
Sin embargo, le queda bien el escritor Sergio Ramírez a esta sala elegante que es el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Sin embargo, aunque está lejos de su tierra, aunque es un exiliado nicaragüense, aunque su casa fue confiscada, aunque ni sus hijos ni sus nietos pueden vivir en su país, aunque carga con todo eso, Ramírez camina altísimo, tranquilo, digno, entre las sillas caoba. Aunque, hay que decirlo, un aire espeso le pesa en los hombros y eso se ve. ¿Cómo podría ser de otra manera?
Ramírez llega de la mano de Tulita, la mujer con la que se casó hace más de 60 años. En esa vida juntos pasaron cosas como que el escritor se uniera al movimiento sandinista, que llegó al gobierno, tras una revolución, en 1979. Entre 1985 y 1990, él fue el vicepresidente de Daniel Ortega en Nicaragua. Después perdieron las elecciones, después -años después- Ramírez se alejó del sandinismo: lo contó todo en su libro Adiós muchachos. Para cuando Ortega retomó el poder, en 2007, ya era un opositor, considerado un enemigo. En 2017 ganó el Premio Cervantes, el Nobel de las letras en español. En 2021 lo acusaron de incitación al odio y lavado de dinero: estaba por salir del país para una gira literaria, así que salió y, en España, el corazón -el de carne- se resintió. Lo internaron. Y ahí andaba cuando, en 2023, lo declararon “traidor a la patria”. Se quedó en España pero, algunas tardes, el consagrado, el Premio Alfaguara, el Premio Cervantes, espía su pueblo en los videos caseros que la gente sube a Tik Tok o a YouTube cuando hay una fiesta.
Todo eso cargan los hombros de Sergio Ramírez cuando llega la confitería del Circulo de Bellas Artes de Madrid. Donde, un poco, la excusa es que hace un mes fue elegido para entrar a la Real Academia Española, en el sillón que antes ocupaba Mario Vargas Llosa.

Por eso, hablaremos del idioma, pero también de cómo se vive en otra variante del idioma en que uno hizo su obra y, un poco de qué pasa y qué pasará en Nicaragua. “Es una dictadura familiar muy tradicional”, dice. Pero también que, con las políticas de Donald Trump, ese gobierno correrá la suerte del de Maduro. Y pronto.
-Ahora que va a estar en la Real Academia, ¿piensa que va a influir más en la lengua que como escritor?
-Influir en la lengua desde la academia me parece que es bastante pretencioso, ¿no?
-Bueno, “limpia, fija y da esplendor” es el lema histórico…
-Yo creo que es una oportunidad de divertirse con las palabras. Que la Academia no es más que un laboratorio de, de palabras. No es un tribunal sino que un observatorio en el que se ve cómo se comportan las palabras, cuáles palabras nuevas surgen, cuáles pasan de moda. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es cómo hay palabras que son dadas de baja del diccionario porque ya nadie las usa. Y otras dadas de alta.
-¿Se acuerda de algunas?
-No, pero sí que muchas de las que son dadas de alta vienen del inglés. El idioma es un cuerpo vivo, cambia. Algunas células se mueren, otras nacen… mira todo lo que recibió el español del Río de la Plata del italiano… Entonces, que el español reciba influecia del inglés, sobre todo cuando el español penetra dentro del territorio de Estados Unidos, no es ninguna novedad. No son sólo términos, las estructuras también se modifican.

-¿Por ejemplo?
-Transformar sustantivos en verbos en el inglés es muy común, en el español es más difícil.
-Como “googlear”.
-¡Como “microfonar”, que es una palabra espantosa! ¿Cuál es la gran dificultad? Que cuando una cultura no genera términos nuevos, no le queda más que adaptarlos o copiarlos. Y toda la tecnología se genera en inglés. Así como los términos médicos se generaban en francés en el siglo XIX. Entonces, todo buen médico tenía que saber cómo manejar los términos en francés.
-Y ya estamos hablando de por qué los países que hablan español no generan tecnología. Es imposible no volver a la política.
-No, no generan tecnología. Pero no le pasa solo al español. Alemania no genera tecnología. La tecnología la generan los estadounidenses, los chinos, los indios y, en alguna medida, los japoneses.
-Pero la lengua franca de la tecnología es el inglés.
-Igualmente, el español sigue siendo un idioma muy elástico, muy receptivo, muy adaptable y mantiene su integridad en la diversidad que tiene. Un idioma que se habla en un territorio tan vasto, necesariamente tiene que ser diverso.
-¿Vivir fuera de su país lo hace más consciente de las diferencias del idioma?
-Mucho, mucho. Cuando vienes a vivir aquí -no a pasar unos días, a vivir- tienes que hacer todo un proceso de readaptación de tu oído, de tu lengua y perder el miedo a dejarte ir en otra corriente. A mí no hay nadie que me haga decir “vosotros”. En mi estructura mental el “vosotros” no existe. Eso no, pero sin darse cuenta uno se va haciendo cargo de los términos de la lengua corriente, de la calle.
-¿Cuando pasa el tiempo va haciendo suyos esos términos?
-Sí. Una dificultad del exilio es que el idioma se transforma todos los días. Y cuando te vas a dar cuenta, el idioma que tú hablabas cuando saliste de tu país ya ha mutado totalmente. Entonces me contaban de alguien que vive en otro país y cuando vuelve habla un español de los años ochenta. El que se hablababa cuando se fue, cincuenta años antes.

