
En la actual competencia global, la tecnología se ha convertido en el terreno principal de disputa entre Estados Unidos y China. La historia demuestra que las grandes potencias que logran adaptarse e innovar mantienen ventajas duraderas, como ocurrió entre Atenas y Esparta o durante la carrera espacial de la Guerra Fría.
Según un análisis en Foreign Affairs de Jake Sullivan, ex asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, durante décadas, la estrategia estadounidense asumió que China era un imitador, siempre un paso atrás en innovación y dependiente de la tecnología occidental. Se consideraba que el liderazgo estadounidense era intrínseco y difícil de superar.
Este supuesto ha perdido vigencia. China no solo ha dejado de perseguir las innovaciones de Estados Unidos, sino que ha diseñado su propia teoría de poder. El régimen chino prioriza la producción en escala y el control de insumos críticos, integrando estos elementos en su estrategia nacional. Mientras tanto, Estados Unidos ha centrado sus esfuerzos en mantener la delantera en descubrimientos tecnológicos, bajo la creencia de que la innovación per se garantiza superioridad económica y militar.
Esta diferencia de enfoques ha generado una competencia asimétrica. China ha consolidado posiciones dominantes en sectores fundamentales para la economía moderna, construyendo capas de poder industrial y tecnológico difíciles de desplazar. El resultado es que ambos países han estado corriendo carreras distintas, aunque muchos en Occidente solo percibieron esto cuando los efectos ya eran palpables.
Estados Unidos suele entender la competencia tecnológica como una carrera hacia la próxima innovación o “finish line”. Sin embargo, este marco conceptual es insuficiente y engañoso. El enfrentamiento con China no tiene fecha de cierre ni un momento de victoria absoluta. La verdadera meta es establecer ventajas simultáneas en innovación, producción y control de insumos estratégicos, de modo que el país no dependa de terceras partes para mantener su seguridad y prosperidad.
El propósito no es únicamente “superar” a China en términos relativos. Si Estados Unidos logra ciertos avances pero no logra mejorar la seguridad y las oportunidades de su población, el esfuerzo habrá fracasado. El éxito exige consolidar una base tecnoindustrial capaz de sostener la innovación continua, modernizar rápidamente el aparato militar y proyectar una infraestructura digital que sirva de modelo global. Al mismo tiempo, Washington debe mantener la puerta abierta a la cooperación con China en temas de interés común, para evitar dinámicas de competencia destructiva que perjudiquen a ambas sociedades.
Consolidar estos objetivos representa el reto central de la política estadounidense en el siglo XXI. El momento es crítico, ya que el poder tecnológico se traduce en poder geopolítico con una rapidez inédita. Por primera vez en décadas, Estados Unidos enfrenta un competidor capaz de igualarlo en múltiples frentes estratégicos.
La estrategia y estructura de poder de China

Ser líder mundial en tecnología es ahora el eje central de la estrategia estatal china. El gobierno de Beijing estructura su política industrial para garantizar independencia y control sobre los insumos críticos que sustentan la economía y la seguridad nacional.
Las autoridades chinas buscan que el mundo dependa de China, mientras el país reduce su dependencia del exterior. No pretenden dominar todos los sectores de frontera, sino controlar los llamados nodos de apalancamiento: componentes y sistemas esenciales para el funcionamiento de economías y ejércitos avanzados.
En la práctica, China ya controla varios de estos nodos, como el procesamiento de tierras raras, ingredientes clave para la fabricación de fármacos y la cadena global de baterías. Actualmente, produce más del 70 % de las baterías de ion de litio del mundo y concentra cerca de las tres cuartas partes de la capacidad global de fabricación de celdas de baterías. Esta táctica se replica ahora en el sector de la biotecnología.
La capacidad de ejecución de esta estrategia se apoya en el modelo político chino. El centralismo permite movilizar recursos nacionales con rapidez y coordinación. Bancos estatales, políticas industriales y regulaciones avanzan de forma sincronizada. No existe una separación real entre el ámbito militar y el civil, lo que facilita que los avances tecnológicos civiles tengan impacto directo en la seguridad nacional.
