
Ahora es un hombre grande, pero el tema de la vejez aparece en su obra desde muy temprano. Federico Jeanmaire nació en Baradero en el año 1957 y fueron las enciclopedias que compraba su madre las que lo llevaron a apasionarse por la lectura. Es licenciado en Letras, especialista en el Siglo de Oro y también uno de los grandes lectores del Quijote. Su obra literaria es una de las más vastas y premiadas; sus lectores celebran sus ficciones audaces, en las que el tratamiento de los temas y la lengua es accesible sin que esa elección estética desvirtúe la originalidad de sus propuestas.
Entre los reconocimientos que obtuvo Jeanmaire figuran el Premio Consagración Ricardo Rojas en 2001 por Mitre. El Emecé en el 2008 por Vida interior. El Clarín de Novela en el 2009 por Más liviano que el aire. Y el Unicaja Fernando Quiñones por Darwin o el origen de la vejez. Otras de sus novelas muy conocidas son Papá, Tacos altos, Amores enanos y Wërra. Varios de sus libros fueron traducidos a diferentes lenguas.
Su nueva ficción se llama Bali y fue publicada por Entropía. Se trata de una novela epistolar, aunque la propuesta de diálogo queda trunca ya que solo leemos una de las voces. La protagonista es una mujer de 70 años, maestra jubilada y viuda, que le escribe mails a su hermano, supuestamente en Barcelona, para contarle primero la noticia de la muerte de su madre pero después, y sobre todo, para contarle cómo fueron los abrumadores últimos años al cuidado de la anciana, enferma de Alzheimer.
Le habla de la forma fantasiosa en la que consiguió entretener a la mujer en el ocaso de su vida y le habla también de su propia vejez, de su miedo a la enfermedad y del deseo enorme de seguir viva. Lejos de ser un texto oscuro, aunque trata un tema durísimo, la novela ofrece por momentos una luminosidad inesperada y hasta destellos de humor, sin perder nunca la sensibilidad.
Lo que sigue es la transcripción de una charla que mantuvimos semanas atrás, durante la grabación del podcast Vidas prestadas.

— Pensaba en lo luminoso que es el texto con un tema tan denso, tan oscuro. Y, naturalmente, por la edad que tenemos, y por la edad que pueden llegar a tener los padres de uno, si aún viven, imaginaba que detrás de esta novela puede haber bastante de tu vida personal. ¿Es así?
— Sí, absolutamente. Bueno, mi madre acaba de cumplir 94. Físicamente está muy bien. O sea, supongo que va a vivir muchos años más. Pero hace ya varios años que el Alzheimer va in crescendo y ya en estos últimos años es muy raro que tenga momentos en los cuales te reconozca o incluso se reconozca ella misma. Por ahí tiene algún recuerdo de la niñez… El otro día, por ejemplo, en su cumpleaños, se acordó de la hermana y preguntó por qué no la llamaban. La hermana murió hace unos años. Y, entonces, cuando le dijimos que había muerto dijo “no, debe haberse ido a vivir con mi abuela. Y ella no me quería”. Qué sé yo, son cosas que… Es una enfermedad tremendamente fea porque vos ves el cuerpo que amás, el de mi madre en mi caso, pero no está ahí. Me cuesta decirlo, pero es otra cosa que lo que ves. Y es muy fuerte relacionarte con ella, vivirla. Yo la viví bastante pegado hasta cierto momento. Hace un año en el que ya no lo hago más.
— ¿Dónde está ella?
— Ella está en mi pueblo, en Baradero.
— ¿Está en su casa?
