
El fin de una era espacial llegará en menos de cinco años. La NASA y sus socios internacionales confirmaron que la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), uno de los mayores logros de la cooperación científica y tecnológica global, terminará su misión a principios de la próxima década con una maniobra planeada para sumergir sus restos en el océano Pacífico.
El proceso, previsto para fines de 2030 o principios de 2031, será histórico por la magnitud del aparato a desorbitar —del tamaño de un campo de fútbol— y por el modo en que la comunidad internacional enfrenta la transición hacia nuevas plataformas orbitales privadas.
Sin embargo, la decisión de dirigir los escombros al Punto Nemo, una zona remota del Pacífico, ya genera cuestionamientos de expertos en derecho espacial y grupos de defensa de los océanos, que advierten sobre un vacío legal y la falta de estudios sobre el efecto en los ecosistemas marinos.

El plan técnico es claro: la ISS perderá altura en etapas, primero por fricción atmosférica y maniobras del segmento ruso, y luego mediante el acople de un Vehículo de Desorbitación Estadounidense (USDV) construido por SpaceX.
Este vehículo, equipado con 46 propulsores Draco, será el encargado de guiar la estación hacia su reingreso controlado en la atmósfera terrestre.
Según la NASA, la Estación Espacial Internacional será desorbitada mediante una serie de acciones. En primer lugar, entre principios y mediados de 2028, la ISS comenzará a descender debido a la fricción atmosférica natural de la Tierra y a las maniobras de reentrada del segmento ruso de la ISS.
Posteriormente, a mediados de 2029, la NASA planea lanzar un Vehículo de Desorbitación Estadounidense (USDV), suministrado por SpaceX y financiado por el gobierno, acoplarlo a la ISS. Este vehículo encenderá sus 46 propulsores Draco y empujará la estación hacia su destino final en el océano”.
Un logro científico y un desafío legal y ambiental

Para la NASA, la ISS representa “uno de los mayores logros de cooperación e ingeniería de la humanidad”. Durante casi 30 años, más de 265 personas de 20 países habitaron la estación, que funcionó como plataforma para miles de experimentos en microgravedad, medicina, tecnología y ciencias de la vida. Las tripulaciones se ofrecieron como sujetos de prueba para estudios sobre adaptación humana al espacio, mientras que instrumentos y sensores desplegados a bordo aportaron datos valiosos sobre el clima terrestre, la materia oscura y el comportamiento de las estrellas de neutrones.
Según la agencia, la misión de la estación espacial es llevar a cabo investigación y desarrollo en órbita terrestre baja (LEO) para aprender cómo la humanidad puede vivir y trabajar mejor en el espacio y devolver los beneficios de esta investigación a las personas en la Tierra.
Sin embargo, el final planificado para la estación genera “serias preocupaciones para la salud de los océanos”, según Mark Spalding, presidente de la Ocean Foundation, organización con sede en Washington, D.C.
Spalding advierte que “la planeada desorbitación de la Estación Espacial Internacional plantea serias preocupaciones para la salud de los océanos que la comunidad espacial no ha abordado adecuadamente”.

El temor radica en la falta de información sobre qué materiales sobrevivirán al reingreso y cómo impactarán en el fondo marino. “La verdad es que no lo sabemos con certeza. Eso es muy preocupante para una estructura del tamaño de un campo de fútbol. Sabemos que no todo se quema al reingresar a la atmósfera. Los componentes más densos sobrevivirán y llegarán al fondo marino”, señaló Spalding.
La Oficina de Responsabilidad Gubernamental de Estados Unidos (GAO) publicó un informe donde también apunta a una “brecha preocupante” en el derecho internacional. El Convenio sobre Responsabilidad Espacial de 1972 obliga a indemnizar por daños en tierra firme o territorios nacionales, pero no contempla los daños ambientales en alta mar.
“Como resultado, cuando las agencias espaciales controlan dónde caen los desechos, apuntan a alta mar y, al hacerlo, no contraen ninguna obligación legal de pagar por la limpieza o la remediación ambiental”, explicó Spalding. La remota ubicación del Punto Nemo, elegida para minimizar riesgos a la población, no elimina el valor ecológico de los océanos ni su vulnerabilidad.

La Ocean Foundation reclama una evaluación completa del impacto ambiental del campo de escombros del fondo marino previsto y de los efectos atmosféricos y la divulgación pública de todos los materiales que sobrevivirán a la reentrada y llegarán al fondo del océano.
También pide un análisis jurídico riguroso de las obligaciones contraídas en virtud de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM), el Protocolo de Londres de 1996 y el Acuerdo BBNJ, que exige evaluaciones de impacto ambiental para actividades con efectos inciertos en el mar.
Spalding concluye: “En alta mar no existe un soberano que pueda exigir responsabilidades. Creemos que es necesario subsanar esta laguna en el derecho internacional, y la desorbitación de la ISS es un claro ejemplo de por qué”.
El legado de la estación orbital y el futuro de la investigación en microgravedad

La NASA justifica la decisión de desorbitar la ISS en la seguridad y en la necesidad de liberar el espacio para futuras estaciones comerciales, pero reafirma el valor científico de sus casi tres décadas de operación. “Sin la continuación de estas demostraciones y experimentos de larga duración en el sistema conjunto humano-vehículo, la exploración humana del sistema solar no será posible”, subraya la agencia.
Los sensores climáticos validaron modelos globales y aportaron información sobre el clima cambiante, mientras que la colaboración internacional permitió avances en medicina, materiales y biología que impactan en la vida cotidiana en la Tierra.
La transición hacia nuevas plataformas orbitales implica riesgos y desafíos regulatorios. El informe de la GAO advierte sobre la posibilidad de un “vacío” en la presencia humana continua en la órbita terrestre baja, ya que la transición de la ISS a estaciones comerciales aún no está asegurada. La NASA y sus socios —CSA, ESA, JAXA y Roscosmos— aceleran los acuerdos y el desarrollo de infraestructuras privadas, pero la pregunta sobre el legado de la ISS y el futuro de la cooperación internacional en el espacio sigue abierta.

El debate por la caída controlada de la ISS revela la necesidad de actualizar el marco legal internacional para proteger los océanos como un bien común.
El Acuerdo BBNJ recién negociado en la ONU establece que “las partes realicen evaluaciones de impacto ambiental para las actividades que puedan afectar el medio marino más allá de la jurisdicción nacional cuando se desconozcan o no se comprendan bien los efectos”.
Spalding plantea: “Cabe preguntarse si la desorbitación de la ISS —la mayor reentrada de este tipo en la historia, dirigida a alta mar— debería activar esa obligación”.

El destino de la ISS será observado como un caso de estudio para el futuro de la basura espacial y la protección de los océanos. La comunidad internacional enfrenta el desafío de equilibrar los logros de la ciencia con la preservación de los ecosistemas marinos, en un contexto donde la lejanía del océano no debe confundirse con falta de valor o vulnerabilidad.














