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Perdió a su hermano en la AMIA y ayuda a otros a transitar duelos: “Busqué una excusa para nombrarlo todos los días de mi vida”

Marina Degtiar con una foto de la infancia: ella y su hermano menor, Cristian, una de las 85 víctimas del atentado a la AMIA (AP Foto/Natacha Pisarenko)

El recuerdo es contundente. Casi tangible. El momento en que la cara de Cristian Degtiar se imprimía enorme para convertirse en pancarta.

El texto, mínimo, no impactaba menos: Cristian Degtiar. 21 años. Justicia.

Ese instante, que formaba parte de la organización del primer acto que preparaban las familias de los muertos en el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) para exigir investigación y esclarecimiento, fue para Marina Degtiar uno fundante. Era noviembre de 1994. Habían pasado cuatro meses del estallido. Fijar a su hermano en un cartel era entender que era cierto. O tal vez no era entender sino aceptar. O procesar. Tal vez era empezar el duelo.

—En ese momento —dice Marina Degtiar, hermana mayor de Cristian, del otro lado de la pantalla— estábamos imprimiendo no solo la pancarta, estábamos imprimiendo lo que iba a ser nuestra vida del después. De llorar de pie, de pedir justicia. Porque al principio uno llora la idea, no te la creés. No. Pero eso fue como un primer sello que anunciaba que empezaba otra vida. Una que no teníamos la menor idea de cuál iba a ser, pero que no iba a tener nada que ver con la vida que teníamos.

El atentado a la AMIA dejó 85 muertos y más de 300 heridos (AFP)

***

El lunes 18 de julio de 1994, a las 9.53, una camioneta con explosivos se incrustó en el edificio de la AMIA, en la calle Pasteur 633. Pedazos del barrio de Once de la capital argentina volaron por el aire.

Los días siguientes fueron solo desesperación.

Las entrañas de lo que habían sido los muros que alojaban el motor de gran parte de la vida de la comunidad judía quedaron a cielo abierto, entre las piedras y los escombros apiñados.

El polvo del atentado a la Embajada de Israel, ocurrido dos años antes, no terminaba de disiparse. Las familias de esas 29 víctimas, de reconstruirse, cuando el nuevo atentado terrorista empañaba la muerte y el horror con más muerte y más horror.

El tiempo y el trabajo sin descanso de los grupos de rescate anunciaron 85 muertos. Más de 300 heridos.

La investigación de lo sucedido sería un gran enchastre que implicaría acusaciones y contraacusaciones, causas inconclusas, jueces destituidos, condenas y absoluciones. Peleas, sospechas de coimas, escándalos por encubrimientos. Investigaciones del FBI, del Mossad, y de la SIDE con pistas que conducían a callejones tapiados.

A diferencia del atentado a la Embajada, atribuido de forma más certera a la organización Hezbolá, los autores intelectuales y materiales de la voladura de la AMIA parecían haber sido tragados por el mismo agujero que dejó el edificio.

Pasarían treinta años para que la Justicia argentina —con la causa corroída por la impunidad tanto de los perpetradores como de quienes se encargaron de desviarla y entorpecerla— anunciara que consideraba probado que Irán había dado la orden de hacer estallar el edificio y que la organización armada Hezbolá la había ejecutado. Treinta años para que el atentado se declarara crimen de lesa humanidad, por lo tanto, imprescriptible.

Eso permite que los familiares de las víctimas sigan buscando justicia. Aunque no esperaban ninguna autorización.

Trenta y dos años después del atentado más grande que haya tenido lugar en suelo argentino, no hay justicia para las familias de las víctimas y la causa es un ejemplo de corrupción e impunidad

***

—Bueno, ¿por dónde empiezo? ¿Por hablar de él? ¿Por dónde empiezo?

Marina Degtiar es psicóloga especializada en duelo. Lidera grupos de personas que están atravesando pérdidas, es vicepresidenta de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) —la representación política de la comunidad judía en Argentina—, es madre de cuatro hijos. Pero es, ante todo, —dice— hermana de Cristian.

