La madrugada del 10 de mayo de 2015, mientras gran parte de la ciudad santafesina de Rufino dormía, una adolescente de apenas 14 años desaparecía sin dejar rastros. Se llamaba Chiara Páez. Era una chica alegre, de sonrisa amplia, estudiante, hija, hermana y amiga. También estaba embarazada de pocas semanas.
Horas después, todo un pueblo comenzó a buscarla en forma desesperada. Nadie imaginaba que su cuerpo ya estaba oculto bajo tierra, enterrado en el patio de la casa de su novio. Tampoco que aquel crimen, cometido con una violencia estremecedora, terminaría convirtiéndose en un punto de inflexión para la sociedad argentina.

El origen del Ni una menos
El asesinato de Chiara no fue un femicidio más. Fue el caso que atravesó al país entero. El que provocó indignación, dolor y una movilización inédita. El que dio origen al movimiento Ni Una Menos.
A once años del crimen, la historia sigue generando conmoción. Se trataba de una adolescente de 14 años con un embarazo de aproximadamente ocho semanas que había cambiado su vida. Chiara Albertina Páez vivía en Rufino, una ciudad de poco más de 20.000 habitantes ubicada en el extremo sur de Santa Fe. Su familia conocía la situación y había decidido acompañarla. Su estado, naturalmente, generaba incertidumbres y desafíos propios de la edad, pero Chiara quería seguir adelante. El progenitor del bebé era Manuel Mansilla, su novio, que tenía 16 años cuando comenzó la relación y 17 al momento del crimen.
Según reconstruyó la investigación judicial, el embarazo era motivo de tensiones. Mientras Chiara había encontrado apoyo en su entorno familiar y de sus seres queridos, en el círculo de Mansilla la noticia era vista como un problema. Con el paso de los meses surgirían elementos que revelarían la magnitud de esas presiones.

La última noche
El sábado 9 de mayo de 2015, Chiara salió con amigas. Como cualquier adolescente, compartió momentos, conversó y pasó parte de la noche fuera de su casa. En algún momento les dijo que iba a encontrarse con Manuel. Fue la última vez que alguien la vio con vida. Cuando no regresó a su hogar, la preocupación comenzó a crecer rápidamente. Su familia intentó localizarla y al comprobar que no aparecía radicó la denuncia.
Rufino entero se movilizó. Vecinos, policías, familiares y amigos participaron de los rastrillajes. Mientras tanto, Manuel Mansilla actuaba como si nada hubiera ocurrido. Uno de los aspectos que más indignó posteriormente a los padres de Chiara fue la conducta del joven tras el asesinato: la mentira.
De acuerdo con el relato de la madre de la víctima, Manuel llegó incluso a comunicarse con ella para preguntarle si Chiara había regresado a su casa. Era una actuación fría y calculada. Según la reconstrucción judicial, para ese momento Chiara ya estaba muerta. El femicida intentaba instalar la idea de una desaparición y alejar cualquier sospecha sobre su persona. Sin embargo, las contradicciones comenzaron a acumularse. Los investigadores pusieron rápidamente el foco sobre el novio de la adolescente.

El horror enterrado en el patio
La verdad apareció pocas horas después. El cuerpo de Chiara fue encontrado enterrado en el patio de la vivienda donde vivía Manuel Mansilla junto a familiares. La escena era estremecedora. La autopsia reveló que la adolescente había sufrido una brutal agresión. Los peritajes determinaron la existencia de golpes en la cabeza y lesiones de extrema violencia. También se constató una herida cortante en el cuello.
Los pesquisas concluyeron que había sido asesinada dentro del entorno del agresor y posteriormente enterrada para ocultar el crimen. El embarazo de Chiara también quedó acreditado durante la investigación. La noticia generó una explosión y conmoción inmediata. Rufino y el país entero quedaron paralizados con los detalles que se iban conociendo.
¿Qué hizo el asesino mientras tanto? Frente a la evidencia acumulada, Mansilla terminó admitiendo su participación. La Justicia estableció que había actuado con plena conciencia de lo que hacía. Después de matar a Chiara, ocultó el cuerpo y procuró construir una coartada. Lejos de pedir ayuda o dar aviso, intentó borrar rastros y simular desconocimiento sobre el paradero de la adolescente.
Para los jueces que intervinieron posteriormente, su comportamiento fue incompatible con cualquier reacción. La sentencia destacaría años después la violencia ejercida sobre la víctima y la ausencia de un arrepentimiento genuino.

