
Las autorizaciones judiciales y los reencuentros familiares marcaron la reciente estadía de Wanda Nara y sus hijos en Italia. La empresaria celebró la resolución de la Justicia que le permitió gestionar los pasaportes de sus hijas sin la firma de Mauro Icardi, luego de semanas de tensión, trámites fallidos y el inesperado robo en su casa de campo durante la final del Mundial. En ese escenario, Wanda transformó el revuelo y la incertidumbre en una crónica visual de resiliencia, disfrute y familia, compartiendo con sus seguidores una selección de momentos que resumieron el verdadero espíritu de su viaje por Europa.
Acompañada por cuatro de sus cinco hijos, los dos menores que tuvo con Maxi López y las nenas que comparte con Icardi, su pareja Martín Migueles, Wanda se movió entre Francia e Italia combinando paisajes de postal, moda sin esfuerzo y la intimidad de los afectos. Cada parada tuvo su propia energía: desde las costas italianas hasta las noches vividas en el corazón de París.
En la costa, Wanda eligió un vestido largo violeta, un pañuelo azul y blanco atado a la cabeza y un bolso de mimbre con detalles en negro. Se la vio de pie, apoyando una mano en la baranda y mirando hacia el horizonte, con el mar calmo al pie de una ladera tapizada de árboles y casas con balcones repletos de flores.




Cerca de allí, dos niñas se entregaron a la rutina del verano: boca abajo, traje de baño, sobre una plataforma flotante, rodeadas de agua verde y una costa llena de vegetación y piedra. El cielo sin nubes y el silencio del paisaje hicieron de ese instante una postal de descanso puro, lejos de los sobresaltos de la vida pública.
El ritmo del viaje cambió al caer la noche en Milán. La fachada gótica del Duomo iluminada sirvió de fondo para una escena familiar: Wanda y sus dos hijas, tomadas de la mano, de espaldas y mirando la catedral. Una de las chicas llevó la camiseta azul con el número “10”; la madre, la remera azul oscuro con el apellido “Messi” y el “30” estampados. La otra nena vestía ropa clara. La plaza, vibrante y llena de gente, amplificó el contraste entre lo monumental y lo íntimo.
El itinerario europeo de la familia Nara no dejó rincón sin explorar. En otro punto, Wanda apareció sonriente junto a una baranda de piedra, con el mar y veleros de fondo, esa vez con el pañuelo en la cabeza y el vestido violeta. La transparencia y el brillo de la escena daban cuenta de su capacidad para encontrar belleza hasta en los detalles más simples. Una calle angosta de fachadas coloridas y contraventanas verdes, silenciosa y con una bicicleta apoyada en la baranda, sumó el toque pintoresco propio de los pueblos italianos.




París, como siempre, tuvo su propio capítulo. En una de las postales, Wanda se mostró abrazada a Martín Migueles en una terraza con la Torre Eiffel resplandeciente de fondo. Él, de cabello corto y tatuajes, la rodeó con un brazo; ella apoyó el rostro en su pecho, en una escena donde las sillas vacías y la mesa redonda dejaron todo el protagonismo a la intimidad compartida y las luces de la ciudad más romántica del mundo.
La noche parisina también encontró a Wanda de espaldas, con vestido negro de tirantes y cartera a juego, el cabello recogido con una mano, mirando la Torre Eiffel dorada entre macetas y la agitación de la ciudad. No faltaron los clásicos rituales urbanos: en una vereda animada, varias manos sostuvieron vasos y tazas de café de “Besties Bakery”, con colores pastel y uñas rojas esmaltadas, mientras los cafés y las mesas sumaban el bullicio de fondo.
Las chicas, por su parte, pasearon las calles de una ciudad europea cargando bolsas grandes de una reconocida marca de lencería, a rayas rosas y blancas. Una caminó con pantalón blanco y rosa; la otra, con camiseta blanca y sandalias, entre edificios de piedra y arbustos podados bajo el cielo despejado. El viaje, para los chicos, fue alternancia entre paseos urbanos, tardes de playa y shopping.




Una selfie en el auto capturó a Wanda con su pañuelo azul y blanco, remera blanca con letras rojas y cartera roja, la luz natural filtrándose en el interior del vehículo. Cada imagen, lejos de la pose vacía, condensó la atmósfera de los traslados y la complicidad familiar.
En medio de la aventura, el viaje tuvo que reacomodarse tras el robo de los pasaportes y objetos personales durante la final del Mundial. Los contratiempos obligaron a la familia a reorganizar cada tramo y a multiplicar los trámites, mientras la polémica por las autorizaciones y la exposición mediática sumó presión al día a día. Sin embargo, Wanda eligió no quedarse en la queja y volcó en las redes la cara más positiva, priorizando la unión familiar, la capacidad de adaptación y la resiliencia ante la adversidad.














