
De acuerdo con datos del Registro Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (ReNaTEP), más de tres millones de personas en Argentina desarrollan actividades de autoempleo en rubros como ferias, producción textil, gastronomía y servicios, en muchos casos como principal fuente de ingresos.
Este fenómeno se vincula con las dificultades de inserción laboral de los jóvenes. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la desocupación juvenil triplica la de los adultos y cerca del 60% de quienes tienen empleo lo hacen en condiciones de informalidad. En ese contexto, el autoempleo y los emprendimientos de escala barrial se consolidan como una alternativa para generar ingresos.
Además del aspecto económico, los jóvenes valoran la posibilidad de organizar sus tiempos, desarrollar actividades vinculadas a sus intereses y construir un proyecto propio. Sin embargo, estos procesos suelen enfrentar limitaciones estructurales, como el acceso a capacitación, financiamiento y redes de apoyo que permitan sostener y hacer crecer los emprendimientos.
El camino de Celeste
Celeste Mercado tiene 28 años, vive en Villa Soldati y lleva adelante Alma Bella Marroquinería, un emprendimiento de productos textiles y accesorios en el que diseña y confecciona cada pieza. Hoy, su trabajo se reparte entre la producción y la venta en ferias, donde traslada materiales y productos en cada jornada.
Su vínculo con el oficio comenzó en la infancia. “Es como un lazo con mi abuela paterna, que me enseñó a coser desde los 8 años”, cuenta. “Mi abuela era muy independiente, viajaba, era libre. Creo que de ahí viene todo esto”, dice. Ese recuerdo no solo aparece como aprendizaje técnico, sino como una forma de entender el trabajo y la vida. “Para mí, emprender es libertad. Es poder crear, diseñar y elegir lo que quiero ser”, explica.
Nació en San Miguel de Tucumán, en el barrio Lola Mora, y se mudó a la Ciudad de Buenos Aires hace cinco años. Antes de emprender, su proyecto de vida estaba en el fútbol: jugó entre los 17 y los 23 años en el club San Jorge, con la intención de convertirse en jugadora profesional.
En paralelo, trabajaba para contribuir a la economía familiar: administraba una quiniela y estaba a cargo de su funcionamiento diario. Esa experiencia marcó un primer aprendizaje. “Ahí me di cuenta de que podía hacer funcionar un negocio, pero uno propio”, recuerda.

El punto de quiebre llegó con una lesión. La rotura de ligamentos la obligó a dejar el fútbol y a replantearse su futuro. “Fue un golpe duro. Ahí entendí que quería otra cosa para mi vida”, cuenta.
A partir de entonces comenzó a explorar el camino del autoempleo. Su primer proyecto propio fue la venta de mates personalizados. Sin embargo, su vínculo con el trabajo independiente venía de antes: sus padres se dedican a la venta ambulante y, desde chica, los acompañó en esa actividad. Durante la pandemia, cuando los ingresos se redujeron al mínimo, encontró junto a ellos una salida en la producción de productos textiles: cosían y vendían bolsos, pantalones y otros productos para sostenerse.
Hace cinco años, Celeste se mudó a la Ciudad de Buenos Aires en busca de nuevas oportunidades. Hoy es su propia jefa en Alma Bella Marroquinería, donde se encarga de todo el proceso: desde los bocetos hasta el producto final. En paralelo, continúa formándose. Desde su llegada a la ciudad realizó cursos en áreas como jardinería, mecánica de bicicletas, fotografía y diseño gráfico, tanto de manera presencial como online. “Siempre busco cursos gratuitos que me permitan ampliar mis conocimientos, sumar competencias y profesionalizarme cada vez más”, cuenta.
Con el tiempo, su emprendimiento fue creciendo. “Me está yendo bien y cada vez produzco más”, señala. Además, cada vez más personas la reconocen en las ferias y buscan sus productos, algo que —según cuenta— representa un avance importante para su proyecto.
El desarrollo de su emprendimiento no solo transformó su rutina, sino también su entorno más cercano. Sus padres en un principio no querían que siguiera ese camino. Conocían de cerca las dificultades del trabajo en la calle: la inestabilidad, el clima, el esfuerzo constante.
Sin embargo, con el tiempo y los avances de su proyecto, esa mirada empezó a cambiar. A medida que su emprendimiento fue consolidándose, también lo hizo su confianza. “Hoy les hice entender que puedo más, que esto me va a abrir muchas oportunidades”, dice.
Ese proceso también tuvo impacto en su vida personal. Actualmente vive con su pareja, que es peluquera, y logró empezar a proyectar objetivos que antes no imaginaba posibles. Entre ellos, avanzar en la construcción de su propia casa.
En paralelo, Celeste empieza a mirar más allá de su propio emprendimiento. Su objetivo inmediato es contar con un local propio, para dejar atrás la dinámica de las ferias y el traslado constante de materiales. Sabe que no es un paso sencillo, especialmente por los costos actuales, por eso piensa alternativas intermedias, como compartir un espacio con otras emprendedoras.
Pero su proyección va más allá. A futuro, imagina un espacio colectivo. “Me veo teniendo una cooperativa con mujeres que quieran aprender y salir adelante”, cuenta. La idea no es solo producir, sino también enseñar. “Me gustaría transmitir lo que sé, sobre todo en diseño y moldería, a personas que no tienen acceso a formación”.
En ese recorrido, Celeste vuelve a una idea que atraviesa toda su historia: la búsqueda de autonomía. Emprender, para ella, no es solo una salida laboral, sino una forma de construir un proyecto propio y proyectar nuevas posibilidades.

La importancia de tender redes
En 2025, Celeste participó del programa Emprendiendo de la Fundación EMPUJAR, al que llegó a través de otra emprendedora. Allí incorporó herramientas para ordenar su negocio. “Aprendí a sacar costos, hacer cálculos, llevar el control del stock y de la producción. También conocí personas que me acompañaron y hoy en día me siguen preguntando cómo va mi emprendimiento.” cuenta. Además, pudo aplicar a un capital semilla, con el que adquirió una máquina de coser recta que le permitió seguir creciendo con su producción.
A través de sus programas, la Fundación EMPUJAR trabaja con jóvenes de 18 a 28 años, de contextos vulnerables, brindando herramientas de formación, gestión y desarrollo personal para fortalecer sus proyectos productivos. Una vez finalizada la etapa de capacitación, los participantes pueden postularse a una segunda fase en la que reciben un apoyo económico no reembolsable para impulsar sus emprendimientos.
En este marco, la organización se prepara para lanzar el 25 de abril la quinta edición del programa Emprendiendo, con el objetivo de acompañar a 50 nuevos jóvenes en el desarrollo de sus proyectos. Las inscripciones se encuentran abiertas a través de su sitio web oficial https://fundacionempujar.org/emprendiendo/.
Mientras Celeste sigue avanzando con su emprendimiento y proyecta su propio local, su historia —como la de muchos otros jóvenes que atraviesan este proceso— refleja cómo el acceso a formación y acompañamiento puede convertirse en un punto de inflexión para el desarrollo de proyectos productivos.
Como ella, cada vez más jóvenes encuentran en el emprendedurismo una forma de generar ingresos y construir su propio camino, en un contexto donde las oportunidades laborales formales siguen siendo limitadas.













