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El golpe a Illia: un joven oficial dispuesto a resistir, la intransigencia de los militares y un mea culpa que llegó tarde

El presidente Arturo Illia dejando la casa de gobierno en medio de sus colaboradores y amigos

Mientras la gente cantaba espontáneamente el Himno Nacional en la puerta de una Casa Rosada que no tenía rejas alrededor, al presidente que minutos antes había sido depuesto a pura prepotencia militar le quedó fijada la imagen de un canillita con el puesto sobre Plaza de Mayo, con el que charlaba ocasionalmente. Era la mañana del martes 28 de junio de 1966 y el chico, aferrado a una columna de alumbrado, lloraba a moco tendido.

La noche anterior, Arturo Illia había tenido su última audiencia como presidente. Fue con la delegación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y duró quince minutos. Antes había recibido al secretario de Energía Conrado Storani, quien el 25 había regresado de un viaje oficial de Estados Unidos. A pesar de que le habían indicado que no lo hiciera, había declarado a la prensa que el gobierno de Estados Unidos apoyaba al gobierno de Illia y que en ese país sentían estupor ante los rumores de golpe.

Illia había asumido el 12 de octubre de 1963. Era un radical nacido en Pergamino y que, cuando se recibió de médico, se radicó en Cruz del Eje

Al presidente se lo veía pesimista. Storani acordó con Alfredo Concepción, Bernardo Grinspun, Roque Carranza, Enrique García Vázquez, Germán López y Félix Elizalde provocar una crisis en el gabinete y lograr la remoción de los ministros del Interior y Defensa, quienes eran los que le insistían al presidente que en las fuerzas armadas todo estaba tranquilo. Ricardo Balbín, el jefe partidario, estuvo de acuerdo.

Pero ya no había tiempo. Aun así fueron a verlo al vicepresidente Carlos Perette, quien vivía en el Hotel Savoy, y le propusieron resistir. Pero les dijo que deseaba acompañar al presidente.

Esa tarde el comandante en jefe teniente general Pascual Pistarini había relevado al general de división Carlos Caro, comandante del segundo cuerpo de ejército y comunicó que se le había retirado la confianza al Secretario de Guerra, general retirado Eduardo Castro Sánchez. A las 18:20 se ordenó el acuartelamiento del ejército, se pusieron bajo custodia los medios de comunicación, las estaciones y aeropuertos y las plantas de energía.

Para muchos fue un golpe anunciado y precedido por una campaña de desprestigio instrumentada por algunos medios, que asociaban a Illia con una tortuga, por una inacción y lentitud que no existió

A las 21:40 Pistarini anunció que desde las 21 controlaba las radios y las antenas de los canales 7 y 9, ubicadas en el techo del actual edificio de Desarrollo Social, sobre la avenida Nueve de Julio. Frustró la intención que tenía el presidente de dar un mensaje en cadena.

En previsión, en Aeroparque había un avión preparado para trasladarlo. A las nueve de la noche el presidente había recibido a los comandantes en jefe de Marina y Fuerza Aérea. Mientras el almirante Benigno Varela se mostró proclive a defender el orden constitucional, el brigadier Teodoro Álvarez sostuvo que el jefe del Ejecutivo debía renunciar para evitar enfrentamientos.

A las 00:10 del martes 28, Illia anunció que asumía la jefatura del Ejército y relevaba a Pistarini, a quien acusó de “estado de rebelión”. Pistarini le respondió que esa comunicación carecía de valor. Los conspiradores se referían a Illia como “el anciano presidente”. Tenía 66 años.

Otros tiempos. Illia sonriente y a la derecha, pensativo, el general Ongania

A las dos de la mañana el ministro del Interior Juan Severino Palmero aseguró a los periodistas que, salvo la de Castro Sánchez, no habría más renuncias. Según Storani, el ministro había restado importancia a los detalles de los preparativos del golpe que le había dado el jefe de la Policía Federal. Mientras tanto, en las oficinas de gobierno, los funcionarios destruían documentación.