-La lengua de su país para esa persona quedó cristalizada…
– Y es que lo que suele pasar con el exilio es que uno sueña con volver a un lugar y muchas veces ese lugar ya no existe. Ahora que se han dado estas expulsiones masivas de Estados Unidos, de repente montan a la gente en un avión y aparece en su país, pero no ya es su país. Esta gente vivió ilegal en los Estados Unidos veinte, treinta años y de repente te ponen en un aeropuerto y no tienes para dónde coger. No tienes familiares, no tienes amigos. La ciudad a la que has llegado es otra, las calles son otras.
-¿Le da miedo eso?
-Sí, claro. Por mucho que te esfuerces, siempre vas a volver a un lugar extraño. Yo me asomo a Nicaragua buscando los videítos estos que producen en las redes sociales ahora, domésticos, de TikTok, de YouTube. Y de repente, hace poco estaba viendo unas fiestas patronales de mi pueblo, Masatepe, que es un pueblo pequeño de la sierra. Son unas fiestas patronales, folclóricas, con santo y trono. Y ahí vas viendo cómo queda registrado el pueblo, las casas, las calles. A mí me sigue siendo igual. Y la gente sigue siendo la misma. Pero Managua no, aunque Managua no es una ciudad que alguna vez fue mía.
-¿Dónde están sus nietos?
-Mis nietos están repartidos. Hay dos en Estados Unidos, dos en Inglaterra y la mayor de tdos en España.
-No quedó nadie en Nicaragua.
-No pueden vivir allá, les prohibieron la entrada. Se fueron de vacaciones y cuando volvieron no los dejaron entrar. Un drama terrible para mi nieto, porque tenía a su novia en Nicaragua y ya no la pudo ver más.

-¿Qué va a pasar en Nicaragua?
-Yo creo que en el esquema que Trump está imponiendo en América Latina -y que los electorados están imponiendo- un régimen como el de Daniel Ortega no tiene cabida. Simplemente, no podrá existir.
-¿Cómo define ese régimen?
-Una dictadura familiar muy tradicional, donde a la cabeza está un matrimonio y, alrededor, los hijos. Cada hijo maneja un sector de poder y cada vez barren con escoba para afuera, eliminando a quienes logran destacar
-¿Y cómo está viviendo la gente?
-En Nicaragua no hay hambruna, no hay apagones como en Cuba. La gente vive de las remesas que llegan de quienes se fueron al exterior, unos seis mil millones de dólares. Pero eso ya se estancó: la política migratoria de Trump ha estancado las remesas.
-¿Usted piensa que el gobierno de Daniel Ortega va a durar poco?
-Sí, creo que van a transformar el régimen en algo como Venezuela, o lo que quieren hacer con Cuba: quitar a la cúpula y entenderse con las estructuras. Y creo que esa política va a sobrevivir a Trump, porque hay un movimiento universal de la derecha contra la migración. Es fuerte en Europa también. En Alemania, si hubiera elecciones mañana, las gana la ultraderecha.
-¿Usted e imaginan volver a Nicaragua?
El escritor levanta la cabeza mira como a lo lejos, sonríe.
-Pregúntale a Tulita -dice, mirando a su mujer. Pero Tulita niega con la cabeza: “Yo lo sigo”, dice.
-¿Se lo imagina?
-Bueno, me gustaría regresar. Pero a vivir otra vez, a empezar una vida ya no estoy tan seguro. No sé si volveré a Nicaragua. Reconstruir todo a esta altura de la vida… Pero bueno, habría que ver qué pasa cuando llegue el momento, ¿no?