A diferencia de Estados Unidos, el Estado chino no enfrenta restricciones propias del mercado libre. Puede tolerar ineficiencias a corto plazo y asignar capital masivamente, asumiendo que de esa competencia surgirán pocos “campeones” capaces de dominar industrias globales. No hay presión social inmediata por el uso de los recursos públicos, ya que la rendición de cuentas electoral no existe.
Estados Unidos, por su parte, ha tendido a subestimar este modelo, considerándolo demasiado rígido para la innovación de frontera. Sin embargo, el sistema estadounidense ha generado avances transformadores, a partir de su democracia, universidades de clase mundial y un ecosistema de propiedad intelectual sólido. A pesar de sus fortalezas, no puede ni debe replicar el camino de China, pero debe encontrar un modo propio de competir en un terreno más amplio: no solo innovando, sino produciendo tecnología avanzada y controlando insumos vitales para su economía y defensa.
Pilares de una estrategia tecnológica para Estados Unidos
Una estrategia tecnológica eficaz para Estados Unidos debe establecer y proteger cuatro áreas de ventaja estructural o “high ground”. Estos puntos altos ofrecen beneficios duraderos y tangibles, conectando las decisiones de política pública con mejoras concretas en la vida de la población.
El primer pilar es la revitalización de la base tecnoindustrial. No basta con liderar la innovación: es necesario desarrollar capacidad de producción suficiente para fabricar tecnologías avanzadas a gran escala, con cadenas de suministro diversificadas y resilientes, en coordinación con aliados y socios.
El segundo pilar recae en la innovación militar. El ejército estadounidense debe centrar sus esfuerzos en la adaptación rápida y continua, clave para disuadir agresiones en distintos escenarios y especialmente para mantener la estabilidad en el Estrecho de Taiwán.
El tercer pilar implica la construcción de un orden digital democrático. Este modelo debe consolidar la tecnología estadounidense como referencia global, protegiendo altos estándares de seguridad, transparencia financiera y respeto por los derechos humanos y la privacidad de los datos.
El cuarto pilar exige mantener un suelo de estabilidad en la relación con China, estableciendo mecanismos de cooperación efectiva para evitar una carrera destructiva que perjudique a ambas potencias y al resto del mundo.
Estas áreas de ventaja se refuerzan mutuamente. Una base tecnoindustrial robusta respalda tanto la capacidad militar como la resiliencia económica. La innovación militar protege la industria y garantiza la continuidad de una economía global dinámica. Un orden digital democrático abre la participación a personas de todos los orígenes y creencias.
La estrategia estadounidense se apoya en tres familias tecnológicas:
- La computación (semiconductores, sistemas cuánticos y, sobre todo, inteligencia artificial)
- La biotecnología y la biomanufactura
- La energía limpia, especialmente el conjunto de baterías, motores y electrónica de potencia
El avance en estas áreas es interdependiente. Más capacidad de cómputo y energía limpia potencian la IA; más biotecnología y una base eléctrica poderosa multiplican los beneficios científicos e industriales derivados de estos desarrollos.
Si Estados Unidos consigue establecer y mantener estos puntos altos, podrá generar una ventaja sostenible. De lo contrario, arriesga no solo su liderazgo en innovación, sino también su capacidad de maniobra. La pérdida de pujanza industrial debilitaría la disuasión militar y la resiliencia económica. La presión de adversarios sobre cadenas de suministro estratégicas limitaría la libertad de acción de Washington, dificultando la respuesta ante prácticas coercitivas de China u otros rivales.
Al erosionarse la influencia global estadounidense, se reduciría su capacidad para garantizar oportunidad y seguridad a su población. Por eso, el éxito de esta estrategia es crucial: no se trata de un momento de gloria, sino de la preservación funcional de la prosperidad nacional en un escenario de competencia prolongada.
Reindustrialización y manufactura avanzada

Durante décadas, en Estados Unidos predominó la idea de que el diseño tecnológico y la investigación eran fortalezas inherentes, mientras la manufactura podía migrar al extranjero sin riesgos. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que la innovación no puede separarse de la producción: cuando la fabricación se traslada, el conocimiento de procesos y la ingeniería aplicada también se disipan.
