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El triste final de Julio de Grazia, el actor de ojos melancólicos que escondía su tristeza detrás de la sonrisa

El actor, una de las figuras más queridas y prestigiosas del cine argentino, fue trasladado de urgencia al Hospital Fernández. Durante tres días peleó por su vida. Finalmente, el 18 de mayo, murió a los 59 años

En la madrugada del 15 de mayo de 1989, mientras la Argentina amanecía sacudida por el resultado de unas elecciones presidenciales históricas y atravesaba una de las peores crisis económicas de su historia, una noticia estremeció al mundo del espectáculo: Julio De Grazia acababa de dispararse en la cabeza en su departamento de la calle Suipacha.

El actor, una de las figuras más queridas y prestigiosas del cine argentino, fue trasladado de urgencia al Hospital Fernández. Durante tres días peleó por su vida. Finalmente, el 18 de mayo, murió a los 59 años. Su final, tan inesperado para el público como devastador para sus seres cercanos, convirtió aquella tragedia en uno de los episodios más conmocionantes de la cultura argentina.

Julio De Grazia había nacido el 14 de julio de 1929 en la ciudad de Buenos Aires, dentro de una familia donde el arte formaba parte de la vida cotidiana

El triste final de Julio De Grazia

La imagen resultaba difícil de asimilar. De Grazia era el hombre que había hecho reír a generaciones enteras desde la pantalla. El actor de gestos únicos, mirada melancólica y una voz inconfundible capaz de pasar del grotesco a la ternura en segundos. El mismo que había quedado grabado para siempre en la memoria popular como Mojarrita, integrante inseparable de las películas de Los Superagentes junto a Ricardo Bauleo y Víctor Bó. O como el sufrido Jorge Musicardi en “Esperando la carroza”, la película de Alejandro Doria que terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural y donde compartió elenco con Antonio Gasalla, China Zorrilla, Luis Brandoni, Betiana Blum y Juan Manuel Tenuta, entre tantos otros grandes de la escena nacional.

Sin embargo, detrás de ese rostro popular existía un hombre extremadamente sensible, introspectivo y atravesado desde hacía tiempo por fuertes cuadros depresivos que muy pocos conocían en profundidad.

Julio De Grazia había nacido el 14 de julio de 1929 en la ciudad de Buenos Aires, dentro de una familia donde el arte formaba parte de la vida cotidiana. Su hermano Alfonso también desarrollaría una destacada carrera como actor, aunque Julio fue quien primero encontró en la actuación una vocación definitiva. En 1953 egresó del Conservatorio Nacional de Arte Dramático y rápidamente comenzó a abrirse camino en el teatro independiente y oficial, trabajando bajo las órdenes de directores prestigiosos y formando parte de varios de los elencos que marcaron una época.

Julio De Grazia era Mojarrita en Los Superagentes, en clásico del cine de la década del 80. En la imagen, junto a Ricardo Bauleo y Víctor Bó

De Grazia, el “peón del teatro”

Nunca se sintió una estrella. Por el contrario, repetía constantemente una frase que resumía su filosofía frente al oficio: “Soy un peón del teatro”. Esa humildad fue una de las características que más destacaban quienes trabajaron con él. No concebía la actuación desde el divismo, sino desde el trabajo artesanal. Observaba obsesivamente a las personas, sus silencios, sus movimientos y sus miserias cotidianas para construir personajes profundamente humanos.

Esa capacidad interpretativa lo convirtió en uno de los actores más versátiles de su generación. Podía moverse con absoluta naturalidad entre la comedia popular, el drama político, el policial negro o el grotesco criollo. A lo largo de su carrera participó en más de sesenta películas y dejó huella en títulos fundamentales del cine argentino como “Tiempo de revancha”, “Plata dulce”, “No habrá más penas ni olvido”, “El desquite”, “Últimos días de la víctima”, “La parte del león”, “Tacos altos”, “El arreglo” y “Correccional de mujeres”, entre muchas otras.

Su popularidad masiva llegó de la mano del cine comercial y de la televisión, donde se transformó en un rostro familiar para millones de argentinos. Participó en ciclos emblemáticos como “Operación Ja-Ja”, “Polémica en el bar”, “El soldado Balá”, “Disparate S.A.”, “Stress”, “Vínculos” y “Un departamento de comedia”. Esa rara combinación entre prestigio artístico y llegada popular era algo que pocos actores conseguían mantener al mismo tiempo. De Grazia lo había logrado.

