
El malestar psicológico de las personas entre 18 y 34 años muestra una brecha creciente frente a los mayores de 55. En todo el mundo, los jóvenes registran niveles de bienestar notablemente más bajos, una tendencia que atraviesa fronteras y contextos sociales. Nuevos estudios advierten que esta disparidad no solo afecta la calidad de vida en el presente, sino que también podría influir en la longevidad y el futuro del equilibrio emocional.
Un informe reciente del Global Mind Project, basado en datos de más de 2,5 millones de personas en 85 países, identifica cuatro factores centrales detrás de esta diferencia: vínculos familiares debilitados, menor espiritualidad, acceso temprano a la tecnología móvil y mayor consumo de alimentos ultraprocesados.
Según los investigadores, estos elementos explican buena parte del descenso en el bienestar de los jóvenes frente a los adultos mayores y desafían la idea de que el progreso social y tecnológico basta para garantizar una vida mentalmente saludable.

Mientras el bienestar se consolida entre los mayores, la juventud global enfrenta tasas crecientes de deterioro psicológico y una demanda en alza de atención clínica. El fenómeno, lejos de ser aislado, se repite tanto en países con amplios recursos como en aquellos con menos acceso a servicios de salud mental.
Un descenso sostenido entre los jóvenes
Según el informe Global Mind Health in 2025, realizado bajo la dirección de la científica Tara Thiagarajan, los jóvenes de 18 a 34 años enfrentan un descenso notable en su bienestar psicológico, especialmente si se los compara con los mayores de 55 años. Para medir este aspecto, el estudio emplea el Mind Health Quotient (MHQ), una escala que refleja el estado de la salud mental: a mayor puntaje, mejor bienestar.
Los resultados muestran que los adultos mayores alcanzan un promedio de 101 puntos, dentro del rango considerado saludable, mientras que los jóvenes apenas llegan a 36 puntos, lo que indica dificultades para afrontar la vida diaria.

El análisis también revela que un 41% de los jóvenes presentan problemas de salud mental que requieren atención clínica. Esta cifra es más de cuatro veces mayor que la de los adultos mayores, donde solo un 10% enfrenta este tipo de desafíos. Esto significa que una parte importante de la juventud atraviesa situaciones que afectan su calidad de vida y su capacidad para desarrollarse plenamente.
El documento aclara que este fenómeno no distingue fronteras. Los jóvenes de todos los continentes muestran este patrón, aunque con diferencias en la gravedad. Llama la atención que los países más desarrollados y con más recursos en salud mental, como Reino Unido y Japón, suelen registrar los peores puntajes entre los jóvenes. El informe sugiere que las causas del problema no se resuelven únicamente con más atención médica, sino que están vinculadas a cambios en la sociedad y en la cultura.
Los cuatro factores que marcan la diferencia
El informe identifica cuatro factores principales que explican aproximadamente tres cuartas partes de la brecha generacional: vínculos familiares debilitados, menor espiritualidad, acceso temprano a smartphones y mayor consumo de alimentos ultraprocesados.

1. Vínculos familiares debilitados
La ausencia de relaciones familiares estrechas multiplica por cuatro la probabilidad de que un joven se ubique en los rangos de angustia o dificultad mental. El informe precisa que 44% de quienes no mantienen lazos familiares cercanos experimentan problemas psicológicos severos, frente a solo 12% entre quienes sí los tienen.
Esta diferencia no responde a una simple distancia generacional, sino que obedece a cambios culturales y sociales. Países como República Dominicana y Argentina encabezan la lista de jóvenes con lazos familiares fuertes, lo que se asocia con mejores puntajes de salud mental.
2. Espiritualidad
El nivel de espiritualidad, definido como el sentido de conexión con lo trascendente, aparece estrechamente ligado al bienestar psicológico. Los países donde la mayoría de los jóvenes se consideran espirituales muestran puntajes de MHQ 30 puntos más altos que aquellos con predominio de posturas ateas. El informe aclara que la espiritualidad no se limita a la religión organizada, aunque la participación activa en prácticas religiosas favorece su desarrollo.
3. Smartphones a edades tempranas
La generación Z, la primera en crecer con smartphones desde la infancia, enfrenta riesgos particulares. A menor edad de adquisición del primer teléfono inteligente, mayor es la probabilidad de experimentar síntomas como desconexión de la realidad, pensamientos suicidas y agresión.
El impacto negativo es más agudo cuando el uso del celular comienza antes de los 13 años y se asocia con trastornos del sueño, exposición a contenido dañino y más probabilidades de sufrir ciberacoso.
4. Consumo de alimentos ultraprocesados

El consumo elevado de estos productos, que se duplicó o cuadruplicó entre los jóvenes respecto a los adultos mayores, contribuye entre 15% y 30% de la carga total de problemas mentales. El informe vincula el alto consumo de ultraprocesados con síntomas depresivos y dificultades para el control emocional y cognitivo. Países como Estados Unidos y Reino Unido lideran el ranking de ingesta entre jóvenes.
Los resultados en Argentina: la fortaleza del vínculo familiar
Argentina se destaca en el panorama internacional por la fortaleza de los vínculos familiares entre sus jóvenes. El informe revela que el 70% de los argentinos de 18 a 34 años mantiene lazos cercanos con su familia, ubicándose entre los porcentajes más altos del mundo en este aspecto. Esta característica, compartida con países como República Dominicana y Finlandia, actúa como un factor protector frente al deterioro de la salud mental juvenil.
En relación con la espiritualidad, los jóvenes argentinos muestran una valoración media de 5,7 en una escala que mide el sentido de conexión con lo trascendente. Este nivel se considera intermedio y evidencia que, si bien la espiritualidad está presente, no alcanza los valores más altos observados en países de África subsahariana, ni los más bajos de Europa occidental.

El estudio también destaca que la edad promedio de acceso al primer smartphone es superior a la de los países más desarrollados. Aunque no figura entre los primeros lugares de acceso más temprano, el informe advierte que retrasar el uso intensivo de tecnología puede contribuir a reducir los riesgos asociados.
En cuanto al consumo de alimentos ultraprocesados, el documento sitúa a Argentina en un rango medio. Los jóvenes consumen estos productos en mayor proporción que los adultos mayores, aunque el país no figura entre los más altos del mundo en esta categoría.
La situación argentina muestra fortalezas claras en el ámbito familiar y una posición intermedia en cuanto a espiritualidad y exposición a factores de riesgo vinculados a la tecnología y la alimentación. Estas características pueden servir de base para políticas públicas orientadas a reforzar los factores protectores y a reducir los riesgos asociados al entorno digital y los hábitos alimentarios entre los jóvenes.
Obstáculos y oportunidades para políticas integrales
El informe subraya que el aumento de la inversión en salud mental no revirtió la crisis entre los jóvenes. El gasto en investigación y atención psicológica creció de manera considerable, especialmente en Estados Unidos y Reino Unido, pero los indicadores no mejoraron. Según los autores, la solución requiere un cambio estructural que actúe sobre los entornos familiares, los hábitos digitales y la alimentación, más allá de la atención clínica tradicional.
El informe sostiene que abordar estos aspectos resulta fundamental para mejorar el bienestar psicológico de las nuevas generaciones y recomienda enfocar los esfuerzos en transformar los entornos familiares, sociales y culturales, más allá de las intervenciones clínicas tradicionales. El riesgo de no intervenir, advierte el estudio, es una sociedad futura donde una gran parte de la población joven no podrá afrontar los desafíos cotidianos ni mantener una vida productiva.














