
“Cómo convertirte en una That Girl en solo 7 días”, comienza el reel a cargo de una joven con más de 182.000 seguidores en la plataforma más adictiva del mundo. Los consejos que da giran en torno al cuidado del cabello, con muchos productos y pasos minuciosos a seguir que relata como fundamentales: dormir con cofias, perfumar el pelo, sostener rutinas estrictas.
Otra influencer, con 380.000 seguidores, da tips para antes del comienzo de clases, para prepararse. Son todos consejos ligados a la moda, la belleza y, sobre todo, a la disciplina. Casi todas repiten la misma idea: “oler rico todo el día”, “lucir y verse hermosas”, y eso parece depender únicamente de la voluntad. Aunque se habla mucho de ser “poderosa e independiente”, esa potencia rara vez se vincula con el estudio, la lectura o la adquisición de herramientas de autonomía económica, como la educación financiera.
En TikTok e Instagram, las figuras de la That Girl y la It Girl no funcionan solo como estéticas infantojuveniles, sino como discursos contemporáneos de docilización femenina. Bajo la promesa de bienestar, empoderamiento y autocuidado, organizan prácticas de control corporal, emocional y conductual que reinstalan una feminidad obediente, disciplinada y permanentemente evaluada. No amplían las posibilidades de ser niña ni mujer en toda su diversidad, las reducen a un ideal que exige rendimiento, belleza y positividad, presentados como elección personal.
Lo inquietante no es solo la circulación de estos discursos, sino su legitimación cultural. Probablemente avancen sin resistencia porque no se presentan como imposición, sino como deseo o estilo de vida. Esa es su eficacia, produce sumisión sin coerción visible.

“Mi hija me dijo que necesita un “signature look“, lo que elige es carísimo, no sé cómo voy a hacer”, dice una madre en la consulta. Ante la pregunta de por qué debería comprárselo, responde sin dudar: “No quiere que las otras chicas la carguen”. No hay una orden explícita, pero la maquinaria parece invencible, el mandato opera con toda su fuerza. Se trata de adaptarse para no quedar afuera, consumir para no ser humillada y aparentar lo que no se tiene, puede o quiere.
La That Girl, según las definiciones en las redes, encarna disciplina, autocontrol, productividad y cuidado corporal; la It Girl representa el ideal de deseabilidad permanente, visibilidad y capital erótico. No hay mucha diferencia entre una y otra, a mi parecer, pero las chicas de los videos son tajantes en su insignia identitaria.
Ambas configuran un mandato femenino contemporáneo que promete bienestar y reconocimiento a cambio de una adaptación constante a un ideal inalcanzable, por definición. El discurso que lo sostiene se presenta como empoderamiento, pero se trata de un empoderamiento mainstream, superficial, fácilmente consumible y compatible con las lógicas del mercado y del poder.

Para comprender la eficacia de estos modelos conviene recordar que las industrias culturales producen sentidos, negocian con sus públicos y convierten ideales en consumo. En los años sesenta, muchas revistas se presentaban como modernas y renovadoras, ampliaban el horizonte simbólico de las mujeres, más cultura, más mundo, más sofisticación, pero sin alterar el núcleo del mandato, lo que hoy serían las tradwife. Y aun cuando prometían modernidad, seguían sujetando a la mujer a las tareas de cuidado y la carga mental cambiando el decorado.
Hoy las plataformas digitales repiten esa misma operación con otro lenguaje y otra velocidad, ya no se exige obediencia doméstica, sino autodisciplina permanente, control emocional y gestión estética del cuerpo.
Este tipo de mandato no impacta de igual modo en todas las etapas de la vida. Su eficacia se vuelve especialmente intensa en la niñez y la adolescencia, momentos en los que se están jugando procesos decisivos de constitución subjetiva, del narcisismo y de la relación con el cuerpo.

La adolescencia, como segundo tiempo estructurante de la identidad, implica una reconfiguración del ideal y de la imagen corporal; cuando ese ideal, siempre expuesto a la mirada del Otro, se rigidiza y se reduce a parámetros estéticos permanentemente exhibidos, el sentimiento de insuficiencia deja de ser circunstancial y puede volverse estructural.
El ideal ya no opera como una referencia externa y distante, como ocurría en otros dispositivos culturales del pasado, sino como una exigencia permanente que se vive en primera persona, expuesta y evaluada en tiempo real, con efectos directos sobre la constitución subjetiva.
Esto se observa con claridad en los consultorios: adolescentes, y también niñas más pequeñas, atravesadas por culpa, autoexigencia y angustia. A esto se suma una dimensión frecuentemente silenciada: estos modelos son profundamente racistas y clasistas, por lo que la imposibilidad de encarnar ese ideal no se vive como efecto de una norma social excluyente, sino como falla personal.

