
En primer plano aparece la cara de un padre, filmado por alguien más, mirando un recital, acompañando a una o más niñas. Al principio se lo ve desconcertado y luego a medida que escucha la letra y observa a su alrededor, se conmueve. La cámara muestra, al mismo tiempo, a muchas chicas, niñas, en realidad, de 12 o 13 años, visiblemente angustiadas, se toman en el pecho, cantan a los gritos y lloran, identificadas con la letra.
Es un recital de Olivia Rodrigo. La canción es “Pretty isn’t pretty”. Lo que cantan es lo siguiente:
“Compré un montón de maquillaje, intentando cubrir mi cara
Empecé a saltarme el almuerzo, dejé de comer pastel en los cumpleaños
Compré una nueva receta para intentar mantenerme tranquila
Porque siempre falta algo
Siempre hay algo en el espejo que creo que se ve mal
Cuando ser guapa no es suficiente, ¿qué haces?
Y todo el mundo lo sigue, así que crees que eres tú.
Podría cambiar mi cuerpo y cambiar mi cara,
podría probar todos los labiales de todos los tonos,
pero siempre me sentiría igual, porque ser guapa no es suficiente…”
La presión estética volvió con fuerza brutal y otro lenguaje. Ya no se presenta solo como moda (en este caso aparece denunciada en la canción) gurúes, influencers y la industria de la moda la sostienen bajo la forma de autocuidado, disciplina, bienestar y control.

En las últimas temporadas de moda, pasarelas, campañas y producciones, distintos reportes de la industria muestran que más del 90% de los cuerpos que se exhiben siguen siendo extremadamente delgados. En alfombras rojas recientes volvió a instalarse una estética aterradora, inclusive en mujeres muy mayores: cuerpos cada vez más chicos, contenidos, controlados.
La directora Chloé Wallace lo dijo sin tapujos: la delgadez volvió a ser un capital. Es decir, un valor que organiza jerarquías, define reconocimiento y funciona como medida de éxito, con este panorama ¿cómo no van a angustiarse las niñas a diario?
Al mismo tiempo, crece el uso social de fármacos para adelgazar por fuera de indicaciones médicas específicas y de supervisión profesional. No hay salida, porque es una trampa siniestra que reside en capturar a las personas, y enjaularlas en la rueda del hámster, infinita. Luego vendrán las cirugías, cortarse los labios como la última moda K-pop, “Smile Lift”, donde lo que se opera es la cara de felicidad. Consiste en cortarse los labios, como el Guasón, para que “parezca feliz“ durante todo el día.

La estética K-pop es consumida de forma masiva por niñas y adolescentes, entre los 10 y los 16 años, que, en plena construcción de su identidad, toman esos cuerpos como referencia. No consumen solo música y baile, incorporan una forma de verse, de moverse, de mostrarse. Los cuerpos son delgados, simétricos, sin marcas, y cada gesto y movimiento está controlado, parecen realizados por IA.
En los últimos años, además, se consolidó un campo de investigación específico sobre el impacto de las redes sociales en la imagen corporal. Los resultados son preocupantes, a mayor exposición a imágenes idealizadas, mayor insatisfacción corporal, mayor autocrítica y mayor riesgo de desarrollar conductas alimentarias problemáticas.
Las y los adolescentes pasan más de 7 horas diarias en redes o plataformas de video, y en chicas de 13 a 14 años, más de la mitad reporta cambios en sus hábitos alimentarios, como saltarse comidas, o ejercitarse en exceso. Son niñas que, a los 12 o 13 años, ya incorporaron una regla de que el cuerpo es algo que nunca alcanza. Hoy serán las dietas, mañana las cirugías, después cualquier otra forma de corrección que prometa acercarse a ese ideal que siempre se desplaza, como la zanahoria.
A esto se suma un nuevo elemento: muchas de las imágenes que circulan ya no son reales, sino producidas o retocadas con inteligencia artificial. Los cuerpos que se vuelven referencia ya ni siquiera existen. Bajo esa lógica, los cuerpos que no encajan son cuerpos, como fallidos, como si les faltara voluntad, esfuerzo o disciplina.

