La viuda de René Bertrand, Belén Giménez, compartió cómo atravesó el duelo tras la muerte del actor, un proceso que marcó su vida y la de su familia. Después de dieciocho años juntos y dos hijos en común, la pérdida, en junio de 2025, representó un quiebre profundo. La actriz reveló que, aunque el dolor fue demoledor, logró encontrar la fuerza para reinventarse y volver a apostar al amor.
A pocas semanas de cumplirse el primer año después del fallecimiento, Giménez se encontraba trabajando en Villa Carlos Paz. La rutina diaria se había convertido en un desafío: “Yo volvía llorando de las funciones, desesperada, porque me veía sola con mis hijos”, destacó en charla con Infama. El vacío que dejó Bertrand era palpable, no solo en lo emocional, sino también en lo práctico. La sensación de soledad predominó en los primeros meses, mientras intentaba reacomodar su cotidianidad junto a sus hijos pequeños.
La muerte de René Bertrand fue repentina. Según relató Giménez, la enfermedad avanzó con rapidez y el desenlace llegó en cuestión de meses. “Fue demasiado rápido todo, demasiado. Fue como un huracán”, describió. Esta vivencia sumió a la familia en un punto en que obligó a la actriz a ajustar su vida de manera abrupta.

La reconstrucción diaria implicaba desafíos constantes. “Para llegar y empezar a trabajar con ellos y el tema de los ensayos y todo fue como bastante jodido porque estamos solitos los tres”, confesó al recordar los primeros pasos sin su compañero de vida. El peso de la doble responsabilidad, laboral y familiar, recaía enteramente sobre ella, lo que acentuaba la intensidad del duelo.
En medio de este proceso, Giménez decidió cumplir una promesa hecha a Bertrand: arrojar sus cenizas en Villa Carlos Paz, lugar de especial significado para ambos. “Se lo había prometido y dijimos: ‘Bueno, ¿cómo vamos a hacer? Y… ¿cómo vamos a hacer? ¿Cómo voy a hacer?’ Lo llevamos, fuimos juntos al lago con los nenes, pusimos la canción que nos gustaba, que nos gustaba a todos”, relató.
La canción elegida fue Para no olvidar, un tema que tenía un valor simbólico para la familia. El acto de arrojar las cenizas en el lago de Carlos Paz se realizó en compañía de sus hijos, en un momento íntimo y cargado de emociones. Este gesto permitió a la familia cerrar un ciclo y honrar la memoria de Bertrand en el lugar que él consideraba hermoso.

Giménez continuó trabajando en Villa Carlos Paz durante la temporada teatral, lo que le permitió sostener a su familia y cumplir con sus compromisos laborales, a la vez que honraba la memoria de su pareja. “Llegamos y lo hicimos. Al toque”, recordó sobre la concreción de ese deseo de Bertrand.
La crianza de los niños tras la muerte de Bertrand representó un reto significativo para Giménez. Las tareas cotidianas y la organización familiar dependían de ella, pero no estuvo completamente sola en ese trayecto. Alejandra, una persona cercana que acompañaba a la familia desde el nacimiento de Franco, el hijo menor, fue clave: “Para el tema de trabajar y eso está Alejandra, que está con nosotros desde que Franco nació. Ellos le dicen Abu”.
La presencia de Alejandra permitió a Giménez compaginar su vida profesional con la atención que demandaban sus hijos. Esta figura se convirtió en un pilar de la rutina familiar, facilitando la adaptación a la nueva realidad. Los niños, aún pequeños, encontraban en ella una referencia afectiva y constante, lo que ayudó a mitigar el impacto de la ausencia paterna.
La dinámica diaria se organizó en torno al trabajo y los cuidados, con el objetivo de garantizar bienestar y estabilidad en el hogar. La resiliencia de Giménez se manifestó en la capacidad de sostener a su familia y mantener la armonía dentro de la adversidad.
Uno de los aspectos más difíciles del proceso de duelo fue enfrentar la enfermedad de Bertrand. Giménez recordó que, en el momento, ni ella ni el propio René anticipaban la gravedad del cuadro. “En ese momento nosotros no pensábamos que se iba a ir”, explicó. Las conversaciones sobre el destino final de las cenizas surgieron mucho antes, en tono de broma, cuando la idea de la muerte aún parecía lejana.
La familia no se preparó para una despedida consciente, lo que hizo que el duelo posterior estuviera marcado por el desconcierto y el shock. La rapidez del deterioro impidió una asimilación gradual de la pérdida, intensificando la sensación de vacío.

El proceso de reconstrucción emocional incluyó la apertura a una nueva etapa sentimental. Durante su estadía en el hotel de Villa Carlos Paz junto a sus hijos, conoció a Ariel, el dueño del establecimiento. Inicialmente el vínculo se limitaba a saludos formales, sin intención de nada más: “Era hola, hola, así como algo… cero intención. Es más, a mí me pasaba de volver de hacer función y me volvía caminando hasta el hotel y a veces venía llorando a los gritos en la calle como una loca, desesperada, con miedo, con todo”.
Ariel, separado desde hacía casi seis años y padre de tres hijos adolescentes, comenzó a acercarse gradualmente, invitando a Giménez y a sus hijos a los shows infantiles y actividades del hotel. Fue a través de estos encuentros y pequeños gestos que los niños de Giménez, especialmente Franco y Sofi, establecieron un lazo afectivo con Ariel antes que su madre. “Franco lo abrazaba apenas lo veía, y Sofi hablaba mucho con él”, relató.
El vínculo se fue construyendo despacio. Ariel mostró respeto y comprensión por la situación de Giménez, consciente de su fragilidad emocional y de la responsabilidad que implicaba acercarse a una mujer en pleno duelo y con dos hijos pequeños.

Cuando finalmente se dieron el primer beso, fue en el auto, en un ambiente de confianza y cuidado. Ariel esperó a que Giménez estuviera lista para dar ese paso, demostrando sensibilidad ante sus emociones. La actriz relató que uno de los mayores obstáculos era superar la culpa y el torbellino emocional propio de abrirse al amor tras una pérdida. Compartió sus sentimientos con Alejandra, la persona de confianza que la acompañaba en la crianza, y también con María Rosa Fugazot, su exsuegra, quien le dio su bendición y la animó a buscar la felicidad.
La presentación de la nueva relación a sus hijos se realizó de manera gradual. Primero, Ariel fue presentado como un amigo; luego, con el tiempo, Giménez les explicó que eran novios. Sofi, su hija mayor, aceptó la noticia sin sobresaltos. Actualmente, la relación lleva poco más de un mes formalizada, con encuentros frecuentes y una dinámica que incluye a ambas familias, ya que Ariel viaja con regularidad debido a sus obligaciones.
La historia de Belén Giménez ilustra el desafío de atravesar el duelo y reinventarse, cumpliendo promesas, organizando la vida diaria y permitiéndose nuevas oportunidades de felicidad, siempre con la memoria de René Bertrand presente en cada paso.