Esta pérdida de saber hacer deteriora los circuitos de retroalimentación que permiten mantener el liderazgo tecnológico. La historia económica muestra que una base industrial diversa y robusta es esencial para sostener la innovación continua. Si una nación deja de construir y manipular tecnología, pierde la capacidad de avanzar en ese terreno. El declive industrial no solo afecta sectores específicos, sino que erosiona la capacidad estratégica en áreas críticas para la defensa y la competitividad.
Para reconstruir la base tecnoindustrial, la estrategia estadounidense debe ser dual:
- Promoción de la innovación y la manufactura avanzada
- Protección frente a la competencia desleal y usos maliciosos
La promoción de la innovación exige aprovechar mejor el capital humano, financiero y estratégico. Un primer paso crucial es facilitar la inmigración de talento científico y de ingeniería, permitiendo que los mejores desarrolladores se formen y permanezcan en el país. La alta concentración de ingenieros extranjeros en campos como la inteligencia artificial evidencia la necesidad de políticas migratorias más abiertas.
El impulso a la investigación y desarrollo debe reflejarse en un aumento del financiamiento federal al nivel histórico de los años sesenta. Una mayor inversión en investigación básica ofrece retornos estratégicos superiores a cualquier otro gasto público. Además, el desarrollo de proyectos de energía limpia resulta esencial para garantizar suministro eléctrico suficiente, indispensable para tecnologías como la inteligencia artificial sin elevar los precios de la electricidad ni agravar el daño ambiental.
Avances legislativos como la CHIPS and Science Act y la Inflation Reduction Act de 2022 han orientado inversiones hacia la producción nacional de semiconductores y energías limpias. Sin embargo, es necesario un enfoque industrial más abarcador y coordinado. Un modelo de referencia es la Operation Warp Speed, que durante la pandemia de COVID-19 demostró que el Estado puede catalizar la innovación y la producción en tiempo récord cuando hay claridad de objetivos y respaldo político.
La movilización estatal para desarrollar tecnologías de frontera como baterías avanzadas, drones y robótica debe enfocarse especialmente en apoyar a pequeñas y medianas empresas, que suelen carecer del capital y la experiencia técnica para escalar por sí solas. Una política exitosa también debe facilitar la reconversión laboral, ayudando a los trabajadores a ocupar roles de alta cualificación en vez de considerarlos prescindibles.
Para estimular la inversión privada en sectores estratégicos, el Estado debe emplear una herramienta coordinada de incentivos:
- Inversión pública dirigida
- Establecimiento de precios mínimos
- Uso del poder de compra gubernamental
- Contratos a largo plazo con productores nacionales
- Agilización de permisos de construcción y producción
Ejemplos recientes incluyen la inversión en capacidad de procesamiento nacional de tierras raras y imanes críticos para la industria tecnológica, impulsada por medidas de la administración Trump sobre bases sentadas previamente por el gobierno de Biden.
Definir qué industrias son estratégicas requiere criterios claros. Por ejemplo, la administración Biden consideró estratégico el sector automotriz por su capacidad industrial y su efecto multiplicador sobre otros sectores como acero, aluminio y electrónica. Otros gobiernos pueden variar en sus prioridades, pero deben justificar sus elecciones con criterios transparentes, como la conexión con la seguridad nacional, la tendencia a la concentración, la dificultad de reconstrucción en crisis y el impacto positivo en el ecosistema industrial.
En sectores como la energía limpia, algunos proponen que Estados Unidos acepte el liderazgo chino y simplemente compre productos baratos. Esta visión es rechazada por el texto: la transición energética global está en fase inicial y depender de China implicaría una nueva forma de dependencia estratégica. Además, la estrategia debe extenderse a la biotecnología, promoviendo el regreso de organizaciones de investigación y ensayo clínico que han migrado hacia China.
La resiliencia debe ser prioritaria. China ya ha demostrado su disposición a emplear armas comerciales, restringiendo exportaciones de insumos críticos como las tierras raras ante disputas comerciales. Lograr una resiliencia total es improbable, pero reducir vulnerabilidades es fundamental; se trata de limitar las cartas fuertes de China en el tablero global. El enfoque debe centrarse en insumos prioritarios cuya restricción tendría un efecto inmediato y cuya sustitución es compleja y lenta.
