
I. El enigma
Es una noche imprecisa de 1996 o 1997 en Buenos Aires. En la mesa, el intelectual y escritor Aníbal Ford lanza un dato como quien arroja una pista. A su lado escuchan dos de sus antiguos alumnos de la Universidad de Buenos Aires: Sergio Wolf, crítico de cine, y Lorena Muñoz, una estudiante de 24 años que busca su primer territorio de rodaje.
—Vos porque no escuchaste a las grandes cancionistas —dice Ford, desafiando el desinterés de Wolf por el tango rioplatense.
Ford les hace escuchar una voz de mezzosoprano que quiebra la tradición de los agudos chillones de la década del veinte y les entrega una sinopsis cinematográfica. Les cuenta la historia de Aída Elsa Ada Falcone, la “Emperatriz del tango”, la mujer que en 1942, en la cima absoluta del éxito, resolvió desaparecer del mapa porteño. Vendió su casona de tres pisos en Palermo, remató sus dos autos, distribuyó sus bienes entre desconocidos y se marchó con su madre a las sierras de Córdoba con un juramento de clausura: no volver a dejarse fotografiar, no volver a hablar con un hombre, ocultarse detrás de los muros de un convento franciscano.

—Al principio —recuerda Lorena Muñoz 30 años después— escribimos un guion de ficción. Estábamos en pareja con Sergio, vivíamos juntos y Ada era nuestro proyecto. Pensábamos en ella como un mito de celuloide, un fantasma del pasado.
—Yo no había filmado nada y Lorena estudiaba cine —acotó Sergio.
—Él había sido mi docente —dijo Lorena irónicamente—. Quiero escracharlo un toque. Después de que fue mi docente empezamos a estar juntos, buscábamos un proyecto para hacer juntos, en realidad. A los dos nos gustaba mucho el tango. Escuchábamos bastante jazz también. Era una época muy feliz, Sergio, tengo que decir.
—Me alegro —respondió él.
—Gracias, Sergio. Y en medio de eso, nosotros escuchábamos muchos hombres que cantaban tango. Y en medio de eso aparece esta charla con Aníbal, donde Sergio dice: “No, no me gustan las cantantes de tango”. Y Aníbal replica: “Vos porque no escuchaste a las grandes cantantes de tango”. Y le hace escuchar algunas, entre ellas Ada Falcón.
—Y nos contó la leyenda de su retiro.
—Claro, la sinopsis, digamos, por decirlo así, de la historia. Qué fue de la cantante que se convirtió en monja franciscana. Y ahí nosotros escribimos el guion de ficción. Aníbal hizo como un elevator pitch (es un discurso que pretende ser impactante y rápido ya que debe durar entre 45 segundos y un minuto).

La ficción nunca prosperó porque la realidad superó a la ficción. Un año más tarde, un periodista amigo de Wolf que redactaba obituarios en una redacción porteña mencionó al pasar que preparaba la necrológica de Ada Falcón.
—¿Cómo? ¿No está muerta Ada? —preguntó Wolf.
—No. Vive en Córdoba —le respondieron.
El dato desencadenó una urgencia. Wolf utilizó el dinero de una indemnización del diario Perfil; la familia de Muñoz aportó el resto. El hermano de Lorena puso el auto y, junto al director de fotografía Marcelo Lavitman —que venía de registrar la crudeza urbana de Pizza, birra, faso— y un sonidista, enfilaron hacia la Ruta Nacional 9 con varios rollos de película 16 milímetros. Iban al encuentro de una mujer que estaba fuera de la agenda mediática hacía décadas.
II. La arquitectura del despojo
En los años treinta, la cantante no era una intérprete convencional; se construía a sí misma bajo la matriz de las vamps de Hollywood. Vestía sedas exclusivas, hablaba con una ironía altiva que incomodaba a los cronistas de radioteatro y exigía cantar en Radio El Mundo dentro de la exclusiva sala “F” —bautizada como la “sala Falcón”—, un cubículo de dimensiones reducidas donde ejecutaba su repertorio oculta de las miradas ajenas.