El dolor de los padres
Si el crimen impactó a la sociedad, para los padres de Chiara significó una herida imposible de cerrar. Verónica Camargo y Fabio Páez transformaron el dolor en una lucha permanente. Durante años encabezaron reclamos de justicia, participaron en marchas, dieron entrevistas y mantuvieron viva la memoria de su hija.
La madre de Chiara se convirtió en una de las voces más escuchadas en la lucha contra la violencia de género. En innumerables ocasiones recordó que no sólo le habían arrebatado a su hija. También le habían quitado la posibilidad de conocer al nieto o nieta que esperaba. Detrás de cada aparición pública estaba la misma pregunta: cómo era posible que una adolescente de 14 años hubiera sido asesinada con semejante brutalidad.
Como Manuel Mansilla era menor de edad cuando cometió el crimen, el proceso judicial tuvo características particulares. En 2016 fue declarado penalmente responsable por el homicidio agravado de Chiara. La etapa siguiente consistió en determinar la pena. Finalmente, en septiembre de 2017, el juez de Menores Javier Prado le impuso una condena de 21 años y seis meses de prisión por el femicidio de la adolescente. La sentencia fue considerada histórica.
Los magistrados entendieron que Mansilla había matado a Chiara despreciando su condición de mujer y con pleno conocimiento de que estaba embarazada. Para la familia de la víctima, aquella condena representó un alivio parcial. Nada devolvería a Chiara, pero al menos el Estado reconocía la gravedad extrema del crimen.

La polémica reducción de la pena
La historia judicial, sin embargo, estaba lejos de terminar. La defensa apeló. Años después, la Corte Suprema de Justicia de Santa Fe anuló la condena de 21 años y medio al considerar que, por tratarse de un menor al momento de los hechos, debían aplicarse estrictamente los principios del régimen penal juvenil. La decisión provocó indignación. Especialmente entre los familiares de Chiara, que consideraron que la resolución minimizaba la gravedad del femicidio.
La Corte ordenó dictar una nueva pena dentro de una escala de entre 10 y 15 años. Finalmente, en marzo de 2023, un nuevo tribunal fijó la condena definitiva en 15 años de prisión. Es decir, le redujo seis años y medio respecto de la sentencia original. La noticia cayó como un golpe para la familia y la sociedad en su conjunto. Verónica Camargo expresó públicamente su decepción y sostuvo que sentía que la Justicia volvía a fallarle a Chiara.
Mansilla permanece bajo custodia del sistema penitenciario santafesino cumpliendo la condena impuesta por la Justicia provincial. Debido a que se trata de un condenado que cometió el hecho siendo menor de edad, las condiciones de ejecución de la pena han estado sujetas a las disposiciones específicas del régimen penal juvenil y a sucesivas revisiones judiciales.

El crimen que hizo nacer Ni Una Menos
El homicidio de Chiara ocurrió en un contexto en el que los femicidios se acumulaban en las noticias, pero todavía no existía una reacción colectiva de la magnitud que vendría después. Su caso actuó como un detonante.
La imagen de una adolescente de 14 años embarazada, asesinada por su novio y enterrada en el patio de una casa resultó insoportable para millones de personas. La indignación se propagó por redes sociales, medios de comunicación, escuelas, universidades y organizaciones sociales. Entonces surgió una consigna. Simple. Contundente. Imposible de ignorar. Ni Una Menos.
Menos de un mes después del crimen, el 3 de junio de 2015, cientos de miles de personas salieron a las calles de todo el país. La movilización fue histórica. Plazas colmadas. Avenidas desbordadas. Carteles con nombres de víctimas. Madres abrazadas. Jóvenes exigiendo cambios. Mujeres reclamando que la violencia machista dejara de ser una tragedia cotidiana. Aquella jornada marcó un antes y un después.
Un nombre que sigue interpelando
Los años pasaron. Las marchas se multiplicaron. La agenda pública incorporó debates que antes permanecían invisibilizados. Sin embargo, el nombre de Chiara Páez sigue apareciendo cada vez que la Argentina reflexiona sobre la violencia de género, como volvió a ocurrir en Córdoba con el brutal femicidio de Agostina Vega, también de 14 años, igual que Chiara. Porque detrás de las estadísticas había otra adolescente masacrada.
Una chica que escuchaba música, que iba a la escuela, que tenía amigas, que discutía con sus padres como cualquier adolescente y que imaginaba un futuro. Su asesino la enterró para ocultarla y callarla. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Su historia se volvió imposible de esconder.
El femicida intentó borrar toda huella aquella noche de mayo de 2015. Lo que no pudo prever es que el nombre de Chiara iba a trascender las fronteras de Rufino y convertirse en un símbolo nacional. Cada 3 de junio, cada marcha, cada reclamo de justicia y cada voz que se levanta contra la violencia machista vuelve, de alguna manera, a aquel patio donde encontraron su cuerpo.
Y recuerda que detrás de uno de los movimientos sociales más importantes de la Argentina hubo una adolescente de 14 años que nunca tuvo la oportunidad de crecer, de ser madre ni de cumplir sus sueños. A Chiara la mataron el 10 de mayo de 2015. Pero la pregunta que dejó abierta sigue resonando más de una década después: cuántas vidas más deberán perderse para que ninguna mujer tenga que ser la próxima.













