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Viaje a los bosques argentinos que no se ven: el proyecto que impulsa la cosecha de algas marinas en el mar patagónico

Los bosques de macrocystis se observan sobre todo en Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Cada ejemplar del alga puede medir hasta sesenta metros. Foto: Cristian Lagger / Fundación Por El Mar

Enviada especial a Santa Cruz. Desde lejos no se ven. O, más bien, parecen esos manchones sombreados que aparecen en la superficie del mar cuando se dibujan algunas nubes en el cielo. Pero alcanza con acercarse un poco para empezar a tomar dimensión de lo que en realidad asoma en la superficie y viene de las profundidades del mar de la Patagonia.

Al tacto son un poco rugosas y otro poco viscosas, como si el agua salada las envolviera en una película resbaladiza. De un verde que podría servir para confeccionar ropa camuflada. Pueden medir, cada una, hasta sesenta metros y vivir unos cinco años. Su vida se vincula con la vida de nada menos que otras 94 especies que van y vienen por el mar de nuestro país, especialmente, a la altura de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

Se llaman macrocystis pyrifera, pero también se las conoce con un nombre mucho más sencillo: cachichuyo. Son algas nativas de la costa argentina que forman enormes bosques submarinos que, entre muchas otras cosas, ayudan a mitigar el cambio climático porque absorben carbono. Además, son el ecosistema perfecto para que especies como la centolla, los calamares y algunos tipos de tiburón alojen sus huevos, y para el crecimiento de otras especies vegetales y de hongos.

Son, incluso, una parada habitual para las ballenas que van y vienen por el sur argentino: aún está en estudio si se refriegan contra las larguísimas algas para rascarse o simplemente para jugar. Para entretenerse un rato en medio de esos larguísimos vegetales que crecen debajo del agua.

En los últimos cincuenta años, los bosques de macrocystis se redujeron casi 40% en el mundo. Los de Argentina, por ahora, están sanos. Foto: Cristian Lagger / Fundación Por El Mar

No sólo en Argentina crece la macrocystis. También hay una gran presencia de la especie en las costas de Estados Unidos, en África y en Nueva Zelanda. Allí donde el agua está fría, el ambiente es propicio para su desarrollo. Pero el calentamiento global, que entre otros efectos, aumenta la temperatura de los mares, impactó en la población mundial de macrocystis. En los últimos cincuenta años, los bosques submarinos protagonizados por este alga retrocedieron un 38% a nivel global. No es el caso de los bosques argentinos, que, al menos por ahora, se mantienen sanos.

Una granja metida en el mar

Puerto San Julián, en la provincia de Santa Cruz, es un pueblo de alrededor de 12.000 habitantes que queda entre Río Gallegos y Comodoro Rivadavia. Allí se llevó a cabo la primera misa católica en lo que sería el territorio argentino, allí resistió un motín Fernando de Magallanes, y allí por primera vez los europeos llamaron “patagones” a los nativos: ese sería el primer paso para que toda la región, a ambos lados de la Cordillera de los Andes, se denomine Patagonia.

Ahora mismo, medio milenio después de aquella primera misa, San Julián es la sede de una investigación y experimentación científica que tiene al cachichuyo en el centro de la escena. “Lo que nos propusimos es hacer un proyecto que tenga al alga nativa de nuestras costas como protagonista, y que sea un proyecto productivo y, a la vez, sustentable, sin dejar de lado la conservación de la especie”, explica Mariano Bertinat, ingeniero especializado en recursos naturales renovables y coordinador para Santa Cruz de la Fundación Por El Mar, que lleva a cabo el proyecto granjas submarinas de macrocystis en las costas de San Julián.

“Sabemos que el alga puede tener distintos usos, y que puede tener un interés comercial. Creemos, incluso, que las granjas de cultivo de macrocystis pueden convertirse en una posible salida laboral para la población local. Pero para que eso suceda sin alterar el ambiente, hay que hacerlo pensando en un cultivo sustentable, que no se lleve puestos los bosques que tenemos en nuestro mar”, define Bertinat.

Para el suelo y para el ganado

La marea de San Julián es especialmente variable. El nivel del mar puede subir o bajar seis, diez o hasta doce metros en un mismo día. Y sin embargo, Por El Mar eligió este rincón santacruceño porque, como su orilla es parte de una gran bahía, las corrientes marinas -esa fuerza imparable- llegan atenuadas. La bahía es una barrera de contención ante el feroz mar patagónico.

