
Oleksandr Pankieiev pide un café en un bar de Buenos Aires y aclara que la propaganda es un tema que estudia desde hace quince años, pero desde un ángulo al que no siempre se presta atención: el del trabajo de campo, el de las familias ucranianas que entrevista en Alberta, el de los memes que le mandaba una amiga desde Zaporizhzhia bajo los bombardeos. “Las historias que emergen de la gente real no se repiten, vienen del corazón”, dice. “La propaganda, en cambio, es siempre igual. Es aburrida”.
Titular de la Cátedra Kule de Etnografía Ucraniana de la Universidad de Alberta y director del Peter and Doris Kule Centre for Ukrainian and Canadian Folklore, Pankieiev llegó a la Argentina invitado por la Embajada de Ucrania para participar el miércoles en la Tercera Conferencia Internacional sobre Manipulación Informativa e Injerencia Extranjera (FIMI), celebrada en la Casa de la Cultura porteña. Es también editor en jefe del Forum for Ukrainian Studies y coordinador de investigación del Canadian Institute of Ukrainian Studies (CIUS). Un día después del panel, sentado frente a un café, accedió a una conversación de más de una hora con Infobae.
La visita tiene también un motivo editorial: la presentación de Ecos de Guerra: Perspectivas Académicas sobre la Invasión Rusa a Ucrania, compilación que reúne ensayos e interviews con más de cuarenta especialistas —entre ellos el historiador de Harvard Serhii Plokhy, la historiadora de Yale Marci Shore y el experto en seguridad Alexander Vindman— sobre los dos primeros años de la invasión a gran escala. El libro, publicado por el CIUS, busca acercar al público hispanohablante análisis sobre historia, identidad, propaganda y geopolítica del conflicto que suelen estar dispersos o inaccesibles. Pankieiev habla pausado, y vuelve una y otra vez a la misma advertencia: “Ignorar lo que ocurre en cualquier rincón del mundo porque no nos concierne es peligroso. La ignorancia mata.”
—Usted es etnógrafo de formación y el miércoles participó de un panel junto a expertos en seguridad y defensa. ¿Qué aporta el trabajo etnográfico al estudio de la propaganda?
—La propaganda no es un tema nuevo para mí: la estudio hace unos quince años, pero desde ángulos distintos al que aportan los especialistas en infraestructura o seguridad. Mi ángulo tiene que ver con la gente común. Cuando hablamos de propaganda también tenemos que prestar atención a lo que esa propaganda le hace a las personas reales. Si no sabemos cómo afecta a la gente, es muy difícil encontrar soluciones. Al interactuar con distintas comunidades y entrevistarlas aprendí qué es lo que realmente las daña. Nuestras suposiciones —lo que vemos en internet, los tuits— necesitan ser contrastadas con la realidad. Hay que ir y hablar con las comunidades: tanto con las que son victimizadas como con las que son usadas para atacar a otras.
— ¿Cómo se traduce eso en su trabajo reciente?
— El año pasado produje un documental etnográfico sobre cuatro familias ucranianas que se instalaron en Alberta. Las seguimos durante casi un año y medio: cómo se adaptaban, cómo procesaban lo que pasaba en términos de narrativas y pertenencia. Lo que más me sorprendió fue la respuesta al llamado: esperaba unas pocas familias y se anotaron más de cincuenta, solo porque querían contar sus historias. Y eso también dice algo sobre la propaganda: las historias que emergen de la gente real no se repiten, vienen del corazón. La propaganda, en cambio, es siempre igual. Repite y repite esperando que alguna versión funcione, y muchas veces parte de supuestos completamente equivocados. Eso explica en parte por qué Rusia fracasó al inicio de la invasión a gran escala: creían que los iban a recibir con flores.

— En el panel se habló mucho de operaciones de información en la Argentina. ¿Algo lo sorprendió, qué le confirmó lo que ya sabía?
— Me confirmó lo que esperaba. Sigo de cerca lo que pasa en América Latina en términos de propaganda y desinformación, y también lo que Rusia dice puertas adentro sobre la región. Eso es un buen predictor de a quién van a apuntar. Los países latinoamericanos aparecen con mucha frecuencia en la propaganda rusa dirigida al interior de Rusia, porque Rusia está peleando por su esfera de influencia acá y asume que ya la tiene. Es su manera de inflar su autoimagen: finalmente llegaron al “patio trasero” [de EEUU]. Pero la propaganda funciona de manera específica: no siempre apunta a convencer a toda una sociedad. A veces basta con ganar a una sola persona en una posición clave. Esa persona puede abrirles todas las puertas, aunque el resto de la sociedad esté en contra.
—Una de sus líneas de investigación son los memes como folklore digital de guerra, es decir, como relatos que el pueblo produce y comparte espontáneamente, igual que antes se contaban cuentos o canciones. ¿Qué encontró al estudiarlos, y en qué se diferencian de los de otras guerras?
—Todo empezó con un libro de Richard Dorson de los años cincuenta: lo llamó Fakelore, casi anticipando el concepto de fake news que se popularizó a partir de 2016. Dorson hablaba de cómo la URSS llevó a Moscú a narradores populares reales y los entrenó —con folkloristas, académicos— para producir relatos sobre Stalin y Lenin que sonaran como si vinieran de la gente. Era una máquina enorme. Cuando vi cómo Rusia intentaba instrumentalizar los memes, reconocí el mismo patrón. Pero cuando la producción es controlada, la variedad es pequeña. En el primer año de la invasión, los ucranianos produjeron miles de memes con variantes completamente distintas: un fenómeno mundial. Una amiga de Zaporizhzhia me dijo en los primeros días: “Lo único que me está salvando ahora son los memes.” Le pedí que los guardara. Después me dijo que le había hecho un favor: esa tarea le daba algo concreto en qué ocupar la mente mientras caían bombas.
—Pero no todo ese contenido es humor o resistencia. Usted decidió no estudiar los memes que muestran muerte real. ¿Qué le preocupa de esa exposición masiva a la violencia?
—Fue una decisión teórica y emocional. Me expuse a esos memes y me resultó muy difícil. Lo que me preocupa es que hoy cualquier niño en Ucrania ha sido expuesto a eso: fotos reales, videos sin censura en canales de Telegram. Es prácticamente imposible evitarlo. Lo que hace diferente a esta guerra de las anteriores es exactamente eso: antes la violencia pasaba por tu imaginación. Hoy la ves directamente, sin filtro. Eso va a afectar a toda una generación. Es un trauma que tardará décadas en procesarse.