Hacia 1940, su fobia al público se agudizó al punto de grabar sus temas escondida detrás de un cortinado espeso, separada físicamente de los propios músicos de la orquesta.
Su motor y el móvil de su despedida de los escenarios fue Francisco Canaro, el director de orquesta, fundador de SADAIC y figura de la industria musical. Durante 10 años fueron amantes. Canaro estaba casado con una mujer francesa que exigía la mitad de su inmensa fortuna para concederle el divorcio.
El quiebre definitivo, sin embargo, no lo provocó la ley, sino cuando Canaro eligió separarse, pero no para unirse a Ada, sino a una mujer mucho más joven. El 28 de septiembre de 1938, Falcón rompió su contrato con Canaro. En 1942 grabó sus últimas dos canciones, cuyos títulos funcionaron como una declaración de renuncia: el tango Corazón encadenado y el vals Viviré con tu recuerdo. Luego, el silencio.

“Nosotros viajábamos a Córdoba como si fuéramos a Rosario, sin calcular los kilómetros”, reconstruye Muñoz. Ella manejaba el vehículo familiar. Y, en un trayecto entre las localidades serranas de Cosquín y Salsipuedes, trasladaron en el asiento trasero al historiador del tango Óscar Del Priore y a su esposa. Del Priore se había cruzado tangencialmente con el rastro de la cantante en la década de 1970 y funcionaba como el testigo clave en una estructura que los directores pensaban como un policial negro o una reconstrucción judicial inspirada en El ciudadano Kane.
El paisaje del primer rodaje quedó registrado en fílmico: el asfalto gastado, el cartel vial de Salsipuedes y Wolf caminando por la banquina bajo una luz que el grano del Super 16 milímetros teñía con una tonalidad rosácea, casi epidérmica. Imaginaban una escena de Sunset Boulevard: unas manos ancianas y nudosas cerrando las persianas ante la llegada de las cámaras. Planeaban trepar a los árboles del asilo si era necesario para capturar una hendija de la mujer esquiva.
III. El reflejo
El encuentro definitivo no ocurrió entre los cortinados de Palermo Chico, sino en la austeridad blanca del hogar de ancianos de la congregación de San Camilo. Ada Falcón tenía más de noventa años y conservaba la visión en un solo ojo.

Lorena Muñoz ingresó a la habitación. Llevaba consigo una réplica de la Virgen de Pompeya y una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús que su madre, devota, le había encomendado entregarle. Sabían, por la escasa documentación disponible, que Ada pasaba sus mañanas rezándole a esa misma imagen en las iglesias cordobesas.
—Cuando la vi, no pude parar de llorar —dice Lorena—. Se había construido un mito tan grande en mí durante el viaje que estar frente a ella era una locura.
Para ese segundo encuentro, los directores debieron mudar la técnica. El material fílmico inicial dio paso al video portátil de formato digital incipiente, más maniobrable para la intimidad de un geriátrico.
El equipo técnico montó un dispositivo de estimulación arqueológica: ataron con cinta adhesiva unos pequeños parlantes a los costados de la silla de ruedas de Ada y conectaron un reproductor de discos compactos con las grabaciones que ella misma había registrado setenta años atrás. También instalaron una pantalla pequeña para proyectar fragmentos editados de Ídolos de la radio, la película sonora de 1934 donde Falcón cantaba junto a Ignacio Corsini.