— Está en su casa. Son tres, cuatro chicas que son hermanas y que se turnan para cuidarla. Y mi hermano es el que maneja todo eso. Y yo ahora voy nada más que una vez por mes pero hasta hace un año iba una vez cada dos semanas y me quedaba dos o tres días con ella porque las chicas descansaban. Ahora, pobres, ya no descansan. Es terrible, yo ya había intentado escribir sobre la enfermedad. Así como escribí Papá en algún momento intenté lo mismo, pero claro, se me hacía muy difícil. O sea, yo salía de mi pueblo después de estar dos, tres días con ella. Tenía que parar en la ruta el coche para llorar un rato. Seguir y venir acá. Intentaba escribir eso y seguía llorando. Yo soy muy llorón. Un día descubrí que tenía que hacer otra cosa, completamente distinta, con la enfermedad, con otra protagonista, con otra historia. Me acordé de que la abuela de Gabriela, la madre de mi hijo, tuvo Alzheimer también pero, claro, era una mujer mucho más divertida. Mi mamá es más depresiva. Y entonces, hace muchos años, cuando nosotros íbamos a ver a la abuela de Gabriela era una fiesta porque se inventaba historias muy divertidas todo el tiempo. Yo me acuerdo mucho de una vez que llegamos y estaba en bombacha y corpiño y dice “no, acabo de venir de la playa con mis amigas. Estuvimos en una playa nudista”. Una señora de 85 años.
— Bueno, hay mucho de eso en Bali.
— Claro. Entonces traté de pensar más en ella que en mi propia madre y traté de usar algo que sí le debo a mi madre que es que haya deseado y pagado en cuotas la colección Lo sé todo cuando yo era chico, que creo que fue una de las grandes cosas que me hizo lector. Vos pagabas una cuota y te traían un libro, por lo menos en mi pueblo era así. Tardaba doce meses, un año, la colección, pero yo me terminaba el libro mucho antes de que llegara el otro y entonces lo estaba esperando.

— ¿La enciclopedia Salvat también? Porque está en la novela.
— La Salvat la compró inmediatamente después de terminar de pagar la Lo sé todo. Y bueno, estuve revisando todo eso y mtabién es como un homenaje a esa cosa que me invitó a ser lector.
— Y a ser escritor, también.
— Y a ser escritor.
— Mientras te escuchaba pensaba qué pasa cuando ves, cuando vivís eso, cómo haces para separar aquello que te pasa, sobre todo en el caso con tu mamá. Porque vos sos un escritor y mucho de lo que aparece ahí te impulsa a escribir.
— Sí.
— Y el Alzheimer y la fantasía que genera el Alzheimer, esta suspensión de la verosimilitud que se da con el Alzheimer, digamos, es finalmente como la propia literatura.
— Exactamente, sí, sí. Pero se choca mucho con la literatura el Alzheimer y creo que un poquito más con la mía, con mi literatura que bueno, vos la llamaste original, y que en algún sentido tiene muchos instantes o procedimientos de inverosimilización, pero que yo intento trabajarlos por el lado de afincar mucho la enunciación del texto como para que esa inverosimilitud no termine con mi novela digamos, para que pueda ser leída. Qué sé yo, es como mi forma de ver el mundo. El mundo me sigue pareciendo un lugar muy inverosímil para vivir. Y el Alzheimer tiene todo eso y quizás conté la parte más festiva.
— Te quiero hacer una pregunta y la voy a formular de manera salvaje, solo porque nos conocemos hace mucho tiempo. ¿Tomabas notas? ¿Podías tomar notas?
— No. No, no se pueden tomar notas porque…
— No hay forma de tomar distancia.
— No. No, porque está involucrado uno de tus grandes amores, digamos. La madre, en mi caso.
— Además, decís que te ibas llorando.
— Exactamente. Es muy feo. Entonces tomar notas sería imposible. Yo tengo un libro muy chiquito que se llama La vida, la novela y el amor.
— Sí. En La Crujía, ¿no?
