
Un grupo de personas se congrega en el Centro Hirsch, de San Miguel, mientras una placa metálica espera ser descubierta sobre el suelo en uno de los senderos de la quinta. Hay flores blancas, una vela encendida y rostros atentos. Entre los presentes, una mujer de bastón y ojos claros, Ruth Marshall, nacida en Viena en 1931, sobreviviente del Holocausto nazi.
El umbral de la memoria en San Miguel
El Centro Hirsch se convirtió ayer en la primera institución de la comunidad judía de Argentina en recibir el umbral de memoria (Stolperschwelle), una pieza del artista alemán Gunter Demnig.
El proyecto, que suma más de 120.000 intervenciones en Europa, busca recordar a las víctimas del Holocausto en los lugares donde vivieron, trabajaron o fueron perseguidas.

La ceremonia reúne a autoridades institucionales, representantes diplomáticos, miembros de la comunidad y sobrevivientes. El acto consiste en el descubrimiento del umbral, la colocación de flores y el encendido de una vela conmemorativa.
El reconocimiento es otorgado a la Asociación Filantrópica Israelita por su rol histórico en la asistencia a más de 12.000 personas que llegaron al país huyendo del nazismo. El Centro Hirsch, fundado en 1933, en plena escalada del régimen nazi, se convierte así en testimonio material de una red de contención que salvó vidas y permitió reconstruirlas.
Diana Wang, miembro del Museo del Holocausto, resalta la importancia de este espacio en San Miguel para los sobrevivientes del Holocausto que llegaban de Europa escapando de los nazis. “Los judíos alemanes hallaron en este espacio un nido caliente en donde compartían su cultura.”

Ruth Marshall: la infancia interrumpida
Ruth Marshall toma la palabra y cuenta que nació en Viena, en 1931. Su padre era doctor en Derecho y trabajaba como asesor jurídico de la ciudad. Su madre, una mujer emprendedora, tenía un negocio de cocinas y decoraciones.
La familia Marshall vivía una vida normal hasta que, el 13 de marzo de 1939, la anexión de Austria por la Alemania nazi lo cambió todo. Ruth había iniciado la escuela primaria apenas seis meses antes. “Las botas nazis retumbaban en las calles de Viena y pisotearon mi infancia”, cuenta y todo el público la escucha en silencio. Los años de escuela se convirtieron en un recorrido de exilio. Ruth sumó seis colegios, cuatro países y cuatro idiomas.
Su padre perdió el empleo. Ruth fue expulsada de la escuela pública y debió asistir a una institución exclusiva para niños judíos, donde los recursos y los maestros escaseaban. Su madre fue obligada a vender el negocio a un precio impuesto por los nazis. La persecución avanzó rápido.
En septiembre de 1939, el padre de Ruth escapó a Francia de forma ilegal. Seis semanas después se produjo el pogromo conocido como la “Noche de los Cristales Rotos”. En la casa, el miedo era la única certeza. Ruth recuerda el silencio, las palabras que caían en la conversación de los adultos: “Gestapo” y “Dachau” eran sinónimo de horror.

Un exilio tejido por redes de apoyo
La experiencia de Ruth se repite en miles de historias que encontraron en instituciones como la Asociación Filantrópica Israelita un refugio y una posibilidad de reconstrucción. El Centro Hirsch, junto a la AFI, desempeñó un papel clave en la acogida de personas perseguidas por el nazismo.
Ruth llegó a la Argentina en 1939, luego de reunirse con su familia en Francia. “Tengo fotos que se me vienen a la mente – explica Ruth-. En esta quinta de San Miguel funcionó una colonia de vacaciones en el verano de 1941. Fue un verano inolvidable para mi”.
Marshall explica que en ese verano, de los primeros que vivió en Argentina, hubo juegos y mucha felicidad. “Todavía recuerdo unos pinos enormes que todavía están en el fondo de la quinta”, recuerda Ruth.
Entre las historias rescatadas por la institución, también está la de Juan Breitbart se repite como emblema: huyó de Alemania en 1938 y solía decir que su madre “lo dio a luz por segunda vez” al salvarle la vida.
En tanto, Susana Kolker nació en la ciudad polaca de Breslau en 1937. Su padre fue detenido por los nazis durante la noche de los cristales rotos en 1939. “Se lo llevaron al campo de Buchenwald y mi mamá fue a buscarlo. Logró rescatarlo ese mismo día. Nunca le pregunté cómo hizo”, explica la mujer.
La familia Kolker viajó a América y su primera escala fue en La Paz, Bolivia. “No nos dejaron entrar a Argentina por la circular 11″, recuerda. Esta decisión del gobierno argentino fue una directiva secreta de 1938 firmada por el canciller argentino José María Cantilo. Restringía el ingreso de refugiados europeos (apuntando tácitamente a judíos que huían del nazismo).

