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Manuel Vilas: «Sin ocio no hay amor, el capitalismo salvaje nos conduce al celibato»

Manuel Rivas publicó Islandia a partir de su divorcio y convirtió una experiencia autobiográfica en una novela sobre el desamor.

Debe haber pocas cosas más difíciles de contar. Planeaste unas vacaciones con tu pareja, las que ella quería, aunque fueran carísimas. Demoraste en pagarlas, porque esa fortunita no se saca así nomás del bolsillo. Te fuiste da ciudad por trabajo. Y ahí, un día después de hacer el pago, tu pareja te dice que ya no te ama y se acabó. Tenés 62 años, hace 11 que están juntos. Volvés a casa en un tren donde no ves sino parejas felices.

Parece una novela -y lo es- pero esto le pasó tal cual al escritor español Manuel Rivas, que nació en 1962 y en 2023 ganó el Premio Nadal con la novela Nosotros. Le pasó y lo escribió y ahora lo publica en un libro que se llama Islandia. Porque ahí, a ese fin del mundo, eran, y fueron, esas vacaciones.

La novela, entonces, se trata de cómo es que el mundo se te venga abajo, cómo es superar la incredulidad de que esté pasando lo que nunca iba a pasar, cómo es enfrentar un alquiler uno solito y, en fin, rearmarse, irse a Islandia con ella, volver otros. Una belleza de novela para la que, además, Vilas tuvo que poner la cara y decir, mirando a todos: “Me han dejado”.

El escritor español explicó que escribió Islandia por una necesidad emocional, terapéutica y literaria.

Es este el hombre que habla con Infobae desde el otro lado de la pantalla. Sin vueltas.

-Me cuesta pensar un poco el momento en que decidís convertir un dolor así en una novela.

-Es un proceso de necesidad, de contar una la historia que has vivido porque crees que en ella está la vida misma. Es una urgencia emocional y no me importa confesar que también es una urgencia terapéutica. Es lo que sé hacer, escribir, y por tanto recurro a la escritura cuando cualquier cosa me desborda. Y la verdad es que experimenté un proceso curativo: en cuanto iba contando la historia, me sentía mejor.

-Y también pasaba el tiempo.

-Pasaba el tiempo, sí. Pero fundamentalmente era la vida misma, mi vida, que necesitaba ser contada para dársela a un lector a quien le pudiera haber pasado lo mismo.

-¿A quién no lo han dejado alguna vez?

-Tampoco era tan relevante la historia mía sino, sino la historia de todos y de todas. Todo ser humano ha padecido un desamor, ¿no?

-¿Cómo se, se transformaron los personajes y la historia misma al pasar a la escritura?

-Fue saliendo esta obsesión proustiana que sigue alimentándonos, ¿no? Que es una fantasía, es un consuelo, es la lucha contra el tiempo y contra la muerte. Es decir: viví una gran historia de amor, que no se la coma la muerte, que no se la coma el tiempo. Voy a escribirla. Y mientras la escribes, la vuelves a vivir. En realidad, toda la historia de la literatura acaba siendo un intento de salvarnos del olvido, adonde vamos todos.

-La novela es como una especie de museo de la historia de amor.

-Sí, exacto. La escribí de manera simultánea al divorcio. Ahora no podría escribir esa novela porque mi emocionalidad ya no está allí.

-¿Fuiste al psiquiatra, como te mandaron tantas veces?

-Sí, voy al psiquiatra y al psicólogo. Ahora tengo otros padecimientos: la vulnerabilidad de los seres humanos ha sido un tema tabú, sobre todo en los hombres. Pero estamos hechos de una fragilidad tremenda.

Manuel Vilas relata en “Islandia” el viaje que marcó el cierre de una etapa en su vida personal. (Cortesía/Carlos Ruiz)

-Vos decís en la novela: “Estoy harto de ser un hombre y un hombre histórico”. Explicame.

-Creo que el hombre ha cumplido su ciclo, ya no da más de sí.

-¿Qué quiere decir eso?