— En La Crujía. Y bueno, ahí yo conté un caso con mi madre. Yo justo estaba festejando mi cumpleaños de 60. Era un domingo, me despierto temprano, estoy tomando mate y aparece ella con un montón de papeles y diciéndome que por favor le diga quién es. Son un montón de momentos así la enfermedad, eso no tiene nada de festivo. Eso es un dolor enorme para uno. Y te provoca una cierta enajenación respecto de la realidad también a vos, al que está cuidando. Porque finalmente vos pasás días charlando y viviendo con alguien que no está viviendo exactamente lo que vos estás viviendo. Por ejemplo, en Bali hay una cosa que me pasó con ella y es que un día salimos al jardín y entonces mira al cielo y dice: ¿qué es eso blanco? Y le digo: es una nube. “Qué linda”. O sea, como que descubría la nube a los 92 años. Entonces por ahí son momentos que puestos en una novela son hasta simpáticos, pero que en el momento te rompen el corazón. Es increíble. Y lo que intenté hacer también con la novela es contar también la parte del cuidador.

— Siempre pienso en esa idea de que hay que cuidar a los que cuidan. En tu novela, la protagonista expresa sus temores porque la mayoría de las veces toca cuidar cuando vos mismo ya sos grande.
— Claro.
— Entonces lo que se te juega es tu futuro inmediato. Estás como viendo por adelantado lo que puede suceder y entonces pensás: esa locura la puedo llegar a tener yo o, a lo mejor, ya la estoy teniendo.
— Sí, te pasan millones de cosas en la cabeza. Quizás es egoísta pero hay un montón de momentos en los que vos te vas a dormir a la noche y decís: ¿qué hice este día, porque cuánto tiempo más yo voy a estar sano? ¿Cuánto tiempo más voy a poder hacer tal y tal cosa? Y yo estoy dedicándole un montón de tiempo a alguien que no se entera quién soy, que no sabe ni quién es.
— O peor, que me acusa de cosas tremendas. Porque lo que se ve mucho también son los pases de factura en la familia, ¿no? Como ciertos favoritismos que uno siente que empiezan a aparecer porque al estar a cargo, en general, el enfermo expresa mayor cariño por el que no está.
— Exactamente.
— Con lo cual aparecen cosas realmente horribles. Pero una de las cosas que más me gustan es que pudiste hacer algo que va más allá de esto. Es literatura y es una novela que por momentos es muy luminosa y en donde hay naturaleza y una fantasía que va más allá de la fantasía de la persona que está con Alzheimer. La fantasía de esa hija cuidadora que intenta, de algún modo, integrarse al mundo de la persona que está cuidando pero sin perder el propio mundo.
— Sí, al menos eso es lo que intenté, hacer una novela luminosa. No había pensado en ese adjetivo, pero me encantó. Creo que te lo voy a robar y lo voy a empezar a usar. Pero hice eso porque lo que intenté con esta novela fue iluminarme yo. Finalmente uno escribe siempre para uno. Más allá de que después te publiquen y la gente lo lea, la lectura también siempre es para uno entonces supongo que los que lean esta novela también la van a leer para sí mismos.
— Y también se lee en clave de uno mismo.
— Exactamente. Entonces bueno, yo intenté escribirla para mí también, para sobrellevar la situación. Mientras la escribía yo me podía reír de la enfermedad, del cuidador, de todo lo que en determinados días yo no me podía reír. Y así la pude escribir.
— Venís trabajando hace mucho el tema de la vejez; lo hacías incluso cuando eras más joven, porque en Más liviano que el aire ya aparecía. ¿Pensás que hay algo en relación a la mirada sobre la vejez que te acompaña desde siempre por algún motivo? ¿Hay viejos que fueron importantes para vos y los observaste mucho? ¿O qué es?
— Sí, sé que es un tema que tengo, que es muy fuerte. Incluso te diría que empezó mucho antes. Por ejemplo, en Mitre se trata de gente de 60 años, cuando yo tenía 30.
— Muy joven, claro.