En tanto, en 1939, ante el cierre de fronteras, la madre de Ruth Marshall decide enviarla a Inglaterra en un Kindertransport, una operación de rescate de niños judíos organizada por entidades comunitarias. “Cada semana partían dos a tres trenes con varios vagones repletos de niños hacia Inglaterra, único país que había aceptado recibirlos”, relata Ruth. Se calcula que unos 10.000 menores fueron salvados de esa manera.
Ruth llega a un país desconocido, sin hablar el idioma. Es alojada en una casa alquilada especialmente para diez niños refugiados. La separan de su familia y la soledad se convierte en una herida abierta: “Me llamaban la llorona porque no podía parar de llorar”. Una otitis aguda la obliga a ser internada en un hospital, donde el sabor de la avena insípida es el único recuerdo persistente.
De la huida al reencuentro
La enfermedad termina siendo su salvación. Su madre, que había logrado reencontrarse con su padre en Francia, recibe autorización para buscarla en Inglaterra justo un día antes del estallido de la guerra, el 1 de septiembre de 1939. Poco después, la policía francesa detiene a su padre por ser considerado enemigo, dada la anexión de Austria al Tercer Reich.
La gestión de una tía residente en Argentina permite obtener una visa que salva a la familia. La madre de Ruth consigue la liberación de su esposo y finalmente logran embarcarse en un barco francés, escoltado por acorazados británicos, rumbo al exilio definitivo.

Detrás quedan abuelos, tíos, una tía adolescente que nunca volverán a ver. El 16 de diciembre de 1939, la familia llega a Buenos Aires. En esa ciudad nacerá el hermano de Ruth y comenzará la reconstrucción: terminar la escuela, estudiar, formar una familia, ver crecer a hijas, nietos y bisnietos.
El umbral como símbolo de reconstrucción
El Centro Hirsch, que en 1940 consolidó su misión con la creación de un hogar para mayores de la comunidad judeo-alemana, es hoy un referente nacional en rehabilitación y cuidados integrales, abierto a toda la sociedad. La historia de la institución es inseparable de las vidas que ayudó a reconstruir.
Durante la ceremonia, el Director General de Centro Hirsch, Marcelo Rohr, resume el sentido de la pieza: “Este umbral representa mucho más que una memoria del pasado: expresa una historia de compromiso humano que forma parte de la esencia misma de nuestra institución. Desde sus orígenes, AFI acompañó a miles de personas que llegaron a la Argentina huyendo del horror del nazismo, ayudándolas a reconstruir sus vidas con dignidad, contención y esperanza”.
La institución cuenta hoy con un equipo interdisciplinario de más de 600 colaboradores y programas sociales que alcanzan a más de 200 personas cada mes. Además, mantiene convenios con universidades para la formación de profesionales.
La memoria, una tarea colectiva y cotidiana
Ruth está cerca de cumplir los 100 años y conoce bien su misión. “El objetivo es que los jóvenes se informen, no crean en versiones sesgadas o falsas, para combatir el antisemitismo y los discursos de odio.”
La transmisión requiere un objetivo, insiste. La tarea educativa es central y exige compromiso. No se trata solo de recordar, sino de construir un mundo donde el “nunca más” tenga un sentido real y concreto.
El umbral de memoria instalado en el Centro Hirsch no es una pieza decorativa ni un cierre. Es un punto de partida. La idea de que la obra se plante frente a una persona que pase caminando y lo obligue a pensar.
La ceremonia termina, pero el umbral permanecerá en ese sendero de la quinta de San Miguel como testimonio de la memoria colectiva sobre lo vivido por millones de personas durante el Holocausto nazi.