La primera cosecha de la investigación se produjo hace apenas dos meses en Puerto San Julián, Santa Cruz. Foto: Ailín Peirone / Fundación Por El Mar

Cerca de la orilla -y de la base de operaciones que tiene Por El Mar en esta localidad-, crecen los cultivos de macrocystis con los que la fundación viene haciendo diferentes pruebas desde hace un año aproximadamente. Sembrar y cosechar algas que crecen más allá de los ejemplares que ya existen y se desarrollan en la bahía permite hacer pruebas sin alterar la presencia de los bosques marinos que ya existían en la zona.

“En principio, estamos investigando dos posibles destinos productivos para la cosecha de macrocystis. Por un lado, un extracto líquido que se obtiene de las algas y que sirve como bioestimulante para los cultivos. No es en sí un fertilizante, no es que aporta un componente nuevo, pero sí puede ayudar a potenciar los elementos que ya tiene el suelo”, describe Bertinat. Santa Cruz es una de las zonas argentinas más afectadas por la desertificación del suelo.

El otro uso productivo en el que piensan en Por El Mar tiene que ver con cultivar macrocystis de las granjas y utilizarlas como materia prima para pellets, es decir, alimento concentrado para el ganado. En Santa Cruz, por lejos, el ganado predominante es el ovino, y las condiciones climáticas impactan directamente en las pasturas. Es en ese contexto que se buscan alternativas.

El pescador que vuelve al agua

El primer trabajo que tuvo Jonathan Behm, nacido y criado en San Julián hace algo menos de cuarenta años, fue limpiar cajones de pescado a cambio de un peso cada uno. Pertenece a la cuarta generación de una familia de pescadores: según la temporada, sacaba pejerrey y róbalo de la bahía de su pueblo, o trucha de un lago a unos trescientos kilómetros de su casa.

Aprendió el oficio, sobre todo, de sus tíos maternos. Su abuelo murió ahogado en medio de una tormenta, pero nada frenó el destino que une a su estirpe con el mar de la Patagonia.

“En un momento me fui a trabajar a la mina porque sentía que en la pesca ya no iba a crecer. La mina es más estable y más rendidora a nivel económico. Pero, a la vez, siempre pensaba que de una manera u otra iba a volver”, dice Jonathan, a cargo de la operación y el mantenimiento de la granja de cultivo de algas que está dentro del agua.

Jonathan Behm nació en una familia de pescadores. Abandonó ese oficio para trabajar en una mina de oro y plata y volvió al mar de la mano del cultivo de algas. Foto: Ailín Peirone / Fundación Por El Mar

Lo que no se imaginó es cómo sería esa vuelta al mar: “Para mí, las algas eran sencillamente algo que se te engancha en la embarcación mientras estás pescando y te molesta. No tenía ningún conocimiento sobre qué destinos se le puede dar, y esto me cambió la cabeza”, cuenta Behm. De él depende el control cotidiano de las sogas repletas de pequeñas algas que Por El Mar tiene desplegadas cerca de la orilla de San Julián: él controla el crecimiento de esas “algas bebés” que se desarrollan en el laboratorio y vuelven al mar para crecer en su entorno natural, así como la estabilidad de la infraestructura montada en el agua.

Jonathan encabeza las cosechas de larguísimos ejemplares de macrocystis con los que llena bolsas de unos cinco kilos de algas, y el que busca las láminas de cachichuyo con características reproductivas para trabajar con ellas en el laboratorio de la fundación.

“Esto es un cambio de paradigma para mí y puede serlo también para todo el pueblo. El trabajo en la mina en algún momento se va a terminar, y aprender a gestionar una granja de cultivo hace que el trabajo en el mar dependa menos de la suerte de cada día, es una salida laboral que puede ayudar a muchos acá”, describe Jonathan, que navega las olas con pericia y está atento a cada detalle dentro y fuera del agua.

Aunque muchas veces se suma a las navegaciones, Milagros Schiebelbein trabaja sobre todo en el laboratorio y “criadero” que la fundación tiene muy cerca de la orilla. Nació, se crió y se recibió de Bióloga en Bahía Blanca, pero se trasladó a San Julián para encabezar la experimentación científica con las macrocystis.