— Sí, pero por ahí tiene que ver también con lo que te dije antes de a mí el mundo me parece un lugar muy inverosímil. O sea, vivimos vidas bastante raras, caóticas, haciendo cosas que quizás no queremos hacer.
— ¿Estás hablando de vos?
— Estoy hablando de mí y también de un montón de gente. Y bueno, la vejez es, no sé, por ejemplo el otro día me hicieron un reportaje sobre otro libro mío, que se llama La patria.
— Escribís mucho, Fede. Siempre te digo: se hace difícil seguirte (Risas).
— Sí. Bueno, y ahora que estoy jubilado mucho más.
— (Risas) Claro.
— La patria empieza con “Yo era eterno”. Esa es la primera frase. Yo tenía 20 años, estaba llegando a España en plena dictadura y en ese momento, te juro por todos los santos que yo no pensaba en la vejez. Pero viste, te pasa, vos también tenés tus hijos, sobre todo cuando te empiezan a nacer hijos, yo tuve uno solo pero cuando nació y todo eso, la vida se empieza a pasar mucho más rápido. Uno quiere que el chico quede ahí y no, no pasa. Y no sé por qué todo se multiplica mucho más rápido y entonces yo a la vejez la veo como una zona de la vida bastante complicada pero no en el sentido de que podés hacer menos cosas que antes o no sos tan bonito, o no tenés el pelo de algún color sino blanco. No lo veo en ese sentido, lo veo como está pasando tu turno.
— Eso, eso pasa.
— Se está pasando tu turno y qué hiciste, qué no hiciste, qué podés todavía hacer. Por ejemplo, mi hijo se fue a vivir a Holanda…
— Donde vos viviste, por otra parte.
— Donde yo viví, claro.
— Es fuerte eso.
— Sí. Y entonces está allá. Y entonces es muy posible que dentro de un año o dos yo sea abuelo. Y, entonces, yo me muero, no voy a poder tener a mi nieto todos los días.
— Vos me querés hacer llorar porque eso es lo que me pasa a mí. Si querés te cuento cómo es.
— Mil disculpas.
— (Risas) Mejor volvamos a Bali. La narradora de tu novela tiene momentos de amargura porque no la pasa bien. Pero quiere estar bien. Incluso busca pareja después de haberse quedado viuda. Es muy interesante el vínculo que entabla con la florista del cementerio, y esas conversaciones que sigue teniendo con su madre, que ya no está, ahí, en el cementerio. Esta mujer habla sola salvo en ese par de momentos en los que habla con la florista o con Ricardo. Pero en general es una mujer que está escribiéndole a alguien que no le responde.
— Sí, lo de las conversaciones con la madre ya muerta es una cosa que siempre me interesó. Yo no iba al cementerio, viste, no me gustaba. Y bueno, a partir de que murió mi padre empecé a ir y me empecé a aficionar a los cementerios. De hecho tengo un libro sobre cementerios, Lo que resta de la vida. Qué hago yo cuando voy a ver a mi padre, por ejemplo. En principio hay una bóveda familiar, entonces yo ahí tengo a muchas de las personas que más quise en el mundo, a mi abuela, a mi tía. Entonces voy y les toco arriba, como que las saludo con un golpe en el cajón, porque están en un cajón, y hablo con ellas. Les cuento cosas, no sé, mi hijo se fue a vivir a Rotterdam, qué sé yo. Me pasa una cosa, sí, que esto es un poco feo para decirlo pero me pasa, que si me quedo mucho tiempo adentro de la bóveda empiezo a ver la realidad y es que están todos muertos y que yo no sé qué hago ahí. Entonces, por lo general salgo mucho más rápido de lo que entré, pero hablando con gente.
— ¿Rápido como cuánto, Fede?
— No, por ejemplo, con mi padre casi que me siento un rato al lado del cajón y puedo hablar. Hay un momento en el cual dejo de ver a mi padre y empiezo a ver, no te voy a contar lo que empiezo a ver pero empiezo a ver otra cosa y entonces ahí tengo que salir.