—Nosotros somos tres hermanos. Está mi hermano mayor, Gustavo, que me lleva a mí cuatro años, y después estaba Cristian, a quien yo le llevaba cinco años. Entonces, para mí, siempre fue mi hermanito. Y hasta el último día, él tenía 21, yo tenía 26, seguía siendo mi hermanito. Nosotros éramos una familia muy unida, muy tribal. De juntarnos todos los domingos, con la picada, con el brindis, muy ruidosos. Y Cristian era el más chiquito, el mimado. Era, también, muy especial. Porque era muy bueno, pero aparte porque era muy inteligente. No porque le iba bien en Matemáticas, sino porque era emocionalmente inteligente. Tengo una anécdota de cuando éramos chiquitos. Él dibujaba muy bien, hacía unos soldaditos o jugadores de fútbol muy chiquititos, ponía muchos detalles y armaba estrategias de ataque con líneas de puntos o jugadas de fútbol. Podía estar un montón de tiempo dibujando, supertranquilo; y yo, que era bastante hincha, estaba aburrida una tarde y lo empecé a cargar y a pinchar. Cristian (te estoy hablando de un nene de siete u ocho años), me miró y me dijo: “La burla es la mejor arma de los cobardes”. Nos matamos de risa, de grandes, con ese tipo de anécdotas. Eso era Cristian.

Marina cuenta más de ese hermano compinche que era todo humor y bondad; con el que “era imposible pelarse”; el hincha de Ferro apasionado que iba todos los domingos a la cancha; al que “le encantaba jugar al fútbol”; el que a los 12 años ganó con su equipo un torneo mundial en Colombia y a su regreso fue elegido entre los mejores para formar un equipo con representantes de los diferentes países; al que le gustaba escribir y sentía “un compromiso profundo con su identidad judía”. El hijo cariñoso, “que no salía de su casa sin decirle ‘Te amo’ a su mamá”. El que “era la ovejita blanca de la familia porque todo lo que hacía, lo hacía bien”.

—Escribía por sus ideales y ganó varios premios, desde muy chiquito. Cuando aprendió a leer, con seis años, le pidió a mi mamá un libro sobre la historia de San Martín, por ejemplo. Ya ahí te lo ubica al tipo, ¿no? Y un par de años después, primero por un libro que tenían unos amigos de mi mamá con fotos sobre el Holocausto, se empezó a interiorizar mucho. Ya de grande, de grande no —se corrige—, era un pibe, pero tenía un profundo compromiso con la historia. Entonces, por ejemplo, cae el Muro de Berlín cuando él era un adolescente y escribe sobre eso. Participó de un concurso nacional sobre la inmigración en la Argentina y ganó el primer premio. Y uno imagina, pero esto era Cristian, que teniendo este compromiso iba a escribir sobre la inmigración judía en la Argentina. No. Él escribió un trabajo que se llamó “Tan gaucho como los gauchos: el irlandés” y escribió sobre los irlandeses. Después participó en otro concurso sobre los jóvenes y la discriminación y también ganó. Escribía sobre ese tipo de cosas.

Muchos otros textos, que reflejaban su sensibilidad frente a los acontecimientos del mundo y el devenir de la historia, los descubrieron después.

—Después del atentado encontramos en su escritorio, que había ordenado poco tiempo antes, una hojita de cuaderno con su letra de nene donde escribió algo que por el final nos dimos cuenta de que era de la época de Malvinas —ahí él tendría nueve años más o menos— pero que describe, de alguna manera, el 18 de julio. Es una locura. Como nosotros lo leímos después, le dimos esa lectura —no sé cuál le hubiésemos dado antes— pero lo que es brillante es que un nene de nueve años escriba sobre la guerra de Malvinas, por empezar. Ahí él termina diciendo que los jóvenes viven todas las etapas de su vida segundos antes de caer al servicio de la patria. Un nene de nueve años que escribe eso… Como lo leímos mucho tiempo después, era como que estaba describiendo el día de su muerte. Realmente. Cristian era un distinto. Nos daba mucho orgullo Cris.

Marina y Cristian celebrando el cumpleaños número 21 de Cristian, el 17 de febrero de 1994

***

Cristian tenía 21 años. Cursaba la carrera de Abogacía por las mañanas en la Universidad de Buenos Aires y a la tarde trabajaba en la DAIA —que funcionaba, y aún lo hace, en el mismo edificio de la AMIA.

El 18 de julio de 1994 era el primer día del receso invernal en la UBA. Cristian madrugó. Le dijo a su madre que no se sentía del todo bien, tenía dolor de estómago, pero tenía que ir a trabajar.