Milagros es la encargada de recibir las láminas reproductivas del alga, enjuagarlas, generar las condiciones ideales de humedad, luz y PH para desencadenar la reproducción, y cuidar de eso que, en criollo, llama “algas bebés” hasta que tengan el tamaño suficiente como para ir al agua. Desde que Jonathan cosecha láminas reproductivas hasta que las “crías” de esas algas van al mar pueden pasar unos cuarenta días de extremos cuidados científicos y, a la vez, artesanales.

Milagros Schiebelbein es bióloga y supervisa la investigación científica con algas macrocystis. Desde que se recogen láminas reproductivas del mar y las llamadas

En esos cuarenta días, las “algas bebés” durante un tiempo considerable sólo en microscopios. El cuidado implica alimentarlas una vez por semana con salitre, hacer que las condiciones en las que crecen sean las mejores y alojarlas en un hilo que es el que luego se llevará al mar. Al momento de ir de nuevo al agua, en un centímetro de hilo pueden entrar entre cincuenta y noventa “algas bebés”: así de chiquitas son.

De las que llevamos al agua, sobrevive aproximadamente entre el 1% y el 2%. En algunos casos, las vimos crecer hasta diez centímetros en una semana: muchísimo. Los ejemplares que más crecieron desde que empezamos la siembra y cosecha alcanzaron los cinco metros de largo”, describe Milagros, rodeada de los distintos tanques de agua que filtran lo que se toma del mar para generar el mejor entorno para las algas que se reproducen en el “criadero”.

Además de las investigaciones preliminares para convertir la macrocystis en pellet y en bioestimulante para el suelo, un equipo del Conicet que trabaja en Bahía Blanca ha recibido muestras de la cosecha de algas para trabajar en un parche que ayude a la cicatrización de la piel y al cuidado de quemaduras. Es otro de los posibles usos del alga que está en fase de pruebas.

Pueden usarse para alimentación también. En Argentina prácticamente no usamos algas para cocinar, y si usamos, usamos sobre todo agar agar. Pero la macrocystis también puede usarse, sea más bien seca para agregar crocante y sabor, o hidratada para, por ejemplo, hacer buñuelos parecidos a los que harías con acelga”, explica Milagros. Como Jonathan, cree que, en el futuro, las granjas de cultivo de algas pueden volverse una salida laboral para la población local, o al menos un complemento para la actividad principal.

Un país costero que no mira lo suficiente al mar

“En San Julián, que es una localidad costera en la que la pesca en algún momento fue el trabajo de mucha gente, tenemos quince carnicerías y una sola pescadería. Mi objetivo es que esa cultura cambie, y que cambie de una manera sustentable. Que sepamos que el mar puede ser productivo y que, mientras se da esa productividad, debemos cuidarlo y conservar la vida que aloja”, describe Noel Miranda, comunicadora especializada en cuestiones ambientales y referente local de la Fundación Por El Mar en San Julián, donde nació.

Las algas macrocystis en la etapa de criadero. Van al mar alojadas en un hilo montado sobre un tubo de PVC, y en el agua sobrevive entre el 1% y el 2% de los ejemplares. Foto: Ailín Peirone / Fundación Por El Mar

Para impulsar ese trabajo, el del largo y profundo cambio cultural, la fundación recibe a instituciones educativas de todos los niveles, tanto públicas como privadas, y organiza distintas actividades en las que participa la comunidad local o de otros rincones de la provincia. La sede de la fundación está, en uno de sus salones, repleta de información que cuenta sobre la macrocystis, así como el trabajo de siembra y cultivo que se hace en la granja marítima. Además, hay actividades que se organizan fuera de la sede de la fundación para llevar la información allí donde no la esperan pero la reciben con sorpresa e interés.

“La Argentina tiene una costa sumamente extensa, y nosotros acá tenemos una identidad costera. Sin embargo, nos falta muchísimo todavía para conectar con la idea de un mar productivo y sustentable, para que haya un consumo armonioso de lo que el mar nos ofrece”, define Miranda.

San Julián fue la sede de la primera misa católica en lo que se convertiría en territorio argentino. Tal vez sea también el lugar desde el que empiecen a crecer las granjas que cultivan algas nativas sin alterar esos enormes y profundos bosques submarinos, que aunque no los veamos, allí están.