
El aumento de trastornos alimentarios en niños y adolescentes se ha convertido en un fenómeno que preocupa a madres y padres, así como a profesionales del ámbito sanitario y educativo.
Coincidiendo con la celebración de la Semana Nacional de Concienciación sobre Trastornos de la Alimentación, impulsada por la Asociación Nacional de Trastornos Alimentarios de España, los especialistas recalcan la importancia de identificar señales iniciales incluso cuando pasan inadvertidas en el entorno familiar y de propiciar conversaciones abiertas sobre el tema.
Detectar un posible trastorno alimentario requiere observar cambios en el comportamiento cotidiano, como la restricción de comida o la obsesión repentina por la “comida saludable”. En este sentido, resulta fundamental apartar la moralización de los alimentos y preguntar abiertamente a los hijos. Ante cualquier duda, buscar orientación profesional puede ser el primer paso adecuado para obtener alivio y apoyo.
La psicóloga clínica especialista en trastornos alimentarios, Erin Parks, advirtió en el Podcast de Good Inside con Erin Parkse que la incidencia de estos trastornos ha aumentado desde 2020: “La tasa de trastornos alimentarios se ha mantenido estable durante un siglo, pero desde 2020 ha ido en aumento”. Este fenómeno afecta tanto a quienes ya tienen diagnóstico como a un número creciente de menores con alteraciones en la alimentación. Las presiones sociales, la cultura de la dieta y los mensajes en redes sociales agravan la situación.

Cómo identificar señales de alerta en la alimentación infantil
Según Parks, no existe una única forma adecuada de alimentarse. Recomienda observar si la idea de “comer saludable” lleva a ampliar la variedad de alimentos o, por el contrario, implica eliminar comidas favoritas y evitar situaciones sociales vinculadas con la comida. “Cuando un menor deja de comer pastel en una fiesta o sus platos preferidos, tu instinto reacciona”, expone la especialista.
La moralización de la comida, al dividir los alimentos en “buenos” o “malos”, surge tanto en el hogar como en la escuela. Parks subraya que incluso los adultos absorben mensajes de la cultura de la dieta, lo que puede influir sin desearlo en sus hijos. “Observan incluso pequeños detalles; mi propio hijo preguntó por qué no terminaba mi batido. Perciben mucho más de lo que creemos”, cuenta.
Durante la infancia y adolescencia, aumentan las necesidades energéticas. Restringir calorías, eliminar azúcares o hidratos de carbono representa un riesgo en esta etapa. El diálogo abierto en el entorno familiar ayuda a cuestionar creencias rígidas. “No existe una sola forma saludable de comer. El abordaje debe ser flexible y empático”, sostiene Parks.
Explicar las costumbres alimentarias de manera sencilla, usando ejemplos cotidianos y revisando la conducta propia, evita mensajes contradictorios. Así, los hijos pueden entender los motivos de ciertos hábitos sin caer en discursos extremos.

El impacto del control y la ansiedad en jóvenes y adolescentes
“El control y el perfeccionismo son frecuentes en jóvenes con riesgo de trastorno alimentario”, asegura Parks. “Muchos procuran hacerlo todo de forma correcta, sobrecargándose con ejercicio o estudios y desatendiendo señales de agotamiento físico”. Cuando este perfeccionismo se enfoca en la alimentación o el físico, el peligro aumenta.
El 40% de quienes tienen trastornos alimentarios son varones, recuerda Parks. En estos casos, la disciplina y la práctica deportiva pueden ocultar señales tempranas del trastorno. “Felicitamos a un adolescente que pasa horas en el gimnasio o se aísla, sin advertir que esto puede ser síntoma”, recalca.
Desde el punto de vista científico, estos trastornos tienen una base neurobiológica y hereditaria. Más del 85%-86% de la predisposición tiene un componente genético, explica. Por ello, recomienda compartir experiencias personales sobre el esfuerzo y el cansancio, para transmitir que es necesario equilibrar y gestionar emociones más allá del logro.
Las conductas restrictivas son, en ocasiones, mecanismos para sobrellevar emociones intensas. Como sucede en el uso excesivo de móviles, evitar la comida o generarse vómitos puede aliviar de forma temporal el malestar. Parks aconseja no juzgar ni alarmarse precipitadamente, sino preguntar y acompañar de manera directa: “Cuando un adolescente empieza a hablar sobre esto, suele experimentar alivio porque alguien ha preguntado de forma clara”.

Qué hacer ante la sospecha de un trastorno alimentario
Si surge la sospecha, la intervención temprana es la recomendación principal. “No ocurre nada negativo por preguntar directamente a tu hijo si está vomitando o notando conductas atípicas”, indica Parks. Estos trastornos pueden avanzar rápido y prosperar en el secreto, por lo que no debe posponerse la intervención. La ausencia parental no ayuda; la presencia, sí. Participar activamente, incluso si el adolescente rechaza el apoyo, resulta fundamental.
Respecto al papel de la familia en el apoyo, Parks compara la intervención con otros problemas médicos; recalca que los padres no pueden delegar la decisión del tratamiento en los hijos cuando el bienestar está en juego. La especialista sostiene que la mayoría de los adolescentes acaban valorando la implicación familiar: “Todos dijeron que hubieran querido que sus padres intervinieran antes”.
El tratamiento demanda acompañamiento constante y presencia, incluso frente a reacciones negativas. Parks subraya que el objetivo es apoyar la salud física y emocional de los hijos en el largo plazo.
Recomendaciones prácticas para el entorno familiar
Si se percibe haber actuado tarde, no hay motivo para desistir. Parks insiste en que nunca es tarde para reparar y generar nuevos hábitos en la familia. “Sé compasivo contigo mismo. Todos crecimos bajo presiones sociales y culturales. Lo importante es reconocerlo y empezar el cambio ahora”, anima la especialista.
Como profesional, Parks reconoce que discutir abiertamente la insatisfacción corporal en casa ha sido útil para dialogar con su hijo y rechazar la moralización de la comida. “Es fundamental transmitir que nadie vale más o menos por su cuerpo, que la meta es disfrutar la vida y cultivar la autoestima, aunque a veces no nos gusten partes de nuestro aspecto”, destaca.
La recuperación es viable y la familia cumple un papel central. Fomentar la autocompasión y el aprendizaje compartido fortalece tanto a los menores como al entorno cercano. Involucrarse activamente, buscar acompañamiento profesional y apoyarse mutuamente permite a niñas, niños y adolescentes atravesar el desafío de los trastornos alimentarios y fortalecerse durante el proceso.