La medetomidina es un agonista alfa adrenérgico de uso veterinario, que produce sedación intensa (Imagen Ilustrativa Infobae)

La crisis de los opioides en Estados Unidos sigue mostrando, año tras año, imágenes que conmueven. Esta situación lleva mucho tiempo generando escenas difíciles de olvidar: personas tambaleándose durante cientos de metros en las veredas, cuerpos que parecen sin vida, “zombies” en plena vía pública, y ciudades como Filadelfia o San Francisco convertidas en postales de una estadística devastadora.

Estas cifras varían según qué se incluya dentro de la llamada crisis de los opioides, ya que abarca tanto el uso ilegal como el mal uso de medicamentos recetados, en particular los conocidos “pain-killers”.

En 2023, por ejemplo, se registraron 105.007 muertes por sobredosis de drogas ilegales en Estados Unidos, sin discriminar la variedad de sustancias, de las cuales 79.358 estuvieron relacionadas con opioides. Se estima que las muertes no identificadas, ocasionadas por secuelas posteriores, pueden ser muchos miles más.

Detrás de esas imágenes y estadísticas existe una trama social y criminal, como el fenómeno de la mutación del suministro ilegal, que tiene una particularidad: no es estable. Se adapta a las políticas, a la sociedad y encuentra nuevas y más lucrativas vías para continuar con su negocio mortal. El reto para la salud pública radica en adaptarse a un fenómeno que muta constantemente.

A pesar de que ya existían informes desde 2023, las noticias recientes señalan un nuevo capítulo en esta crisis de adicciones en Estados Unidos: la aparición de la medetomidina.

A la epidemia por fentanilo, combinada con la xilazina y caracterizada por un perfil polifarmacológico, se suma ahora la medetomidina, que representa una amenaza mucho más potente y resistente a los protocolos tradicionales de rescate, tanto por sus efectos directos como por los de la abstinencia.

Qué es la medetomidina

El síndrome de abstinencia por medetomidina causa hiperexcitación autonómica, con riesgos de hipertensión, taquicardias y arritmias graves. (REUTERS/Callaghan O'Hare)

La medetomidina es un agonista alfa adrenérgico de uso veterinario, empleado como sedante y analgésico, cuyo mercado legal está destinado a grandes animales, por lo que se la conoce como “Rhino-tranq” o tranquilizante de rinocerontes.

Su aparición en el suministro ilícito para humanos representa un problema sanitario fundamental: no es un opioide al que el sistema esté acostumbrado. Su efecto como agonista adrenérgico inhibe la liberación de noradrenalina, produciendo una sedación intensa, una fuerte caída de la frecuencia cardiaca y de la presión sanguínea, lo que puede llevar a fallos multiorgánicos en minutos.

En combinación con opioides potentes, como el fentanilo, el cuadro puede volverse más difícil de revertir y de monitorear.

Se considera que es varias veces más potente que la xilazina. Un factor clave es que, al no ser un opiáceo, no responde al uso de naloxona como ocurre con el fentanilo. El error sería imaginar que, por no responder a la naloxona, no hay posibilidades de rescate, cuando en realidad la persona puede permanecer en un estado de sedación extrema.

Otro problema, quizás el más grave, es el síndrome de abstinencia que provoca, caracterizado por una intensa hiperexcitación autonómica: hipertensión, temblores y taquicardias que pueden derivar en arritmias cardíacas. Estos cuadros suelen requerir internación en unidades de terapia intensiva.

Desde Estados Unidos se insiste en que no se trata de “más de lo mismo”, sino que es necesario un cambio en la modalidad de intervención. Las guías elaboradas a partir de la experiencia en Filadelfia y Chicago urgen a asegurar la vía respiratoria, aplicar naloxona y, especialmente, no esperar que el paciente despierte como signo de evolución favorable, sino mantener las funciones básicas.

La crisis de opioides en Estados Unidos alcanza cifras inéditas, con más de 105.000 muertes por sobredosis reportadas en 2023 (REUTERS/Daniel Cole)

Las estrategias implementadas para erradicar la xilazina parecen haber contribuido, en parte, al surgimiento de esta nueva crisis o, al menos, al agravamiento de la misma con una droga que, según diferentes fuentes, sería varios cientos de veces más potente que la xilazina.

La droga actual es más potente, más económica y se combina con el fentanilo de manera similar a la xilazina. Es importante señalar que, al hablar de una nueva droga, en realidad se trata de una nueva sustancia con la que se corta el fentanilo, potenciando los efectos de ambos.

La xilazina se asoció con lesiones cutáneas graves, como úlceras y necrosis en usuarios que se inyectan, lo que contribuyó a la narrativa mediática del “zombie drug”.

En el caso de la medetomidina, las alertas y reportes clínicos se concentran en la sedación prolongada y el síndrome de abstinencia severo. Algunas guías públicas han señalado que, hasta el momento, no se demostró el mismo patrón de heridas como rasgo definitorio. Esto no significa que sea “más segura”, sino que el daño público que genera, por ahora, se expresa en otros aspectos: sobredosis y abstinencia, que podrían ser aún más graves.

En nuestra región, no enfrentamos la misma escala de crisis por opioides sintéticos que Estados Unidos. No obstante, la lección no es importar pánico, sino experiencia. Lo cierto es que está demostrado que los mercados ilegales aprenden, mutan y se adaptan rápidamente.

El suministro ilícito de drogas en Estados Unidos muta constantemente, adaptándose a políticas y facilitando la aparición de sustancias más potentes y económicas (REUTERS/Claudia Daut/File Photo)

Las mezclas existen en todos los escenarios de consumo; por ejemplo, en nuestro contexto: alcohol, benzodiacepinas, cocaína, anfetaminosimiles, drogas sintéticas, fentanilo y cortes de origen desconocido.

Sin duda, el mercado global y su adaptación a cada región o subpoblación ocurre con gran rapidez. Existe una constante que explica el desfase entre quienes comercializan estas sustancias y la salud pública: cuando el suministro muta y se vuelve químicamente impredecible, el riesgo aumenta, no solo por la droga en sí, sino por la diferencia entre lo que circula y lo que el sistema cree que circula.

Por ello, la vigilancia toxicológica, los sistemas de alerta y la capacitación de los primeros respondientes no son un lujo académico, sino una necesidad básica.

Finalmente, en salud pública, el enemigo más peligroso rara vez es solo la molécula, sino la combinación de suministro impredecible, vulnerabilidad social y respuestas tardías.

La diferencia en el número de muertes y secuelas depende de la preparación de los sistemas para lo incierto, es decir, de la capacidad de acortar la brecha entre la mutación del mercado y la adaptación del sistema.