
En Argentina, el cáncer no es una estadística abstracta ni un problema lejano. Aproximadamente cada cuatro minutos, una persona recibe un diagnóstico que reordena prioridades, proyectos y rutinas.
La cifra surge de las estimaciones del Observatorio Global del Cáncer (OGC) y refleja una realidad sanitaria de enorme magnitud.
La medicina oncológica atraviesa una transformación profunda que cambia el pronóstico de millones de personas.
El cáncer fue, durante décadas, sinónimo de enfermedad incurable. Hoy, esa mirada perdió vigencia. Según expertos del Hospital Británico, aunque se estima que 1 de cada 2 a 3 personas desarrollará cáncer a lo largo de su vida, los avances en medicina y en los modelos de atención permiten afirmar que alrededor del 50% de los pacientes logra curarse en la actualidad.
La clave se repite como un mantra en consultorios y congresos científicos, detectar a tiempo marca la diferencia entre un tratamiento curativo y una enfermedad avanzada.

En el mapa oncológico argentino, cuatro tumores concentran la mayor parte de los nuevos diagnósticos.
El cáncer de mama lidera la lista con más de 22.000 casos por año y representa cerca del 17 por ciento del total, seguido por el cáncer colorrectal, que afecta a hombres y mujeres en proporciones similares.
El cáncer de pulmón mantiene una alta carga de mortalidad y el cáncer de próstata ocupa el primer lugar entre los varones. Detrás de cada uno de estos números existe una oportunidad concreta de prevención o detección temprana.
La evidencia resulta contundente. “Aunque las tasas de supervivencia varían según el tipo de cáncer y el estadio al momento del diagnóstico, en muchos casos la detección temprana se traduce en tasas de curación superiores al 90% (por ejemplo, en ciertos estadios de cáncer colorrectal y de mama)”, explicó a Infobae el doctor Carlos Bas (MN 6582), Jefe del Instituto de Oncología del Hospital Alemán. Esa afirmación resume uno de los mensajes centrales de la oncología moderna, el tiempo importa.

Prevenir, detectar y tratar antes de que sea tarde
La prevención ocupa un lugar central en la lucha contra el cáncer. Lejos de tratarse solo de evitar la enfermedad, implica reducir riesgos, ganar años de vida saludable y disminuir la necesidad de tratamientos complejos.
Una proporción significativa de los tumores se relaciona con factores modificables, como el tabaquismo, el sedentarismo, la obesidad, el consumo de alcohol o la exposición excesiva al sol.
“Hoy se sabe que una proporción significativa de los cánceres puede prevenirse con hábitos saludables. No fumar y evitar el humo ajeno, realizar actividad física de manera regular, sostener una alimentación equilibrada y limitar el consumo de alcohol son decisiones cotidianas que reducen de forma concreta el riesgo oncológico. A esto se suman herramientas de enorme impacto poblacional como la vacunación: la vacuna contra el Virus del Papiloma Humano (VPH) permite prevenir el cáncer cervicouterino y otros tumores asociados, mientras que la vacuna contra la hepatitis B protege frente al cáncer de hígado”, destacó el doctor Bas.

La prevención se organiza en dos niveles. La prevención primaria apunta a reducir la exposición a factores de riesgo antes de que aparezca la enfermedad. La prevención secundaria se enfoca en la detección temprana, incluso en personas sin síntomas. En este punto, los estudios de pesquisa cumplen un rol decisivo. Mamografías, Papanicolaou, test de VPH, videocolonoscopía, PSA o examen digital rectal permiten identificar lesiones precursoras o tumores en etapas iniciales.
El doctor Carlos Silva, jefe del Servicio de Oncología del Hospital Británico, subrayó este enfoque integral. “La prevención sigue siendo un pilar fundamental, ya que muchos tipos de cáncer pueden prevenirse o detectarse en etapas tempranas, cuando las posibilidades de curación y sobrevida son significativamente mayores”. La afirmación se apoya en datos concretos. Dos tercios de los pacientes con cáncer permanecen vivos cinco años después del diagnóstico, un resultado que no se explica solo por la eficacia de los tratamientos.
“Dos terceras partes de los pacientes con cáncer están vivos cinco años después del diagnóstico, y esto no se explica únicamente por los tratamientos médicos, sino por un abordaje integral y multidisciplinario que comienza desde el momento mismo del diagnóstico”, explicó Silva a Infobae. Ese abordaje incluye no solo terapias médicas, sino también acompañamiento psicológico, apoyo nutricional y cuidados paliativos cuando resultan necesarios.