A esa misma hora el Palacio del Congreso, la Intendencia Municipal, el Correo y diversas oficinas públicas eran ocupadas por personal de Ejército. A las cinco de la mañana la Casa Rosada estaba rodeada por efectivos militares pertenecientes al Regimiento 3 de infantería.

Carta que el coronel Perlinger le envió a Illia en 1982, arrepentido de haberlo derrocado

Al despacho presidencial entró el teniente Aliberto Rodrigáñez Riccheri, a cargo de la guardia de Gobierno. Era descendiente de un granadero que cruzó los Andes y del ministro de Guerra de Julio A. Roca. Este joven oficial pensaba cumplir con sus órdenes, que era la de defender al presidente. Sólo contaba con treinta fusiles y dos ametralladoras, las que emplazó en la entrada. Cerró puertas y ventanas y se preparó. Fue a pedirle autorización al primer mandatario a abrir fuego: “Vea m’hijo. Acá no hay que derramar sangre. No le doy la autorización, porque el país necesita paz”, le respondió.

A las cinco y cuarto el general Julio Alsogaray conminó a Illia a abandonar el lugar. El presidente estaba en su despacho firmando fotografías. Entró acompañado por otras personas y lo primero que intentó hacer fue sacarle de las manos una foto que estaba firmando a Miguel Ángel López, jefe de la secretaría privada de Luis Caeiro, secretario general de la Presidencia.

Casa donde vivió Illia en Avellaneda 181, Cruz del Eje, Córdoba. Los mismos vecinos se la regalaron en 1947

Se negó a irse. Illia lo calificó de “general sublevado que engaña a sus soldados” y de “insurrecto que actúa como salteador nocturno”.

También estaba el coronel Luis César Perlinger. Hubo un fuerte intercambio de palabras. “Usted no representa a las Fuerzas Armadas. El comandante el jefe de las fuerzas armadas soy yo”.

En tono sereno pero firme, el presidente fue terminante: “Ustedes provocan la violencia, yo he predicado en todo el país la paz y la concordia entre los argentinos; he asegurado la libertad y ustedes no han querido hacerse eco de mi prédica. Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y Belgrano, le han causado muchos males a la Patria y se los seguirán causando con estos actos”.

Illia junto a su esposa, Silvia Martorell, durante un acto oficial. El vendió su auto para pagar un tratamiento médico a su esposa, que debía realizarse en Estados Unidos

Carca de las 7 ingresó a Gobierno efectivos de la Policía con equipos de gases. Sería desalojado por la fuerza. Illia salió a las 7 y media, en medio de una marea humana entre los que apretujaban ministros, amigos y militantes radicales. Lo hizo por la escalera que bordea el salón Azul. El ministro de Relaciones Exteriores Miguel Ángel Zavala Ortiz gritaba “volveremos”.

El presidente depuesto pidió un auto apenas pudo zafarse de la mujer que se había colgado de su cuello. Se subió al de Carlos Alconada Aramburú, hasta entonces ministro de Justicia y Educación junto a José Luis Vesco, senador cordobés y otras cinco personas. Se dirigió a la casa de su hermano Ricardo, que vivía en Pueyrredón 653, de Martínez.

Durante su gobierno no hubo un solo día de estado de sitio y tampoco presos políticos; hubo libertad gremial y en 1964 levantó la proscripción al peronismo. Se sancionó la ley del salario mínimo, vital y móvil, la ley de medicamentos, la ley de asociaciones profesionales y derogó la de contratos petroleros. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “Sencillo, está en nuestra plataforma electoral”. Destinó el 25% del presupuesto a educación, ciencia y tecnología. Además, incorporó al Código Penal la figura de enriquecimiento ilícito de los funcionarios.

La chapa que Illia colgó en el frente de la casa, donde ejerció como médico

Redujo la inflación, hizo crecer el PBI, la balanza comercial tuvo saldo positivo, no tuvo que pedir un solo crédito al Fondo Monetario Internacional y había poca desocupación. No tocó un peso de los fondos reservados. Por la gestión de su gobierno, Naciones Unidas votó la resolución 2065/65 que convocaba al Reino Unido a sentarse a discutir la soberanía de las Islas Malvinas.