— Hablamos de minutos.
— Sí, son minutos. Sí. Aguanto porque mi tía está abajo, por ejemplo, entonces tengo que bajar.
— Hay algo, digamos, del lugar físico en el que están que de algún modo estimula eso porque a lo mejor en otro espacio no pasaría, ¿no?
— Claro, sí. Sí, sí. Yo soy muy preguntón entonces pregunto mucho y la gente es muy de hablar con los muertos.
— ¿Cuando vas observás eso? ¿Que lo que hacés vos es lo que hace la mayoría de las personas?
— No lo observo cuando voy pero sí cuando hablo con gente, no necesariamente en el cementerio. Pero de pronto alguna tiene un problema y se pone a hablar con, no sé, la tía que la acunó de chica y que le resolvía problemas.
— Es casi como hablar con Dios.
— Bueno, quizás porque no hablamos con Dios tenemos que buscar otras cosas. Yo siempre digo que soy ateo pero, como buen ateo, tengo mil cosas a las cuales estoy completamente aferrado. Yo creo que es bastante común hablar con los muertos, en un lugar o en otro, pero cuando hay una necesidad uno necesita hablar con alguien. Si no sos creyente, vas a hablar con quien sea.
— ¿Pero le presentarías una novia a tu papá? (Como hace la protagonista de la novela)
— (Risas). No lo he hecho. Nunca lo he hecho. Pero me pareció muy divertido que el tipo encima se vistiera para la ocasión. Me gustan esas culturas que mantienen con los muertos esa relación de cierta vivencia, ¿no? Como que los sienten vivos de alguna manera y entonces arman todo ese tipo de cuestiones.

— Hay un par de detalles que tienen que ver con cosas que por la edad que uno tiene conoció muchos personajes así, con esos nombres y con esas características. El modo de hablar tiene una lengua argentina medio María Elena Walsh pero, por otro lado, también de Manuel Puig.
— Sí, claro.
— Son de pueblo, están en un pueblo. Manuel Puig era el rey de las cartas. Miguel Ángel es un nombre perfecto para una novela de Puig. O sea, hay montones de cosas así. Y después hay otras cosas que de pronto son más líricas, como ese perro con el que se encuentra y la idea llamarlo así. Esta mujer necesita hablar.
— Sí. Por supuesto, en cualquier escritor que, como yo, trabaje mucho lo coloquial argentino, Puig está. Y hagas lo que hagas, tenga que ver o no, tiene que ver.
— Claro. Claro.
— No puede no ser así. En cuanto a la formalización de las cosas que hace la protagonista, la narradora digamos, me parece que mis novelas, que en algún sentido pueden ser muy inverosímiles, muy fantasiosas, necesitan de una enunciación muy fijada. Entonces, de ahí los mails. De ahí la necesidad de poner una cierta fijación en que eso está ocurriendo para que la novela pueda leerse. Pero, por ejemplo, vos hablás de un perro que ella encuentra cuando va al río: yo muchas mañanas de esas en que llegaba una enfermera que se quedaba una hora, una hora y media haciéndole masajes o algo a mi madre, entonces aprovechaba y caminando unas ocho, nueve cuadras de la casa de mi madre, ya estoy en el río de Baradero, en una parte que no va mucha gente. Es como una esquina en la que hay alguien que lleva su caballo a pastar y entonces yo pasé muchas mañanas con esos caballos y con perros, porque donde hay caballos, hay perros, así es el campo argentino. Y entonces, bueno, se me metió en la novela. Todo lo que más o menos vivís, si te parece que puede entrar en una novela que tiene algo que ver con lo que estás viviendo, entra. Eso es irremediable.
— Decíamos que hay personajes viejos en tu literatura desde temprano. ¿Qué dirías que fue cambiando con la edad? Vos sos un gran lector y podés hacer crítica porque sos un profesional de la lectura. ¿Qué cambios sustantivos notás en relación a la mirada que uno puede tener como escritor joven sobre un viejo y a la que uno tiene ahora, si querés más solidaria?
