
Cumpleaños de 65. Tragos, temas ochentosos sonando fuerte y cuatro mujeres atacando la mesa dulce mientras se ponen al día sobre sus hijos: trabajos, ciudades y proyectos distintos. Pero un punto en común: sin planes de tener hijos. La charla duró diez minutos y alcanzó para pasar de “¿en qué andan los tuyos?” a teorías sobre la baja natalidad y a una pregunta con nostalgia anticipada: ¿y si nunca somos abuelas?
Por suerte, una salvó el clima pachanguero: “Yo ya me decreté abuela: al perro de mi hija le digo nieto”. Otra subió la apuesta: “No desesperemos, en cualquier momento sale a la venta el nieto robot con inteligencia artificial”. Nos reímos y volvimos a la pista al ritmo de Los Twist. Pero la pregunta quedó ahí: si tener hijos dejó de ser destino, ¿ser abuelos también?
Hay datos hasta que entran en la casa. Hasta que dejan de hablar de “la población” y empiezan a hablar de nosotros. De las conversaciones familiares. De las expectativas que nadie firmó, pero muchos dieron por hechas.
La baja natalidad es uno de esos datos.
Solemos leerla como tendencia demográfica, preocupación previsional o tema de agenda pública. Pero por debajo de esa discusión corre otra, más íntima y menos dicha: cada vez más personas mayores no serán abuelas ni abuelos. Nunca.
En una publicación de la Revista del Hospital Italiano de Buenos Aires, Sebastiani y Discacciati plantean una idea sobre la caída de los nacimientos y el lugar de las personas mayores dentro de la familia: la caída de los nacimientos no solo modifica la estructura demográfica; también redefine el lugar de las personas mayores dentro de la familia.
Los datos argentinos que citan indican: más del 57% de los hogares del país no convive con niños o adolescentes. Hace tres décadas, ese número era del 44%. El 12% de la población tiene más de 60 años y muchas de esas personas no llegarán a tener nietos.

Ahí está el punto: la baja natalidad no solo cambia la pirámide poblacional. Cambia el calendario emocional de la vida.
Durante generaciones, la abuelidad funcionó como un hito que parecían venir incorporados al guión. Se crecía, se trabajaba, se formaba una familia, los hijos crecían, los hijos tenían hijos, y la vejez abría una nueva escena de sentido: cuidar sin criar, transmitir sin mandar, amar con otra libertad. Ese recorrido ya no está asegurado.
Naciones Unidas estima que la fecundidad mundial cayó de 3,31 nacidos vivos por mujer en 1990 a 2,25 en la actualidad. Menos nacimientos. Más postergación. Más decisiones de no maternar ni paternar. Más vidas que no siguen aquel viejo orden de estudiar, trabajar, casarse, tener hijos, jubilarse y hamacar nietos.
Hoy el mapa es otro, aunque muchas expectativas sigan paradas en el territorio anterior.
Durante mucho tiempo, tener hijos fue menos una decisión que una estación del recorrido. Se llegaba ahí. Como se llegaba a la adultez, al primer trabajo, a la casa propia o a la jubilación. La vida avanzaba por casilleros reconocibles, casi administrativos. Hoy ese tránsito se volvió más incierto.
No hay una causa única para explicar la baja natalidad. Sería cómodo, pero pobre. No alcanza con decir que los jóvenes le huyen al compromiso, que priorizan la carrera o que el bolsillo no da. Todo eso puede estar, claro, pero aparece mezclado, superpuesto, a veces en tensión.
Hay jóvenes que no quieren tener hijos. Punto. El centro de investigación estadounidense Pew Research Center muestra que, entre los adultos estadounidenses menores de 50 sin hijos que ven improbable la paternidad o maternidad, una mayoría da una razón directa: no desean ser padres. También están quienes sí quisieran, pero no pueden —o no todavía—, y ahí el Fondo de Población de las Naciones Unidas viene marcando una diferencia: la verdadera crisis no es solo que nazcan menos bebés, sino que muchas personas no logran tener la familia que desean. A eso se suma una capa menos fácil de medir, pero muy concreta: economías inestables, alquileres imposibles, trabajos frágiles, crisis climática y una pregunta que pesa cada vez más: ¿cómo proyectar una crianza cuando el futuro se siente tan poco garantizado?
Tener hijos dejó de ser “lo natural” y pasó a ser un proyecto que necesita condiciones. Deseo, sí. Pero también tiempo, dinero, red, vivienda, pareja posible, horizonte.
Cuando esas condiciones no aparecen —o cuando la elección es otra— no cambia solamente la vida de quienes no tendrán hijos. Se mueve la genealogía completa. Tocamos una ficha y cambia todo el tablero.

