
Cada año, muchas personas se embarcan en dietas estrictas con la esperanza de una rápida pérdida de peso, pero la mayoría no mantiene los resultados en el tiempo. Especialistas en nutrición advierten que las restricciones severas no solo son difíciles de sostener, sino que además activan procesos físicos y psicológicos que favorecen el conocido efecto rebote. Así lo explica The Conversation en un análisis desarrollado por Chloe Casey y Sarah Hillier, expertas en nutrición y conducta alimentaria de la Universidad de Bournemouth.
Solo cerca del 20% de quienes pierden peso con dietas restrictivas logra sostener el descenso tras un periodo prolongado. The Conversation recopila estudios que documentan la elevada frecuencia de fracaso de estas estrategias, resultado de reacciones biológicas y de la dificultad para mantener reglas alimentarias rígidas. Esta combinación de factores lleva a que muchas personas recuperen el peso perdido, y en ocasiones, incluso aumenten más kilos de los que tenían al comienzo.

El origen del problema es complejo y abarca tanto aspectos psicológicos como fisiológicos. Desde el punto de vista emocional, imponer restricciones alimentarias provoca un aumento de los antojos, especialmente hacia alimentos considerados placenteros, como dulces o snacks. La exclusión de estos productos elimina el placer que aportan y, paradójicamente, intensifica el deseo de consumirlos.
El entorno social también cumple un papel relevante: la presión de eventos, reuniones familiares o celebraciones puede dificultar el seguimiento de una dieta restrictiva y aumentar la frustración. El resultado suele ser la aparición de episodios de descontrol alimentario, seguidos de sentimientos de culpa y un ciclo que se repite.

Casey y Hillier explican que el fenómeno del “craving de alimentos” o antojo puede verse agravado por el estado de ánimo, el estrés o el cansancio, factores que debilitan el autocontrol al finalizar el día. Diversos estudios citados por The Conversation demuestran que restringir ciertos alimentos incrementa las ansias y puede llevar a episodios de ingesta excesiva, un comportamiento que se asocia con el conocido “atracón”.
Desde el plano fisiológico, las dietas muy bajas en calorías modifican las señales de hambre y saciedad. El organismo responde con un aumento del apetito y una disminución de la sensación de llenado, además de reducir el gasto energético basal. Esta combinación hace que sea más difícil mantener la dieta, y en muchos casos, conduce a una recuperación rápida del peso perdido.
El cuerpo humano está programado para protegerse frente a la escasez: cuando detecta una reducción drástica de calorías, activa mecanismos de defensa que favorecen el almacenamiento de energía y la ralentización del metabolismo.

Este mecanismo natural sirvió, en el pasado, para sobrevivir durante períodos de escasez alimentaria. En la actualidad, complica cualquier intento de sostener una reducción de peso a largo plazo. Las investigaciones indican que entre el 50% y el 70% del peso perdido tras dietas estrictas suele recuperarse con el tiempo, lo que explica la sensación de fracaso y frustración tan frecuente entre quienes buscan soluciones rápidas.
Durante el proceso de pérdida de peso, no solo disminuye la grasa corporal, sino también la masa muscular, un componente esencial para el metabolismo y el gasto energético en reposo. Casey y Hillier advierten sobre el riesgo de perder masa muscular cuando se reducen de manera drástica las calorías o la proteína. Los músculos, al ser los principales responsables del consumo calórico en reposo, al disminuir, facilitan la recuperación del peso una vez finalizada la dieta.
Más allá de los efectos físicos, el impacto emocional del efecto rebote puede ser considerable. El ciclo de perder y recuperar peso genera desmotivación, baja autoestima y, en algunos casos, puede derivar en trastornos alimentarios como la alimentación compulsiva o la restricción crónica.

Ante estos resultados, las expertas sugieren alternativas respaldadas por la evidencia científica. Plantean abandonar el enfoque “todo o nada” y realizar cambios graduales y sostenibles que incluyan todos los grupos alimentarios, en lugar de prohibir determinados productos. Señalan la importancia de la calidad de los nutrientes, priorizando proteínas y alimentos ricos en fibra, como cereales integrales, legumbres, frutas y verduras.
Además, destacan la utilidad de las técnicas de cambio de comportamiento: establecer metas realistas, planificar, identificar obstáculos y contar con apoyo social. El acompañamiento de familiares o amigos resulta clave para sostener hábitos saludables y estables en el tiempo. Asumir el rol de “coach” personal implica también aprender a gestionar las emociones y buscar alternativas de autocuidado que no estén ligadas exclusivamente a la comida.
Finalmente, de acuerdo con The Conversation, los desafíos rápidos y las dietas muy bajas en calorías resultan atractivos por la promesa de resultados inmediatos, pero solo los cambios respaldados por la psicología y la nutrición conducen a mejoras reales y duraderas. Avanzar hacia una relación más equilibrada con la alimentación, basada en el placer, la flexibilidad y la educación nutricional, permite evitar la trampa de las dietas restrictivas y alcanzar un bienestar sostenible, tanto físico como emocional.