mañana de la competencia amaneció con temperaturas bajas, viento y nieve. Los participantes, cubiertos con suéteres y camperas gruesas, parecían uniformados. Nadie reparó en la presencia de una mujer entre ellos. Switzer, acompañada por su entrenador, Arnie Briggs, y su novio, Tom Miller, se concentraba en el ritmo y en el objetivo: completar el recorrido sin que la descubrieran.

La historia de Switzer se remonta a su infancia en Alemania, donde nació en 1947, y a su posterior traslado a Estados Unidos. Su padre, militar, la empujó a involucrarse en actividades deportivas desde pequeña. “La vida es para participar, no para ser espectadora”, le repetía, convencido de que el deporte forjaba carácter. Switzer nunca logró ingresar al equipo de hockey escolar, pero descubrió en el atletismo una pasión.

La Universidad de Syracuse fue el escenario que la impulsó a desafiar los límites. Allí conoció a Briggs, entrenador del equipo de cross-country masculino. El hombre, escéptico al principio, aceptó prepararla bajo una condición: debía demostrar que podía cubrir la distancia de la maratón en un entrenamiento. Switzer cumplió y superó la prueba, recorriendo más de 49 kilómetros junto a su entrenador.

Kathrine Switzer en 2018 con el número 261 que se transformó en un símbolo (Grosby)

La inscripción a la Maratón de Boston costaba dos dólares. Briggs revisó el reglamento: ninguna cláusula prohibía la presencia de mujeres. Animados por ese vacío legal, presentaron la solicitud con las iniciales de Switzer. Un número de carrera, el 261, selló la entrada de la joven al circuito reservado a varones.

El clima invernal de esa mañana favoreció el anonimato de Switzer. Todos los corredores estaban cubiertos hasta el cuello, lo que dificultó que alguien notara la presencia de una mujer. Briggs y Miller se ubicaron cerca de ella, no solo como apoyo emocional sino también para protegerla si surgía algún contratiempo. Al principio, la carrera transcurrió sin incidentes. El público y los demás participantes no repararon en la particularidad de la corredora con el número 261.

La situación cambió cuando varios periodistas, atentos a cualquier irregularidad, se percataron de la presencia femenina en la competencia. “¡Miren, hay una chica en la carrera! ¡Tiene un número!”, gritaron algunos reporteros. La noticia se expandió rápidamente entre los presentes. Switzer, lejos de amedrentarse, saludaba sonriente, convencida de que era un momento pasajero de atención.

La tensión escaló cuando un hombre de traje, con zapatos que contrastaban con las zapatillas de los atletas, irrumpió en el circuito. Era Jock Semple, uno de los comisarios de la maratón. Se abalanzó sobre Switzer y le exigió: “¡Salí de mi carrera y dame ese número!”. El forcejeo quedó registrado por los fotógrafos, que captaron el momento en que Tom Miller intervino para apartar a Semple y permitir que Switzer continuara.

 Kathrine Switzer corre en Nueva York en 1975 (AP)

El incidente no solo sorprendió a los testigos, sino que también evidenció la resistencia a la participación femenina en ese tipo de pruebas. La reacción de Miller y Briggs permitió que Switzer retomara el ritmo, aunque la preocupación y la rabia la acompañaron durante buena parte del trayecto.

Quienes se preguntan qué ocurrió en la Maratón de Boston de 1967 encuentran en este episodio la respuesta: una corredora inscripta con iniciales fue interceptada por un comisario que intentó retirarla a la fuerza, mientras sus acompañantes intervinieron para garantizar que pudiera llegar a la meta. La escena, documentada por los medios, se convirtió en símbolo de la lucha por la inclusión de las mujeres en el atletismo.

Superado el incidente, Switzer sostuvo el ritmo hasta completar los 42 kilómetros y 195 metros. Cruzó la línea de llegada acompañada por Briggs y Miller, después de cuatro horas y 20 minutos de carrera. “Sentí que tenía un plan de vida, una meta, un propósito para cumplir”, escribió Switzer en sus memorias. La experiencia, lejos de desalentarla, la llevó a pensar en nuevas formas de abrir puertas a otras mujeres en el deporte.

