
Había nacido el 7 de agosto de 1942. Y, a fuerza de golpes, había logrado salir de la pobreza para convertirse en una figura a nivel internacional. Por eso, ese 8 de enero de 1995, cuando falleció como víctima de un accidente automovilístico mientras gozaba de una salida transitoria del penal donde se encontraba cumpliendo su condena, muchos hablaron de él como el campeón del mundo del boxeo. Había alcanzado ese título a fines de los ‘70. Y había sido, sin lugar a dudas, el máximo representante de la Argentina de esa disciplina en la categoría medianos. Pero la realidad es que, para entonces, la gloria obtenida por Carlos Monzón en el deporte era intrascendente al lado de la aberración que había cometido en su vida personal.
Eran tiempos en los que la palabra “femicidio” todavía no había sido acuñada por la sociedad y, en general, los medios se referían a estas cuestiones como “crímenes pasionales”. Como si, quizá, los celos o la obsesión pudieran justificar la agresión de un hombre a su pareja, al punto inclusive de quitarle la vida. Sin embargo, el asesinato de Alicia Muñiz en manos del boxeador marcó un antes y un después. Porque por más que muchos quisieran resaltar al “ídolo”, el hecho desenmascaró el horror que vivían muchas mujeres. Y que, hasta ese momento, se minimizaba.
Modelo, nacida en el Uruguay, Alicia había llegado al país siendo muy joven. Y fue en 1979, cuando ella tenía apenas 23 años, que conoció a Monzón. Todo sucedió durante un almuerzo en la costanera. Él se mostró como un verdadero seductor. Pero, con el correr de los meses, empezó a alejarla de su mundo. Los celos del boxeador, que se enmascaraban detrás del supuesto “cuidado” y “el miedo a perder el amor”, hicieron que ella dejara de lado su carrera. Y sus afectos. Hasta quedar a su merced.

La relación duró casi una década, en la que nació el quinto hijo de él y el único de ella, Maximiliano Roque. Pero, dado el tormento que vivía, Alicia intentó separarse varias veces. Y había decidido no volver con él cuando, ese verano de 1988, viajó a Mar del Plata para que Monzón le entregara al niño que había quedado a su cuidado. Entonces, Carlos intentó seducirla una vez más. Y ella, tal vez mal aconsejada, volvió a caer en la trampa.
Finalmente, el 14 de febrero de ese año, la noticia estremeció a todos. Monzón había matado a su esposa. Sí. El campeón del mundo era un asesino. Después participar del festejo de cumpleaños de Sergio Velasco Ferrero y de pasar unas horas en el casino, ambos habían llegado a la casa que Adrián “el Facha” Martel le había prestado al boxeador. Así, después de una violenta discusión, Alicia cayó sin vida desde el balcón. Y él fue condenado a once años de prisión.
Quizá, si alguien hubiera escuchado a las mujeres que pasaron por su vida antes. O si ellas se hubieran animado a denunciarlo, Alicia no habría tenido un final tan triste. Sin embargo, por entonces, no era fácil hablar de violencia de género. Y muchas, incluso, se sentían culpables de ser las víctimas, ya que les hacían creer que ellas eran las causantes de las reacciones de sus agresores. Una locura.

De hecho, aún siendo una figura del espectáculo, Susana Giménez nunca se refirió abiertamente a la violencia de Monzón. Se habían conocido en 1974, cuando a Daniel Tinayre se le ocurrió convocarlos para protagonizar la película La Mary. Ella era una actriz en pleno ascenso y él, un boxeador consagrado que nada sabía de libretos ni de sets de filmación. Por eso, cuando el director daba la orden de cortar las escenas de intimidad, cuenta la leyenda, él seguía adelante dándole rienda suelta a sus instintos. Y la futura diva se dejó envolver en una relación marcada por el sexo, la pasión y los celos enfermizos.
El romance, que ilustró incontables tapas de revistas, duró cuatro años. Y, aunque ella no hacía referencia a eso, las maquilladoras que atendían a Susana daban cuenta de los moretones con los que llegaba a trabajar. Aunque a ella le bastaran unas flores y unas disculpas para convencerse de que eso no se iba a repetir. Mucho tiempo después, sin embargo, Giménez reconoció que Monzón se ponía violento cuando tomaba. Y que el alcohol cada vez estaba más presente en su vida después de haber colgado los guantes en el ‘77, por lo que un día tomó fuerzas y decidió ponerle punto final a la relación.
La historia de Pelusa fue dolorosa por donde se la mire. Monzón estaba legalmente casado con ella cuando conoció a Susana y, simplemente, la dejó. Ella estaba acostumbrada a sufrir. Se llamaba Mercedes Beatriz García y, al igual que el boxeador, había nacido en San Javier, provincia de Santa Fe. Para Pelusa la violencia intrafamiliar era algo conocido. La había vivido en su humilde casa natal, de la que se escapó siendo una adolescente cuando su padre quiso abusar de ella. Y terminó siendo la esposa de un golpeador.

Se casaron en 1962, cuando él tenía apenas 20 años. Tuvieron dos hijos biológicos, Silvia Beatriz y Abel Ricardo, y uno adoptivo, Carlos Raúl. Y, a medida que Monzón fue creciendo en el cuadrilátero, pudieron ir saliendo de la pobreza con la que habían tenido que aprender a convivir desde niños. Pero, aunque con el tiempo y el éxito llegó el dinero, nunca hubo paz en ese hogar. Porque el boxeador no solo pegaba en el ring.
Pelusa, sin embargo, era una mujer que se había hecho fuerte por obligación. En tiempos en los que las leyes no acompañaban, se defendía como podía de cada una de las agresiones de su marido. De hecho, en una oportunidad, terminó disparándole dos veces con un arma para evitar que él la siguiera golpeando. Le acertó un tiro. Y él tuvo que convivir con la bala en la espalda hasta el final de sus días. Pero nunca dejó la violencia. Solo cambió de víctima.