Como profeta de lo imposible, su madre intentó persuadirlo: que por qué no aprovechaba para descansar ya que no tenía clases y su horario laboral iniciaba después del mediodía.

Pero no.

Había quedado en encontrarse con compañeros para adelantar tareas. Se vistió y salió.

***

Marina tenía 26 años, una hija de cinco y trabajaba en la escuela ORT.

El 18 de julio de 1994 fue a la oficina con su hija porque también habían iniciado las vacaciones en el jardín. Estaba ahí cuando escuchó la radio: “que algo pasó en la AMIA”. Lo primero que hizo fue llamar a su hermano para decirle “poné la radio, poné la tele, porque pasó algo en la AMIA”. Su madre le dijo que no estaba, que había salido temprano a trabajar.

“¿Pero a qué hora salió?” —le preguntó, intentando que no adivinara el miedo en su voz. “Salió a las 8. ¿Por qué?”.

—Ahí supe que él estaba ahí. Entonces le dije a mi mamá: “Algo pasó en la AMIA”.

Cristian Degtiar en la cancha del Club Atlético Sefaradí Argentino (Club Casa), a la que después le pondrían su nombre

***

Vacío.

Cuando Marina llegó al lugar donde hasta las 9.52 de la mañana se levantaba el edificio de la mutual judía y miró, eso vio. Vacío. No solo en el sitio donde debía estar la sede de la AMIA y la DAIA. En su mente, dentro de sí. Vacío. Se fue a negro.

Había dejado a su hija con sus compañeras de trabajo, había buscado a su marido que trabajaba en el mismo lugar que ella, se habían montado al auto lo más rápido posible, habían conducido hasta acercarse a Pasteur 633, habían tirado el auto donde pudieron, habían corrido hasta el edificio de oficinas, se habían encontrado con un agujero.

Vacío.

No sabe qué sucedió.

—Ahí tengo un vacío. Un vacío en mí. No en mi memoria, porque no es que no me acuerdo, no entró la información, no codifiqué. Yo nunca supe qué me pasó en ese momento. Hasta que reacciono en lo que después supe que era una ambulancia. Reacciono con mi propia voz, la imagen de mis viejos y mi propia voz diciendo: “Ahí están mis viejos”, a alguien que nunca supe quien era. Y fui a su encuentro. Del momento de llegar y ver los escombros… nada. Sé que mi marido se fue a los escombros, pero yo eso no lo vi porque se me apagó la tele antes.

Treinta y dos años después Marina no sabe si se desvaneció, si tuvo un ataque nervioso, si se deshizo en llanto o sufrió una crisis. Dice, a diferencia de lo que muestran todas las imágenes de ese día, que no vio un solo herido, una mancha de sangre, que, aunque estaba expuesto obscenamente frente a ella, no vio el horror.

Cuando busca en sus recuerdos ese momento, su mente le devuelve eso: vacío. El primero.

Memorial en homenaje a las víctimas del atentado a la AMIA

***

“Volaron la AMIA. Igual que en la Embajada de Israel”.

La voz de uno de los cronistas que llegó a la calle Pasteur el 18 de julio de 1994, poco después de la explosión, para informar desde ahí, se oye entrecortada. La respiración agitada, las palabras, teñidas de estupor, vehículo improvisado de una imagen que nadie podía ni quería entender.

“Una bomba —aire—. Estalló —aire—. En una —aire— dependencia —aire— de la comunidad judía”. El cronista no tenía aliento. “Están retirando chicos ensangrentados, mujeres, niños. Quedó destruido; piden ambulancias, hay gente destrozada. Todos los edificios en la cuadra, destruidos. La tragedia en Buenos Aires se vuelve a repetir”.

El país entero estaba sumido en una nube de pasmo.

El edificio ya no existía. El cielo, en el barrio de Once, era humo espeso. La estructura, trozos de cemento, piedra, broza. Las pocas paredes que no se habían terminado de desmoronar parecían cartón doblado, resquebrajado.

Las personas. Las sirenas. La sangre. El polvo. Los gritos. Los abrazos. Las camillas. Los voluntarios. Los rescatistas. Los vecinos. Los curiosos. Las corridas. Las familias. Los nombres. Las búsquedas. Los heridos. La incertidumbre. Los nombres. Los nombres. Los nombres.

Las víctimas.