-Quiere decir que el ciclo histórico de la masculinidad está concluido. Que hay otro orden en las relaciones entre hombres y mujeres. Hay muchos hombres que se han cansado de que la historia les dicete ese papel horrible de la masculinidad. Y el hombre que aparece en Islandia está cansado de ser hombre.

-Pero a los diez minutos ya tiene otras mujeres. Se porta como un “hombre histórico”. Dice: “Estoy destrozado, estoy destrozado y no puedo más” mientras le contesta el WhatsApp a otra.

-Sí, está determinado por su historicidad, que nos determina a todos. La literatura es la única posibilidad, a través de la imaginación, el deseo, incluso el erotismo, de salirnos de la determinación histórica. Somos lo que somos en función de los valores históricos con que vivimos. Dentro de cincuenta años habrá otros valores y la gente será de otra manera y nos mirarán a nosotros, probablemente, con cierto aire de pena, como nosotros podemos mirar la España de hace cincuenta años. La historia no ha terminado, la historia no ha muerto, eso es mentira.

-Me interesó, en la novela, el énfasis en el papel del dinero y la clase social en el amor y en la familia. Decís algo como que tu familia no tiene orgullo porque nunca tuvo dinero para comprarlo.

– En el divorcio que se narra allí, en Islandia, la protagonista es la que posee el piso, la dueña del apartamento es ella, entonces es él quien se tiene que ir. La realidad de cualquier amor pasa por quién es el dueño de la casa y quién es el que tiene más dinero. En España hay mucha gente que no se puede divorciar porque no se puede ir ninguno de los dos. Un divorcio es un entramado socioeconómico: la ruptura de un amor es una ruptura sentimental que acarrea un problema socioeconómico.

La novela Islandia plantea que el desamor no es solo una ruptura sentimental, sino también un problema socioeconómico ligado a la vivienda y al dinero.

-¿Y durante el matrimonio?

-En el caso de los dos protagonistas de mi novela, no hubo un problema económico durante el matrimonio. Ocurre después, cuando él se enfrenta al mercado inmobiliario en Madrid y se da de bruces con una especulación inmobiliaria absolutamente condenable y despreciable. De la historia de un divorcio, se acaba aterrizando en una realidad social y económica que en estos momentos está traumatizando a muchísima gente.

-En la novela decís, respecto de un taxista, que si trabaja dieciocho horas y gana mil euros no puede tener amor, no puede pensar en el amor…

-Para que una persona tenga una vida amorosa necesita un excedente económico y un excedente de tiempo laboral. Es decir, tú tienes a una persona trabajando catorce horas diarias, no puede llevar vida amorosa. Si tienes a una persona con sueldos infrahumanos no puede aspirar al ocio y sin el ocio es imposible establecer relaciones de carácter sentimental. Es decir: el capitalismo salvaje nos conduce al celibato.

-Y ahí tenemos las series, las redes, y ya no necesitamos a nadie.

-Y hace que las relaciones a lo mejor sean de urgencia sexual, porque el amor necesita tiempo.

-En el libro decís que al separarse se idealiza a la persona que te dejó. ¿La novela es parte de esa idealización? Porque ella aparece siempre espléndida.

-He hecho muchas presentaciones de la novela en España y en Italia me ha pasado lo mismo: hay gente que piensa que el personaje femenino es demasiado positivo o muy noble, y hay otros que dicen que es negativo. Pero el narrador sí que la idealiza. Probablemente, no era consciente de cuánto la quería hasta que ella le dice: “Ya no estoy enamorada de ti”.

-Sin embargo, al final hay unas páginas que ocurren en el futuro, que no pasaron, donde hay cierta venganza.

-Tiene que ver con que, cuando dos personas rompen su relación, siempre está esa pregunta inquietante: “¿Qué hará dentro de cinco años? ¿Quién de los dos se volverá a casar? ¿Seguiremos siendo amigos? Y la pregunta es: ¿qué será de nosotros en el futuro cuando ya nuestro divorcio haya madurado?.

-Ese es alguien que todavía piensa en “nosotros”.

