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La noche que Buenos Aires miró cine por primera vez: el asombro de un Presidente y la carrera porteña por parecerse a París

Los hermanos Lumière, creadores del cinematógrafo que cautivó a París y al mundo a partir de 1895.

Siete meses antes, el 28 de diciembre de 1895, los hermanos Lumière habían reunido en el Salon Indien du Grand Café de París a un grupo de personas que no sabían exactamente qué iban a ver. Pero lo que vieron los dejó sin palabras: imágenes en movimiento, proyectadas sobre una pantalla, que mostraban la salida de los obreros de la fábrica familiar. No era un truco de magia. Era una máquina: el cinematógrafo, patentado ese mismo año por Louis y Auguste Lumière.

La noticia cruzó el Atlántico a una velocidad que, para la época, resultó llamativa. El 18 de julio de 1896, menos de siete meses después de aquella función parisina, Buenos Aires tuvo su primera proyección de imágenes en movimiento. Fue en el Teatro Odeón, en Esmeralda 367, a metros de la Avenida Corrientes.

Los encargados de hacerlo posible fueron el empresario Francisco Pastor y el periodista español Eustaquio Pellicer, quien dos años después fundaría la revista Caras y Caretas. Lo que proyectaron fueron los cortometrajes de los hermanos Lumière.

Entre el público de las primeras funciones hubo grupos de estudiantes, curiosos de todo tipo y hasta el propio presidente Carlos Pellegrini, que quedó, en palabras de los diarios de entonces, “subyugado por el encanto de las vistas”.

La máquina que “miraba sola”

Por aquellos años, el mundo transitaba la llamada Belle Époque, una era de inventos que se sucedían a un ritmo inusitado. En esos mismos tiempos se descubrieron los rayos X, el elemento radio, el telégrafo sin hilos. Sigmund Freud publicaba La Interpretación de los Sueños. Max Planck formulaba la teoría cuántica. El progreso era, para quienes podían acceder a él, una experiencia cotidiana.

El Teatro Odeón, en Esmeralda casi Corrientes, fue sede de la proyección de cine que se inscribió oficialmente como la primera de la Argentina.

En ese contexto, el cinematógrafo era algo sin comparación: una máquina que capturaba el movimiento del mundo y lo devolvía ante los ojos de cualquiera. No requería intérpretes. No requería escenografía. Bastaba con apuntar el aparato a la realidad y dejarla entrar.

Pero aunque la esencia del cine estaba allí, en esa máquina que mostraba las imágenes en movimiento, la tecnología disponible a fines del siglo XIX no se parecía en casi nada a la experiencia de las pantallas gigantes y el sonido envolvente de nuestros días. Hay versiones disímiles sobre cómo era la máquina que se usó aquel 18 de julio en el Teatro Odeón.

Una de ellas dice que se usó el kinetoscopio de Edison, que era un aparato con visor individual: el espectador miraba por dentro, como en un tubo óptico, y la experiencia era solitaria y silenciosa. Otra versión dice que sí se usó el cinematógrafo de los Lumière, que proyectaba hacia afuera sobre una pantalla y permitía la experiencia colectiva que hoy identificamos con el cine.

El especialista Fernando Martín Peña, creador de la Filmoteca Buenos Aires y conductor del ciclo Filmoteca en la Televisión Pública, explicó a la Secretaría de Cultura de la Nación que hay documentación como para decir que tres sistemas distintos se empezaron a usar públicamente de manera más o menos simultánea en julio de 1896, y que se eligió la presentación en el Odeón como la fecha oficial no solo por precisión histórica sino porque fue la que llegó a los diarios nacionales con más espectacularidad. Hubo proyecciones en otros salones porteños, a pocas cuadras del teatro que protagonizó los titulares periodísticos, y también en Rosario.

Los tres hombres que trajeron el negocio

El negocio del cine en Buenos Aires no tardó en tomar forma. Tres inmigrantes europeos fueron sus artífices principales. El primero fue Henri Lepage, un barón belga propietario de un local de artículos fotográficos ubicado a una cuadra del Colegio Nacional de Buenos Aires. El segundo era Max Glücksmann, un austro-húngaro que había llegado al país en 1890 y se había asociado a Lepage en su negocio. El tercero era Eugenio Py, un fotógrafo y empresario francés radicado en Argentina, que fue quien hizo llegar los primeros proyectores de material fílmico desde Europa.

