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Trabajó 38 años como chofer de ambulancias, se jubiló y ahora toca el saxo en los lagos de Palermo: “La gente es muy generosa conmigo”

Antonio Luis Brunacci se convirtió en un atractivo más de los lagos de Palermo. Cada fin de semana, Toni, como le dicen sus seres queridos, se lookea para la ocasión sin descuidar ningún detalle y, con su saxo en mano, parte a hacer lo que más le gusta en la vida: música. Toca a la gorra, para ganarse algunos pesos. Pero también toca con el alma, porque sabe que cada melodía que sale de su instrumento lo conecta con lo mejor de sí mismo.

—¿Dice su edad?

—Te voy a dar pistas: nací el 30 de agosto del ‘58. Me jubilé hace un año y medio… Dejé la ambulancia donde pasé treinta y ocho años llevando heridos, muertos, atendiendo emergencias y situaciones de distinta índole.

—¿Usted era chofer de ambulancia?

—Sí. Ya tenía adoptado el tema del saxo, sabía tocar con pistas o con bandas. Y dije: “Me largo solo”. Porque lo mío es estar en contacto con la gente. Ahí siento más calidez. ¿Viste que se paran los padres con los chicos? Hay mujeres, y también hombres, que me piden sacarse una foto conmigo. Y yo lo hago, ¿cómo no? Eso me genera una inspiración bárbara. Y aparte, me llevo unos buenos pesos…

—¿Sí?

—La gente es muy generosa. Y bueno, eso me permite también a redondear un numerito, entre la tarde del sábado y la tarde del domingo.

—¿Cuando empezó con esto lo hizo por una necesidad artística o pensando en el dinero?

—Ambas cosas van ligadas. A mí me encanta tocar. Pero llegar a casa y contar lo que recaudé haciendo tema tras tema, también es una motivación. Para el músico es importante sentirse respaldado y saber que se está ganando el día con lo que hace.

El saxofonista trabajó toda su vida como chofer de ambulancia

—¿Siempre trabajó como chofer de ambulancia?

—Sí. Trabajaba en la ambulancia del Mercado Central de Buenos Aires. Y, en todos los años en los que estuve ahí, siempre tuve muy buenos comentarios. Era muy buen chofer. De hecho, los médicos querían que siguiera trabajando.

—Imagino que debe ser una actividad sumamente estresante…

—Exacto, porque estás siempre en la emergencia. Además, yo trabajaba en el turno tarde-noche, hasta el otro día. Y, a las dos de la madrugada, siempre algo pasaba. Pero yo estaba ahí, con mi ambulancia y mi camilla, para levantar a las personas heridas y llevarlas al hospital. Me la banqué porque me gustaba hacerlo. De hecho, apenas me llamaron para manejar la ambulancia, dije: “Voy a hacer un curso en la Cruz Roja”. Para saber de primeros auxilios, cosa de poder colaborar con los médicos.

—Se comprometió con su labor.

—Claro. Y ese combo hizo que siempre confiaran en mí y tuvieran un muy buen concepto. De hecho, nunca choqué en tantos años manejando una ambulancia. Solamente una vez que un tonto dobló sin poner el giro y yo estaba con una persona en peligro. Pero, por lo demás, siempre invicto. Y es un trabajo muy gratificante porque te hace sentir útil.

—También es un trabajo demandante y, al ser en un horario contrario al de la mayoría de la gente, imagino que debe haber repercutido en vida personal. ¿Tiene familia, esposa, hijos?

—Bueno… Tuve tres esposas, pero los matrimonios no resultaron. Y la cuarta está ahí, tambaleando un poco también. Pero con mis seis hijos siempre estuve presente y traté de ser un buen padre. Con mi primera mujer tuve tres: Juan José, de 43 años, que es muy exitoso y ahora se fue al mundial con un amigo, Iván Alfredo, de 42, que toca la trompeta, y Alejandro Darío, de 41, que es gasista matriculado pero también toca la flauta traversa y la armónica. Cinco años y tres descendientes, no tenía televisor en esa época (se ríe).

Brunacci tuvo tres esposas y es padre de seis hijos

—¿Y los que siguen?

—La mayor de las hijas que tuve con mi segunda esposa es Nahara, tiene 30 años, canta muy bien y está en una Iglesia Evangélica muy importante de Belgrano, y después le sigue Yael Natalí, de 26, que toca el saxo alto. Y la última, de mi tercera mujer, es Sara Bianca, de 18, que toca el piano, pero con ella se me complicó…

—¿Por qué?