El primer acto para exigir justicia por la voladura de la AMIA se realizó en noviembre de 1994. Luego tendría lugar cada 18 de julio. En la imagen, el aniversario número 25 del atentado (EFE/ Enrique G. Medina)

***

—De ahí nos fuimos, primero, al Hospital de Clínicas, donde iban cayendo amigos de Cristian, familiares —reconstruye Marina—. No había celulares, no teníamos forma de conectarnos, era caótico. Alguien dijo que vio a Cristian en la tele, entonces fue empezar a hacer llamados, pero había que hacer la cola interminable en los teléfonos públicos porque todo el mundo estaba en la misma; o le pedía a los periodistas, a cambio de darles una nota, que me prestaran sus ladrillos, los celulares de ese entonces. Y así llegué a la persona que lo vio. Y no. A quien había visto era a mi marido. Pero es: “Vi al marido de Marina, vi al hermano de Marina…”, el teléfono roto.

Después vino la espera.

Las mujeres de la familia y amigas de su madre se fueron a pasar las horas —que se convertirían en días— a su casa, con ella. Los varones y amigos de su padre se quedaron en un edificio ubicado en la calle Ayacucho que comenzó a funcionar como sede improvisada y provisoria de la AMIA y centro de contención e información. Marina se fue con ellos.

—Yo me quedé ahí hasta el miércoles, que mi papá me pidió que fuera a ver a mi mamá. Entonces fui. Estaban todas mis tías, todos en la cocina viendo la televisión en vivo, mirando el rescate. Mi mamá estaba acostada abrazada a una foto, esa mañana, y yo me acosté con ella. En eso vino una tía a decirnos que habían encontrado los documentos de Cris. Mi mamá lloraba y abrazaba la foto. Lo que pedía yo era que no se hubiera lastimado las piernas para que pudiera seguir jugando al fútbol porque en ningún momento a mí se me cruzó por la cabeza que Cristian no fuera a estar vivo. Hasta el último segundo, para mí, estaba vivo. Y en eso escucho ruidos en la cocina, entonces me levanto y voy. Abro la puerta. Y otra vez el hueco. El vacío.

Marina volvió a irse a negro.

No sabe cómo se enteró. No sabe si alguien se lo dijo o si lo vio por televisión. No sabe quién se lo dijo a su madre ni cómo reaccionó. Vacío.

—Tengo una sola imagen a modo película de terror. Como cuando te muestran una escena violenta de un segundo y la sacan. Tengo ese recuerdo que se me habrá metido. Una imagen de mí misma pateando una pared. Punto. No tengo registro de nada más.

Este año, el acto en conmemoración por el 32° aniversario del atentado a la AMIA se realizó el viernes 17 de julio (Adrián Escandar)

***

Lo siguiente que vuelve a recordar es la familia llegando al velorio. La sala llena de gente. Un flash fotográfico de ese momento, donde se sentía levitar. Donde no estaba dentro de sí.

—Y después nos fuimos todos a vivir a la casa de mis padres, el primer mes, porque Cristian era el último que quedaba con ellos. Estábamos todos juntos y éramos como fantasmitas por la casa. Ellos tenían 51 años cuando perdieron a su hijo menor.

Ese noviembre de 1994, cuando participaban de la organización del primer acto después del atentado, el primero de una ristra que se estiraría en el tiempo sin final para exigir una justicia que no llega, para recordar a las víctimas, ese momento en el que Marina y su familia plasmaban la cara de Cristian en un cartel, fue en el que ella empezó a entender que la ausencia, la física, era un hecho.

A partir de ahí, y por muchos años, Marina, su hermano y su madre tomaron roles comprometidos en la organización del acto, se involucraron activamente con el grupo de familiares de las víctimas. Su casa se transformó en refugio, en punto de reunión, en el lugar donde planeaban y escribían los discursos. Al quinto aniversario fue ella misma, embarazada de su segunda hija, la que lo leyó frente a miles de personas. Lo recuerda como otra piedra fundamental en su propia reedificación.

—Fue un discurso fuerte porque yo hablaba desde las entrañas de un embarazo y decía todo lo que nos daba asco. Y la gente, cada vez que yo decía: “tal y tal cosa nos da” gritaba “asco”; fue muy potente. Toda una sociedad se sumó al grito. Ese fue otro hito para mí. Fue reconstruirnos desde el dolor pero de pie, luchando, por mantener viva su memoria y para exigir justicia, porque mi hermano no murió porque sí, murió porque lo mataron.