-Sí, pero, muchos seres humanos necesitan tener una especie de futuro más o menos razonable de su divorcio, una amistad, una relación que sea positiva.

Manuel Vilas con la novela por la que ganó el Premio Nadal,

-Algo más tranquilizador.

-Sí. Yo también lo necesito. La novela quiso darle al lector una historia donde hay una transformación del amor de pareja en amor de amistad.

-Mmm.

-Este tipo de divorcio que se narra en Islandia abre una puerta a la esperanza, porque los dos tienen la suficiente inteligencia emocional como para salvar la relación. Ya no van a ser marido y mujer, no van a tener la intimidad que tenían, pero se pueden salvar el amor y el cuidado, la preocupación y la amistad. Es decir, nos hemos divorciado, pero si mañana necesitas que te lleve al hospital, yo soy el primero que te lleva al hospital. Si mañana necesitas dinero, yo soy el primero que te presta dinero. Esto hay que salvarlo siempre. Porque si tú salvas eso, el divorcio ya no es tan traumático. Yo no entiendo cómo se puede pasar de amar a una persona a odiarla. A lo mejor, cuando tú creías amarla no la amabas de verdad.

-En la novela parece haber una teoría del matrimonio como amparo de cierta intemperie. Y que eso es lo que lo hace una institución exitosa.

-Totalmente. Es una de las grandes miniempresas contra el capitalismo, una especie de ONG contra el capitalismo. Son dos contra el mundo: dos sueldos para una hipoteca, dos personas que luchan contra una administración pública, si uno se pone un poco enfermo son dos buscando un médico. ¡Es una sociedad de auxilios mutuos!

-Manuel, ¿hubiera sido distinta la historia si el crucero no hubiera sido a Islandia sino a Grecia o al Caribe?

-Probablemente sí, porque Islandia les revela una dimensión de la belleza primitiva de todas las cosas. ¿Qué es Islandia? El símbolo de Islandia en la novela es el mundo antes de las sociedades humanas, un mundo de enorme pureza.

– Pero también es un frío tremendo. Me imaginaba, en vez de eso, la exhuberancia, la transpiración…

-Sí, es verdad. En ese sentido es cierto que ellos se dirigen a un lugar frío. Islandia para un español, para alguien que vive en el Mediterráneo, para un italiano o para un griego, es un país remoto, es exótico a más no poder. Entonces, ellos van a un país desconocido desde el punto de vista geográfico, pero también van a un país desconocido desde el punto de vista emocional, que es el, el país donde van a dejar de ser marido y mujer para pasar a ser amigos.

Islandia, un territorio desconocido.

-¡Está en la Unión Europea! Hasta te andan los datos del celular…

-Es cierto, está en la Unión Europea, pero claro, es un país enorme donde viven trescientas mil personas y donde puedes estar horas y horas sin ver a nadie. Uno tiene la sensación de estar como en otro planeta.

-Y eso pasó.

-La novela no se puede entender sin su carácter autobiográfico: está basada en mi divorcio, Le pedí permiso a mi exmujer, Ana Merino, que es escritora también, para escribir la novela. Entonces, es una novela que mezcla realidad y ficción. Eso me tiene sobrecogido, porque cuando me preguntan por cosas de la novela, ya no distingo si son de la novela o si son de la vida.

-¿Y cómo resultó contar todo esto, hacerlo público?

-La novela en el fondo es una carta de agradecimiento a una mujer que me regaló once años de su vida. Una mujer extraordinaria y excepcional, que es mi exmujer. Nosotros nos llamamos todos los días, nos preocupamos el uno del otro. Hasta hemos viajado juntos.

-Da la sensación de que hay algo que no ha terminado.

-Probablemente no ha terminado, algunos amigos me lo dicen. Sin embargo, no lo creo, porque ella, que es una mujer muy inteligente y que tiene las ideas más claras que yo, sabe con una certeza admirable que nuestra relación amorosa ha concluido y que la que queda es la de la amistad. Pero a mí me da igual. Mientras ella esté en mi vida, me da igual la forma en que esté.