Las figuras de la That Girl y la It Girl presuponen y exaltan cuerpos y rasgos asociados a lo erocéntrico como ideal de belleza y valor. Esta norma estética muchas veces empuja a prácticas de corrección corporal como operarse la nariz, reducirse las piernas, afinar rasgos, como vías legítimas de acceso a la aceptación y el reconocimiento, convirtiendo la diversidad en mayor desigualdad social y racial y en violencia estética, entendida, como plantea la socióloga venezolana Esther Pineda, no como una experiencia individual, sino como una forma de violencia sexista estructural que se ejerce a través de los medios, la cultura visual y los discursos sociales, y que produce exclusión, odio corporal y disciplinamiento de los cuerpos.
Byung-Chul Han describe en “La sociedad del cansancio” una mutación en las formas contemporáneas del poder, ya no se ejerce principalmente por prohibición o coerción externa, sino a través del exceso de positividad. En este marco, malestares como la depresión, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad y otros padecimientos contemporáneos no expresan una falta, sino un exceso de exigencia, de estímulos, de rendimiento y de autoevaluación permanente.
El sujeto ya no necesita ser disciplinado desde afuera: se convierte en agente y víctima de su propia explotación, en nombre de la optimización constante y la superación ilimitada. Esta forma de autoexigencia, que Han denomina “violencia neuronal”, produce obediencia sin necesidad de coerción visible y deja como saldo agotamiento, angustia y una persistente sensación de fracaso.

En este contexto, los procesos de subjetivación infantil y adolescente quedan atravesados por exigencias de un nuevo orden. La pantalla se instala también como un gran Otro que exige sin límites: hay que poder, querer y demostrar que se puede todo. La demanda no se enuncia como mandato, sino como expectativa constante de rendimiento, exposición y autosuperación.
Cuando niñas y adolescentes internalizan estos ideales el malestar se vive como insuficiencia personal. El cansancio, la angustia o la anhedonia se presentan como fallas que deben ocultarse o corregirse: “levantate temprano, entrená, hacé tu rutina de skin care, no estés triste, brillá, no pares nunca”.
En un metaanálisis publicado en 2023 por la Universidad de Queensland, que reunió 48 estudios experimentales con más de 7.600 participantes, permitió observar que frente a feeds poblados de cuerpos presentados como atractivos (según parámetros normativos, delgados, jóvenes, blancos, sin marcas, ajustados a ideales hegemónicos de belleza) vidas excitantes y rutinas impecables construidas mediante autopresentaciones editadas, la reacción más frecuente no fue la motivación, sino la comparación social con estos modelos.

Tabularon, lo que escuchamos en los consultorios desde siempre, que lo que se activa no es la inspiración, sino una evaluación negativa de sí mismos, que impacta en la imagen corporal, el amor propio y distintos indicadores de salud mental, incluso tras exposiciones breves.
Estos resultados fueron reforzados por otro metaanálisis posterior, publicado en 2025 en la revista Body Image, que confirmó que el impacto más fuerte se registra en la imagen corporal y en la adopción de conductas de control alimentario, especialmente en adolescentes y mujeres jóvenes.
En plataformas visuales como Instagram o TikTok no faltan también escenas de dolor y angustia: personas llorando, narrando pérdidas o estafas. Sin embargo, todo sigue inscripto en la misma cadena de producción donde lo íntimo se vuelve público y donde incluso el sufrimiento queda capturado por la lógica del exceso de positividad, provocando una violencia interna que enferma.
En la adolescencia, cuando la identidad aún se está armando y el cuerpo ocupa un lugar central en el valor propio, este mecanismo resulta especialmente potente. El entorno digital convierte la comparación permanente en una experiencia cotidiana muchas veces de extremo dolor.

La Organización Mundial de la Salud advierte que los trastornos de ansiedad y depresión afectan a más de 70 millones de niñas, niños y adolescentes a nivel global, con una prevalencia significativamente mayor en mujeres. Los trastornos de la conducta alimentaria impactan de manera desproporcionada en adolescentes mujeres y se asocian a la presión estética y a la internalización del ideal de delgadez.
El rasgo más problemático de estas estéticas no es solo lo que muestran, sino cómo se presentan: como elección personal, autocuidado o empoderamiento. Cuando el mandato social se vive como elección individual, la culpa se vuelve propia.
Uno de los antecesores de estas lógicas son los polémicos concursos de belleza infantiles que han sido estudiados durante décadas como dispositivos que introducen tempranamente a las niñas en evaluaciones centradas en la apariencia, promoviendo procesos de autoobjetivación, adultización, hipersexualización y exposición a miradas normativas sobre el cuerpo. Estudios retrospectivos y longitudinales muestran que mujeres que participaron en concursos de belleza durante la infancia presentan, en la adultez, mayor insatisfacción corporal y dificultades vinculares en comparación con quienes no atravesaron esas experiencias.

Ya a fines de la década de 2000, con la publicación «So Sexy So Soon» (2009), Diane E. Levin y Jean Kilbourne advertían que la sexualización temprana de la infancia no era un fenómeno aislado ni atribuible solo a decisiones familiares, sino el resultado de un entorno mediático, comercial y regulatorio que excedía a los padres y requería respuestas sociales más amplias, cuando todavía no teníamos el auge de las plataformas.
Mientras los feminismos luchamos por ampliar la autonomía, el deseo y las condiciones materiales de existencia de niñas, niños y mujeres, estas estéticas operan en sentido inverso: reducen la subjetividad femenina a una gestión eficiente del cuerpo, de la imagen y del ánimo.
Reducen la posibilidad de ser una niña en su amplia diversidad a un molde estrecho, costoso y psíquicamente agotador en un contexto de crisis global de salud mental juvenil.

Cuidar la salud mental infanto-juvenil hoy exige alfabetización mediática crítica, adultos capaces de leer el malestar detrás de la exigencia de las niñas y políticas públicas que aborden el impacto psíquico de las plataformas.
Ninguna niña debería sufrir para encajar en un ideal extremo, vendido como libertad y poder, cuando en realidad se trata de una amarga prisión a cadena perpetua.
Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.