
Durante décadas, la enfermedad coronaria se explicó a partir de una ecuación aparentemente simple: colesterol alto, hipertensión, tabaquismo y sedentarismo.
Esa mirada permitió avances decisivos en prevención y tratamiento, pero dejó una pregunta abierta, por qué personas con hábitos similares desarrollan cuadros muy distintos.
La ciencia comienza a responder esto con claridad: el corazón también sigue instrucciones escritas en el ADN.
Un nuevo estudio científico, destacado por el cardiólogo Eric Topol y publicado en The New England Journal of Medicine sintetiza uno de los cambios conceptuales más profundos de la cardiología moderna, la enfermedad coronaria tiene una base genética sólida y medible.
No se trata solo de mutaciones raras que elevan el colesterol a niveles extremos, sino de la acumulación silenciosa de cientos de variantes genéticas comunes que, combinadas, inclinan la balanza del riesgo a lo largo de toda la vida.

Este enfoque redefine la manera de entender la aterosclerosis, el proceso por el cual se forman placas en las arterias que irrigan el corazón y que puede terminar en infarto o accidente cerebrovascular.
La genética ya no ocupa un lugar marginal, se convierte en un factor estructural que interactúa con el ambiente, la alimentación, el ejercicio y los tratamientos médicos desde etapas tempranas.
“Las causas monogénicas de enfermedad coronaria, como ciertas formas hereditarias de hipercolesterolemia, afectan aproximadamente a una de cada 250 personas», explicó uno de los autores del estudio científico, el doctor Heribert Schunkertdestacado cardiólogo alemán, director del Departamento de Cardiología del Centro Alemán del Corazón de Múnich (DHM).
“En estos casos, una mutación puntual altera de forma drástica el metabolismo de los lípidos y eleva el riesgo cardiovascular desde edades tempranas. Estos cuadros explican parte del problema, pero no la mayoría de los eventos que ocurren a nivel poblacional”, agregó el también profesor en la Universidad Técnica de Múnich.

El nuevo paradigma surge del estudio de variantes genéticas comunes, cada una con un efecto pequeño, pero capaces de sumar un impacto considerable cuando se acumulan. Estas variantes se distribuyen ampliamente en la población y no producen síntomas evidentes por sí solas. Sin embargo, su combinación puede aumentar el riesgo de enfermedad coronaria entre tres y cinco veces en comparación con el promedio.
A partir de esta información, los investigadores desarrollaron las llamadas puntuaciones de riesgo poligénico. Estas herramientas integran cientos de variantes genéticas en un único indicador que refleja el riesgo hereditario relativo de una persona. En los individuos ubicados en el cinco por ciento superior de estas puntuaciones, el riesgo cardiovascular se dispara incluso en ausencia de factores clínicos tradicionales.
Uno de los aportes clave del nuevo estudio fue mostrar que estas puntuaciones no reemplazan a los modelos clínicos clásicos, sino que los complementan. El riesgo genético puede multiplicar el riesgo absoluto calculado a partir de edad, presión arterial o niveles de colesterol, lo que permite una estratificación más precisa y personalizada.
“Las puntuaciones de riesgo poligénico para enfermedades cardíacas, que incorporan cientos de variantes genómicas comunes son capaces de identificar riesgos para los pacientes mucho más allá de los factores de riesgo tradicionales y el beneficio de adelantarse a la enfermedad, es decir, la prevención”, destacó Topol en X.

Este conocimiento ya impacta en la terapéutica. Muchos de los fármacos actuales contra la enfermedad coronaria actúan sobre vías biológicas identificadas gracias a estudios genéticos, en particular aquellas que promueven la aterosclerosis. Además, nuevas terapias en desarrollo apuntan directamente a mecanismos moleculares descubiertos a partir del análisis del genoma humano.
Sin embargo, persisten interrogantes importantes. Aún se debate cuál es el mejor momento para aplicar estas puntuaciones, cómo integrarlas en la práctica clínica cotidiana y si su uso masivo resulta costeable y equitativo. La genética ofrece una brújula más precisa, pero todavía exige definiciones sobre cómo usarla sin ampliar desigualdades en salud.
Redes genéticas y una herencia más compleja de lo esperado
Mientras los estudios de variantes individuales avanzaban, otra línea de investigación aportó una capa adicional de complejidad. Investigadores de instituciones como Mount Sinai, el German Heart Center Munich y el Instituto Karolinska demostraron que más del 30 por ciento del riesgo de enfermedad cardíaca proviene de factores genéticos, una cifra muy superior a la que se estimaba años atrás.
El foco de estos trabajos no se limitó a genes aislados, sino a las llamadas redes reguladoras de genes. Estas redes, conocidas como GRN por sus siglas en inglés, agrupan genes que interactúan entre sí para controlar funciones celulares específicas. Su comportamiento coordinado influye de manera decisiva en procesos como la inflamación, el metabolismo lipídico y la respuesta vascular.
Hasta hace poco, se desconocía cuánto aportaban estas redes al riesgo hereditario de la enfermedad coronaria. Para responderlo, los investigadores analizaron datos de tejidos vasculares y metabólicos de personas con enfermedad arterial coronaria. El resultado fue contundente, identificaron 28 redes reguladoras independientes cuya variación genética explicó un 11 por ciento adicional del riesgo hereditario.

“Este hallazgo elevó la heredabilidad total estimada de la enfermedad arterial coronaria a aproximadamente el 32 por ciento”, sostuvo Schunkert. El dato no solo ajusta los cálculos previos, también refuerza una idea central, el riesgo cardiovascular surge de la interacción entre variantes genéticas y entornos biológicos internos, mediados por redes complejas que actúan como sistemas integrados.
“Los resultados de este estudio demuestran que el riesgo de enfermedad cardíaca es un resultado concertado de las interacciones entre las variantes genéticas y los entornos biológicos”, explicó Johan LM Bjrkegran, profesor de Cardiología y Genética en la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai. Según el investigador, este enfoque crea un marco para identificar nuevos genes de riesgo en tejidos clave y mejorar la predicción y la intervención clínica.
“Un misterio de investigaciones recientes fue el hecho de que muchos genes que contribuyen a la genética de la enfermedad coronaria afectan mecanismos que no eran esperado en este contexto”, aseguró el coautor del estudio, el doctor PradeepNatarajan. El trabajo permitió entender cómo esos genes trabajan en conjunto para precipitar o prevenir la enfermedad.

Este cambio de perspectiva tiene implicancias profundas. Ya no se trata solo de buscar un gen culpable, sino de mapear sistemas completos que regulan la biología cardiovascular. En ese mapa, pequeñas variaciones pueden amplificarse o atenuarse según el contexto metabólico, inflamatorio y ambiental de cada individuo.
A largo plazo, este conocimiento abre la puerta a estrategias más finas de prevención. Identificar personas con alto riesgo genético desde edades tempranas permitiría intervenir antes de que aparezcan lesiones irreversibles en las arterias. También impulsa el desarrollo de terapias dirigidas a nodos específicos de estas redes, con mayor eficacia y menos efectos adversos.
La enfermedad coronaria sigue siendo una de las principales causas de muerte en el mundo, pero su comprensión entra en una nueva etapa.
El corazón ya no se estudia solo como una bomba sometida al desgaste del tiempo y los hábitos, sino como el resultado dinámico de una herencia genética compleja que interactúa con el entorno a lo largo de toda la vida. En ese cruce entre genes y biología, la cardiología empieza a escribir su próximo capítulo.