—Uno de los ejes de Ecos de Guerra es, justamente, el intento de desarmar lecturas erróneas sobre la guerra. Usted ha planteado que los estudios eslavos en Occidente fueron durante décadas colonizados por la mirada rusa. Además, muchos en la academia e incluso en la izquierda siguen rechazando calificar a Rusia como potencia colonial. ¿Cómo lo explica?
—Cuando arrancó la invasión a gran escala lanzamos con colegas un proyecto de monitoreo de medios. Lo que notamos es que muchos de los que comentaban sobre Ucrania no tenían ninguna formación sobre Ucrania: venían de disciplinas vecinas, eran expertos en Rusia o en estudios soviéticos, y asumían que ese conocimiento los habilitaba. Muchos académicos habían sido formados en una tradición que marginalizaba el estudio de las naciones que componían la URSS. Eso dejó una huella muy profunda en cómo el mundo occidental leyó —y sigue leyendo— la guerra. Y hay un problema teórico adicional: cuando pensamos en un colonizador solemos asumir que es capitalista. Pero un colonizador también puede ser socialista, y así se presentó la URSS. Para mucha gente, además, es difícil aplicar el marco colonial a Rusia porque las colonias europeas clásicas estaban en ultramar: era fácil distinguir la metrópoli de los territorios colonizados. El Imperio Ruso y la URSS, en cambio, adoptaron la narrativa de que estaban ahí para ayudar a esos pueblos, para integrarlos. Pero en la práctica les sacaban todo. Con Ucrania, el problema específico es que durante décadas se asumió que ucranianos y rusos son el mismo pueblo. Si son lo mismo, ¿cómo se coloniza la propia nación? Pero si uno mira cuántas veces Rusia prohibió el idioma ucraniano, si mira el Holodomor y cómo los ucranianos fueron específicamente apuntados por resistir, todo encaja. Rusia entiende, por otro lado, que el marco decolonial es muy poderoso en América Latina: de acá vienen los padres de esas teorías. Por eso reencuadró su discurso y presenta la guerra como una guerra contra el colonizador norteamericano, con Ucrania como un país al que habría que “salvar” de la influencia occidental. Es la misma lógica, pero invertida.
—Estamos en el quinto año de guerra. ¿Cuáles son sus principales preocupaciones hoy en el plano informativo?
—Yo mismo he tenido momentos en los que la propaganda afectó mis emociones, el miedo de que todo estaba perdido. Pero con el tiempo aprendí que cada vez que veía una campaña masiva y devastadora, después todo seguía en pie. Era solo propaganda. Lo que veo ahora, y no veía hace uno o dos años, es que la propaganda rusa hacia adentro está colapsando. Ya no pueden producir narrativas para justificar lo que están haciendo, agotaron sus recursos. Y la respuesta que están tomando es cortar internet: esa era la última reserva que guardaban. Que estén activando ese mecanismo indica que ya no pueden controlar el relato interno. Los regímenes plenamente autoritarios no pueden competir con las democracias. Y como dice el historiador Serhii Plokhy, los imperios no mueren de la noche a la mañana: el Austrohúngaro, el Otomano tardaron décadas en caer. Rusia está en su fase final como imperio, que también es la más peligrosa: cuando los imperios se mueren son más agresivos, buscan pequeñas guerras para comprar tiempo. Y esas guerras suelen terminar por matarlos.

— Ecos de Guerra acaba de ser traducido al español. ¿Qué mensaje le gustaría que se lleve un lector latinoamericano?
— El mensaje es que tenemos que estar vigilantes y entender lo que pasa en el mundo, porque lo mismo nos puede pasar a nosotros. Si no aprendemos de las experiencias de otros pueblos, no somos inmunes. Ignorar lo que ocurre en cualquier rincón del mundo porque “no nos concierne” es peligroso. La ignorancia mata. Una de las entrevistas del libro, con la periodista ucraniana Evgenia Podobna, tiene una frase que lo resume todo: el mal tiene que ser llamado mal. Si algo es malo hay que decirlo. El mal siempre está esperando una nueva provocación, y cada concesión que le hacemos es una invitación a que vuelva.