Por eso lloran las chicas en el recital, en sus casas y en los consultorios:
“Cuando ser guapa no es suficiente, ¿qué haces?
Y todo el mundo lo sigue, así que crees que eres tú.
Podría cambiar mi cuerpo y cambiar mi cara,
podría probar todos los labiales de todos los tonos,
pero siempre me sentiría igual,
porque ser guapa no es suficiente…“
Sigue la canción. ¿No es suficiente para qué? para no quedar afuera del ideal social, en un momento definitivo para la identidad en pleno desarrollo. El cuerpo deja de ser propio y pasa a ser algo a gestionar, a corregir, a ajustar.
Hace unos cuantos años circuló el desafío de la hoja A4: chicas que mostraban que su cintura entraba en el ancho del papel. La misma lógica sigue en otros formatos: videos de “what I eat in a day” con ingestas mínimas, el body checking que controla huesos y medidas. El cuerpo sigue puesto a prueba, pero de forma despiadada y cada vez más temprano, tiene que entrar, no sobresalir, no exceder, ser de determinado color y altura, es decir ser un calco de otros que se consideran modelos.

Un informe de 2023 del Centro para la Lucha contra el Odio Digital mostró que, cuando una adolescente busca contenido sobre dieta o ejercicio, YouTube deriva rápidamente hacia videos que refuerzan la ansiedad corporal. En los primeros resultados, cerca del 66% promovía pérdida de peso extrema o conductas asociadas a trastornos alimentarios, y una proporción significativa incluía contenidos vinculados a autolesiones. La exposición empuja, insiste, refuerza, y puede terminar organizando una trayectoria de vida.
En ese proceso, la comparación constante, el ciberacoso ligado a la apariencia y la circulación de ideales imposibles terminan impactando directamente en la salud mental, incluso en edades muy tempranas.
Aunque el impacto es especialmente fuerte en niñas y adolescentes mujeres, los varones no quedan por fuera. También están expuestos a una presión creciente sobre el cuerpo, amplificada por las redes sociales y los nuevos mandatos de belleza masculina: cuerpos musculosos, definidos, sin grasa, siempre en rendimiento. En ellos, la exigencia suele tomar otra forma: más ligada a la fuerza, al control, al rendimiento físico. También se comparan, se evalúan e indefectiblemente quedan por debajo.
El uso excesivo del gimnasio y la insatisfacción corporal

La Organización Mundial de la Salud advierte que 1 de cada 7 adolescentes atraviesa un problema de salud mental. La ansiedad y la depresión ya son, a nivel global, las principales causas de malestar en esta etapa de la vida.
En ese contexto en la clínica aumentan las consultas por ansiedad, autolesiones y trastornos alimentarios en niños, niñas y adolescentes, y muchas de esas consultas tienen un punto en común: la relación con el cuerpo y la percepción de no ser suficiente.
Por eso la escena del recital es diagnóstica. No revela algo que nos preocupe hace décadas, pero condensa, en pocos segundos, las secuelas de nuestro desvelo.
Lo que está en juego es la salud mental de una generación que está aprendiendo, demasiado temprano, a mirarse desde un lugar donde siempre se es inadecuado. El psicoanálisis nos enseña que la falta es estructural y que crecemos alienados en nuestra propia imagen. Pero cuando esa falta es capturada y mercantilizada por los ideales del mercado, el malestar se vuelve insoportable. Así, el problema no es solo individual: es social y es una responsabilidad de los adultos, las instituciones y la cultura.

Porque si algo puede hacer diferencia es interrumpir esa lógica, abriendo otros modos de nombrar, de alojar, de mirar, cómo hizo ese papá del recital, y también de consumir.
Es válido preguntarse si no permitiríamos que un niño o niña ingiera gotas diarias de veneno. ¿Por qué toleramos que consuman, también a diario, contenidos insalubres que deterioran su relación con el propio cuerpo, consigo mismos y con los otros?
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.