No fue inmediato. La fortaleza la urdió el tiempo.

Después de la voladura de la AMIA, pese al acercamiento a los familiares, al activismo y a los actos, Marina se sentía rota. El atentado que le arrebató a su hermano la dejó aterida, la puso en pausa. Le cerró el pecho. Le quitó el aire. Por más de un año durmió con un tubo de oxígeno pegado a su cama.

Un día, en la Costa Atlántica, llorándole al mar, como si alguien con un chasquido la hubiera despertado de un sopor que la mantenía adormecida, se dio cuenta: su hermano había muerto, ella no. Por respeto y en su honor debía volver a usar su vida. Lo percibió como “una epifanía”. Sacó un pasaje de vuelta a Buenos Aires y comenzó a encarar todo lo que deseaba y había quedado congelado detrás de ese vacío que se plantó y creció dentro de ella el 18 de julio de 1994.

Se anotó a una escuela de teatro, algo que anhelaba hacía tiempo y —mucho después— se sumó a un grupo de autoayuda para hermanos que, asegura, la salvó.

—Sané. Físicamente, digo, sané.

Hace treinta y dos años Marina pensaba que se enfrentaba a una vida sin su hermano y que esa vida era imposible. Hoy confirma que no es una vida sin su hermano, que es una vida alrededor de la memoria de su hermano

Los aniversarios de AMIA bordeaban las dos décadas cuando Marina, “por cuestiones ideológicas, porque a los familiares nos unió el dolor, no nos unió una ideología, necesariamente”, decidió hacerse a un lado de la agrupación de la que venía participando desde 1994. “Y me armé mi propio espacio de militancia de la memoria: sin discursos y solo desde el arte armamos Trazos de vida”.

Trazos de vida, que con el tiempo ganó volumen y relevancia convirtiéndose en un evento artístico con sello propio cada 18 de julio, empezó como la propuesta de un espacio para recordar y homenajear a las víctimas de otra manera.

—Invitamos a todo tipo de referentes: artistas, cantantes, los más conocidos pasaron por Trazos de vida. Empezó como algo muy chiquito y artesanal que hice con un amigo, que es el director ejecutivo de la comunidad Amijai. Para los 20 años del atentado le dije: “Tenemos que hacer algo pero desde el arte”. Y se me ocurrió que podíamos invitar a un cantante y a un actor que leyera algo referente a la memoria y armar con distintos artistas un mosaico en homenaje. Empezó con nosotros, que teníamos algunos contactos. Trajimos a Elena Roger, a Baglietto, a Facundo Arana, a Martín Seefeld, en el primero. Para el aniversario número 30 lo hicimos en el Palacio Libertad. Ahora es un evento ya muy instalado. Lo hacemos el mismo día del acto central, a la noche, como una forma de terminar desde otro lugar, desde el arte, desde la memoria, sin discursos. Lo que hay son palabras de reflexión. Y los recordamos a ellos. No leemos el listado de víctimas, por ejemplo, porque yo lo armé desde mi propia necesidad y escuchar el nombre de mi hermano en un listado de víctimas me desgarra: Cristian era una persona con proyectos, con sueños, con amigos, con amores. Entonces siempre buscamos una forma artística de traer los nombres.

***

“Yo me doy cuenta de que me construí toda una vida alrededor del agujero de dolor. Todo, todo está ahí, hasta cómo les hablo a mis hijos”, reflexiona Marina.

Cuando los días fueron alejando a la destrucción y a la parálisis, cuando, como pudo, empezó a pegar los pedazos, una década después de la voladura de la AMIA, decidió hacer algo con el dolor. Y se ofreció como voluntaria, dentro de la comunidad Amijai —que funciona alrededor del templo en el barrio de Belgrano— para acompañar a personas que hubieran perdido a alguien. Todavía no era psicóloga, todavía no se había especializado en duelo. Se ofrecía, desde la empatía, a tomar un café y escuchar. Y en ese intercambio descubrió que ella también sanaba.