El objetivo de esta estrategia no es la autosuficiencia total, sino la diversificación, lo que requiere una cooperación estrecha con aliados. La coordinación con Europa y otras potencias para armonizar estándares técnicos y estrategias de “de-risking” permite construir ecosistemas productivos que ningún país podría sostener en solitario. La administración Biden siguió este camino, aunque pasos recientes han debilitado esa alineación. Recuperar la confianza de los aliados y reforzar la diplomacia tecnológica será tarea de varios años.
Por último, el éxito no depende solo de inventar y producir: debe garantizarse la difusión de las innovaciones en toda la economía y el aparato de seguridad nacional. El caso soviético demuestra que el estancamiento ocurre cuando la adopción masiva de nuevas tecnologías falla, incluso si la invención está presente.
Protección activa: comercio, exportaciones y ciberseguridad
Promover la innovación y la manufactura avanzada es necesario, pero no suficiente para asegurar una base tecnoindustrial resistente. La nueva estrategia estadounidense precisa mecanismos activos de protección frente a prácticas desleales y amenazas tecnológicas.
Una de las prácticas más frecuentes es el “dumping”: China inunda los mercados globales con productos excedentes a precios por debajo del mercado, forzando la salida de competidores mientras sus empresas mantienen el dominio. Para contrarrestar esta táctica, Estados Unidos debe aplicar aranceles sectoriales dirigidos, enfocados en bienes estratégicos como vehículos eléctricos y semiconductores, sin extenderse al conjunto de la economía china. Otros países, incluidos algunos tradicionalmente distantes de Washington como Brasil, también están adoptando medidas similares contra la sobrecapacidad china.
Otro frente crítico es la protección de tecnologías avanzadas frente a usos indebidos o transferencia forzada. Los semiconductores avanzados son el núcleo de la ventaja estratégica en inteligencia artificial y otras áreas científicas y militares. Un desacoplamiento total con China sería contraproducente: la circulación de bienes no sensibles como productos agrícolas o de consumo básico ha beneficiado a las familias estadounidenses. Sin embargo, relajar los controles de exportación sobre capacidades sensibles equivaldría a perder voluntariamente una de las ventajas más decisivas.
La política más efectiva es la llamada “small yard, high fence”: seleccionar cuidadosamente las tecnologías que se protegerán (el “patio pequeño”) y blindarlas con restricciones estrictas (la “valla alta”). Así actuó la administración Biden con los controles sobre chips avanzados, equipos de biotecnología y restricciones a la inversión estadounidense en la producción de tecnologías sensibles en China, como la computación cuántica.
La protección debe extenderse a los datos y las infraestructuras críticas frente a la infiltración de actores estatales chinos. La amenaza es real: grupos patrocinados por el Estado chino han logrado insertar malware en redes informáticas estadounidenses. Para proteger a la ciudadanía y a las empresas, Washington debe distinguir el nivel de amenaza según el tipo de tecnología involucrada, desde grúas y drones recreativos hasta electrodomésticos vinculados a sistemas chinos, identificando los riesgos de manipulación o vigilancia extranjera.
Innovación militar y disuasión
La innovación militar es un pilar esencial para disuadir conflictos de gran escala, particularmente en escenarios como el Estrecho de Taiwán, donde una guerra desencadenaría un impacto económico global sin precedentes. La prioridad militar de Estados Unidos debe ser evitar que ocurra una confrontación de este tipo, y su éxito dependerá en gran medida de la capacidad para adoptar y desplegar tecnologías de frontera a mayor velocidad.
En el entorno actual, la cantidad y el bajo costo de drones aéreos, vehículos no tripulados y sensores distribuidos son determinantes para aumentar el coste de un ataque enemigo, mientras que las capacidades tradicionales, como los ataques de precisión a larga distancia y los sistemas de desminado, siguen siendo relevantes. Es indispensable actualizar los conceptos operativos y los marcos de mando y control para que las fuerzas estadounidenses y sus socios puedan detectar, maniobrar y responder bajo ataques masivos de misiles o ciberataques.
La inteligencia artificial ocupa una posición central en esta transformación. Los sistemas de IA ya optimizan la logística, el análisis de inteligencia y la detección de vulnerabilidades cibernéticas, y cada vez más influyen en la planificación y el entrenamiento militar. China, por su parte, está integrando capacidades de IA para contrarrestar las ventajas tradicionales estadounidenses, especialmente en concienciación situacional y logística.