La pérdida simbólica de no ser abuelos
Acá aparece una palabra: duelo.
No hablamos de la muerte de alguien que existió. Hablamos de otra cosa: de un futuro imaginado que no llega. De un rol esperado que no se concreta. De una escena de la vejez que muchas personas daban por descontada y que, de pronto, queda fuera del horizonte.
Eso también es una pérdida. Una pérdida simbólica.
Muchos padres de la generación baby boomers y de la primera generación X construyeron parte de su idea de vejez alrededor de la abuelidad. Tal vez nunca lo dijeron así. Tal vez nunca pensaron “mi identidad futura depende de tener nietos”. Pero la fantasía estaba. En las conversaciones con amigos. En la foto mental del living. En el deseo de ver a los hijos criar. En la idea de continuidad. En ese “después de mí” que parecía venir incluido.
Cuando ese relato se frustra, no falta solamente una criatura en la casa. Falta un organizador de identidad.
La psicología ofrece conceptos para leer esta experiencia. Pauline Boss habló de pérdida ambigua: ausencias sin cierre claro, difíciles de procesar porque no hay un hecho definitivo que clausure el duelo. Kenneth Doka desarrolló la idea de duelo no legitimado: un dolor que no siempre encuentra reconocimiento social y que, por eso mismo, muchas veces se vive en silencio, con culpa o vergüenza.
¿Cómo se dice “me duele no tener nietos” sin que suene a reproche? ¿Cómo damos lugar a esa tristeza sin ponerla sobre la espalda de los hijos? ¿Cómo procesamos una expectativa rota cuando la decisión no nos pertenece?
La segunda oportunidad que no llega
Para muchas personas, la abuelidad representaba una especie de segunda oportunidad de maternidad o paternidad, pero sin la responsabilidad cotidiana de la crianza. Mimar. Acompañar. Jugar. Transmitir. Hasta malcriar un poco. Estar cerca de la infancia sin volver a cargar con todo el peso de educar, poner límites, pagar colegios o resolver la logística diaria.
La abuelidad no condensa solo ternura. También condensa vitalidad.
Ser abuelo o abuela permite seguir participando del futuro. Estar cerca de lo nuevo. Sentirse convocado. Tener una función reconocida en la segunda mitad de la vida, justo cuando otros roles se transforman: la carrera, la pareja, el cuerpo, la identidad laboral. Un nieto puede ofrecer una nueva escena de pertenencia. Una respuesta concreta a una pregunta enorme: ¿dónde pongo ahora mi energía de cuidado?
Cuando no hay nietos, esa energía queda sin destino evidente. A veces se vuelve amargura, creatividad o silencio.
El “abuelo funcional” se queda sin libreto
Sebastiani y Discacciati ponen sobre la mesa una idea: la figura del abuelo funcional está siendo reemplazada por nuevos modelos familiares.
El abuelo funcional —y, mucho más todavía, la abuela funcional— fue durante décadas una pieza clave del engranaje familiar. Cuidaba nietos, ayudaba a los hijos, sostenía traslados, meriendas, emergencias, tareas escolares, enfermedades, vacaciones, horarios imposibles. Había amor. También trabajo no remunerado. Pero también había trabajo no remunerado. Trabajo invisible. Trabajo profundamente feminizado.
La abuela disponible. La que puede. La que resuelve. La que no dice que no porque “para eso está”. La que acomoda su agenda, posterga su descanso, cancela su curso, su viaje o su deseo porque la logística familiar la necesita.

Ese modelo empieza a crujir por varios lados. Hay menos niños. Más hogares sin chicos. Hijos que viven lejos. Familias más pequeñas, más móviles, más diversas. Vínculos mediados por pantallas. Y, al mismo tiempo, personas mayores que también reclaman proyectos propios, tiempo libre, aprendizaje, trabajo, deseo, comunidad.
La vejez ya no queda definida por su utilidad doméstica.
Entonces aparece una de las grandes preguntas de la longevidad contemporánea: si no soy abuelo o abuela, o si no quiero ser un abuelo funcional, ¿desde dónde construyo sentido, pertenencia y legado?
Abuelos de mascotas: una postal que dice mucho
Un fenómeno de esta época son los “abuelos de mascotas”.
Perros y gatos ocupan un lugar cada vez más central en las nuevas formas de familia. No, un animal no reemplaza a un niño. Pero algo del afecto y de la práctica del cuidado se está reubicando.

Algunos padres de hijos sin hijos encuentran en la mascota una zona de participación posible. Compran abrigos, pagan veterinarios, preguntan por el perro, cuidan durante un viaje, mandan fotos, sostienen una conversación cotidiana sin entrar de lleno en el conflicto por la no procreación.
En una cultura donde la abuelidad biológica ya no está garantizada, el afecto busca rendijas. Y el mercado, como siempre, llega rápido para empaquetarlas.
Vidas no lineales, duelos nuevos
Los hitos compartidos nos organizaban. Nos permitían anticipar, compararnos, imaginar futuro. Si mis amigos eran abuelos, yo también lo sería. Si mis padres tuvieron nietos, yo también tendría. Si mis hijos crecían, después vendría “esa” etapa.
Pero ahora no necesariamente.
Cuando los casilleros comunes desaparecen, cada persona queda obligada a construir sentido con menos instrucciones. También en la madurez. También en la vejez. También en la relación con los hijos adultos. La abuelidad trunca no es una anécdota menor de living. Es una postal nítida de este siglo.
La conversación es delicada porque nos obliga a sostener dos verdades que pueden convivir, pero no confundirse. Los hijos tienen derecho a decidir si quieren o no tener hijos. Esa decisión les pertenece. No se negocia con la expectativa de los padres, ni con el apellido, ni con la fantasía de continuidad. Y, al mismo tiempo, los padres pueden sentir tristeza si la abuelidad que imaginaron no llega. Ese dolor no merece burla. Tampoco debería convertirse en presión.
La invitación es a nombrar la pérdida sin transformarla en demanda. Validar duelos que existen. Ensanchar la idea de herencia más allá del árbol genealógico.
La pregunta no es si vamos a comprar mochilas escolares o cambiar pañales en la vejez. La pregunta es otra: ¿qué hacemos con nuestra necesidad de dejar huella cuando los viejos libretos familiares ya no alcanzan?
Tal vez la madurez de esta época consista en aceptar que el mapa cambió y animarnos a dibujar nuevas coordenadas para seguir perteneciendo, cuidando y dejando marca. Porque dejar huella ya no depende solo de tener descendencia: depende de qué hacemos con la vida que todavía tenemos por delante.