— No sé si cambió tanto.
— ¿Ah, no?
— No. No. En el fondo yo sé que tengo algunas precariedades que no tenía pero todavía no me creo mucho que estoy tan viejo. Entonces, de algún modo creo que no cambió.
— Seguís hablando de los viejos como de “los otros”.
— Bueno, como mi madre hasta que estuvo mal, que decía “me voy a juntar con las chicas a tomar el té”. Yo me encuentro con mis dos amigos que mantengo de mi adolescencia: nos seguimos juntando una vez por semana a comer y entonces es “voy a comer con los chicos”.

— Claro.
— Pero es más complejo. Yo creo que la vejez siempre me interesó, ahora por ahí no me interesa en el mismo sentido. Pero cuando era más joven e hice esos trabajos sobre la vejez me interesaban porque por lo general eran las personas que no solo que yo amé más o que me amaron más a mí sino que, de algún modo, queriéndolo o no, diseñaron mi vida. Y entonces no me gusta la palabra “respeto” pero nunca trabajé el tema de la vejez con sorna o ese tipo de cosas. Creo que eso no está en ninguno de mis libros. Más bien todo lo contrario, siempre lo trabajé con esa incomprensión de que la vida se acabe tan pronto. Qué sé yo, yo me acuerdo de una amiga, que las últimas palabras de la madre, una mujer muy mayor, fueron: “¿Pasó todo tan rápido?”
— Qué increíble.
— Y eso es un poco de lo que, por ahí, salen mis ganas de contar la vejez, si querés. Porque a mí me da esa sensación. De hecho, cuando los miércoles me encuentro con mis dos amigos de toda la vida, cuando recordamos algo de lo que hicimos nos parece que era otra vida o que era otra cosa.
— Es que uno ya tuvo varias vidas a esta altura del partido. Hay algo también de eso, ¿no?
— Sí, sí.
— A mí en relación con la vejez lo que me pasa es que cuando una película te gusta, podés verla de nuevo o cuando un libro te gusta, podés leerlo de nuevo pero si lo pasaste bien en la vida, ya está, no podés hacerlo de nuevo. Y eso es como un “ay, qué tristeza”, ¿no?
— Sí, yo no tengo tanto problema con la muerte como con la precariedad de la vejez. Eso me duele mucho más.
— Sí, porque a esta altura del partido si uno se muere nadie va a decir: che, qué tragedia.
— No, claro, al contrario. Yo podría haber vivido esto con mi madre; yo espero no llegar a ese tipo de cosas por mi hijo, para que sea feliz, qué sé yo. No le deseo eso.
— ¿Estás a favor de la eutanasia?
— Sí, claro. Sí. Yo estoy a favor de todas las libertades posibles. Todas. Y esa es una libertad. ¿Quién dice que tenemos que vivir hasta, no sé…?
— Cómo te pueden obligar a vivir, digamos.
— Exactamente.
— Hablemos un poco de la florista, que es como la mujer consciente de los derechos de las mujeres que, además, ayuda muchísimo a la narradora a saber quién es ella. Eso me encanta. Tiene una diferencia de edad importantísima, como de madre e hija. La narradora no tuvo hijos y es muy interesante el vínculo que entablan. Contame cómo surge ese personaje.
— Bueno, yo te conté antes que ahora sí suelo ir bastante al cementerio. Al de mi pueblo y a Chacarita. Con mi hijo nos encontrábamos en el Cementerio Alemán de la Chacarita.
— Mirá.