—Cuando terminé el secundario empecé a estudiar Psicología porque quería dedicarme a trabajar con chicos con autismo, nada que ver. Pero fui mamá muy jovencita, con 20 años recién cumplidos, entonces tuve que dejar la carrera y trabajar. Cuando empecé a acompañar a personas en duelo nunca me lo imaginé como algo profesional, lo hacía tomando un café, no desde un lugar terapéutico. Tiempo después, con mi hija mayor ya recibida y el menor en primer grado —tengo cuatro hijos—, una amiga me dice: “¿Y si empezamos la facultad?”. Y ahí dije que sí, pero no me iba a dedicar a duelo. Me escapaba. A los 45 años decido empezar la facultad y me recibo a los 50. Pero antes de eso ya habíamos armado en la comunidad Amijai grupos de duelo que empecé a coordinar. Mi tesis, finalmente, fue sobre duelo; y terminé la facultad y me di cuenta de que me estaba resistiendo a algo que a mí me hacía bien porque hablar, acompañar a otros en su dolor formaba parte de mi propio camino de sanación.

Hoy Marina acompaña a personas en duelo en su consultorio particular y, como voluntaria, coordina un espacio de duelo en la comunidad Amijai, donde funcionan cuatro grupos diferentes (“para viudez, viudez temprana, para padres y madres que perdieron hijos”). También lidera un equipo de duelo en un programa de asistencia comunitaria en situaciones de catástrofes. Acompañó, entre otros, a familiares de víctimas de los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023 en Israel, y a familiares de secuestrados. Eso, dice, “es lo que hubiese necesitado en el momento del atentado”.

Al abrazar su historia, ahora que lo pienso, es como si estuviera abrazando a la Marina de 26 años, hecha percha, enferma, desolada, rota, 32 años atrás, Es el tipo de abrazo que hubiese necesitado, alguien que me diga: “Estoy con vos”. Entonces, cuando ellos me agradecen, digo: “No, no me agradezcas, porque yo esto primero lo hago por mí, soy egoísta. Lo hago porque yo necesito estar acá, con vos”. Todo tiene que ver con lo mismo, con lo que pude hacer con mi dolor. Yo me construí una vida alrededor de mi dolor. Pero no desde un costado irresuelto, siento que mi duelo está resuelto porque me construí una vida que está linda, porque me conecté con mis proyectos y con el disfrute y porque pude reubicar a mi hermano en un lugar profundamente simbólico que me motiva y fortalece cada una de las cosas que hago. Yo digo en broma, pero no es tan en broma, que me busqué la excusa para nombrarlo todos los días de mi vida. Mi duelo está resuelto, pero el dolor no. Porque el dolor se instala y no se va. Y llegan estas fechas. Y uno no se acostumbra, por suerte.

Gustavo, Marina y Cristian Degtiar

***

Marina dice que su familia logró rearmarse. Que después del 18 de julio de 1994 son distintos, pero son familia. Aprendieron a vivir con la ausencia y a amar en ausencia. Hace treinta y dos años pensaba que se enfrentaba a una vida sin su hermano y que esa vida era imposible. Hoy confirma que no es una vida sin su hermano, que es una vida alrededor de la memoria de su hermano.

“¿Cómo le voy a explicar a mi hija que tiene un tío al que solo va a conocer por fotos?“. La pregunta, cuando quedó embarazada de su segunda hija, la asediaba. “¿Cómo voy a tener un hijo que no lo va a conocer?”. Tuvo cuatro. Solo la mayor compartió vida con Cristian, pero su tarea de perpetuarlo hizo que todos sintieran que lo habían conocido. También sus tres nietos. Que lo quisieran, lo extrañaran y hablaran de él como si hubiese sido el tío de las plazas, el fútbol y los juegos, para todos.

—Cuando mi segunda hija tenía cinco años iba en el auto un día, callada. Cosa rara: no se quedaba callada nunca. Y de golpe me dice: “Ma, ¿a qué jugaba yo con el tío Cris?”. Yo no le quise decir “no, vos no lo conociste” porque para mí era muy importante que estuviera presente, entonces la esquive. Le dije: “Bueno, el tío Cris jugaba a la pelota y era un capo y le encantaba el fútbol. Iba a la cancha todos los domingos a ver a Ferro”. Y ella me dice: “No, no, pero ¿a qué jugaba yo?”. Entonces le dije: “Bueno. Es que en realidad vos no lo llegaste a conocer, pero igual lo amamos al tío porque es parte de nuestra familia”. Y ella me dice: “Ay, ma”, así, » vos no entendés nada, yo sí lo conocí al tío. Porque cuando yo estaba adentro de tu panza, el tío ya vivía dentro de tu corazón. Los dos estuvimos juntos adentro tuyo. ¿A qué jugábamos?”.