Estados Unidos debe acelerar la integración de IA en la seguridad nacional, lo que exigirá cambios culturales y organizativos, así como nuevos protocolos para la adquisición y el trabajo conjunto entre humanos y máquinas. El desarrollo de estos sistemas debe priorizar el uso responsable y ético de la IA militar, estableciendo normas claras para evitar abusos, como la vigilancia masiva o el empleo de armas autónomas letales. Este enfoque ético supone un desafío adicional, pues adversarios como China no necesariamente se limitarán por las mismas reglas.
La innovación militar eficaz no puede sustentarse solo en capacidades propias. Es vital construir una defensa en red, integrando tecnologías avanzadas en las fuerzas armadas de los aliados para multiplicar el poder colectivo. Iniciativas como AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) ilustran este modelo como acelerador tecnológico, facilitando la transferencia y el despliegue de capacidades en navegación cuántica y guerra submarina. OTAN también ha lanzado plataformas propias de aceleración de innovación en defensa.
Difusión internacional de estándares y arquitectura digital
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos diseñó una arquitectura internacional de comercio, leyes y estándares que permitió condiciones de seguridad y prosperidad compartidas. El éxito de ese sistema residió en que el resto del mundo decidió suscribirlo y expandirlo. Hoy, el desafío tecnológico también pasa por lograr esa adopción global.
China ya exporta su propia infraestructura digital a buena parte del mundo en desarrollo, combinando hardware de telecomunicaciones, servicios en la nube, sistemas de vigilancia y plataformas de pago, todo ello financiado con condiciones atractivas. Esta oferta prioriza el control estatal, la censura y la vigilancia, exportando en la práctica un sistema operativo para el autoritarismo.
Estados Unidos debe ofrecer una alternativa superior. Si la economía digital global se construye sobre una base tecnológica estadounidense —desde la arquitectura de la nube y el diseño de chips hasta los protocolos de seguridad—, los valores democráticos pueden incorporarse en el funcionamiento básico del siglo XXI. Ceder esa posición permitiría a regímenes autoritarios controlar los canales del comercio y la comunicación mundial, con consecuencias para la vigilancia encubierta, la extracción de datos y la manipulación informativa.
Ganar esta competencia de difusión requiere una diplomacia comercial a gran escala. El gobierno estadounidense puede asociarse con empresas nacionales para facilitar el acceso mundial a su tecnología, ofrecer financiamiento competitivo y asistencia técnica, y fortalecer alianzas empresariales, especialmente en regiones donde China ya provee paquetes tecnológicos integrados.
En este escenario, los estándares y la gobernanza son tan importantes como el hardware. Las reglas y protocolos internacionales determinan la interoperabilidad de los sistemas, el manejo de datos y la gestión de riesgos. Estos estándares, definidos por organismos multilaterales, moldean la evolución tecnológica futura, desde la seguridad en IA y la privacidad de datos hasta la biotecnología.
Estados Unidos necesita liderar estos foros internacionales, no retirarse de ellos. Debe impulsar la creación de evaluaciones estándar para sistemas de IA, probando su funcionamiento y posibles fallos antes de su despliegue real. En biología sintética, la convergencia con IA exige protocolos comunes de control, alertas ante incidentes y límites claros sobre aplicaciones peligrosas.
Contrario a quienes afirman que el énfasis en la seguridad ralentiza el avance tecnológico, la coordinación para garantizar la confianza y la fiabilidad permite avanzar con mayor rapidez. Cuando la adopción de nuevas capacidades tecnológicas se ve frenada por la incertidumbre, la falta de estándares adecuados genera cautela en gobiernos e industrias de todo el mundo. Por eso, Estados Unidos debe reforzar, y no disminuir, su liderazgo en la seguridad y gobernanza global de la IA y tecnologías emergentes.
Cooperación y estabilidad en la relación EEUU-China
Fortalecer las áreas de ventaja tecnológica debe ir acompañado de la creación de espacios para la estabilidad y la cooperación entre Estados Unidos y China. Este pilar no es accesorio, sino central: ambas potencias deben aprender a convivir, ya que ninguna va a desaparecer y una escalada descontrolada perjudicaría a todo el mundo.
