
La idea de que placer y alimentación están enfrentados ha sido predominante en los discursos sobre nutrición durante décadas. Sin embargo, nuevas investigaciones ponen en duda este enfoque y sugieren que experimentar el auténtico placer de comer puede ayudar a consumir menos alimentos y, en consecuencia, mejorar la salud.
Según el New York Times, este planteamiento está cambiando la manera en la que expertos y pacientes perciben el vínculo entre el disfrute en la mesa y la obesidad.
Disfrutar más de la comida puede reducir el impulso de comer en exceso porque prestar atención al sabor, las texturas y a las sensaciones del acto de comer fomenta la saciedad. Esta estrategia, respaldada por estudios recientes, se basa en el placer consciente y contrasta con las dietas restrictivas tradicionales.

Al centrarse en el auténtico disfrute —y no sólo en la restricción calórica—, se han observado mejoras en la regulación del apetito y los hábitos alimentarios.
En países desarrollados, la explicación más común sobre la obesidad es que el placer que produce la comida lleva a un consumo desmedido.
Casi 2 de cada 5 adultos en Estados Unidos tienen obesidad, y el gasto en medicamentos GLP-1 para tratarla superó los 70.000 millones de dólares en 2023, según el New York Times.

Se suele culpar a los alimentos muy sabrosos, como la comida ultraprocesada, por estimular una apetencia constante más allá de las señales naturales del cuerpo.
No obstante, varias voces científicas y médicas proponen una visión diferente: quizá el problema radica en no saborear lo suficiente cada alimento.
Dana Small, neurocientífica de la Universidad McGill, vivió una experiencia directa cuando enfrentó un diagnóstico de prediabetes. Decidió diseñar una dieta personal cuyo criterio principal era el disfrute real de los alimentos.

“Creo que el placer puede ayudar a comer menos, en lugar de más”, señaló Small al medio citado. Al elegir frutas frescas y recetas saludables que le resultaban atractivas, perdió 18 kilos y estabilizó su peso, manteniendo la salud.
Placer en la alimentación: ¿enemigo o aliado?
Small argumenta que el placer sensorial al comer —el sabor y la experiencia sensorial genuina— podría ser una herramienta para la moderación. Esta visión entra en conflicto con la dieta tradicional, que se basa en la restricción y suele fracasar a largo plazo.
Para Small, adaptar menús que concilien salud y agrado personal no solo disminuyó el consumo de productos ultraprocesados, sino que redujo su interés por las opciones menos saludables.

Las investigaciones publicadas por Small y otros expertos destacan que la obsesión con el llamado “placer culpable” ha ocultado los verdaderos mecanismos de recompensa cerebral. Plantean que se debe distinguir entre el placer inmediato que se siente al comer y los procesos fisiológicos que pueden llevar posteriormente a comer en exceso.
Lo que la neurociencia revela sobre comer y placer
El cerebro distingue entre dos rutas del placer al comer. Small las denomina la “vía alta”, asociada al sabor y la satisfacción percibida en la boca, y la “vía baja”, vinculada con los mecanismos de recompensa que actúan tras la digestión de los alimentos calóricos.
Aquí, el sistema de dopamina interviene y puede impulsar el deseo de seguir comiendo, aunque no haya placer real. Según Small, el consumo excesivo muchas veces responde más a esta acción posterior que al disfrute sensorial.

David Ludwig, director del Centro de Prevención de la Obesidad del Hospital Infantil de Boston, cuestiona la teoría de que la comida ultraprocesada es adictiva por su sabor. “El problema es que hay muy pocas pruebas de que estos alimentos ultraprocesados sean más sabrosos que cualquier otra cosa”, explicó Ludwig al New York Times.
Apunta a que el componente adictivo está en el impacto inmediato en los niveles de azúcar en sangre, lo que incentiva a buscar una repetición del estímulo, no necesariamente el placer sensorial.
Esto también se observa en personas tratadas con fármacos como los GLP-1. Louis Aronne, responsable del Centro Integral de Control de Peso en Weill Cornell Medicine, explicó que quienes usan estos medicamentos, aunque consumen menos cantidad, no pierden el gusto por la comida y tienden a preferir alimentos saludables como las verduras.

Practicar el placer para una alimentación saludable
Basar la alimentación en el placer consciente no exige contar únicamente con productos costosos o intervenciones médicas. El ejemplo de Small demuestra que, con recetas simples y adecuadas al gusto personal, es posible reconectar con la comida.
Sin embargo, reconoció que para muchas personas esto supone un lujo difícil de alcanzar dadas las limitaciones de tiempo, energía y recursos económicos.
Esta dificultad se refleja en ámbitos cotidianos como la compra en supermercados. Marion Nestle, experta en salud pública, contó al medio que incluso con formación académica avanzada, se sentía desorientada ante la abundancia de información y publicidad contradictoria mientras hacía sus compras.

Su testimonio evidencia la complejidad de mantener una alimentación sana frente a la oferta abrumadora y las estrategias de mercadotecnia de los productos procesados.
En paralelo, iniciativas como TastEd, impulsada por la periodista británica Bee Wilson, buscan que los niños descubran el placer de los alimentos frescos mediante la experimentación sensorial. “A estos niños nunca se les ha enseñado que el brócoli, las manzanas o la lechuga son algo que les podría gustar”, indicó Wilson.
Barreras y desafíos para disfrutar la comida
La presión social y el peso de la industria alimentaria son obstáculos centrales para desarrollar el placer consciente en la mesa. Cada año se invierten miles de millones de dólares en publicidad de comida ultraprocesada, mientras que los mensajes de salud pública siguen siendo poco atractivos o motivadores.

Esta saturación de mensajes, junto con la falta de tiempo y la confusión nutricional, dificulta la adopción de hábitos centrados en el disfrute real de la comida.
El papel de compartir alimentos y socializar también es relevante. Ezekiel J. Emanuel, bioético y oncólogo, promueve en su libro la adopción de hábitos que potencian el placer diario y rechazan el autocontrol restrictivo como única vía. Emanuel destaca que placeres cotidianos, como el consumo moderado de alcohol en contextos sociales, pueden mejorar la salud emocional y mental.
Claves para reconciliar placer y salud alimentaria
Métodos que priorizan la alimentación consciente han ganado reconocimiento. Desde la propuesta de Jon Kabat-Zinn para pacientes con dolor crónico hasta su aplicación en el control del peso, esta técnica invita a centrar la atención en los sabores, aromas y texturas, así como en la percepción de la saciedad.

Jan Chozen Bays, médica y maestra zen, indica que distinguir entre el placer del primer y el último bocado y prestar atención a cada uno ayuda a reducir la tendencia a comer en exceso y a ralentizar el ritmo en la mesa.
Los estudios citados por el New York Times muestran que el aprendizaje de la atención plena disminuye los atracones y el consumo emocional, aunque los efectos sobre la pérdida de peso a largo plazo aún se debaten. Especialistas y dietistas han integrado la premisa de disfrutar cada comida en sus programas clínicos como vía para lograr un equilibrio alimentario.
Comer con atención y placer deja de ser un acto automático y se convierte en una herramienta de bienestar. Así, los especialistas recomiendan ejercitar el reconocimiento de las señales físicas y emocionales de saciedad y satisfacción como parte de una alimentación saludable.
En una sociedad dominada por restricciones y mensajes contradictorios, reconectar con el placer de comer puede ofrecer una vía práctica para mejorar el bienestar general y redescubrir el propósito de disfrutar la comida, tal como sugieren los expertos consultados por el New York Times.