El resultado no solo fue personal. Cinco años más tarde, en 1972, la Maratón de Boston aceptó oficialmente la participación femenina. Semple, el comisario que había intentado expulsar a Switzer, cambió de postura y se reconcilió públicamente con la corredora. El episodio que comenzó como un ocultamiento derivó en una modificación concreta de las reglas.

La participación de Switzer en 1967 no fue la primera vez que una mujer intentó correr la Maratón de Boston. Existía el antecedente de Roberta Gibb, quien lo hizo el año anterior de manera no oficial y sin número en su camiseta. Sin embargo, la diferencia radicó en que Switzer fue la primera en hacerlo con inscripción formal, lo que desencadenó el conflicto con los organizadores.

Kathrine Switzer, medio siglo después del hito fundacional. Usó en número 261 en la Maratón de Boston de abril de 1967 (AP)

La visibilidad del incidente, amplificada por los medios y por las fotografías que circularon en diarios y revistas, consolidó la figura de Switzer como protagonista de un cambio normativo. El número 261, que le asignaron para aquella edición, se transformó en emblema de ese episodio.

El escándalo que se desató tras la carrera llevó a los responsables de la competencia a justificar su posición. Jock Semple argumentó que las reglas amateurs prohibían a las mujeres competir en distancias superiores a dos kilómetros y medio. Sin embargo, la revisión del reglamento demostró que no existía una prohibición explícita. La presión pública y el debate generado por el episodio impulsaron la apertura de la carrera a las mujeres años después.

Switzer, por su parte, canalizó la experiencia hacia el activismo. Se dedicó a promover la participación femenina en maratones y otras disciplinas deportivas, convencida de que el acceso igualitario era posible. Su labor fue reconocida por diversos organismos, que destacaron su aporte a la modificación de las normas.

El número que lució Switzer en 1967 adquirió un valor simbólico en el mundo del atletismo. En la edición de 2017, al cumplirse 50 años de aquel hecho, numerosas corredoras participaron en la Maratón de Boston con el número 261 en sus pechos. El gesto fue interpretado como un homenaje a la pionera y como recordatorio del camino transitado desde entonces.

Durante esa edición, Switzer volvió a recorrer las calles de Boston, esta vez bajo la mirada atenta de los organizadores y del público, que reconocieron su contribución a la historia de la maratón. Las imágenes de la atleta, sonriente y rodeada de otras mujeres, contrastaron con las escenas de tensión que se habían vivido cinco décadas atrás.

El impacto de la participación de Switzer trascendió la Maratón de Boston. El Comité Olímpico Internacional incorporó la maratón femenina en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984, luego de años de gestiones y reclamos. Switzer cubrió aquella competencia como periodista, convencida de que su papel era dar testimonio de un cambio alcanzado tras décadas de exclusión.

Kathrine Switzer recibió muchos reconocimientos. Uno de ellos fue en 2017: la Maratón de Boston retiró el número 261. Nadie pudo usarlo desde entonces (AP)

El ingreso de la prueba femenina al programa olímpico fue una consecuencia directa del debate generado por episodios como el de Boston en 1967. Las imágenes de Switzer, el número 261 y el intento de expulsión forzosa se volvieron referencias ineludibles en la discusión sobre igualdad de género en el deporte.

La experiencia de Switzer en Boston no habría sido posible sin el respaldo de quienes la acompañaron. Briggs, su entrenador, fue quien primero desafió sus propias convicciones para aceptar entrenarla. Al comprobar que Switzer podía cubrir la distancia de la maratón, se comprometió a acompañarla en la competencia y a respaldarla frente a cualquier problema.

Tom Miller, el novio de Switzer, fue quien intervino para frenar el ataque de Semple. Su reacción permitió que la joven continuara la carrera y evitó que el episodio terminara en una expulsión inmediata. La presencia de ambos hombres junto a Switzer refuerza la idea de que la apertura de espacios para las mujeres en el deporte también requiere el apoyo de quienes ocupan posiciones reconocidas en el ámbito del atletismo.

