
Criar hoy implica hacerlo en un territorio movedizo, saturado de información, advertencias, estadísticas alarmantes y discursos contradictorios y confusos.
Las pantallas llegaron para quedarse, pero lo hicieron sin manual, sin tiempo de prepararnos y sin una red colectiva que sostenga a quienes crían y no están inmersos en el mundo digital de la misma forma que la infancia de hoy. La brecha generacional digital es cada vez más grande y alarmante.
Hace pocos días, el mismo Bill Gates dijo: “Hay que prohibir los celulares hasta que los niños sean mayores“. Esta desesperante afirmación está basada en la evidencia de que la exposición prolongada a las pantallas erosiona la capacidad de concentración profunda en ámbitos no digitales y el pensamiento crítico, lo que retrasa también la adquisición de la lectoescritura.
Los efectos sobre los hábitos como dormir y comer ya son acuciantes y las problemáticas asociadas en salud mental cada vez más complejas.
En ese escenario, muchos padres y madres no saben qué hacer. Proliferan entonces “expertos” con discursos engolados y consignas marquetineras que prometen certezas rápidas: la obsesión por el tiempo de pantallas, la nostalgia de una infancia idealizada, la consigna repetida de que “hay que volver a jugar como antes”.
Ofrecen respuestas simples a problemas complejos. Suman adhesiones más por desorientación que por una convicción elaborada.

Y cuando no se sabe qué hacer, el miedo suele conducir a malas decisiones.
El uso intensivo, y a veces abusivo, de pantallas en la infancia y la adolescencia genera una preocupación real. Circulan contenidos violentos, sexuales, discursos de odio, desafíos virales, mensajes que ningún niño ni niña debería tener que procesar. Lo que hasta no hace tanto tiempo estaba mayormente reservado al consumo en la vida adulta hoy irrumpe tempranamente en la infancia.
Niños y niñas se encuentran expuestos a una cantidad enorme de situaciones que no pueden ni deberían tener que tramitar. A esto se suman la velocidad, la hiperestimulación, la dificultad para poner límites para las familias, sin quedar atrapados en luchas interminables y los efectos que ya están documentados en relación con el uso excesivo de pantallas.

Todos los especialistas coincidimos en que hay una desprotección de la infancia en el mundo virtual que en la mayoría de los casos no pasa en el mundo presencial. No está de más utilizar el recurso de otras de mis columnas sobre el universo digital y la salud mental infantil: nadie dejaría a un niño pequeño cruzar la calle solo pero sí se le entrega la tablet a los 2 años, y nadie dejaría a una niña sola en un bosque, pero sí frente a la pantalla de su computadora.
No todo en internet es aterrador, por supuesto.
Pero la infancia no siempre se expresa en los registros que el mundo adulto considera legítimos y saludables. Hay adolescentes que escriben en foros con nombres inventados, que se comunican a través de imágenes, playlists, memes o relatos fragmentarios. Lenguajes en los que despliegan identidad, juego, deseo, y también dolor.
Estas formas no solo son canales de comunicación, sino también dispositivos de organización emocional y psíquica. Son modos de desplegar la curiosidad, la creatividad, la alegría, y también de elaborar situaciones dolorosas y compartirlas con otros.
Desde una perspectiva clínica, esto es fundamental, niñas, niños y adolescentes no se vinculan con su entorno exclusivamente desde el lenguaje hablado, sino también a través de lenguajes performáticos, visuales, simbólicos y digitales.

La brecha generacional digital es cada vez más grande y alarmante. En ese escenario, muchos padres y madres no saben qué hacer. Hubo un tiempo en que la crianza se pensaba leyendo a Eva Giberti, formándose con figuras como Florencio Escardó o mirando al Dr. Mario Socolinsky en “La salud de nuestros hijos”. Hoy, la orientación llega en forma de consignas rápidas ofrecidas por influencers.
En su obra “La generación ansiosa”, el psicólogo social Jonathan Haidt sostiene que el colapso de la salud mental juvenil no es un accidente, sino el resultado de una “gran reconfiguración” que sustituyó la infancia basada en el juego por una basada en el teléfono inteligente.
Su propuesta central exige un cambio sistémico inmediato: retrasar el uso de smartphones hasta los 14 años y de redes sociales hasta los 16, implementar escuelas 100% libres de móviles y, sobre todo, devolver a los niños la libertad de explorar el mundo físico sin supervisión constante. Para Haidt, la solución no es solo individual, sino colectiva; implica que familias y comunidades rompan juntas la presión social de la conectividad total para permitir que el cerebro adolescente se desarrolle con atención, autonomía y verdadera conexión humana.
La pregunta aparece una y otra vez en el consultorio: cómo cuidar sin invadir, cómo proteger sin romper el lazo, cómo llegar cuando se siente que siempre se va detrás.