— Era uno de nuestros paseos de los sábados. Pero bueno, frente al cementerio de Baradero hay una florería. Hay gente más seria que yo escribiendo que, cuando se sienta a escribir una novela, sabe todo lo que va a escribir. En mi caso es todo lo contrario, yo me siento a escribir y no sé absolutamente nada. Tengo tal idea y no mucho más que eso. Los personajes van decidiendo cosas. Por ejemplo, cuando ella decide ir a presentarle a su madre muerta a su nuevo novio, ahí aparece una florería, que existe en la realidad, en mi pueblo, y aparece una florista que no sé si hay una florista. Nunca entré ahí a comprar flores. Por lo general llevo flores que hay en el jardín de la casa de mi mamá. Pero bueno, se dio. Y me pareció –no sé si me pareció a mí o le pareció a la florista, o a la protagonista–, que estaba bueno que pegara un cambio en su vida y que pensara un par de cosas del mundo.
— Y a lo mejor también la necesidad de una mirada joven, ¿no? Porque está todo como demasiado centrado en la vejez y debía estar faltando algo más aferrado a la vida, ¿no?
— Claro, porque viste que ella está rodeada por amigas que tienen un pensamiento muy antiguo y muy de pueblo, incluso.
— Sí. Muy conservador.
— Sí. Entonces, la irrupción de esta chica creo que le hace bien a la novela. Yo me dejo llevar por eso, porque es como que los personajes evan armando la historia y, si los dejás, suelen hacer cosas que están bien. Y eso me llevó a volver a la Enciclopedia Salvat, que es la segunda colección que nos compró mi madre, y me di cuenta, claro, yo la usé mucho cuando era chico.
— ¿Conservan esas enciclopedias en lo de tu mamá?
— Sí, sí, están todas. Y entonces ahora, escribiendo la novela, cuando iba a quedarme con ella las agarraba y ahí aparece, qué sé yo, cómo define la Enciclopedia Salvat al hombre, a la mujer, todo eso.
— ¿Te indignaste cuando volviste a leer esas entradas?
— Absolutamente. Digo: ¿por qué teníamos que leer esto?. O sea, tan religioso.
— Por qué pensábamos así, además. Por qué nos obligaban a pensar eso.
— Sí. Era muy fuerte. Porque de algún modo el concepto de enciclopedia no tendría que tener una bajada de línea tan ideológica. Es como bueno, el hombre es tal, la mujer es tal. Pero ahí te bajan una línea… Porque yo resumí cosas pero no sabés la cantidad de cosas que…
— Pero era así. Pero es cierto que fue cambiando también la manera de uno de mirar porque fue cambiando el consenso en relación a ciertos temas, ¿no?
— Si claro. Absolutamente.

— O por lo menos había cambiado. Porque no estamos viviendo precisamente un momento de evolución en ese sentido…
— A veces los cambios se retrotraen. Por ahí dentro de un tiempo la Enciclopedia Salvat se pone de moda y la puedo vender carísima.
— Última pregunta, tiene que ver con lo que mencionaste al principio acerca de que querías escribir, necesitabas escribir sobre la situación por la que atraviesa tu madre. ¿Sentís que Bali es la novela que querías escribir?
— Sí. Sí porque es una novela que básicamente cuenta el amor de una hija por la madre. Que lo cuenta de una manera que es, no me gusta la palabra liviana, pero sí es divertido, es llevadero. Y cuenta una historia entre un cuidador y alguien cuidado con esa enfermedad que se replica enormemente porque la gente ahora vive muchísimo más. Entonces, nuestra generación y por ahí la que tiene poquitos años menos está viviendo esa cuestión, hay como una epidemia de Alzheimer. Yo le pregunté esto a uno de los tantos médicos que visité por lo de mi madre. Y me dijo: no es una enfermedad moderna, lo moderno es que vivimos un montón de años más, entonces, la cabeza no da para tanto. Y volviendo a tu pregunta, sí, estoy contento con la novela porque me parece que está bien, que es lo que quería hacer. O, dicho de una manera más naif, lo que quisieron hacer mis personajes.