El rodaje se transformó en una experiencia especular. En la penumbra de la sala de San Camilo, un grupo de monjas de hábito gris y un par de residentes ancianas se sentaron alrededor de Ada para observar la proyección. En la pantalla, la Ada Falcón de 29 años, con los hoyuelos marcados en las mejillas y los ojos negros encendidos por el nitrato de plata, cantaba con altivez. En la silla de ruedas, la Ada Falcón de noventa y pico de años, envuelta en un pañuelo blanco, miraba el monitor.
—Pobre Ada —susurró la anciana frente a su propio reflejo del pasado, refiriéndose a sí misma en tercera persona.
Wolf le preguntó por qué había aceptado hablar con ellos después de rehusarse sistemáticamente ante periodistas de su propia generación, como Héctor Larrea o los cronistas que en los años sesenta intentaron fotografiarla a traición.
—Nosotros no pertenecíamos a su mundo —analiza Wolf—. No éramos parte de la generación que había vivido la catástrofe de su desencuentro con Francisco Canaro, ni de los que recordaban su enojo con el medio artístico. Su madre había muerto en 1981, el entorno del tango se había transformado y nosotros éramos jóvenes que llegábamos con un respeto casi devocional. Además, ella estaba profundamente sola en la rutina del geriátrico.
Sin embargo, cuando la cámara se sostuvo frente a ella en la escena final del documental y Wolf formuló la pregunta definitiva sobre si Francisco Canaro había sido el gran amor que justificaba 50 años de encierro y renuncia, el mecanismo de la memoria de la Emperatriz cerró el tema por última vez.
—No recuerdo —respondió Ada.
—Las monjas nos habían dicho que ella ya no sabía leer —explicaría Wolf tiempo después—, pero cuando le mostrábamos las revistas de la década del treinta las leía a la perfección. Hay una zona indiscernible entre la selección consciente de la memoria en alguien de esa edad y el avance real de su enfermedad. Ada eligió qué olvidar y qué sostener.

IV. El retorno
Aída Elsa Ada Falcone murió por causas derivadas de una arteriosclerosis el 4 de enero de 2002 en el hogar de Molinari. No llegó a ver el montaje final de la película que había demandado 5 años de idas y vueltas, deudas familiares y archivos rescatados del olvido.
Sus restos fueron trasladados al cementerio de la Chacarita, en Buenos Aires, para ser inhumados en el panteón de SADAIC, la institución que su amante había fundado. El destino final la ubicó a pocos metros de la tumba de Francisco Canaro.
El estreno de Yo no sé qué me han hecho tus ojos se produjo en 2003, durante la quinta edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). El contexto social de la Argentina, todavía marcado por los vaivenes económicos y políticos de la crisis de 2001, funcionó como un catalizador.
—Había una necesidad colectiva de volverse a mirar en el pasado, de buscar una identidad perdida entre los escombros —señala Muñoz.
La primera exhibición para familiares y críticos se realizó en la sala dos del Cine Gaumont. Al encenderse las luces, los directores descubrieron que los espectadores lloraban en silencio. Poco después, las funciones comerciales provocaron filas que daban la vuelta a la manzana sobre la avenida Rivadavia. El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) debió adquirir proyectores nuevos para abastecer la demanda de unas salas que programaban hasta 6 funciones diarias, un fenómeno infrecuente para el cine documental de la época.
La crítica amplificó el fenómeno. Wolf recuerda que el cronista Fernando López, un hombre caracterizado por su extrema discreción, firmó una reseña de 5 estrellas en la portada del suplemento cultural del diario La Nación. El enigma de la mujer de los ojos cantados se transformó en un tema público de la poscrisis.

La investigación dejó cabos sueltos que reaparecieron con el tiempo. En 2016, 13 años después del estreno original, Sergio Wolf regresó a las pantallas con un nuevo documental titulado Viviré con tu recuerdo. El motor de esa nueva búsqueda fue el hallazgo de un rollo de película: la filmación original en Super 16 milímetros de la entrevista con Ada.
—Ada Falcón vuelve a mí sin necesidad de que la convoque —declaró el director al presentar la nueva obra, confirmando que la investigación sobre el silencio de la Emperatriz no había concluido con su muerte.
Hoy, en la localidad de Salsipuedes, la vivienda de paredes gruesas que Ada habitó junto a su madre durante casi cuatro décadas funciona como un museo privado bajo el nombre de “La Joyita”, el mismo apodo con el que debutó a los 4 años en los escenarios de beneficencia de Buenos Aires. Allí se exhiben los muebles de madera gastada, los retratos antiguos y los discos de pasta que la cantante no pudo destruir cuando intentó borrar su huella de la historia.