En ese vacío irrumpe el mercado con respuestas inmediatas: desde influencers que proponen consignas vacías y simplificadoras, nostalgias de una infancia idealizada, llamados abstractos a “volver a jugar”, recetas descontextualizadas, sin interrogar las condiciones actuales de crianza, hasta aplicaciones que prometen monitorear emociones, detectar riesgos, rastrear movimientos y analizar conductas, como si la vida psíquica pudiera anticiparse y controlarse al modo de la vieja y distópica película de “Minority Report”: un mundo donde el peligro se detecta antes de que ocurra y el control promete evitar el conflicto antes incluso de que pueda ser pensado.
Estos discursos comparten un núcleo común: se presentan como soluciones claras frente a una experiencia profundamente incierta. No alojan la angustia ni interrogan las condiciones sociales, económicas y culturales en las que hoy se cría; tampoco interrogan a las plataformas digitales ni a los Estados acerca de qué políticas públicas de protección infantil están ofreciendo, más allá del control y la vigilancia. Así se reduce el malestar a variables aisladas, tiempo de uso, cantidad de estímulos, emociones visibles, y ofrecen alivio al mundo adulto. En lugar de pensar el conflicto, lo administran. Así, el monitoreo aparece como promesa de orden frente al desborde y la vigilancia ocupa el lugar de la presencia.
El alivio parece venir de la medición: datos, alertas, control en lugar de conversación. Y no se trata de familias autoritarias, sino de familias desbordadas y desorientadas.
Sin embargo, especialmente cuando no se entiende nada y la urgencia domina, conviene detenerse. Porque cuando el cuidado se organiza casi exclusivamente alrededor de la vigilancia y/o la prohibición, algo del orden del vínculo se altera.

La infancia comienza a ser tratada como un territorio bajo sospecha, un espacio que debe ser observado de manera permanente. El riesgo se piensa casi exclusivamente como algo que viene de afuera, del mundo digital, de los otros, de lo desconocido, y el niño o la niña queda reducido a un sujeto pasivo, expuesto, a proteger y a vigilar, más que a reconocer como alguien con agencia y capacidad de elaboración. Así, el foco se desplaza de las condiciones que producen malestar hacia una infancia concebida como frágil y permanentemente amenazada.
Para pensar estas formas de control, la noción de panóptico resulta útil como metáfora. En su origen, el panóptico fue un modelo arquitectónico pensado para cárceles: un edificio circular, con celdas dispuestas alrededor de un punto central desde el cual se podía observar a todos los prisioneros sin ser visto. La clave no era la vigilancia constante, sino la posibilidad permanente de ser vigilado. Esa incertidumbre llevaba a los sujetos a regular su propia conducta.
Michel Foucault retomó esta figura para pensar la lógica del poder en las sociedades modernas. El panoptismo no actúa solo desde afuera: se internaliza y produce autocontrol y normalización. Trasladada al presente, permite pensar qué sucede cuando niños y niñas crecen en entornos donde la observación es constante, pero el observador es invisible: no solo miran los padres, también miran los algoritmos.

Se controla lo que hacen, lo que sienten, lo que dicen y lo que callan, a partir de sistemas automáticos que clasifican, predicen y ordenan comportamientos sin que medie palabra ni vínculo. El resultado no es mayor cuidado, sino una subjetividad que aprende a enmascararse bajo la lógica de una mirada permanente.
La salud mental infantil no se juega en indicadores ni en gráficos de emociones. El enojo no es un error del sistema, ni la tristeza una alarma que deba apagarse, el silencio no es, por definición, un síntoma.
Cuando las emociones se vuelven datos, dejan de serlo, porque pierden su espesor simbólico. Y cuando todo puede ser monitoreado, hablar deja de ser una opción segura.
En la clínica psicoanalítica es común que los niños y adolescentes relaten cómo se las ingenian para mostrar, ocultar y callar para no activar alertas paternales.

Esto no es nuevo: históricamente, los chicos siempre encontraron modos de escapar al control adulto, de crear lenguajes propios, códigos compartidos, zonas de opacidad necesarias para crecer.
La diferencia hoy es que ese control ya no se limita a la mirada parental: se amplía y se sofistica con dispositivos de rastreo, chips en mochilas, aplicaciones que monitorean emociones y algoritmos que registran conductas. El control tranquiliza a los adultos por un momento, pero no construye confianza. Y sin confianza, no hay encuentro posible.
La pregunta es inevitable: qué lugar queda para la intimidad, la contradicción y las dudas que acompañan todo proceso de crecimiento.
Una infancia permanentemente observada corre el riesgo de volverse una infancia sobreadaptada, no necesariamente una infancia cuidada.
Nada de esto implica negar los riesgos del mundo digital ni idealizar el uso de pantallas, todo lo contrario. Apuesto a la revolución propuesta por Haidt, pero me parece una quimera que no creo que pueda sostenerse en tiempos de mundos híbridos.

El desafío es otro, mucho más incómodo: no hay soluciones cerradas, recetas universales ni dispositivos capaces de resolver por sí solos la complejidad de criar a un ser humano.
Ya lo advertía Sigmund Freud cuando ubicaba a educar, junto a gobernar y analizar, entre las tareas imposibles, no porque no se haga o no se pueda hacer nada, sino porque no hay garantías de resultado.
La demanda adulta de respuestas rápidas choca con esa verdad difícil: la incertidumbre es parte constitutiva del cuidado.
Tal vez el problema no sea que existan aplicaciones de control ni influencers de moda sino que se hayan convertido en respuesta casi exclusiva a una tarea que requiere de grandes esfuerzos.
Criar no es monitorear, no es controlar. Y ninguna tecnología puede reemplazar a un adulto disponible, capaz de sostener la angustia sin delegarla, y de alojar el malestar sin necesidad de vigilarlo ni entenderlo todo.
* Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.