La competencia tecnológica, especialmente en inteligencia artificial, presenta riesgos de proliferación peligrosa o pérdida de control. Por esta razón, en 2024, los presidentes Joe Biden y Xi Jinping alcanzaron un acuerdo para mantener el control humano en las decisiones sobre el uso de armas nucleares. Este tipo de consensos es clave para evitar escenarios catastróficos.
En el ámbito comercial, reducir la dependencia de insumos críticos podría derivar en represalias mutuas que dañen más de lo que beneficien. Por ejemplo, aunque la competencia en energías limpias y biotecnología es inevitable, ambos países deben mantener abiertos los canales de cooperación para enfrentar desafíos globales como el cambio climático o el desarrollo de tratamientos médicos avanzados. Del mismo modo, el fortalecimiento militar solo aumentaría el riesgo de conflicto si no va acompañado de comunicación estratégica y sostenida, especialmente en puntos sensibles como Taiwán.
El equilibrio entre competencia y colaboración no se resuelve mediante reglas automáticas: requiere ajustes constantes, ensayo y error, y aceptar cierta fricción. Sin embargo, existen señales de que es posible avanzar. La renovación en 2024 del Acuerdo de Cooperación en Ciencia y Tecnología entre ambos países —que incluye protección de propiedad intelectual y acceso recíproco a bases de datos y sitios de investigación— demuestra que la cooperación científica aún tiene espacio para crecer, incluso en un contexto competitivo.
El reto para los responsables de la política estadounidense es no dejarse llevar por extremos: ni caer en la confrontación absoluta ni en una acomodación ingenua. Mantener este equilibrio es difícil, pero indispensable para evitar una espiral de riesgos que afecte la seguridad y el bienestar global.
Ejecución: incentivos, capital y burocracia
Definir una estrategia tecnológica clara es solo el primer paso. El verdadero desafío para Estados Unidos reside en la ejecución, es decir, en cerrar la brecha entre las ambiciones estratégicas y la capacidad real de llevarlas a cabo.
Una dificultad clave es el desajuste de incentivos en los mercados de capital. Las firmas de Wall Street favorecen inversiones en software por su alta rentabilidad y escalabilidad, pero muestran poco interés en la producción industrial intensiva en capital y de menores márgenes. Si la asignación de recursos depende solo del mercado, los sectores estratégicos de hardware quedan desatendidos. El Estado debe intervenir usando herramientas como créditos fiscales, garantías y seguros de riesgo para hacer atractivas esas inversiones y asegurar la alineación entre capital privado y prioridades nacionales.
La ejecución también exige invertir en formación, movilidad y salarios. Es fundamental que el despliegue de maquinaria avanzada vaya acompañado de programas para que los trabajadores adquieran nuevas habilidades y puedan acceder a empleos mejor remunerados. De este modo, la transición tecnológica se convierte en una oportunidad para la clase trabajadora, no en una amenaza de sustitución.
Otro obstáculo es la burocracia interna. Estados Unidos ha construido un sistema en el que la prioridad es el proceso, no el resultado. Los permisos pueden demorar la construcción de nuevas infraestructuras durante años, la normativa de adquisiciones ahoga a las empresas innovadoras de defensa y la parálisis presupuestaria afecta a las agencias científicas. El exceso de controles otorga a muchos el poder de frenar proyectos, pero pocos tienen la capacidad real de impulsarlos.
La política estratégica solo tiene sentido si mejora el bienestar material de la clase media y trabajadora. Una estrategia de largo plazo, centrada en la soberanía tecnoindustrial, la disuasión militar y los estándares digitales democráticos, puede generar empleos de calidad, promover la inversión pública y absorber el impacto de la disrupción tecnológica, todo ello sin sacrificar derechos ni libertades civiles.
Este proyecto nacional exige décadas de trabajo sostenido. El objetivo no es solo ser los primeros en los nuevos descubrimientos, sino consolidar posiciones de ventaja estructural, alinear capital con estrategia y dotar a las instituciones de la capacidad y urgencia necesarias para actuar. Se trata de un esfuerzo definitorio para el país, uno en el que la sociedad estadounidense cuenta con los recursos y la determinación para triunfar.