—Porque es más rebelde. Pero bueno, es normal en la adolescencia.

—¿Cómo empezó usted a tocar el saxo?

—A los 18 años arranqué con la flauta. ¡Me encantaba! Tenía una Hohner de madera, hermosa. Después pasé a la armónica y dije: “¡Uy, qué instrumento tan copado!”. Cómo tantos músicos…Hasta que me compré mi primer saxo en cuotas. En ese momento, yo había entrado a trabajar en el subte, línea B, donde estuve seis meses vendiendo fichitas. Era una situación muy rara, porque el aire abajo es muy tóxico. Y después íbamos a con el cambio a comprar pizza y cerveza todos los días. ¡Terrible! Yo me di cuenta de que no era lo mío.

—¿Entonces?

—En cuanto terminé de pagar el saxo, renuncié. Me fui. Y empecé a practicar en Floresta, donde nací. Mis viejos tenían gallinas que empezaban a cacarear todas juntas. Y yo aprovechaba a tocar en ese momento para no molestar a los vecinos. Al tiempo empecé a estudiar.

—¿Qué?

—Electromecánica, en un colegio industrial muy importante. El tema es que yo tengo un hermano mellizo. Y, en esa época, la colimba la hacía uno. Él dio que no estaba apto, porque tenía un problema de no sé qué tipo. Así que caí yo en la volteada. Y tuve que hacer la conscripción en los tiempos de la dictadura.

El artista asegura que la gente es muy generosa a la hora de colaborar

—¿Fue duro?

—Y, sí. De hecho, hoy en día tenemos un grupo con el que nos juntamos cada cuatro o cinco meses. ¡Tenemos miles de anécdotas para contar! Con decirte la que vivimos cuando nos llamaron por el tema de que casi nos vamos a la guerra con Chile por el canal de Beagle…

—Me imagino.

—Yo era chofer también ahí. Tenía mi camión ya armado para salir a Zapala, para empezar la guerra. Por suerte, ahí apareció el enviado del Papa Juan Pablo II, el cardenal Antonio Samorè, y calmó todo. Pero durante un tiempo tuve que cortar con el estudio y con todo lo que venía haciendo.

—¿Y después?

—Empecé a tocar en bandas, unas cuantas. Pero tuve tan mala suerte, que mis dos profesores murieron en dos años. Y, después de ahí, ya me largué solo arriba de las pistas. Lo hacía por hobby. Pero siempre sabiendo que algún día me iba a tocar una situación favorable como músico. Y la encuentro ahora, a esta altura de mi vida. No voy a decir que es tarde porque, gracias a Dios, me siento bien. A veces me sube un poco la presión, pero nada más. Pero bueno, yo me casé a los 24 años y tuve que empezar a trabajar en la ambulancia.

—¿Nunca bajó los brazos en relación a la música?

—No, yo seguía practicando. Y le daba bastante seguido porque me gustaba, a pesar de que no tenía mucho tiempo. Porque, para mí, hacer música es como tocar el cielo con las manos. Te voy a contar algo.

—Lo escucho.

—Yo hoy en día vivo en mi casa paterna. Mi padre, José, murió con 99 años, en octubre van a cumplirse dos de eso. Un capo mi viejo. Y a los pocos meses, mi mamá, Elsa María, con 90 años, se cayo y se rompió la cadera. Nosotros somos cuatro hermanos, pero siempre hay uno que se hace cargo. Y ese fui yo. Ella está postrada en una cama, bastante lúcida con su medicación a pesar de tener demencia senil. Y bueno, yo puedo venir a tocar cuando está el cuidador, que se va a las ocho de la noche. Pero, después de ese horario, no tengo mucha vida.

—¿Eso influye en que su relación actual también esté “tambalenado” como me dijo?

—Un poco sí. Mi novia se llama Elizabeth. Hace tres años que estamos juntos, aunque no convivimos. Pero ella también es paciente oncológica y tiene muchos problemas. Así que la estamos piloteando. Por eso, cuando vengo a tocar, me siento bien. Porque por un rato me olvido de todo. Y exteriorizo todo lo que tengo adentro con mis canciones. Vengo con mi equipito, con mi instrumento. Y para mí es maravilloso, es una felicidad total.