En paralelo, la oncología incorporó herramientas terapéuticas que modificaron el escenario clínico. A la quimioterapia, la radioterapia y la cirugía se sumaron terapias dirigidas a blancos moleculares específicos y avances significativos en inmunoterapia. Estos tratamientos permiten estrategias personalizadas según las características biológicas del tumor y del paciente, con mejores resultados y menor toxicidad.
La investigación científica sostiene este cambio de paradigma. Cada estudio clínico amplía el conocimiento disponible y abre nuevas posibilidades terapéuticas. Participar en ensayos clínicos genera dudas comprensibles, pero estos estudios cuentan con regulaciones estrictas y ofrecen beneficios como seguimiento médico cercano y acceso a tratamientos innovadores.
“Hoy entendemos el cáncer como una experiencia que impacta en la persona y en su entorno. Por eso, el abordaje integral incluye el trabajo de oncólogos, psicooncólogos, nutricionistas y equipos de cuidados paliativos, con el objetivo de brindar una atención centrada en la persona, su singularidad y su dignidad”, concluyó Silva.

Cuando el cáncer deja de ser solo una enfermedad de adultos mayores
Durante décadas, el cáncer se asoció casi exclusivamente con edades avanzadas. Ese patrón comenzó a cambiar. En la actualidad, los especialistas observan un aumento de diagnósticos en personas jóvenes y en plena etapa productiva. Este fenómeno genera preocupación a nivel mundial y obliga a revisar estrategias de prevención y detección.
“El perfil etario de los pacientes oncológicos ha cambiado. Hay una preocupación mundial por este tema, que corresponde a aquellos cánceres diagnosticados en adultos menores de 50 años, ya que en los últimos años hubo un incremento en la incidencia de cáncer de mama, cáncer de colon y de riñón”, advirtió la doctora Silvia Agusto, exdirectora general de Salud y Asistencia Social de la Universidad de Buenos Aires.
Las cifras globales respaldan esa advertencia. Entre 1990 y 2019, la incidencia de cánceres diagnosticados antes de los 50 años aumentó más del 79 por ciento. En Argentina, datos del Registro Provincial de Tumores de Córdoba muestran que, entre adolescentes y adultos jóvenes, los tumores más frecuentes incluyen cuello uterino, mama, testículo, colorrectal y tiroides.

Este cambio de escenario trae consigo un riesgo adicional, la falsa sensación de seguridad asociada a la juventud. Síntomas persistentes suelen minimizarse bajo la idea de que el cáncer es improbable a edades tempranas. Esa demora condiciona el pronóstico y expone a tratamientos más agresivos.
“Muchas veces, síntomas como sangrados inusuales, dolores persistentes, cambios en los hábitos intestinales o aparición de bultos se minimizan porque el paciente ‘es joven’. Esa tardanza no solo condiciona el pronóstico, sino que también los expone a terapias más invasivas y a un mayor impacto en su vida cotidiana, familiar y laboral”, destacó Agusto, jefa del Servicio de Oncología del Sanatorio Otamendi.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene que entre el 30 y el 50 por ciento de las muertes por cáncer podrían prevenirse mediante la reducción de factores de riesgo y la implementación de estrategias de prevención basadas en evidencia científica. En este contexto, la especialista destacó que los programas de screening resultan herramientas esenciales, incluso antes de las edades tradicionales, cuando existen antecedentes personales o familiares.

“Las patologías que pueden detectarse de manera precoz gracias a la realización de este tipo de estudios y que tienen un impacto positivo en su pronóstico son el cáncer de mama, cérvix, colon y próstata”, indicó la experta y agregó que la detección anticipada no solo mejora la sobrevida, también permite tratamientos menos invasivos y una mejor calidad de vida posterior.
Hoy más que nunca, concientizar implica hablar de prevención, de acceso equitativo al diagnóstico y al tratamiento, y de políticas públicas que reduzcan la carga de la enfermedad. En Argentina, donde un nuevo caso se detecta cada cuatro minutos, el mensaje resulta claro y urgente.
La enfermedad no representa una sentencia inevitable. Prevenir reduce riesgos, detectar a tiempo salva vidas e investigar cambia pronósticos.

Como concluyó el doctor Bas, “el combate contra el cáncer requiere un enfoque integral: desde políticas de salud pública que permitan mayor acceso a tamizaje, diagnóstico y tratamiento, hasta iniciativas comunitarias que favorezcan estilos de vida saludables. Siempre es bueno recordar que la enfermedad no es una sentencia, sino un llamado a actuar con conocimiento, equidad y solidaridad. Así, concientizar es cuidar. Prevenir es actuar. Investigar es avanzar”.