Uno de los argumentos esgrimidos para impedir la participación femenina en maratones y otras pruebas de resistencia era la supuesta inferioridad física de las mujeres. Switzer y sus acompañantes refutaron ese prejuicio con hechos: la corredora completó la distancia reglamentaria y demostró que el límite era social.

A partir de entonces, se multiplicaron los estudios que cuestionaron la segregación por género en el atletismo. Las imágenes de la maratón de Boston sirvieron como prueba irrefutable de que las mujeres podían soportar el esfuerzo y alcanzar la meta en igualdad de condiciones.

La apertura de la Maratón de Boston a las mujeres no fue un hecho aislado. El ejemplo sentó un precedente que impactó en la organización de otras competencias deportivas. Las carreras callejeras y las pruebas de larga distancia comenzaron a revisar sus reglamentos y a admitir la inscripción de mujeres, siguiendo el modelo implementado en Boston.

Switzer, además de competir, participó activamente en la difusión de estas nuevas oportunidades. Su presencia en medios de comunicación, conferencias y actividades de promoción deportiva contribuyó a consolidar la aceptación generalizada de la participación femenina en pruebas antes vedadas.

Durante la década de 1970, el atletismo femenino experimentó una expansión relevante. Switzer ganó la Maratón de Nueva York en 1974 y obtuvo el segundo puesto al año siguiente, con una marca de 2 horas, 51 minutos y 37 segundos. Su trayectoria personal estuvo acompañada por la de otras corredoras que, inspiradas en su ejemplo, se sumaron a competencias de larga distancia.

El movimiento iniciado en Boston se replicó en distintos países, con mujeres que desafiaron barreras similares y encontraron en la figura de Switzer un modelo a seguir. El número 261 comenzó a circular en carreras de todo el mundo, asociado a la reivindicación de la igualdad de derechos en el deporte.

Años después del episodio en Boston, Switzer fue elegida para dar inicio a la maratón olímpica femenina en París 2024, un gesto que reafirmó su lugar en la historia del atletismo. El reconocimiento se manifestó en homenajes, distinciones y la inclusión de su nombre en el palmarés de la Maratón de Boston.

La presencia de Switzer en ediciones posteriores de la competencia, ya sin la necesidad de camuflarse ni de enfrentar la hostilidad de los organizadores, evidenció el cambio de época. La imagen de la corredora, aplaudida y celebrada, contrastó con la soledad y el riesgo asumido en 1967.

En los Juegos Olímpicos de París 2024 Kathrine Switzer fue elegida para dar inicio a la maratón femenina (REUTERS)

El relato de Switzer sobre la Maratón de Boston de 1967 mantiene su vigencia en la actualidad. Cada año, corredores y corredoras de distintas edades recuerdan el episodio y resaltan la importancia de haber superado las barreras que limitaban la participación femenina. El número 261, lejos de ser un simple número, se consolidó como un símbolo de perseverancia frente a obstáculos impuestos por la costumbre y la normativa.

La historia de Switzer, reconstruida a partir de testimonios, imágenes y documentos oficiales, permite comprender el proceso que llevó a la inclusión de las mujeres en uno de los eventos deportivos más emblemáticos de Estados Unidos. El hecho de que su participación haya sido posible gracias a un vacío reglamentario y a la complicidad de quienes compartieron la experiencia pone en evidencia la arbitrariedad de las restricciones que estaban vigentes.

El recorrido de Switzer, desde su inscripción con iniciales hasta su llegada a la meta bajo la mirada de los medios, sintetiza el tránsito de la exclusión a la integración. La Maratón de Boston, hoy abierta a mujeres y hombres por igual, contiene en su historia el registro de una resistencia y de una transformación que comenzó en la fría mañana de abril de 1967, hace 59 años, y que, en Switzer, encontró un símbolo que aún perdura.