En la mañana del 28 el mayor Ramón Camps leyó en la Casa Rosada el comunicado de la junta revolucionaria. El texto, firmado por el teniente general Pistarini, el brigadier Álvarez y el almirante Varela, anunció la destitución del primer mandatario y de su vice, de los gobernadores y sus vices, así como la disolución del Congreso, de las legislaturas provinciales y de los partidos políticos y el reemplazo de la Corte Suprema de Justicia. “Era indispensable eliminar la falacia de una legalidad formal y estéril bajo cuyo amparo se ejecutó una política de división y enfrentamiento que hizo ilusoria la posibilidad del esfuerzo conjunto”.

El miércoles 29 juró como presidente de facto el teniente General Juan Carlos Onganía, considerado una figura que podía aglutinar a las tres fuerzas. Había pedido el retiro en noviembre del año anterior en protesta por el nombramiento del general Carlos Castro Sánchez como Secretario de Guerra. En la jura al cargo de presidente, Onganía lo hizo por los estatutos de la Revolución Argentina e insólitamente por la Constitución. Lo escuchaban atentamente los dirigentes sindicales, todos de saco y corbata, sentados en primera fila.

Cortejo fúnebre del ex presidente. Tenía 82 años y fue velado en la sede de la UCR y en el Congreso Nacional

La ceremonia se retrasó por la posición de la Marina, que había puesto reparos sobre lo que haría la nueva administración con el peronismo. De todas formas, se olía un pacto tácito entre los gremialistas peronistas y los militares. Iba en consonancia con lo que Juan Domingo Perón, exiliado en España, opinó del golpe: “Para mí, es un movimiento simpático porque se acortó una situación que ya no podía continuar. Cada argentino sentía eso. Onganía puso término a una etapa de verdadera corrupción. Illia había detenido el país queriendo imponerle estructuras del año 1800, cuando nace el demoliberalismo burgués, atomizando a los partidos políticos”.

Illia volvió al llano. En su declaración de bienes que hizo ante el escribano general del gobierno declaró que solo conservaba su casa de Cruz del Eje, regalada por los vecinos en 1947. Su único automóvil lo había vendido para pagar el viaje a Estados Unidos de su esposa para su tratamiento contra el cáncer.

Cuando partió en auto, sus ministros cruzaron Plaza de Mayo, sin ser molestados por la gente. Emilio Gibaja le comentó a Hipólito Solari Yrigoyen: “Mirá Hipólito, la indiferencia de la gente, ni siquiera nos insultan”.

Esa fatídica madrugada del 28 de junio Illia les dijo a los militares golpistas que “el país les recriminará siempre esta usurpación, y hasta dudo que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho; yo sé que su conciencia le va a reprochar lo que está haciendo. Algún día tendrán que contar a sus hijos estos momentos. Sentirán vergüenza”. A través de una carta fechada el 19 de julio de 1982, el coronel Perlinger le pidió públicamente disculpas y admitió que entonces el presidente le había dado una lección de civismo.

Pero era tarde. Lo que vino fue un infierno: la noche de los bastones largos, que supuso una inédita e irreparable fuga de cerebros del país, diversas insurrecciones populares como el Cordobazo, el nacimiento de la guerrilla y una economía que lograron hacerla estallar por los aires.

El ex presidente volvió a su profesión de médico, hasta atendió una panadería y solía vérselo en la ruta haciendo dedo para ir a un acto partidario. Moriría el 18 de enero de 1983 y se lo recuerda como un ejemplo de civismo, consenso y gobernabilidad, que tanto se extrañan.

Fuentes: La Democracia derrotada. Arturo Illia y su época, de Rodolfo Pandolfi y Emilio Gibaja; Les doy mi palabra, por Conrado Storani; Homenaje a don Arturo, por el Dr. Raúl Alfonsín; colección revista Primera Plana.