Su popularidad masiva llegó de la mano del cine comercial y de la televisión

Problemas personales

Pero mientras su carrera seguía creciendo, su mundo personal atravesaba momentos complejos. Meses antes de su muerte se había reconciliado con su esposa, María Estela Lorca, crítica de cine y una figura muy importante en su vida. La relación había atravesado conflictos y separaciones, situación que también generaba tensiones familiares, especialmente con su hermano Alfonso, quien nunca ocultó sus diferencias con ella. Tras la muerte de Julio, esas heridas internas quedaron todavía más expuestas.

El periodista Guillermo Blanc recordó años más tarde una frase que circuló en aquellos días: De Grazia habría comentado que si Carlos Menem ganaba las elecciones presidenciales de 1989, él se suicidaría. El dato siempre quedó envuelto en versiones cruzadas y jamás pudo saberse cuánto hubo de declaración política, cuánto de desesperación emocional y cuánto de una depresión que ya venía avanzando silenciosamente.

Lo cierto es que el domingo 14 de mayo de 1989 Carlos Menem derrotó al radical Eduardo Angeloz en las urnas y horas más tarde, durante la madrugada, De Grazia tomó un revólver calibre 38 y se disparó en la frente. La noticia impactó de lleno en el ambiente artístico y político. Mientras el país seguía minuto a minuto la crisis económica y el cambio de gobierno que se avecinaba, las radios y canales de televisión interrumpían sus programaciones para informar sobre el estado de salud del actor.

A lo largo de su carrera participó en más de sesenta películas

La agonía de Julio De Grazia

Desde el Hospital Fernández, el doctor Claudio Goldini, jefe de terapia intensiva, explicó ante los medios que De Grazia había ingresado con una grave herida de arma de fuego en el cráneo. Fue intervenido quirúrgicamente de inmediato para evacuar hematomas y estabilizarlo, pero el cuadro era crítico. Permaneció en coma profundo durante tres días. El 18 de mayo, finalmente, su corazón dejó de resistir.

La conmoción fue enorme porque De Grazia era una figura profundamente querida dentro del ambiente artístico. Sus compañeros hablaban de un hombre generoso, culto, irónico y extremadamente sensible. También de alguien que cargaba una tristeza difícil de combatir. Muchos coincidían en que esa melancolía aparecía incluso en sus personajes, como si una parte de sí mismo siempre quedara expuesta frente a cámara.

El velatorio reunió a actores, directores, productores y cientos de admiradores anónimos. Sus restos fueron sepultados en el Panteón de la Asociación Argentina de Actores del cementerio de la Chacarita. Había pedido expresamente que no enviaran flores y que ese dinero fuera destinado a instituciones benéficas como la Casa del Teatro y el Hospital de Niños, un gesto que volvió a retratar su personalidad austera y solidaria.

Sus restos fueron sepultados en el Panteón de la Asociación Argentina de Actores del cementerio de la Chacarita

Paradójicamente, atravesaba un momento profesional muy intenso. Venía de filmar “Billetes, billetes”, “Sonrisas de New Jersey” y “Ojos azules”, además de seguir acumulando proyectos. También había cumplido uno de sus grandes sueños: dirigir cine. Aunque hablaba poco de sus ambiciones personales, quienes lo conocían bien aseguran que deseaba consolidarse detrás de cámara y explorar una faceta más autoral.

Había algo profundamente lúcido en su manera de entender la fama. “El éxito es efímero y nosotros también”, repetía con frecuencia. La frase, escuchada muchas veces como una reflexión más dentro del ambiente artístico, terminó adquiriendo una dimensión dolorosamente premonitoria.

Con el paso del tiempo, la figura de Julio De Grazia se volvió todavía más grande. “Esperando la carroza” se convirtió en un clásico absoluto del cine argentino y sus escenas siguen atravesando generaciones. Sus trabajos dramáticos son estudiados como ejemplos de composición actoral y su presencia continúa viva en cada reposición televisiva, en cada archivo recuperado y en la memoria afectiva del público.

Porque De Grazia pertenecía a esa clase de actores capaces de hacer algo extraordinario con apariencia de simpleza. Nunca necesitó grandilocuencia para conmover. Le alcanzaba una mirada, una pausa o un gesto mínimo para construir verdad. Y quizás por eso su ausencia todavía duele tanto: porque detrás del actor popular, del hombre que hizo reír a millones, había un artista inmenso que entendió como pocos las contradicciones, la tristeza y la humanidad del público. Y la suya propia.