Carlos Pellegrini, entonces Presidente de la Nación, fue parte del público durante la primera proyección de cine. (Foto Archivo)

Los tres formaban parte de esa ola de inmigración europea que llegó a Buenos Aires trayendo no solo mano de obra sino también conocimiento técnico: ilustradores, grabadores, litógrafos, impresores y fotógrafos que encontraron en los nuevos aparatos para ver películas una oportunidad de negocio y de arte al mismo tiempo.

El éxito de las primeras funciones fue tan grande que los impulsó a contactarse directamente con los Lumière para comprarles sus aparatos. No llegaron a un acuerdo. Finalmente importaron un cronofotógrafo Elgé de Gaumont-Demeny y un cinematógrafo Pathé.

Con ese último equipo nació, técnicamente, el cine argentino: el 25 de octubre de 1900, Eugenio Py filmó la visita del presidente del Brasil, Manuel Ferraz de Campos Salles, al presidente argentino Julio Argentino Roca.

Pero antes de eso, Py ya había filmado algo más pequeño y más simbólico. Apuntó su cámara al mástil de la Plaza de Mayo y filmó una bandera argentina flameando. La cinta tenía 17 metros de largo. La llamó, sin más, La bandera argentina.

Para poder revelarla, la casa Lepage instaló el primer laboratorio completo para procesar material fílmico en el país. Py es considerado el pionero del cine nacional. Aunque hay quienes señalan al alemán Fred Figner como posible autor de una filmación anterior con vistas de Buenos Aires.

Las otras fechas que nadie recuerda

El 18 de julio de 1896 es la fecha oficial de la primera proyección de cine en el país. Pero los historiadores del cine argentino son los primeros en advertir que esa historia tiene grietas.

El kinetoscopio de Edison era un aparato en el qeu las imágenes en movimiento se contemplaban de manera individual, acercando el ojo a un visor.

Doce días antes, el 6 de julio de 1896, en un salón de la calle Florida se presentó el vivomatógrafo, con un proyector inglés y obras del cineasta William Paul. Entre los cortometrajes que se exhibieron estaban una vuelta por el puente de Blackfriars en Londres, un recorrido de bicicletas por Hyde Park, la visita a unas obras en construcción y la llegada del tren a la estación de Brighton.

El escenario ya no era Francia sino Inglaterra, y la Escuela de Brighton, como señalaba el diario La Nación de aquella época, había llegado a la invención del cine casi al mismo tiempo que los Lumière.

Apenas dos días después de esa primera exhibición en Florida, según relata Carlos Maranghello en su Breve historia del cine argentino, Fred Figner presentó su propio sistema en un salón de Florida 100: el vitascopio, patentado por Edison. “De ese modo, durante un lapso prolongado, los tres sistemas coexistieron a pocas cuadras en el centro porteño, todos con idéntica repercusión popular”, escribió Maranghello.

Tres aparatos. Tres versiones de lo mismo. Tres primeras veces distintas, a pocas cuadras una de la otra, en el invierno porteño de 1896.

Lo que vio el público esa noche

Los cortometrajes que los Lumière habían filmado y que comenzaron a circular por el mundo en aquellas semanas no tenían argumento ni personajes ni historia. Eran otra cosa: ventanas. La salida de los obreros de la fábrica mostraba, por primera vez en la historia, una actividad cotidiana convertida en espectáculo. No había que hacer nada especial para que el mundo fuera cinematográfico. Alcanzaba con mirarlo.

Hacia 1896, convivían tres tecnologías distintas para ver cine en Buenos Aires.

La célebre Llegada de un tren, que en la proyección parisina habría provocado pánico en el público porque sentían que la locomotora los iba a arrollar, probablemente también formó parte de las funciones del Odeón. Peña advirtió, sin embargo, que esa anécdota del pánico es de segunda mano y que no hay registros concretos de que haya ocurrido lo mismo en Buenos Aires. “Es una anécdota linda, pero probablemente apócrifa”, sostuvo.

Lo que sí está claro es que la reacción del público porteño fue de asombro genuino. Fue no sólo el Presidente sino sobre todo la gente curiosa de la ciudad, que en aquellos años miraba a París como modelo de modernidad y encontró en el cinematógrafo la confirmación de que el progreso era real y estaba al alcance de la mano.

Buenos Aires se pensaba a sí misma como una prolongación de París. La arquitectura del centro porteño seguía modelos franceses. La aristocracia vacacionaba en Francia. Las novedades llegaban de allá. Y el cine llegó también de allá, en julio de 1896, seis meses después de que los Lumière lo inventaran, a un teatro del centro porteño que ya no existe pero cuyo nombre está escrito en los libros de historia.