La Marina Real británica suspendió la conectividad de un grupo de drones marítimos después de detectar que uno de sus componentes, fabricado en China, enviaba periódicamente señales hacia su fabricante. El hallazgo encendió las alarmas sobre la seguridad de los sistemas militares occidentales y volvió a poner bajo la lupa un problema cada vez más difícil de resolver: la dependencia de componentes extranjeros en equipos destinados a tareas estratégicas.
El episodio fue analizado por Andrei Serbin Pont durante su columna en Infobae al Mediodía. Se trata de 20 unidades K3 Scout, fabricadas por la compañía británica Kraken Technology Group y adquiridas por unos 12 millones de libras para tareas de vigilancia y monitoreo de aguas marítimas y fluviales.
La anomalía fue detectada durante una revisión rutinaria de las comunicaciones de las embarcaciones. Los operadores descubrieron que un componente de origen chino establecía periódicamente una conexión con su fabricante. Como medida preventiva, la Royal Navy interrumpió la conectividad de los equipos mientras investigaba qué información podía transmitir esa comunicación y cuál era su alcance.

“Detectaron un componente en particular que tenía o emitía señales, lo que a veces se le llama una suerte de retorno breve que daba datos al fabricante original. Y justo ese fabricante original de ese componente específicamente era un fabricante chino”, explicó Serbin Pont.
El tipo de señal detectada puede corresponder a un heartbeat, una comunicación utilizada por distintos dispositivos para informar que continúan activos. Su existencia no demuestra por sí misma que haya habido una filtración de información sensible. La preocupación radica en determinar qué datos transmite el componente, hacia dónde los envía y qué capacidad de acceso puede tener un tercero sobre el sistema.
En un equipo militar, una conexión externa no prevista puede representar un riesgo incluso si no permite acceder directamente a información clasificada. Dependiendo de sus capacidades, puede revelar que un dispositivo está operativo, transmitir datos sobre su funcionamiento o convertirse en una vía de acceso a otros sistemas.

El riesgo de los backdoors en la tecnología militar
El caso volvió a poner en discusión el concepto de backdoor, una puerta de acceso oculta o no autorizada que puede permitir que un tercero interactúe con un dispositivo o sistema.
Estas vulnerabilidades pueden encontrarse en el software, en el firmware —el código que controla directamente el hardware— o incluso en componentes físicos incorporados al equipo. “Podés tener un backdoor de firmware, que eso es mucho más complicado, porque eso es ya el software que viene instalado dentro del hardware y quizás no es algo que vos instalaste, sino que vino de fábrica con eso”, explicó Serbin Pont.
En un sistema militar, el riesgo no se limita al dispositivo que contiene la vulnerabilidad. Una pieza conectada puede convertirse en un punto de entrada a otros elementos de una red, especialmente cuando el equipo forma parte de una infraestructura más amplia.
El problema se vuelve todavía más complejo por la forma en que se fabrican los sistemas tecnológicos actuales. Un equipo puede ser diseñado y ensamblado en un país occidental, pero incorporar componentes producidos por numerosos proveedores internacionales. Controlar el producto final no necesariamente significa conocer en profundidad el comportamiento de cada una de las piezas que lo integran.
En el caso de China, Serbin Pont señaló además el marco legal vigente en ese país. La Ley de Inteligencia Nacional de 2017 establece obligaciones de cooperación con los organismos de inteligencia del Estado para organizaciones y ciudadanos chinos, un aspecto que desde hace años es señalado por gobiernos occidentales como un factor de riesgo cuando empresas de ese país participan en sectores estratégicos.
A esto se suma el peso de China en la fabricación mundial de componentes electrónicos. La industria de defensa moderna utiliza una gran cantidad de piezas comerciales fabricadas por proveedores de distintos países, lo que vuelve especialmente difícil garantizar una cadena de suministro completamente controlada.
De Huawei a las grúas portuarias
La preocupación por la incorporación de tecnología china a sistemas estratégicos no comenzó con los drones británicos. Durante más de una década, Estados Unidos y otros países occidentales adoptaron restricciones contra empresas y proveedores chinos considerados potencialmente riesgosos para la seguridad nacional.
En 2012, un comité de inteligencia de la Cámara de Representantes de Estados Unidos advirtió sobre los riesgos asociados a Huawei y ZTE y recomendó limitar su participación en infraestructura crítica. En 2018, la sección 889 de la Ley de Autorización de Defensa Nacional estadounidense estableció restricciones para la adquisición de determinados equipos y servicios de compañías como Huawei, ZTE, Hikvision y Dahua.

El Reino Unido también restringió posteriormente la participación de Huawei en sus redes 5G. La preocupación alcanzó además a otros sectores de infraestructura estratégica, como las grúas portuarias fabricadas por la compañía china ZPMC, utilizadas en terminales de distintos países y sometidas a un creciente escrutinio por sus capacidades de conectividad.
Para Serbin Pont, estos casos muestran la dificultad de controlar una cadena tecnológica cada vez más extensa. “Supuestamente vos tenés estándares que evitan que las empresas chinas puedan llegar a tener presencia, pero como dominan tanto el mercado, de una forma u otra terminan teniendo algún componente”, sostuvo.
El problema, por lo tanto, no pasa únicamente por identificar quién fabricó un equipo. También implica conocer el origen de sus componentes, el software que utilizan y las comunicaciones que pueden establecer una vez que forman parte de un sistema crítico.
La advertencia para América Latina
La misma discusión alcanza a América Latina, donde gobiernos, empresas y organismos públicos dependen de proveedores internacionales para buena parte de su infraestructura tecnológica.

“Probablemente la mayoría de nuestras computadoras acá tienen componentes chinos”, planteó Serbin Pont. La afirmación no significa que todo componente fabricado en China constituya una herramienta de espionaje, sino que expone la dificultad de conocer y controlar completamente las cadenas de suministro de la tecnología que se utiliza.
El desafío es todavía mayor cuando se trata de defensa, telecomunicaciones, energía, transporte o infraestructura crítica. En esos ámbitos, la seguridad no depende únicamente de proteger las redes o cifrar la información: también requiere saber qué componentes integran cada sistema, quién los fabricó y qué comunicaciones pueden establecer.
El episodio de los K3 Scout expone precisamente ese problema. La Royal Navy incorporó drones para ampliar su capacidad de vigilancia y terminó teniendo que investigar una comunicación generada por uno de sus propios componentes.
Más allá de lo que determine la investigación británica, el caso vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que excede a estos drones: la seguridad de un sistema tecnológico también depende de aquello que ocurre dentro de cada una de las piezas que lo componen.
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